Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



domingo, 2 de febrero de 2014

Imma Monsó, La dona veloç

Monsó, Imma, La dona veloç (Planeta, Barcelona: 2013)
No sé si pensar en que yo tengo ciertos prejuicios con respecto a la novela catalana o, simplemente y como ya he hecho alguna otra vez, pasar directamente a negar que haya narrativa en catalán posterior a Tirante el Blanco. Porque no me explico cómo esta obra haya podido ganar un premio y menos estando en el jurado alguien tan refinado como el que algún malientencionado llamaba Pedro/Pere Gimferrer.
De la autora (Lérida [sic], 1959), poca cosa. Sólo que no parece la mujer ideal para ir a tomar cervezas: no sé si por las gafas o por que me la imagino hablando ese catalán occidental tan horrible que se lleva por la terra ferma. Pero aun así, siendo de mi generación, seguro que algún encanto le sabría encontrar.
En cuanto a su obra, enfín, no pasará a la historia y sólo hemos leído a propuesta del grupo de lectura del Ateneo de Mahón que trató sobre ella este pasado sábado 31 de enero. Paso a exponer por puntitos:
  • No sé si pretende ser una alegoría, como alguien dijo en la tertulia, sobre las prisas en el mundo actual. Porque en la novela parece -y de ahí el título- dividirse a las personas en dos categorías, rápidos y lentos. Aunque la función narrativa de tal división es nula o, al menos, no veo yo que sirva de mucho. La protagonista, por ejemplo, empieza calculando la manera más rápida de pasar por el peaje de una autopista (cap. 1), se obsesiona por los tiempos muertos (Va notar que no aprofitava el temps mentre l'ordinador s'engegava [224]), se plantea en algún momento si existe el tiempo perdido (¿com podria dir-ne de debò "temps perdut" del temps que ha passat amb la Zoe? [223]) y acaba por encerrarse en la casa familiar y llegar a una nueva concepción del tiempo dependiendo de si está o no en el sótano: El temps és a dalt, no a baix (377). Por lo demás, se supone que alguna relación tendrá con ello algún aspecto puntual como que el hermano de la protagonista trabaje en una empresa como exterminador de temps morts (187) o el odio por los relojes: sóc dels que pensen que aquest és un dels invents més odiosos de l'historia de les invencions (307).
  • En realidad el texto se convierte en algo muy diferente que en nada se relaciona con lo anterior: es la historia de una mujer que, a pesar de ser psiquiatra, interpreta su entorno de modo cercano a la neurosis o la esquizofrenia: así cree que su padre, cirujano, ha matado deliberadamente a su cuñada en una operación quirúrgica (193, 214, 273); o que su hermano se ha suicidado (95, 185, 220); o que su padre biológico se ha distanciado de su mejor amigo, aquel al que ella considera su verdadero padre, por razones que se verán falsas: la confessió del pare de que no li havia escrit cap carta, sumada al fet que mai no parlava d'U, em va convèncer de fins a quin punt estaven distanciats, de com s'havia deteriorat la relació entre ells. Cosa que sens dubte tenia a veure o bé amb el Tià o bé amb l'assassinat de la Judit (214).
  • Se crea una cierta expectativa desde las priméras páginas (14 y 20) acerca de U., así nombrado hasta que sepamos que responde al nombre de Antoni Undabeytia (66). La protagonista lo considera, a pesar de ser sólo un amigo de la familia, su padre verdadero: no em refereixo al meu pare de sang, em refereixo al de debò (82); lo mismo cuando habla de la reacción acerca de la muerte de su hermano: U. semblava més consternat que l'Artur, un cop més ell feia més de pare (192); y con ese hermano parecía mantener mejor relación de la que le ofrecía su padre: (Tià) tenia una passió reprimida (el futbol) i una afició vaga (els egipcis) [...] U. va començar a comprar-li llibres sobre els egipcis [...]