Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



martes, 3 de septiembre de 2013

Suetonio, Vidas de los doce césares, I

Suetonio, Vidas de los doce césares, I (Gredos, Madrid: 1992)
En primer lugar manifestaremos nuestra sorpresa porque la prestigiosa colección de Gredos tenga pendiente la publicación de la mitad de esta obra de Suetonio. En efecto, este primer volumen de los doce césares, dedicado a César, Augusto y Tiberio, es de 1992; luego aparecería el segundo dedicado a Calígula, Claudio y Nerón. Y veinte años después seguimos pendientes del resto cuando la editorial ha publicado algún texto tan tardío como La ciudad de Dios de san Agustín... No vamos a decir, o sí, que Suetonio ha de primar sobre san Agustín. Una sola razón: Suetonio es la fuente no sólo de textos básicos como el Yo, Claudio y sus secuelas de Robert Graves, o de Quo vadis, sino de esas visiones del mundo romano posterior a la república como espacio donde anida todo vicio y perversión.

Este primer volumen, como queda dicho, está dedicado a César que, paradójicamente, no es un césar, y a sus sucesores, ya emperadores, Augusto y Tiberio. Por cierto, dice la Littérature latine de J. Bayet (Armand Colin, París: 1956, p. 616) que Suetonio explique les hommes par l'héredité, fait agir l'un sur l'autre le physique et le moral, con lo que estamos cerca del naturalismo del XIX, de un Zola o, a escala nacional, la Pardo Bazán. Y no es un hombre al que interese una visión global o progresiva de la historia sino que, a lo sumo, cae dentro de esa visión que opone la rectitud de los hombres durante la república a la depravación de los emperadores. Por lo demás, sus biografías se presentan según un esquema rígido: vida pública, rasgos físicos, vida privada .
Julio César
  • Acerca de Julio César diremos que es la primera vez que leemos esas frases tan atribuidas a él que no están en su obra, ni en la Guerra civil ni en la de las Galias. Me refiero a lo de la suerte está echada (I,32 Alea jacta est) con motivo del cruce del Rubicón con sus tropas previo a la guerra civil con Pompeyo o a lo de llegué, vi, vencí (I,37,2 Veni, vidi, vici) que no la pronuncia sino que la lleva inscrita durante un triunfo. Por lo demás, se detiene el texto en la gran reforma del calendario, por ello llamado juliano, con el que salva la diferencia de dos meses que se venía arrastrando desde tiempo inmemorial y que se aprecia en las fechas que da en sus obras y por las que, por ejemplo, abril cae en invierno. Se ofrece algún dato curioso de sus cualidades militares como el hecho de equipar a sus soldados con armas adornadas con plata y oro para que se mantuvieran más firmes en el combate por miedo de perderls (I,67,2). Y en cuanto a sus rasgos físicos se dice que era epiléptico, calvo,... Se cuenta su ambivalencia y promiscuidad sexual explicando que llegaron a llamarle marido de todas las mujeres y mujer de todos los maridos (1,52,3) y se insiste una y otra vez en su relación con el rey Nicomedes de Bitinia (I,2, I,49). E interesantísimo, al menos para los freudianos, es el sueño de César en el que se ve violando a su madre (I,7,2) y que le interpretan en el sentido de que, puesto que su madre última es la tierra, la conquistará toda.
  • En cuanto a Augusto se presenta su nacimiento rodeado de alguna anécdota que recuerda el Evangelio y, en concreto, el episodio de los inocentes: en efecto, meses antes de  nacer se produce en Roma un prodigio que anuncia el nacimiento de un rey con lo que se plantea la posibilidad de no criar a los varones nacidos ese año (II,94,3). Luego ya se cuenta alguna anécdota peculiar como sus errores linguísticos diciendo simus por sumus (II,87,2: y podría haber anotado el editor que esa variante es la que explica el castellano semos por somos); o su afición a repetir la expresión
    Octavio Augusto
    ¡Date prisa lentamente! (II,25,4), que imaginamos según la conocida expresión latina Festina lente. O que prohíbe la lucha a muerte de los gladiadores en el circo (II,45,3; lo que no quita para que más tarde se volviera a ello). Y con él se entra ya en la depravación: su afición no sólo a los dados sino a desflorar tantas doncellas que hasta su mujer tenía que buscárselas (II,71,1); y ello tras una juventud de afeminamiento y homosexualidad a la que parece haberlo introducido Julio César (II,68). En cambio, castiga la vida viciosa de su hija y su nieta desterrándolas a islas y prohibiéndoles la compañía (II,65).
  • Con Tiberio parece seguirse la progresión degenerativa: su afición al vino era tal que al entrar en el ejército le llamaban no Tiberio sino Biberio (III,42,1); y, ya emperador, era capaz de pasar dos días seguidos con su noche intermedia comiendo y bebiendo; o le gustaban banquetes servidos por muchachas desnudas; o nombraba a alguien para un cargo si era capaz de beberse un ánfora de
    Busto de Tiberio
    vino (III,42,2); o se retiraba a Capri, reclutaba muchachas y muchachos y los mandaba fornicar (II,43); de ahí ya a alguna anécdota en la que el autor dice preferir no entrar pero que revela clara paidofilia (III,44). Habrá que añadir los episodios de crueldad: hace matar a dos de sus nietos por causas que no quedan claras pero que parecen ser los celos (III,54); instala prácticamente un estado de terror donde no se salvan ni las niñas y, como según ley, no se puede estrangular a las vírgenes, manda a los verdugos que las violen y luego las estrangulen (III,61); inventa suplicios como hacer beber a los condenados grandes cantidades de vino y después ligarles sus partes naturales para que no puedan orinar (III,62). De todo ello se seguirá, por supuesto, un gran estallido de alegría popular con su muerte (III,75).
Y, por último, algunas observaciones generales:
  1. Del texto se deduce, a partir de las notas del editor, que Suetonio utiliza el sistema de cómputo inclusivo, esto es, que cuando el texto atribuye 16 años a César (I,1) según nuestro cómputo serían 15 cumplidos. La razón está en que las fracciones de año se cuentan ya como uno. Lo mismo ocurre, por ejemplo, en las Epístolas de san Pablo.
  2.  Nos enteramos también, o rectificamos algo de lo que estábamos convencidos, de que Jano era dios de las puertas, de donde el latín ianua (y de ahí ianuarius) o el portugués janela. Lo es, por supuesto, y por eso tiene dos caras mirando una hacia adentro y la otra hacia afuera; pero lo que no sabíamos es que, según nota a II,22, no lo es de las puertas de las casas.
  3. Es curioso el dato por el cual ya por entonces se recogían los discursos del Senado en taquigrafía (1,55,3) y anota el editor que, según Plutarco, el primer discurso taquigrafiado lo pronunció Catón en el 63 a.C.
  4. ¡Oh escándalo!: el texto dice que Augusto gustaba de jugar con niños moros (II,83: supongo que el texto latino dirá mauris pueris). Lo de menos es la paidofilia, lo grave es que diga moros, ¡qué racismo! Pues a ver si se entera tanto ignorante de que si se les llama así es porque procedían de la antigua provincia romana llamada Mauritania.
Y algún descuido se le nota al editor en el aparato de notas como cuando en el libro I, p. 104 dedica la nota 144 a explicar quién es Gayo Claudio Marcelo y, en la página siguiente, repite la explicación en la nota 148.

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