Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



sábado, 30 de noviembre de 2013

Raúl Dans, Un corrent salvatge

Dans, Raúl, Un corrent salvatge (Arola, Tarragona, 2013)
Debe de ser la única ocasión en que he leído un texto apenas 13 días después de haber salido de la imprenta. En efecto, entre el 27 y el 28 de noviembre he leído esta obra de teatro acabada de imprimir el 15 de noviembre. El único problema es que, contra natura, la he leído en la pantalla del ordenador y no sobre el papel. Mejor aún hubiera sido asistir a su representación teatral puesto que ya se sabe que en una obra de teatro no cuentan sólo las palabras sino otros muchos aspectos como puedan ser la iluminación, vestuario, sonidos...

martes, 26 de noviembre de 2013

Sinn sage (y III)


Vuelvo, por tercera y -espero- última vez, con mi amada Sinn Sage: las otras dos entradas las publiqué el 27 de septiembre y el 25 de octubre de este año.
Que es una ordinaria no hace falta decirlo pero ¡qué se le va a hacer!: que me horrorice una foto como la de encima no quita un ápice al cariño que le he cogido a la criatura. Además, no es ella quien comete la guarrada, son las otras dos. Ella es una señora que se limita a separar un tanto las piernas para ver hasta dónde es capaz de llevar la lengua la rubia que, como la morena, está reducida a la condición perruna mientras ella se mantiene erguida -o casi- como las personas. Ahora bien: cuando uno ve una foto así, que la ha sacado ella misma en Twitter para hacer publicidad de sus actuaciones, no puede sino pensar que la niña, como todo el mundo, tendrá padre y madre. Y si la ven así...
 
 Aquí a la izquierda, otra foto donde la vemos en una de sus facetas más cultivadas, el sadomasoquismo. Para que se vea lo completita que es la nena y los muchos palos que toca. De momento, algo es de admirar: la mata de pelo. Discretita pero la tiene, a diferencia de Aiden Ashley o esas otras actrices del ramo que, para el gusto español, parecen bebés o muñequitas de juguete. Apréciese también otro mérito, la blancura del cuerpo libre de tatuajes a diferencia de su compañera que no ha podido resistirse a marcar su brazo izquierdo con Dios sabe qué. ¿Y la expresión facial?: ojos cerrados y boca entreabierta como si ya estuviera recibiendo su dosis de placer cuando la otra parece que simplemente se limita a situarla.
Supongo que las mentes sensibles y amantes del arte, al ver esa foto de Sinn Sage han caído rápidamente, como yo, en que la postura que adopta la niña está inspirada en la de uno de los iconos del orbe homosexual recibiendo su castigo. Nos referimos, por supuesto, a San Sebastián. Muchas son las pinturas que, reflejando su martirio, nos lo presentan en esa posición con los brazos hacia arriba. Véase, sin ir más lejos, ésta del boloñés Guido Renni y de principios del XVII.


Una última foto de nuestra amadísima Sinn Sage en posición cuasiyacente. Porque parece como si, de tanto que sabe, hubiera olvidado posturas tradicionales de las de una encima, otra debajo y a ver qué pasa. Aquí casi lo consigue pero con su vertiente sádica no puede evitar, mientras escarba con la mano derecha entre las piernas de su compañera, ahogarla con la izquierda. Y apréciese el gesto de la compañera agarrando con fuerza la colcha no se sabe si en expresión de placer, de dolor o de una mesurada combinación de ambos.

Y un vídeo con la nena haciéndose una pajilla escandalosa y sobreactuada mientras se inventa no sé qué historia galáctica. Lo único digno de comentario es cómo empieza hablando y, a medida que el placer la inunda, va perdiendo la capacidad de hablar. Definitivamente, no es lo suyo; está mucho mejor cuando otra mujer le da la réplica.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Sylvia Plath, Ariel

