Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



jueves, 9 de enero de 2014

Nathaniel Hawthorne, La letra escarlata



Nathaniel Hawthorne
Hawthorne, Nathaniel, La letra escarlata (Martínez Roca, Barcelona: 1999)
Otro libro leído para cumplir el imposible de superar los más de mil libros leídos de dos de los grandes desafíos que tenemos pendientes. Aparte de ese pequeño avance al tachar un asiento en esos desafíos, de algo sirve, por supuesto: no recuerdo haber leído nada de esa época, mediados del XIX, situado en esa zona, Nueva Inglaterra. Quizá lo más próximo sea Henry James. De ello no se sigue que no me suene el contexto de la novelita como se ve en el argumento: una mujer, Ester Prynne da a luz una niña en flagrante adulterio porque su marido, Roger Chillingworth, está ausente. A la mujer, que en ningún momento descubre que el padre es Arturo Dimmesdale, un clérigo de la comunidad puritana, se la condena a una especie de vergüenza pública consistente en llevar de por vida una letra A de color escarlata bordada sobre el pecho. ¿A qué suena?: si de adulterio con clérigo por medio se trata, estamos en la línea que, en ese mismo siglo XIX, va desde Le Rouge et le Noir de Stendhal hasta La Faute de l'abbé Mouret de Zola pasando por O crime do padre Amaro de Eça de Queiroz y La Regenta de Clarín. Pero el terreno que pisamos es muy diferente porque aunque nuestra novela está próxima en el tiempo a las demás, se distancia de ellas en que no pretende encuadrarse en la línea realista o naturalista y así carece de muchos de los elementos de ésta: minuciosas descripciones, recorrido de múltiples ambientes sociales, análisis de la influencia del medio o la herencia sobre los personajes... Y también encontramos en ella un tratamiento de las pasiones bastante alejado del análisis psicológico que predomina en el realismo europeo.

