Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



domingo, 14 de abril de 2013

A. y F. (relato presentado al C concurso de relatos Bubok [tema libre])

A. es Anaïs. Escrito así, con diéresis, a la francesa. Anaïs es dicharachera, entre delgada y delgaducha, y rondará los veinticinco. Anaïs pertenece a tu bar.
Todo el mundo pertenece a un bar. Puede ser el que le caiga más cerca de casa, del trabajo, o puede que la querencia le lleve, sin saber por qué, a un bar que no le cae ni de paso. Aquí en el barrio tenéis dos bares, el Florida y el de la Quintana. Tú perteneces al segundo, como Anaïs. Y tampoco es exacto que Anaïs pertenezca a tu bar, es más bien al contrario porque fuiste tú quien llegó después cuando hace unos meses viniste a vivir aquí. Escogiste el bar de la Quintana y ahora perteneces a él. Y sí, puede haber gente que no vaya nunca a un bar, pero eso no quita para que pertenezca a uno u otro; como el que no va a misa pero pertenece a una parroquia.
Anaïs, cuando llega al bar, besa en las mejillas a uno o dos clientes de tu edad que están por la barra y pide un café con leche y un bocadillo. Tú, que lees el periódico esperando para el dominó, te enteras sin querer de las conversaciones: las mujeres de la mesa están sacando toda la genealogía de alguien que ha salido en el periódico local en forma de esquela y aquellos dos del fondo cuentan que tal patrón ha decidido a última hora no salir a la mar y, como los marineros se han quedado en el bar Tritón de bajamar y llevan allí al menos cuatro horas, ya te puedes imaginar cómo andarán…
Anaïs está hablando con F., la camarera. Cuchichean en voz baja, no entiendes lo que dicen y sigues con el periódico. Al marcharse, Anaïs besa a F. en la mejilla y te haces la idea de que son primas. Llegan Quel y Flores y ya hay gente para la partida. Os sentáis a jugar.
Pasan los días y llega un viernes por la mañana. Puede que todo ocurra en viernes. Para ti es día de cerveza. Estáis en la barra, lleváis ni se sabe cuántas y, cuando toca tu ronda, vuelves la vista hacia F. y pides. En ese mismo momento está entrando Anaïs y lees la mirada de F. hacia Anaïs. Deduces que no, que no son primas. No le das más importancia. O sí se la das. O no sabes. Porque quizá fue en ese momento cuando empezó todo.
Se hace la hora de comer y la gente se va retirando. Aún no es la una y media y, como tú sueles comer a las dos en el Club 94, decides pasar un momento por el Florida, el que no es tu bar, para ver un momento a Lucky y los suyos. Al salir, Anaïs y F. están en la puerta fumando y riendo.
Para tus amigos del Florida todos los días a partir de las once de la mañana son viernes. Están en la barra, te acercas y pides una ronda. Luego cae otra y otra y otra... Proponen jugar un capi y tú dices que es la hora de comer:
-Luego te vienes con nosotros a casa y preparamos algo.
Intuyes que va a ser un mal día, que ni vas a comer como Dios manda ni te vas a tomar la medicación pero, como los aprecias, te quedas con ellos. Jugáis al capi a cinco céntimos y rondas y rondas hasta casi las cinco:
-Vamos a casa a comer.
Sois cuatro y Lucky propone que él y tú os avancéis mientras los demás compran en el Spar. Sacas un billete de 10 euros para la compra y no lo aceptan. Subes a casa de Lucky y lo que esperabas, ceniceros repletos de colillas y latas de cerveza vacías sobre la mesa. Ambiente depresivo. Llegan los otros del Spar y lo único que traen son latas de Mahou. Lucky se mete en la cocina, alguien enciende la tele y aparece un menú en el que puedes escoger música. Les da por la música mejicana. Lucky sale con una bandeja de buñuelos de bacalao y el único que come eres tú mientras Jorge Negrete va cantando aquello de “traigo pistola al cinto y con ella doy consejos”. Ya estás pensando en la resaca del día siguiente y en todos los malestares que la van a envolver. Decides marcharte y no necesitas excusa: ya pasan de las seis y es tu hora del dominó. Huyes.
Llegas a tu bar y en la puerta está F. fumando. Al verla te da la sensación de que eres una ficha de parchís que alcanza el seguro. F. te pregunta:
-¿Cómo está, S.?
S. eres tú y es la primera vez que F. te llama por tu nombre. Te ha tratado de usted y, sin ninguna razón, no le apeas el tratamiento.
Más cerveza y todo se acelera y se confunde. No recuerdas si ganaste o perdiste en el dominó, ni sabes qué hacías luego otra vez en el bar Florida, ni si luego hubo otros bares, ni cómo llegaste a casa...