Plath, Sylvia, Ariel (edición bilingüe Hiperión, Madrid: 2010)
Hemos leído este libro de poemas para discutirlo en el grupo de lectura del Ateneo de Mahón esta misma tarde de hoy, 22 de noviembre. Y nos viene como algo completamente nuevo porque jamás habíamos oído de esta poetisa (1).
Acudiendo ya al texto, partiremos de una obviedad: que, sobre todo a partir del Romanticismo, el poeta busca su propia voz. Sin embargo, una cosa es que que el poeta busque su propia voz y otra cosa muy diferente que esa voz sea comprendida sólo por él. Algo de ello ocurre con Sylvia Plath: hermetismo, gusto por lo críptico... Que eso se cumple para otros muchos poetas, sí: ahí está el llamado trobar clus de los trovadores provenzales o el Góngora de sus poemas mayores. Pero unos y otro se insertan en una tradición y el mismo Góngora no se entiende si no es con la línea que, partiendo de esos mismos trovadores, pasa por el dolce stil nuovo, Petrarca, Garcilaso... Y a Sylvia Plath, en cambio, no la podemos encuadrar en niguna línea, al menos que conozcamos, de la tradición occidental, y de ahí que se no comprendamos buena parte de sus imágenes. Podríamos adscribirla a un surrealismo tardío a partir de versos como el que abre el poemario: El amor te echó a andar como un rollizo reloj de oro ("Canción matutina") del que, tras nuestra sorpresa, lo único que podemos decir es que la primera palabra de todo el libro es Love. Pero si estamos ante ese surrealismo, recordamos al Lorca de Poeta en Nueva York y recordamos también que sus símbolos -monedas, esquinas...- van adquiriendo sentido a base de recurrencias o por asociación de ideas. Ante esta poetisa el trabajo es mucho más difícil.
Entrando ya de pleno en el comentario, intentaremos catalogar rasgos del conjunto de poemas que forman el libro:
  • Sustantivos seguidos, rasgo surrealista, de complementos o adjetivos inesperados y acompañados o no de otros más adecuados: en el mismo poema de ese rollizo reloj, grito calvo, rosas planas y rojizas ("Canción matutina); pantalla de lámpara nazi ("Señora Lázaro"); beso de ácidos serpentinos ("Olmo"); espuma de trigo ("Ariel"); densa sopa gris letal ("Carta de noviembre"); virgen / de acetileno puro ("Fiebre de 39,5º"); un aburrimiento buitrero que quizá se entienda a partir del título del poema ("El ahorcado"); palabras secas y sin jinete ("Palabras"). Quizá ello alcanza su cénit con la placenta de Platón ("Tótem").

lunes, 18 de noviembre de 2013

Petros Márkaris, Pan, educación, libertad

Márkaris, Pan, educación, libertad (Tusquets, Barcelona: 2013)
Leímos la novela a propuesta del club de lectura de Ciudadela y para discutir este pasado sábado 16 de noviembre. Y no es una novela que dé, como se demostró, para discutir ampliamente. Forma parte de una serie protagonizada por el comisario Kostas Jaritos pero no tiene ni punto de comparación con otras de la misma índole como las de Maigret o Montalbano.
El argumento es simple: tres asesinatos, en el marco de una crisis griega que en ningún momento se muestra necesaria para la trama, resueltos por el comisario al modo clásico de la novela policíaca, es decir, tras ir descartando sospechosos.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Patricia Highsmith, Carol