Como en otras ocasiones, analizamos la novela a partir de los aspectos que creemos de interés:
  • El narrador adquiere la variante de editor, esto es, de quien ha encontrado por azar un texto y lo saca a la luz. El terreno es conocido: lo mismo ocurría en el Amadís de Gaula, en el Quijote y en La familia de Pascual Duarte: el paquete hallado entre los documentos de la aduana (...) El objeto que más llamó mi atención en el misterioso paquete fue el hallazgo de un fino paño de color escarlata, descolorido y muy usado. (...) Este andrajo de paño escarlata (...) tomaba la forma de una letra. Era la letra capital A. (...) Lo abrí y tuve la satisfacción de encontrar (...) varias hojas de papel (...) conteniendo muchos detalles referentes a la vida y conversión de una tal Ester Prynne (32-33). Y apréciese la variante: no sólo se encuentran los papeles que el narrador publicará sino que éstos estarán envueltos en el vestido, ya hecho andrajos, que llevaba la protagonista de la historia en un intento de dotar de veracidad a todo el conjunto.
  • Se juega constantemente con oposiciones bien / mal a partir de la protagonista que, aunque adúltera en una sociedad puritana, alberga un gran corazón. De ahí que antes de aparecer ésta en escena para ser sometida a vergüenza pública se presente junto a la prisión de donde saldrá un prado con cizaña y un rosal silvestre (48). Ligada a esa oposición se da otra cromática entre el rojo y el blanco; en este artículo mío y también en otros muchos lugares se trata la relación entre el rojo y la pasión opuestos al blanco y la pureza: algo de ello se da aquí cuando junto a la protagonista con la letra escarlata en el pecho está constantemente su hija: -(...) mi nombre es Perla. -¿Perla? ¡Rubí más bien! ¡O coral! ¡O roja roja, por lo menos, a juzgar por tu resplandor! (108).
  • Otra de las oposiciones es la de apariencia / realidad, sobre todo entre ciertos personajes. Algo tendrá que ver que el autor sea natural de Salem para que imagine personajes como los siguientes: el Hombre Negro que vaga por la selva (76); una hechicera, como la anciana señora Hibbins, la malhumorada viuda del magistrado (49). Y esa hechicera, que además es hermana del gobernador Bellingham (114), es decir, que está ligada a la élite puritana, es precisamente quien propone a la protagonista la asistencia a un aquelarre: ¿Irás con nosotras esta noche? Habrá un acompañía muy alegre en la selva y poco menos prometí al Hombre Negro que Ester Prynne sería una de las nuestras (114); acabará ahorcada (217).
  • El tema de la brujería, por lo demás, aparece insistentemente: el ruido de las brujas, cuyas voces, por aquella época, se oían al pasar sobre los poblados o casas aisladas, conforme caminaban con Satán por los aires (144). El mismo marido de la protagonista pasa una temporada con los indios y parece aprender con ellos la hechicería: el fuego de su laboratorio había sido llevado desde las profundas regiones y alimentado por un fuelle infernal y, por tanto, como era de presumir, su cara iba ennegreciéndose con el humo (124). Por eso había sufrido un gran cambio desde que se estableció en la población (...) En un principio su expresión era de calma, meditativa y de estudio; ahora había en su semblante algo feo, algo de maldad (124). Y llega hasta a transformar las plantas: ¿Sería suficiente para él que toda vegetación salutífera se convirtiera en algo deletéreo y maligno a su contacto (170). Con ello acaba por convertirse en una evidencia sorprendente de la facultad de un hombre de transformarse en diablo (164).
  • Ligado a lo anterior se da una cierta insistencia en el cementerio, que podría relacionarse con el gusto por ese espacio predominante durante el Romanticismo de principios del XIX. En la primera descripción que se da previa a la salida de prisión de la protagonista se explica que los fundadores de la ciudad habían señalado dos espacios de suelo virgen, uno para cementerio y otro como solar de una prisión (47). Y la niña Perla gustará, en los paseos con su madre, de ir saltando de tumba en tumba irreverentemente (129).
  • Encontramos una caracterización de los personajes bastante coherente si excluimos a Arturo Dimmesdale, padre de la niña. En efecto, Ester Prynne y su marido tienen rasgos opuestos: en medio de la sociedad puritana, Ester es rechazada por su pecado a pesar de su buen corazón mientras que su marido está integrado en ella a pesar de su maldad innata. Ester, además, va se ha haciendo merecedora, por ese buen corazón, de un cambio de opinión entre las gentes: mucha gente rehusaba interpretar en la letra A su significado original. Decían que quería decir Abel (156) o que tenía el efecto de la cruz sobre el pecho de una monja (158); "Ven ustedes aquella mujer con el símbolo bordado", solían decir a los forasteros. "Pues es nuestra Ester, la propia Ester de la población, que tan cariñosa es para los pobres (...)" (157). Dimmesdale, por su parte, es un personaje en fuerte contradicción: a) es incapaz de confesar públicamente su parte en el pecado de Ester porque, según dice, es mejor que ciertos hombres eviten mostrarse (...) con sus negruras e impurezas, ya que en lo futuro ningún bien podrían reportar (128); b) sorprende algo que se dice de él, que las jóvenes vírgenes (...) tanto idolatraban a su ministro que le habían descubierto sus blancos senos (146-7): es frase que difícilmente se puede interpretar de modo metafórico y que le lleva prácticamente al pecado de solicitación; c) como castigo -se supone- a su comportamiento, y también por su relación con Chillingworth, sufre una visión que le hace sentirse culpable y que le lleva a que al mirar a lo alto, percibiese la apariencia de una letra inmensa; la letra A (150); luego resultará que la letra ha sido percibida por todo el mundo e interpretada como Ángel (153) con lo que quizá se sugiera que Dios está del lado de Ester. La hija Perla, por su lado, está caracterizada con algún tinte de visionaria y se la llega a llamar ninfa-niña, o una dríada infantil (199): a los siete años y jugando con hierbas dibuja una letra A, pero verde en vez de escarlata (173); cuando su madre le pregunta si sabe por qué ella lleva la letra en el pecho contesta, con acertada intuición: ¡Es por la misma razón que el ministro se lleva la mano al corazón! (173); intuye también la existencia del Hombre Negro y parece identificarlo con Chillingworth (179); no tolera que su madre, en un impulso de libertad, se arranque la letra, la eche al agua (196) y recupere la lozanía de su juventud (197): Ester habrá de volver a ponérsela (204).
  • Se insiste repetidamente en que la acción se desarrolla en un tramo de tiempo muy concreto, el que discurre desde el castigo de Ester Prynne hasta que su hija cumple siete años (155, 200); lógicamente, son también siete los años que, al final de la acción, ha estado Ester llevando sobre sí la letra escarlata (171, 175, 195, 243); siete son también que pasan sin que Ester hable con su marido Roger Chillingworth (165) y los que transcurren hasta que éste se transforma prácticamente en diablo (165 y en simetría con Ester, transformada en ángel).
  • En conclusión, el resultado será la elevación, a pesar de todos los pesares, de Ester: supera la marginación a que ha sido sometida; educa y saca adelante a su hija Perla; ha de encargarse, incluso, de proteger al culpable de su estado, Arturo Dimmesdale, de las malas artes de su marido: resolvió encontrar a su antiguo marido y hacer cuanto estuviese en su poder para rescatar la víctima que tan evidentemente había caído bajo su garra (161-2). Y Dimmesdale, el clérigo padre de la niña, acaba por revelar públicamente su pecado tras lo que recibe una muerte de justicia poética que vuelve a recordar uno de los recursos del Quijote, el de abrir varias posibilidades al estilo de autores hay que dicen que y otros autores dicen que de, por ejemplo, el capítulo I,1: Muchos espectadores aseguraron haber visto sobre el pecho del ministro una letra escarlata (248) aunque ciertas personas que fueron espectadores de toda la escena (...) negaron que hubiese marca alguna sobre su pecho (249).

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