Te despiertas el sábado y ahí viene la sorpresa. Tu primera sensación no es el dolor de cabeza ni la idea de que va a ser un día perdido. Ni te asaltan las preguntas que sueles hacerte en esas ocasiones: ¿cómo conseguí llegar a casa?, ¿dejé el coche bien en el parking sin rascar ninguna columna?, ¿me queda dinero en la cartera para bajar al bar a tomarme al menos un café y empezar a despejarme? No, ninguna de esas angustias en la cabeza sino sólo su frase:
-¿Cómo está, S.?
Una y otra vez esa frase con tu nombre en sus labios. Cosas de la resaca, pensaste. O de no haberte tomado la medicación. Te la tomas y su frase sigue repitiéndose e incluso se invierte: ya no es sólo tu nombre pronunciado por ella sino el suyo, F., que te va penetrando. Y mientras pensabas que ya se te pasaría al día siguiente con la resaca, su nombre se te fue incrustando dentro.
F. es Feli. Pero no de Felisa, ni de Feliciana. Feli es Felipa, como suena. Y si a estas alturas no te has molestado siquiera en inventarte un argumento para contar aquí y no haces más que basarte en la realidad, no vas ahora a cambiar los nombres de los lugares o las personas para que queden mejor. Felipa, ¡qué se le va a hacer! Podrías escribir todo un tratado sobre nombres de mujer. O ir directamente a la conclusión y decir que, para ti, el nombre más bonito es Clara porque es el de la mujer que más has querido. Sí, Clara, aquella niña bien de Barcelona a finales de los ochenta, cristiana, socialista y depresiva, todo a la vez bajo su cazadora negra y su piel blanca. Clara, la que entre polvo y polvo te pedía que te interesaras por los problemas sociales:
-A mí sólo me importas tú.
Y era rigurosamente cierto. Tan cierto que por eso te abandonó, porque tu relación con la realidad llegó a niveles de autismo. Pero deja ya a Clara, que a estas horas estará impartiendo filosofía blanda en alguna universidad de diseño mientras Feli, tu Feli, está fregando la pica en el bar y a lo mejor ha echado un currículum para el Mercadona que están construyendo en el polígono.
Estabas en que creías que se te iba a pasar y que no se te pasó. ¿Cuánto hace ya? Tienes una amante cálida en la península con una casa entre montañas. Te espera porque le gusta que seas tú quien encienda la chimenea. Pero Feli, sin saberlo, te tiene aquí anclado hace semanas. No quieres coger el avión. Tras despegar, da la vuelta sobre el mar y sobrevuela vuestro pueblo de noche. No quieres mirar abajo y preguntarte bajo qué luz se cobija, tras qué penumbra la tendrá Anaïs abrazada.
No hace falta que digas que podría ser tu hija. Por eso te vas conformando con poca cosa. Cuando Anaïs no está, fumáis juntos a la puerta del bar. Si sopla tramontana se te pone a sotavento para poder encender el cigarrillo y luego te da las gracias con los ojos.
-Tienes la mirada limpia pero no me preguntes qué quiere decir eso.
Luego callas para que el viento no te robe las palabras. Y en la partida... En la mesa del dominó sueles jugar de espaldas a la barra y ella suele venir cada veinte minutos por si queréis algo. Tú, sin verla ni oírle los pasos, la sientes acercarse y te apresuras a calcular la ficha que vas que poner porque, si le oyes la voz, seguro que te equivocas y el compañero te riñe.
Poca cosa más. Los martes, todos los martes por la mañana, le pides dos cupones de los ciegos, los dos iguales, de los que cuelgan junto a las botellas de ginebra. Ella te los da, los separas y le entregas uno. Nunca hasta ahora te ha preguntado por qué y si te lo pregunta se lo explicarás: porque desde que compras los cupones hasta la mañana siguiente en que miráis en el periódico el número premiado compartís destino. Casi como ir por la vida de la mano. ¿Y Anaïs? Sí, se supone que si a vosotros os toca el número algo le tocará también a ella, pero da igual. Además, si os toca el primer premio, las sacarás a las dos del bar. No quieres que tu Feli se pase la vida sirviendo cervezas. Ni quieres que sea otra quien te las sirva. Eso es, cuando una mujer te provoca sentimientos contradictorios…
Y lo vas a dejar ya. Ahora sólo quieres que vuelva a ser martes para celebrar otra vez ese matrimonio a plazo fijo que sólo existe en tu cabeza y que
quieres que se repita todos los martes de tu vida. Y lo vas a dejar porque lo que has de hacer no es seguir escribiendo sino bajarte al bar a verla.

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