Pues sí, ésta es Patricia Highsmith
Patricia Highsmith, Carol (Anagrama, Barcelona: 1984)
Una novela de ésas que uno encuentra un buen día por su casa y, ante la completa seguridad de no haberla comprado, se dice: 'alguna se la habrá dejado olvidada'. Y es una novela para la que el primer adjetivo que se me ocurre es preciosa. Y está muy alejada, en cuanto a la temática al menos, de otras novelas que le hemos leído a la autora como Ese dulce mal o Extraños en un tren; o de la serie de Ripley. Pero en otros aspectos se acerca a ellas: por ejemplo en ese dejar en tensión al lector a base de algo que no es intriga sino que se acerca bastante a la angustia. Por ilustrarlo de alguna manera: en el prólogo escrito por la autora ésta nos anuncia algo que a muchos disgustaría por lo que supone de anticipación, que tiene un final feliz (p. 12). Pues bien, tal como discurre la acción, dos páginas antes de acabar la novela se dan los siguientes pasos: 1º) no sólo no se ve el final feliz que espera el lector sino que se vislumbra un final tristísimo; 2º) se sugiere un final parcialmente feliz; 3º) se da el final feliz óptimo y el lector, por fin, acaba de sufrir.
Porque, aún no lo hemos dicho, es una novela sobre la relación entre dos mujeres. La autora, en el prólogo, utiliza el término homosexual para decir que, a diferencia de la suya, en la década de 1950, en las novelas estadounidenses, los hombres y las mujeres homosexuales tenían que pagar por su desviación cortándose las venas, ahogándose en una piscina, abandonando su homosexualidad (al menos, así lo afirmaban), o cayendo en una depresión infernal (12). Y en el epílogo vuelve a utilizar la palabra y también gay: refiriéndose a la más joven de las mujeres dice que una chica con sus ambiciones y su nivel de percepción conocería el mundo gay desde los doce años de edad (316). Pues bien, a mi entender es una novela que trata de dos mujeres que tienen una relación amorosa y carnal, sí, homosexual también, pero ni son gays, ni homosexuales, ni lesbianas, ni -que nadie se asuste del arcaísmo- tortilleras. Son simplemente dos mujeres que, como tantas por no decir casi todas, han tenido experiencias amorosas heterosexuales fallidas y, en un momento determinado de sus vidas, se encuentran, se sienten atraídas y deciden vivir esa atracción.
Por supuesto, leer una novela así conlleva el morbo -y como ya nadie sabe latín recuerdo que morbo significa enfermedad- de esperar que aparezca la primera escena tórrida y, sobre todo, de ver cómo se resuelve lingüísticamente. Pues bien, lo que uno de tantos neonarradores que pululan por la red convencidos de que están llamados a la gloria literaria expresaría con un Se comieron ávidamente el coño y se quedaría tan ancho dejándonos con el interrogante de dónde habría aprendido la palabra ávidamente, Patricia Highsmith, que nos hace esperar hasta la p. 208 (de 313), lo solventa de modo magistral. La escena está narrada desde la óptica de Therese, la más joven: Entonces Carol le deslizó el brazo alrededor del cuello y sus cuerpos se encontraron como si todo estuviera preparado. La felicidad era como una hiedra verde que se extendía por su piel, alargando delicados zarcillos, llevando flores a través de su cuerpo.
Aún no hemos presentado el argumento pero es sencillo y le añadiremos algún comentario: Therese, la más entregada de las dos y que durante la novela pasa de los 19 a los 21 años, es dependienta temporal en unos grandes almacenes de Nueva York aunque suele trabajar preparando escenarios teatrales. A esos grandes almacenes acude como clienta Carol, más fría y distante, ya en la treintena y en proceso de divorcio. Se sienten atraídas, se encuentran, hablan, Therese va a casa de Carol... hasta que, acabado el contrato de Therese, deciden viajar a lo largo del país. Es entonces cuando viven plenamente su amor tanto en el terreno verbal como físico pero es también entonces cuando aparecen los fantasmas que sobrevuelan ese amor: un detective, por encargo del marido de Carol, las sigue para utilizar su relación en el proceso de divorcio y poder quedarse con la hija de ambos; Therese ve una amenaza en Abby, una antigua relación homosexual de Carol y con la que se mantienen en contacto telefónico; por su parte, Therese se deja rondar sin ningún entusiasmo por Richard, que le echa en cara su relación con Carol entendiendo tal relación como sórdida y patológica (273) y acaba por no querer saber más de ella; Therese había olvidado en casa de Carol un cheque que ésta le había firmado y, además, una carta en la que le confesaba su amor: no se había atrevido a entregársela y el marido de Carol encuentra ambos documentos y los utiliza en el proceso de divorcio. Por todo ello, tras pasar dudas y vaivenes sobre todo por parte de Therese y aunque en algún momento parece llena de fuerzas (sintió una repentina conciencia de la energía de su cuerpo, del vigor de las puntas de sus pies, de la sangre joven que caldeaba sus mejillas [287-8]) al volver a Nueva York se muestra reacia a proseguir con la relación a pesar de que Carol quiere mantenerla e incluso le pide que se vayan a vivir juntas; y ello durante un encuentro en el que, significativamente, Carol llevaba el mismo abrigo de piel, los mismos zapatos de ante negro que calzaba  el día en que Therese la vio por primera vez (300). Y ahí está el final: Therese cumple una serie de actos -mudarse de casa, ir a clases nocturnas, cambiar su guardarropa (296)- que apuntan a una ruptura con su vida anterior; luego, en una cita con Carol, rompe con ella e incluso esa separación se refuerza simbólicamente cuando Carol le pregunta por unos geranios que le regaló: -Las plantas que me regalaste... se murieron (307). Luego Therese acude a una fiesta de sociedad en la que conoce a una actriz que le propone asistir con ella a una fiesta privada en una habitación de hotel y que le produce, al conocerla, una sensación semejante a la que le había producido Carol: Therese vio su mirada posarse en ella un instante y le produjo un leve shock, algo parecido a lo que había sentido al ver a Carol la primera vez. En los ojos azules de aquella mujer vio el mismo relámpago de interés que había habido en los suyos -lo sabía- al ver a Carol (308-9); se insinúa