Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



martes, 6 de agosto de 2013

H.G. Wells, La guerra de los mundos

Wells, H.G. La guerra de los mundos (Margen, Barcelona: 1959)
Otra de las obras que hemos leído porque está en los catálogos de los desafíos que explicamos en las páginas a las que remiten las pestañas de la parte superior de este blog. Y entendemos que es una obra que, si ha alcanzado alguna celebridad, ha sido por la adaptación radiofónica de Orson Wells y, sobre todo, por sus consecuencias. Porque no pasa de ser una temprana (1898) novela de ciencia ficción en la que se narra una invasión de la tierra por parte de los marcianos. Quizá en la pluma de un Julio Verne... Aunque tiene alguna relación, por el tratamiento lateral de la ciencia, con otra novela del autor, La isla del doctor Moreau, de cuya película hicimos una reseña hace tiempo.
La historia se nos presenta en primera persona narrada seis años después por alguien que asistió a los hechos: Hace ahora seis años que el cataclismo se abatió sobre nosotros (7). Con ello ya se nos anticipa que el final no fue, como se podría suponer por el desarrollo de los acontecimientos, catastrófico. En efecto, ya en el capítulo I,1 se observa por el telescopio una explosión en la superficie de Marte de la que se sigue lo que aparentemente es un meteoro que caerá sobre la Tierra en las cercanías de Londres. Tal meteoro resulta ser un cilindro del que salen marcianos que fabrican ingenios en forma de trípode semejantes al de la ilustración y alrededor de los que va creciendo una hierba roja que todo lo invade. La consecuencia va a ser la destrucción de cuanto encuentran los marcianos a su paso avanzando hacia Londres. El narrador busca refugio para su familia y luego, al regresar a su casa, ve cómo nada puede el ejército contra la invasión y huye hacia Londres, que se va evacuando. Al final ocurrirá algo semejante a la intervención de un deus ex machina que, por lo artificial, no acaba de convencer: tanto los marcianos como la hierba roja que todo lo impregna sucumben ante las bacterias terrestres.
De algún mérito son ciertas reflexiones que se reparten por la novela:
  • La relatividad del hombre y la idea de que puede no ser el centro de todo: sentí una sensación de destronamiento, una persuasión de que yo no era el amo, sino un animal más entre los otros animales bajo el talón de los marcianos (103).
  • La fragilidad de Inglaterra como potencia, y no hemos de olvidar que estamos en 1898: se han instalado en buenas condiciones y cortado los brazos y las piernas a la nación más poderosa del mundo (108).
  • La necesidad, ante una catástrofe de consecuencias imprevisibles, de salvar el saber: Lo que nos hace falta es salvar nuestro saber y aumentarlo. Prepararemos locales especiales en sitios muy profundos, y llevaremos allí todos los libros que podamos. Nada de novelas, ni de versos, nada de tonterías, sino ideas, libros de ciencia, de ese género (112; y véase la coincidencia con el papel que Platón concede a los poetas en La república).

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