Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



miércoles, 11 de septiembre de 2013

Antología del relato negro, I

Varios autores, Antología del relato negro, I (Ediciones Irreverentes, Madrid: 2009)
Autores noveles, en la red, los hay a puñados. Fuera de la red supongo que también. La ventaja de la red es que pueden hablar entre ellos, discutir, opinar mutuamente sobre sus producciones... Otra cosa es el nivel: la red facilita lo de "yo tengo una idea, la desarrollo, la cuelgo por cualquier página y a ver -con frecuencia haber- qué pasa". Pero, ¿desde qué presupuestos escribo?, ¿qué novelas he leído antes de atreverme a redactar la mía?, ¿conozco suficientemente la gramática y la ortografía? Sí, hay autores que conocen sus limitaciones y van tirando modestamente. Pero otros...

Me contaba un editor hace tiempo que, de entre los muchos manuscritos que recibía, le llegó uno de sólo tres páginas con una nota que decía: "Ahí va eso. Si os interesa, sigo."
Ya no digo esos poetas que, como dicen sentir algo, lo plasman sobre el papel y, como Petrarca ni les suena, se quedan con la idea de ser originales mientras no pasan de repetir lo mismo que cantaba Camilo Sesto antes de que ellos nacieran. Sólo que Camilo Sesto sabía también decir lo de yo voy por las calles con tu nombre cerrado en mi puño, que no está nada mal. No llega a un Pessoa diciendo cosas tan sencillas como lo de que tu silencio es como un abanico cerrado pero tiene su nivel.
¿Que a qué viene todo esto?: pues a esta antología. Compré el libro por deferencia hacia uno de los autores antologados, mi amigo Nelson Verástegui, leí su relato y, ya que estaba, todos los demás. (Dicho sea de paso y para las estadísticas sobre índices de lectura: una cosa es la cantidad de libros vendidos y otra, la de los leídos).
A ello voy: el relato de Nelson Verástegui, "Como tinta negra china muy seca" correcto, ambientado en los territorios que él conoce y donde yo lo conocí, la Suiza francófona, y con su toque de ciencia ficción. Un descuido, eso sí, por galicismo: recoger champiñones (p. 50), que debería sustituir por recoger setas porque setas es el correspondiente español del francés champignons mientras champiñones, en español, es sólo una variedad de setas.
Y otros autores también con buenos relatos sin defectos de forma. Miguel Ángel de Rus, a quien creo al frente de la editorial, con una buena ocurrencia en lo que toca a lo políticamente correcto: dijo que era afroamericana, pero en realidad era negra (10 "No debisteis poner vuestras sucias manos sobre los libros").
En cambio otros autores... Véase el relato "La muerte nunca falta a sus citas" de Andrés Fornells: 1º) sin atender a proporciones, en un relato de nueve páginas dedica una página entera a describir la oficina de un detective privado con primores tales como, para una mesa coja, decir que tiene tendencia al baile; 2º) cae en la manía -común en muchos noveles- de creer que un adjetivo antepuesto es más literario que pospuesto y acaba produciendo la sensación de novela mal traducida del inglés: bien torneados muslos (38), bien diseñada nariz (40), espumeante bebida (40), cascado motor de su baqueteado utilitario (45 [y por supuesto hablo con conocimientos gramaticales suficientes sobre diferencias entre anteposición y posposición, epítetos, adjetivo especificativo o explicativo..]); 3º) quizá inducido por esa visión de lo que es literario o no -repásese bien lo de la función estética del lenguaje- va a parar a unas expresiones que rozan el ridículo: en efecto, establecido en la primera página que el protagonista es un investigador privado, busca, para no caer en repetición, variantes sinonímicas que se comentan por sí solas: joven indagador (38), joven averiguador (39).
En vicio parecido, esto es, en un reto en busca de la expresión más complicada porque, si no, lo que escribe no parece literatura, cae el relato "Remordimiento" de Álvaro Díaz Escobedo: la lluvia abundante se convierte en tanto líquido elemento como el soportado (75); una galería no daba la vuelta a una casa sino que la anillaba (75). No se calló sino que se sumó al mutismo (76), la lámpara está encestada en el techo (78). Y si la noche pedía paso al crepúsculo (90), ¿a qué seguir con tan culta latiniparla?
Todo ello no quita, claro, para que otros relatos que los citados valgan la pena, pero estos dos últimos... Corolario, conclusión, consejito: antes de ponerse leer al menos, al menos, un clásico, y no ya el Quijote que caerá lejano a tantos sino qué sé yo, La Regenta, Fortunata y Jacinta, o Torrente Ballester, Delibes...

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