así un final feliz pero sólo parcialmente para Therese que parece estar a punto de conseguir una nueva relación e incluso parece como si la novela fuera a cerrarse circularmente volviendo a la situación inicial con Therese ilusionada por esa nueva relación. Pero Therese reacciona, no acude a la fiesta privada a la que esa mujer la ha invitado y vuelve a la cafetería donde había dejado a Carol; la ve desde la puerta sentada en la mesa: Carol se echó el pelo hacia atrás. Therese sonrió: aquel gesto era de Carol. Era la Carol que siempre había amado y a la que siempre amaría. Oh, y ahora de una manera distinta, porque ella era distinta. Era como volver a conocerla, aunque seguía siendo Carol y nadie más. Sería Carol en miles de ciudades y en miles de casas, en países extranjeros a los que irían juntas, y lo sería en el cielo y en el infierno. Therese esperó. Después, cuando estaba a punto de avanzar hacia ella, Carol la vio. Pareció contemplarla incrédula un instante, mientras Therese observaba cómo crecía su leve sonrisa antes de que su brazo se levantara, de repente, y su mano hiciera un rápido y ansioso saludo que Therese nunca había visto. Therese avanzó hacia ella (313). Y en ese último párrafo se presenta el final feliz definitivo y contundente: Therese avanzando hacia Carol con la convicción de un amor que va a resistir todo tiempo y lugar.
Ahora, otros aspectos dignos de interés:
1º) El exceso de pudor entre las dos protagonistas a pesar de saberse enamoradas. Llevan varios días de viaje, duermen en la misma habitación y, aun así, su comportamiento es del máximo recato. Aunque quizá nuestra incomprensión venga de la distancia temporal -han pasado ya más de 60 años de su primera edición- o geográfica en tanto E.E.U.U. no deja de ser un país puritano. Véase la siguiente escena en que Carol, desde el cuarto de baño, pide una toalla a Therese: Therese la cogió y se la llevó, y en su nerviosismo, mientras ponía la toalla en las manos extendidas de Carol, sus ojos bajaron sin querer desde la cara de Carol a sus pechos desnudos y más abajo. Vio la rápida sorpresa en la mirada de Carol mientras se volvía. Therese cerró los ojos con fuerza... pero a través de sus párpados seguía viendo la imagen del cuerpo desnudo de Carol (200). Del mismo modo, no comparten cama en los hoteles en que pernoctan hasta que Therese se lo plantea en términos de duda: Si se lo pedía, pensó, Carol la dejaría que esa noche durmiera con ella en su cama. Más aún, quería besarla, sentir sus cuerpos uno junto al otro (...) ¿La rechazaría Carol con disgusto si sólo le pedía? ¿Desaparecería en aquel instante todo el afecto que Carol pudiera sentir hacia ella? (205-6). Por fin Therese se decide a solicitárselo a Carol: -Carol, te importaría..? (206); pero Carol la interrumpe porque está pensando en planificar qué harán al día siguiente. A la próxima oportunidad que tiene Therese de pedirlo, la situación se resuelve de manera natural y casi cómica: -¿Puedo dormir contigo? -le preguntó Therese. / -¿No has visto la cama? (208). Es decir, Therese no se había fijado en que iban a dormir juntas de todas maneras puesto que en la habitación sólo había una cama doble. Es en esa cama donde tendrá lugar el primer encuentro carnal entre ellas que antes mencionábamos y para el que, además, se ha preparado el ambiente adecuado -y por eso decíamos que la situación se resuelve de forma natural. Véase lo que ocurre antes de la solicitud de Therese y desde su óptica:
Miró las manos de Carol y el mechón de pelo que caía sobre el pañuelo que llevaba atado a la cabeza (...) 
-¿Qué haces ahí de pie? -le preguntó Carol-. Vete a la cama. Estás dormida.
-Carol. Te quiero.
Carol se irguió. Therese la miró con sus ojos intensos y adormilados (...) Se acercó a Therese y le puso las manos en los hombros. Se los apretó con fuerza como si le exigiera una promesa, o quizá intentando averiguar si lo había dicho de verdad. Luego la besó en los labios como si ya se hubieran besado millones de veces.
-¿Tú no sabes que te quiero? -dijo Carol. (207-8)
Lo que ha ocurrido, pues, ha sido la manifestación verbal mutua de su amor. La conclusión lógica va a ser sexual. Y a la mañana siguiente tendrán otra escena tierna en que se vuelven a manifestar amor y, como todo ello ha ocurrido en una ciudad llamada Waterloo, se nos dirá poco más adelante que No había habido ni un solo momento ordinario desde aquella mañana en Waterloo (217) o que Había algo parecido a aquella mañana en Waterloo (223).
2º) La delicadeza y tonos líricos con los que se describe esa única -¿y para qué más?- escena sexual entre las protagonistas. Véase la continuación al fragmento que hemos copiado más arriba y en el que no se nos ahorra ni el orgasmo que Carol, que siempre se había mantenido más distante, le provoca a Therese: las palabras se borraban con el hormigueante y maravilloso placer que se expandía en oleadas desde los labios de Carol hacia su nuca, sus hombros, que le recorrían súbitamente todo el cuerpo. Sus brazos se cerraban alrededor de Carol y sólo tenía conciencia de Carol, de la mano de Carol que se deslizaba sobre sus costillas, del pelo de Carol rozándole sus pechos desnudos, y luego su cuerpo también pareció desvanecerse en ondas crecientes que saltaban más y más allá de lo que el pensamiento podía seguir. (...) Y en ese momento había una distancia y un azul pálido, un espacio creciente en el que ella echó a volar de repente como una larga flecha. La flecha parecía cruzar con facilidad un abismo, increíblemente inmenso, parecía arquearse más y más arriba en el espacio y no detenerse. Luego se dio cuenta de que aún estaba abrazada a Carol, de que temblaba violentamente y de que la flecha era ella misma. Vio el claro pelo de Carol, su cabeza pegada a la suya. Y no tuvo que preguntarse si aquello había ido bien, nadie tenía que decírselo, porque no podía haber sido mejor o más perfecto. Estrechó a Carol aún más contra ella y sintió sus labios contra los suyos, que sonreían. Se quedó echada mirándola, mirándole la cara sólo a unos centímetros de ella, los ojos grises serenos como nunca los había visto, como si contuvieran todavía algo del espacio del que ella había emergido. (...)
-Mi ángel -le dijo Carol- Caída del cielo. (209).