. Tots dos van passar a [...] veure els partits junts (216). Se irá completando su caracterización y entorno: se marcha al morir su mujer Élodie (193) lo que genera un cambio porque la parella de l'Élodie i l'Undabeytia ens feia somniar i ens estimulava a ser més alegres (207); su marcha se opone a la muerte de su hermano Tià porque els primers ens van deixar en herència molta riquesa, en frases, paraules, imatges, gustos i acudits, mentre que el Tià no deixava més que una mena de buit (208); sustituye el amor de Élodie muerta por el arte: S'havia enamorat bojament d'un Quartet de corda (210 con mayúscula injustificable). Y será precisamente ese personaje el que hará ver a la protagonista que el mundo es muy diferente de cómo se lo había imaginado: que ni su padre mató a su cuñada, ni su hermano se suicidó, ni las relaciones entre sus padres eran como creía, ni él mismo se había distanciado de su padre... (cap. 26) y ello justamente tras enterarse por Anna, su amiga y confidente, de que tampoco su relación con su amante Eloi era como creía y éste, sin que ella lo supiera, llevaba quince años divorciado (312-314).
  • Se crea un conjunto de personajes caracterizados por las manías: 1) El hermano de la protagonista tiene la manía de barrer; así, el pare es va arribar a plantejar si necessitava alguna mena d'ajuda psicològica per deixar d'escombrar (182); y la de engancharse post-its en el cuerpo: El Tià havia mort cobert de post-its (185). 2) Su hermana Rut y su marido tienen, entre otras muchas peculiaridades, la costumbre de cenar en la cama: amb això de sopar sempre al llit, mai no convidem gent a sopar (131). 3) Su sobrina Zoe tiene manías con los juegos y, Si per exemple jugo a un joc en què no aprenc res de res, després em sento malament, em fa mal aquí -diu, i s'assenyala el tou de l'orella (198). 4) La misma protagonista cae, a propósito de la visita de la sobrina, en una obsesión por un juego de ordenador (cap. 18) que preocupa a su amiga Anna: fingia per tranquil·lizar-la, almenys pel que feia a l'adicció al maleït joc (247).
  • Se dan alternancias entre un narrador en primera persona y otro omnisciente quizá en función de la diferencia entre la realidad distorsionada por la protagonista y la realidad objetiva aunque la obra no merece que dediquemos tiempo a comprobarlo. Y quizá el único mérito consista en buscar alguna simetría entre el comienzo y el fin de la obra a base del cobrador en el peaje de la autopista, que aparece en los capítulos inicial y último. O también ese acabar con la protagonista haciendo puzzles (p. 380) como metáfora de toda la recomposición que U. ha operado en su mundo.
  • El capítulo más largo de la obra, el 26 y penúltimo, contiene lo que podemos llamar la conclusión. Consiste en una conversación entre la protagonista y U. por la que éste desvela a aquella, según hemos dicho, la realidad. Ahora bien, se cae completamente por el hecho de que la solución no se da narrando sino conversando, esto es, mediante el diálogo, componente no básico de la narrativa: semejante a las películas en que el final se nos explica con una voz en off.
  • Algunas otras descompensaciones podemos hallar: ¿cumple alguna función la explicación en el capítulo 3 de la genealogía familiar?; ¿o la coincidencia, que se desvela al final del capítulo 21, de que U. sea hermano de uno de sus pacientes, L.V., cuyo historial clínico publica por encargo de una editorial?; ese mismo personaje, L.V., ¿cumple alguna función o pretende ser sólo uno más entre toda la serie de maniáticos y también por eso se cita, durante el viaje a Grecia, a Agios Gerassimus como patrón de los locos (291)?
  • Dos errores, a lo que entiendo, de percepción en la autora: 1) ¿de dónde se ha sacado que una abuela catalana juegue al mus como se sigue de la p. 115? 2) La protagonista decide viajar a Cefalonia, una isla griega, y dice: no entendré ni fava, de ciríl·lic no en sé, ni tampoc de grec antic (265): ¿es otra de las pérdidas de perspectiva o más bien, como creemos, error de la autora que confunde el alfabeto griego con el cirílico?

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