Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



domingo, 30 de marzo de 2014

A. S. Byatt, El libro negro de los cuentos

Byatt, A.S. El libro negro de los cuentos (Alfaguara, Madrid: 2007)
Leemos el libro a propuesta del grupo de lectura del Ateneo de Mahón, que lo propone para discusión el sábado 22 de marzo aunque, por circunstancias, ese día estoy en la península.
El libro es un conjunto de cinco relatos con un rasgo, a primera vista, en común: son inquietantes. Nos limitaremos a analizar el primero de ellos, "La cosa del bosque". En él, dos niñas que, con otros niños, viven refugiadas en una casa rural, se adentran en un bosque y ven lo que el título denomina cosa. Aspectos dignos de ser destacados:
  1. Niñas y bosque nos llevan, por supuesto, a terreno folclórico y en el texto se alude explícitamente a Hansel y Grettel (p. 15). El comienzo, incluso, es el típico del folclore: Había una vez dos niñitas... (13).
  2. No obstante lo anterior, en seguida nos apartamos de ese terreno con una nota discordante: ...niñitas que vieron -o creyeron ver- una cosa en el bosque (13). Se abren así dos posibilidades, que haya sido o no real lo que se va a contar, es decir, lo que por su propia naturaleza ficticia ya no es real. Es recurso conocido. Dos ejemplos en Cervantes: A lo largo del Quijote se repite una y otra vez que su narrador, el historiador Cide Hamete Benengeli, es árabe y, como tal, mentiroso; se niega así toda la historia de don Quijote; en el Coloquio de los perros el alférez Campuzano cuenta cómo, en el hospital en Valladolid, oyó hablar a dos perros abriendo la posibilidad de que ello fuera alucinación producida por la fiebre.
  3. En realidad, lo anterior va a ser uno de los ejes alrededor de los que discurre el cuento. En efecto, cuando las niñas, ya mayores, regresan al bosque se reafirman constantemente en la veracidad de lo que vieron: ¿Nunca te preguntaste si realmente la habíamos visto?, preguntó Primrose. / Jamás, afirmó Penny. Quiero decir, no sé qué es lo que vimos, pero siempre estuve totalmente segura de que la habíamos visto (30); Penny pensó... cuando la vi, era uno de esos sueños horrorosos en que uno está dentro, en que uno no puede escapar. Excepto que no era un sueño (41); y lo mismo momento antes de separarse al final: Ambas pensaron que la otra era el testigo que confirmaba con toda certeza la realidad de la cosa, que les impedía refugiarse en la creencia de que la habían imaginado o inventado (44-45). Y Penny acaba incluso convencida de que la cosa era más real de lo que ella era (45).
  4. Las dos niñas protagonistas de la historia están descritas de una manera tópica y basada en la oposición: Penny era delgada morena y alta... Primrose... rolliza, rubia y de cabellos rizados (13). Y la oposición llega a su edad adulta: Primrose... Engordó mientras Penny adelgazaba (26). Hay, además, un tercer personaje muy sugerente, Alys: una niña muy pequeña... extraordinariamente bonita, sonrosada y blanca, con grandes ojos azules y ricitos dorados (19). Es, en potencia, el ideal de la belleza femenina. Y es sugerente Alys porque las dos niñas se niegan a que las acompañe al bosque (20); justo después, al adentrarse las niñas en el bosque, empieza a crearse el ambiente (temor reverencial, palidez espectral, efluvio lejano a cenizas [21]) para que inmediatamente aparezca la cosa. En aplicación del principio post hoc ergo propter hoc, la aparición de la cosa puede ser consecuencia de la negativa a Alys y, más allá, la cosa puede ser la misma Alys, caracterizada inversamente como el ideal de fealdad, que se venga de las niñas. A esa lectura ayuda que Penny, poco antes de acudir por última vez al encuentro de la cosa, piense en ella de modo inmediato al recuerdo de Alys: La pequeña y rubia Alys, con su dulce sonrisa zalamera. La cara semihumana de la cosa (45). Es cierto, no obstante, que en algún momento se da una interpretación de la cosa como monstruo del bosque local que se remonta hasta la Edad Media (28-29).
  5. Es de notar que la reacción de los dos personajes centrales ante la visión de la cosa está lejos de lo que sería de esperar pues ni gritan ni huyen despavoridas. Empiezan por una sensación ambigua cuando la ven de niñas: una fascinación preñada de horror (23). Y luego, ya de adultas, cuando Penny acude al bosque y siente acercarse a la cosa, se limita a quedarse muy quieta, expectante, mientras que el miedo parece invadir al paisaje según se sugiere de expresiones que enmarcan la aparición de la cosa: al llegar, Todas las hojas del bosque se pusieron a temblar; y al marcharse, disminuía el temblor del bosque hasta recuperar la quietud (42). Sea como fuere, Penny no consigue ver a la cosa y, por ello, más tarde volverá a su reencuentro completamente tranquila: Cuando la cosa llegara, la miraría a la cara... Estaba preparada (46). A diferencia de ella, Primrose prefiere un distanciamiento con respecto a toda la historia y la convierte en cuento para niños con lo que se logra cerrar el relato volviendo a la frase inicial: Había una vez dos niñitas que vieron -o creyeron ver- una cosa en el bosque (47).
  6. Quizá esas dos actitudes diferentes ante la cosa y, en realidad, ante toda la historia por parte de Penny, que prácticamente acude a entregarse a la cosa, y de Primrose, que la desplaza al terreno de lo literario, viene anunciada por la distancia que mantienen las dos tras ver a la cosa. En efecto, Las dos niñitas se habían hecho amigas en el tren. Compartían un trocito de chocolate (15), se proponen mantenerse juntas (17)... Pero tras ver a la cosa No volvieron a hablarse (24); cuando años más tarde se reencuentran, ninguna de las dos pensó en intercambiar las direcciones... Ni siquiera contemplaron la posibilidad de pasar el día juntas (32); ninguna de las dos acude a la cita que, a su reencuentro, se dan en un restaurante (33-34); y se separan sin más: fijaron en la otra una mirada vacía y desesperada, sin dar signos de reconocimiento, y luego cogieron su equipaje y se alejaron en la multitud (45).
  7. Por fin, diremos que hay un dato de los que suelen pasar desapercibidos pero que puede revelarse crítico: durante la guerra que distancia a las niñas del hogar Ambas perdieron a su padre (25). La conclusión última será que no lo necesitan del mismo modo que en el punto anterior veíamos que tampoco se necesitan la una a la otra. Y precisamente por su paso por el bosque: una lectura rápida del relato a partir de la psicología aplicada a los cuentos -por ejemplo con Bruno Bettleheim, Psicoanálisis de los cuentos de hadas- llevaría a la conclusión de que en el bosque se han enfrentado a sus miedos y angustias y, al salir, donde han dado es prácticamente en la edad adulta.

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