3º) Esa delicadeza y lirismo no sólo se da en la voz del narrador sino también en la de Therese, la más entregada de las dos. Véase la carta que escribe y no acaba de entregar a Carol: Siento que estoy enamorada de ti (...) y debería ser primavera. Quiero que el sol caiga sobre mi cabeza como coros musicales. Imagino un sol como Beethoven, un viento como Debussy, y cantos de pájaros como Stravinsky. Pero el ritmo es totalmente mío. (140). Frases de esa carta se van repitiendo a lo largo de la novela: Siento que estoy en un desierto con las manos extendidas y tú estás lloviendo sobre mí. (...) Te acariciaré como música atrapada en las copas de los árboles del bosque (171). Hay otros momentos en que Therese se vuelve a expresar en forma epistolar con frases que, a pesar de ser más tópicas, están llenas de sinceridad: Me gusta esta ciudad porque me recuerda a ti (268); Pienso en tu voz, en tus manos y en tus ojos cuando me miras de frente (269). Y otra comparación: la belleza de Carol la impresionó como si vislumbrara la alada Victoria de Samotracia (197). O pensamientos llanos cargados de sentido: levantar la cabeza de la almohada y ver el rostro de Carol (272). También Carol se expresa en tonos parecidos: Me gusta verte andar. Cuando te veo a lo lejos, siento como si andaras sobre la palma de mi mano y midieras unos centímetros (288); y, asimismo, por carta: Nunca nos hemos peleado, nunca hemos llegado a descubrir que no había nada más, ningún otro deseo ni en el cielo ni en el infierno que el de estar juntas. (...) Yo te digo que siempre te querré, que te quiero como eres y como serás  (279). Y ambas en conversaciones telefónicas:
Carol quería saber (...) si llevaba el pijama amarillo o el azul.
-Me va a costar mucho dormir esta noche sin ti. (264)

