Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



domingo, 23 de junio de 2013

Daphne du Maurier, Rebeca

Du Maurier, Daphne, Rebeca (Ediciones la nave, s.l.: s.f.)
Resulta que Rebeca fue novela antes que película de Hitchckok del mismo modo que el sol fue un astro antes que una puerta de Madrid. Aunque da igual porque para mí esa película está, con Casablanca o Lo que el viento se llevó, dentro del grupo de películas que, si no he visto hasta ahora, ya para qué.
El caso es que un día paseando por el mercado de san Antonio de Barcelona vi esa novela en una edición bonita que parece de los años 50 y la compré por un precio risible. Y dormía el sueño de los justos en mi biblioteca cuando por el periódico local me entero con cuatro días de antelación de que el 20 de junio se va a celebrar una tertulia sobre la obra en el Ateneo de Mahón del que soy socio. La leo a toda velocidad, acudo por primera vez a esa tertulia y me doy cuenta de algo lógico: Mahón, a levante de Menorca, mira al Mediterráneo abierto; Ciudadela, a poniente, no tiene delante más que la costa de Mallorca. Supongo que esa es la razón de que, mientras el grupo de tertulia de Ciudadela sólo discute obras de literatura catalana, el mahonés lo hace de obras universales hasta el punto de proponer para la vuelta del verano tratar sobre el Ulysses de Joyce. Por cierto, en Ciudadela y leyendo las obras que se han venido proponiendo últimamente he llegado a la conclusión de que lo de narrativa catalana actual es tan oxímoron como el conocido sobre el pensamiento navarro.