4º) Aparte de todos esos símbolos que intentan expresar los sentimientos amorososo o las sensaciones sexuales hay otros más sutiles: el cepillo de dientes que, como acto fallido, Therese olvida en casa de Carol (176); la figura de la Virgen que Therese, en una discusión en la que Richard la interroga sobre su relación con Carol, lanza contra el suelo y se rompe (177); el vestido blanco -Parece un vestido de novia (189)- que Therese se pone una noche en casa de Carol a solicitud de ésta; el sorbo de Therese a la taza de café que ha dejado Carol por la parte donde había un resto de carmín (192); el gesto de Carol, mientras conduce, de coger la mano de Therese y, acto seguido, detener el coche para enfrentarse al detective que, por encargo de su marido, las viene siguiendo (249); el solo nombre de Carol que, cuando Therese oye pronunciado por un tercero, le produce un extraño resentimiento (268); los geranios ya citados que Carol regala a Therese (274) y que, a pesar de que ella los riega (Tus plantas siguen creciendo en el jardín de atrás. Las riego cada día [281]), acaban secándose (307).

5º) Hay algún detalle anecdótico como la cantidad de alcohol que con toda naturalidad ingieren las protagonistas. Y no sólo beben cócteles sino que a veces, a pesar de su clase y delicadeza, ingieren coñac a un ritmo que superaría al más curtido albañil español. Véase por ejemplo: encontraron un bar desierto en el hotel más grande. El brandy estaba delicioso y pidieron dos más (217).

6º) Hay alguna buena frase suelta: Un clásico (...) una obra clásica es la que contiene una situación humana básica (179).

7º) En el lado contrario, un defecto, pero no de la autora sino de la traducción: Quedaban, pues, cuatrocientos cuarenta kilómetros hasta Omaha (253). Se supone que en el original la distancia está marcada en millas: ¿a santo de qué traducirlas a kilómetros si, aparte de que todo el mundo tiene noción de lo que es una milla, la milla es una medida más latina que anglosajona como su nombre indica al proceder del latín milia passuum (1000 pasos)?; por la misma razón habría que traducir de dólares a pesetas.
Todo lo mudará la edad ligera (Garcilaso, soneto XXIII, 13)




domingo, 10 de noviembre de 2013

Soldado de Nápoles


Ya iba tocando un poco de música y, mientras acabo la reseña de una de las pocas novelas de las que he leído en los últimos años y que puedo decir que vale la pena, dejo aquí unos fragmentos de la zarzuela La canción del olvido con música del maestro José Serrano y libreto de Federico Romero Sarachaga y Guillermo Fernández-Shaw estrenada en 1916. Traigo el fragmento sobre todo por el Soldado de Nápoles pero va también incluida la serenata previa.


miércoles, 6 de noviembre de 2013

Mark Twain, Aventuras de Huck

Twain, Mark, Aventuras de Huck (Acme Agency, Buenos Aires: 1944)
Otro de los muchos libros que hemos leído para cumplir con los desafíos que se explican en los enlaces de la zona superior de este blog.
Si no recuerdo mal, en un estudio clásico sobre la picaresca de título Itinerario de la novela picaresca española, su autor, Alberto del Monte, incluía esta obra entre otras muchas tardías con algunos de los rasgos que caracterizaban la picaresca española (Lazarillo, Guzmán de Alfarache, Buscón...). Y sí, las Aventuras de Huck cumplen al menos tres de ellos: 1º) la pseudoautobiografía puesto que estamos ante una narración en primera persona; 2º) la genealogía negativa con un padre alcohólico y una madre desaparecida; 3º) la itinerancia en tanto Huck y otros personajes se van moviendo por donde les lleva el río Misisipi que, dicho sea de paso, es otro de los verdaderos protagonistas de la novela.
Ahora bien, el tono y los acontecimientos alejan nuestra obra de la picaresca tradicional para aproximarla a las novelas de niños traviesos como, por ejemplo, las de la serie de William Brown de Richmal Crompton; otra de las novelas del autor, Las aventuras de Tom Sawyer, también lo es y se emparenta con ésta tanto por personajes comunes (Tom Sawyer, la tía Polly) como porque ésta narra hechos inmediatamente posteriores a los de aquélla. Ahora trataremos la obra por apartados en los que anotaremos los aspectos que creemos merecen interés:
  • Ya en el primer capítulo, el narrador, Huckleberry Finn, menciona al autor, Mark Twain, para decir que, a la hora de contar la historia puede figurar entre las personas poco mentirosas (9). No podemos, entonces, sino recordar el Quijote donde, aparte de insistirse constantemente en que Cide Hamete Benengeli miente, también en I,2 el protagonista menciona al supuesto autor que narrará sus aventuras; o el pasaje de I,8 en el que el propio Cervantes aparece como autor de una de las novelas que posee don Quijote en su biblioteca.
  • La relación entre nuestra obra y el Quijote va más allá y alcanza el nivel de lo explícito. En el capítulo 3 y en el marco de las travesuras de Tom Sawyer y su pandilla, deciden atacar a lo que, según su imaginación, es una caravana de mercaderes árabes y españoles; cuando luego resulta ser un grupo de chicas asistentes a la clase de catecismo dominical, Tom Sawyer da la siguiente explicación a Huckleberry Finn: Tú no has leído las aventuras de don Quijote. Si las conocieras, sabrías la causa. Hay encantadores que hacen cosas extraordinarias. Allí había soldados, mulas y elefantes, pero los encantadores transformaron la caravana en un montón de chicas para darnos un mal rato (22-23).
  • Puestos ya en la clave de nuestra literatura clásica, hay ciertos capítulos que nos recuerdan otros tantos pasajes de la picaresca: en los capítulos centrales de la obra el protagonista y su compañero el negro Jim, durante su descenso por el Misisipi, se ven eclipsados por personajes que se hacen pasar por aristócratas y viven del engaño: apuntan así a la cofradía de pícaros en Rinconete y Cortadillo o a los caminantes con quienes se topa don Pablos en su viaje de Segovia a Madrid. Incluso al buldero del Lazarillo que, como en este caso, pasa a primer plano y deja eclipsado al protagonista.

sábado, 2 de noviembre de 2013

2 de noviembre

¿Qué día es hoy?: 2 de noviembre.
¿Qué día fue ayer?: 1 de noviembre.
Hasta aquí, incluso un niño de la E.S.O. lo sabe. Y si no sabe qué día es hoy, al menos sabe que un calendario se lo dirá.
Ahora, un par de preguntas ya para intelectuales:
¿Qué festividad se celebró ayer?: el día de Todos los Santos.
¿Qué se celebra hoy?: el día de los Fieles Difuntos.
Ahora otra pregunta para quienes gozan de sentido común: ¿es lo mismo un santo que un difunto?
Por fin, una pregunta a modo de conclusión: ¿qué día hay que ir al cementerio diga lo que diga la tele?
Y no hago más que repetir lo mismo que, por estas fechas, dije en este blog el año pasado donde, además, hablaba de Jalogüín. Este año no voy a hablar de eso porque queda en el recuerdo la desgracia del Madrid Arena: la culpable, como siempre, la sufrida Ana Botella mientras algunos quedarían pensando que, si quienes fueron a esa fiesta de Jalogüín se hubieran quedado en casa comiendo castañas y m/boniatos, ahora ya no estarían entre esos difuntos que se celebran hoy.
Por fin: una cita, que es como una joya, para explicar la relación entre Todos los Santos y los Fieles Difuntos. La frase es nada menos que de fray Justo Pérez de Urbel O.S.B. extraída del volumen IV p. 215 del Año Cristiano (Fax, Madrid: 1940, con dos Nihil obstat y un Imprimi potest nada menos que del abad de Silos):
El día escogido (para los Fieles Difuntos) fué este que sigue a la festividad de Todos los Santos, para de este modo ofrecer el homenaje de nuestro recuerdo a esas dos muchedumbres de hermanos nuestros que se llaman la Iglesia Triunfante y la Iglesia Purgante.