A lo que voy: la novela correcta y entretenida: con un comienzo a lo Agatha Christie, episodios que recuerdan Cumbres borrascosas y final con vuelta a Agatha Christie. El argumento se podría resumir así: Maxim de Winter, de alta posición y recientemente enviudado, conoce en Montecarlo y corteja a la narradora, dama de compañía de una excéntrica dama americana. Se casan y van a vivir a la mansión familar, Manderley, donde la narradora, cuyo nombre no aparece en ningún momento, trata de adquirir o hacerse merecedora de ese espacio enfrentándose al ama de llaves, Mrs. Danvers, y a la omnipresencia de Rebeca, la anterior mujer, presuntamente ahogada, de su marido. Al final sabremos que Rebeca era un ser tan perverso que su mismo marido la mató de un disparo en el yate en el que ella había salido a navegar; al descubrirse casualmente el yate hundido y aparecer el cadáver de Rebeca se celebra una vista oral en que el marido queda impune.
En principio se aprecian sólo dos errores:
Error primero, en el punto de vista. La novela está presentada de forma pseudoautobiográfica, esto es, narrada por el personaje femenino que se va a convertir en antagonista de Rebeca. Ahora bien, cuando se trata de la pseudoautobiografía en, por ejemplo, la novela picaresca, se suele distinguir entre Lázaro o Guzmán (narradores del Lazarillo de Tormes y el Guzmán de Alfarache respectivamente) y Lazarillo o Guzmanillo, protagonistas de las obras. ¿Cuál es la diferencia entre Lázaro y Lazarillo?: la experiencia vital en tanto Lázaro escribe desde una edad adulta y Lazarillo es el niño cuya psicología va evolucionando hasta convertirse en Lázaro. Pues bien, esa perspectiva no se da en nuestra obra: la narradora se sitúa psicológicamente en todo momento en los hechos que está narrando sin filtrarlos por el misterio que se va a desvelar -el asesinato de Rebeca- y que conoce a la perfección cuando se supone que comienza a narrar. Un mínimo botón de muestra: dice la narradora: Quizás nuestra estancia en Londres iba a ser larga (457); pero está claro que, si narra con posterioridad, ya sabe si esa estancia va a ser corta o larga.
Error segundo, en la sucesión lógica de los hechos finales. El marido ha asesinado a Rebeca. Independientemente de la cuestión moral de si está justificada o no esa muerte, no parece lógico que al asesino quede impune Pues bien, al final de la obra, al encontrarse el cadáver, hay varios momentos en que el marido está a punto de ser descubierto: cuando, en la vista oral, de la declaración del constructor de barcos que ha puesto a punto el yate se desprende que alguien lo ha hecho zozobrar (cap. XXII); cuando Favell, primo y amante de Rebeca, aporta una nota por la que ésta le daba una cita para la misma noche en que Rebeca muere y ello desmonta la teoría del suicidio de ésta que es a la que llega el juez (XXIII); cuando Ben, el enajenado que merodea por la playa donde estaba anclado el yate y en la que estaba la caseta de los encuentros entre Rebeca y Favell declara falsamente no haber visto nunca a éste (XXIV); cuando el ama de llaves, Mrs. Danvers, declara también en falso no tener conocimiento de la relación carnal entre Rebeca y su primo (XXIV). En resumidas cuentas, parece como si de forma forzada la novela tuviera que concluir en un relativo happy end en el que el culpable queda a salvo para poder vivir de una vez su historia de amor con la narradora. Es más: hay dos momentos en que casi se da como descubierto y castigado a Maxim de Winter: 1º) Frank, el amigo de Maxim, cuando éste está declarando ante el juzgado, le dice a la narradora, que está esperando, que Maxim tardará mucho tiempo (412) y esas palabras quedan como retumbando en su cerebro al modo de una funesta premonición: ¿Por qué dijo eso? ¿Qué significaban sus palabras? ¿Por qué no me miró al decirlas? (412). 2º) Y, al final, la narradora tiene un sueño en el que Maxim está peinando a Rebeca y La cabellera en sus manos se iba convirtiendo en una larga cuerda que se retorcía como una serpiente. Maxim la cogió y se la puso alrededor del cuello (477); es imagen que, aparte de recordar a la Gorgona de cabellos de serpiente, anuncia la horca que se supone habrá de castigar a Maxim.
Y ya nos vamos a otros aspectos dignos de ser destacados en la novela:
  • La acción parece avanzar a base de hitos que adquieren carácter simbólico ya desde el principio. En efecto, durante el enamoramiento inicial entre la narradora y Maxim que genera la acción se da una cierta asimetría. Mientras la narradora nos hace saber mediante sus palabras que se está enamorando de Maxim, éste, en cambio, muestra su amor no verbalmente sino más bien por gestos o hechos que adquieren ese carácter simbólico. Dos ejemplos: 1) Tras volver de un paseo en coche por Montecarlo, la narradora, buscando sus guantes encuentra casualmente un libro de poemas de amor que él le regala (60) y del que luego sabremos que era, a su vez un regalo que le había hecho Rebeca con una dedicatoria -"A Max, de Rebeca, 17 de mayo"- en la que la narradora nota que el nombre "Rebeca" se destacaba vivamente en negro, con la R alta e inclinada eclipsando las demás letras (62); ese regalo cumplirá una doble función por parte de Max: renuncia a Rebeca y a su amor puesto que se deshace de su regalo, y prenda amorosa entregada a la narradora. 2) En otro momento de esos paseos, al hacer fresco, él le echa por encima un gabán y ella reflexiona: Recuerdo muy bien el detalle porque yo era tan joven que el simple hecho de usar su ropa me hacía sentir feliz (67) y ya sabemos por el folclore o la psicología el valor de cubrir a la amada en relación, por ejemplo, a lavar la camisa o motivos parecidos.
  • Una vez casados, la labor de la narradora va a consistir en conquistar el espacio que en la casa, Manderley, había ocupado Rebeca y, consecuentemente, en la destrucción de la misma Rebeca y de su recuerdo para adquirir plenamente el papel de esposa de Maxim de Winter. En efecto, en un principio Rebeca, aún muerta, se hace omnipresente: Su voz estaba todavía en alguna parte, y el recuerdo de sus palabras. Todavía quedaban lugares que ella había visitado, objetos que ella había tocado (79-80); y al encontrar en un cajón una caja tarjetas de visita, la narradora toma una y, al ver el nombre de Rebeca, La volví a la caja de nuevo y cerré el cajón sintiéndome de repente culpable de una indiscreción, como si estuviera en casa de otra persona (145). Pero la narradora irá sobreponiéndose: 1) Es capaz de pronunciar el nombre de Rebeca -Aunque parecía imposible, al fin había pronunciado su nombre... ¡Había dicho el nombre! Había pronunciado la palabra Rebeca en voz alta (205)- que para su marido es tabú -se refería a Rebeca llamándola "ella" (212)-; y ya antes se había referido a ella llamándola su mujer: Al fin había pronunciado yo la palabra, la palabra que había tenido en suspenso en la punta de la lengua durante varios días. ¡Su mujer! La pronuncié con facilidad, sin repugnancia como si el mencionarla hubiera sido la cosa más natural del mundo ¡Su mujer!... y volvió a aparecérseme la dedicatoria en la guarda de aquel libro de versos con la R curiosamente inclinada (70-71); por fin destruye la página del libro con el nombre de Rebeca y la quema en un acto que anticipará el incendio final de Manderley: simbolizará la anulación total de la misma Rebeca y, curiosamente, la R en la que tanto se fijaba será lo último en desaparecer: Corté la página... Hice añicos la página entre mis dedos y los arrojé a la papelera... Pero los pedacitos de papel no se apartaban de mi memoria... Cogé una caja de fósforos y los prendí fuego... Y la última en desaparecer fue la letra R (102). 2) Va ocupando los espacios exclusivos de Rebeca: primero la casita de la playa (X) donde lo que había sido un jardín se ha convertido en un lugar lleno de ortigas (188), significativamente la única planta negativa que presenta la narradora y la misma que invadirá Manderley tras su destrucción: Las ortigas, vanguardia del ejército invasor, asomaban por todas partes (12); luego entra en la habitación exclusiva de Rebeca (XIV) donde encuentra un camisón con las letras R de W entrelazadas y bordadas (262-263), reiteración de la R del libro y de otra que encuentra casualmente en un pañuelo: Tenía  un monograma en una esquina. Una R alta e inclinada con las letras de W entrelazadas. La R era enorme, el rasgo de su rabo llegaba hasta el encaje (198). 3) Acaba por sustituirla en el baile de disfraces (XVI) al vestirse, instigada por Mrs. Danvers, del mismo modo que se había vestido Rebeca: Terminé de vestirme y me miré al espejo. La imagen que en él se reflejaba parecía pertenecer a otra persona. Contemplé esa imagen que no parecía ser la mía y me sonreí con una nueva y extraña sonrisa (313). 4) Por fin, otra anécdota en la misma dirección es la rotura accidental por parte de la narradora de una figurita de Cupido (XII) que luego (238) resulta ser un regalo para la boda de Maxim y Rebeca: no podemos resistir la tentación de interpretarlo, desde la psicología, como un acto fallido.
  • De lo dicho antes se sigue que la narradora y Rebeca son personajes que se conciben en oposición. Esa oposición alcanza a un personaje paralelo a Rebeca, el ama de llaves Mrs. Danvers, que actuará de antagonista en ese proceso de la narradora por tomar plena posesión de Manderley como esposa de Max de Winter. Está caracterizada de forma completamente negativa: aspecto de un calavera..., (mano) pesada y fría..., voz fría y sin expresión (117); negra figura, tétrico rostro (123); su voz tenía un acento muerto y frío.., ojos negros y sombríos (126). Y nos iremos dando cuenta de que se había establecido una total complicidad entre Rebeca y Mrs. Danvers hasta el punto de que la primera adopta el apellido de la segunda al visitar al ginecólogo (XXVI). Así mismo, por la vestimenta de Mrs. Danvers entenderemos una recomendación que al principio le hace Max de Winter a su esposa: ¡Prométeme que no te vestirás nunca de raso negro! (77). También adquirirá así cierto sentido el nombre de la doncella de la narradora, Clarice, nombre positivo y asociado a la luz por el que se podrá trazar un cuadro del tipo Rebeca = Mrs. Danvers / narradora = Clarice
  • Por fin, hay un personaje que merece atención especial, el demente Ben, que entra dentro del  tópico del loco lúcido al modo de don Quijote; es el único capaz de resumir con una frase a las dos mujeres en oposición: a la narradora le dice: Tiene usted ojos de ángel y de Rebeca, que parecía una serpiente (246), la misma imagen con la que la dotará en sueños la narradora. Queda en esas dos frases esquematizada la novela en tanto lucha entre el ángel y el diablo.

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