Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



jueves, 24 de enero de 2013

Albert Sánchez Piñol, Victus


Sánchez Piñol, Albert, Victus (La Campana, Barcelona: 2012)

No.
No es la primera vez que empiezo la crítica a una obra con la negación. Voy a poner ahora dos negaciones coordinadas:
no y no.

Resumiendo: es de lo peor que he leído en los últimos tiempos. Sin alcanzar el nivel de Entrevías de J. L. Clemente que ya reseñé en el blog pero de lo peorcito: tanto, que si yo fuera el autor me exiliaba hasta que se olvidaran de mí. Ah, bueno, ya se sabe que el éxito de público no implica calidad y ahí está la obra entera de un Marcial Lafuente Estefanía que, por lo menos, sabía escribir en castellano.
He leído la obra porque tocaba en un grupo de lectura en el que participo esporádicamente. Y además le había leído a Pérez Reverte –creo que en Twitter- que era una buena novela (y añadía que lo decía sinceramente y que no conocía al autor). Bien, pues a medida que avanzaba menos entendía la opinión de Pérez Reverte: ¿no es él quien puso a su hija a investigar el marco histórico para las aventuras del capitán Alatriste?; ¿no es él quien se aprendió el censo entero de Madrid para colocar los nombres de todos cuantos vivieron Un día de cólera y que además detallaba que los franceses no medían la temperatura en grados centígrados ni Farenheit sino Réaumur? Bueno, pues si es así, ¿cómo puede Pérez Reverte opinar bien de una novela cuyo narrador-protagonista, situado en Tortosa en 1708, diga la siguiente barbaridad a propósito de dos caballos derrengados: me bastaba con que resistieran los ciento cincuenta kilómetros que me separaban de Barcelona (184)? Pues, ¿no le sería más fácil coger el tren o ir por la autopista? Pagando en euros, por supuesto. Imagínese si será tonto el autor que en algún momento intuye que aún no se ha implantado el sistema métrico decimal: mientras en Barcelona se pasa hambre en Mataró hay depósitos con sesenta mil cuarteras de trigo (394); bien, pues el narrador protagonista, un ilustrado avant la lettre, traduce rápidamente esa magnitud a cuatro millones y medio de kilos de trigo (397) dejándome convencido ahora de que el autor es incapaz de convertir kilos en toneladas.
En fin, que me parece que fue Torrente Ballester quien, a pesar de haber escrito la Crónica de un rey pasmado, dijo algo así como que quienes escriben novela histórica es porque no tienen capacidad para imaginar un argumento.
¿Y el tipo de narrador escogido?: lo que en la teoría se llama intradiegético o narrador interno; de ahí que la obra sea una pseudoautobiografía. Un personaje nos explica su vida desde sus estudios en Lyon hasta el asalto a Barcelona por las tropas borbónicas en 1714; sólo que el personaje aún está en plena juventud al acabar la acción y, en cambio, la narra desde una vejez avanzadísima. Aquí el error es de coherencia, de visión...: en todo momento, la visión que da de los hechos es inmediata, desde la mentalidad infantil o juvenil, y no desde la perspectiva e experiencia de la vejez. Es Paquito Rico quien lo explica muy bien, como no podía ser de otra manera, para el caso de novelas picarescas, también pseudoautobiográficas, como Lazarillo de Tormes o Guzmán de Alfarache: de un lado están Lazarillo o Guzmanillo, protagonistas que van avanzando por la obra, y, de otro, Lázaro o Guzmán que, situados en un determinado punto de vista y desde la experiencia de los años, narran su vida. Pues bien, esa perspectiva brilla por su ausencia aquí.
Más: hay una cosa que me ha gustado de la novela, los santos. Santos en el sentido antiguo, por supuesto, esto es, los dibujitos. Porque, además de ser bonitos, en las páginas ocupadas por láminas el autor está callado. Pero visto de otra manera: una novela es narración, esto es, movimiento de personajes en el tiempo y en el espacio; se le puede, y se le suele, añadir descripción y diálogo. Pero si un autor aprovecha la obra para meter todo lo que sabe de una determinada materia... Hace unos años se celebró en Francia el centenario de Vauban, el gran ingeniero militar. Me da que al autor le llegó la moda, se leyó unos cuantos libros –y yo tengo dos de ellos comprados en el castillo de Carcasona- y los ha metido ahí. Sólo que toda novela se resiente cuando se abandona la narración y se emplean páginas teóricas sobre cualquier materia que rozan –y penetran- en el ensayo. Sin ir más lejos el antes citado Guzmán de Alfarache tiene al menos la mitad del texto dedicada a doctrina religiosa: tiene una justificación, que es una obra de propaganda católica tras el concilio de Trento. Pero aquí, todas las explicaciones sobre poliorcética...: y de ahí los santos, las ilustraciones, para que el lector las pueda entender, lo que no deja se tener su punto infantil, eso de los trabajos escolares llenos de dibujitos y colores. Y lo mismo con los discursitos repletos de la doctrina oficial, eso de Cataluña como tierra prometida cuyo ambiente, tan pasivamente receptivo, hacía que las gentes se metamorfosearan en menos de una generación (201) y vamos a olvidarnos de todos los judíos que matamos en 1390; o lo de que como nosotros somos buenecitos, los castellanos son malísimos: para un castellano de pro trabajar era una deshonra; para un catalán, la deshonra era no trabajar (128), o sea, lo de que el dinero que se roba a Cataluña sirve para que los parados andaluces se emborrachen en los bares...
Más: el autor es un avanzado a su tiempo porque, a pesar de ser de 1965, parece haber estudiado la ESO. En efecto, es un ignorante a diferentes niveles. Véase como repite una y otra vez el adjetivo austriacista cuando es austracista; usa el gentilicio borgoñeses (15) cuando toda la vida ha sido borgoñones. Y para barbaridad gorda, ésta:
la Hispania que siguió a la caída del Sacro Imperio Romano Germánico... se dividió en tres franjas, de norte a sur (125), que serán Portugal, Castilla y la corona catalana (lo que siempre ha sido Corona de Aragón): en primer lugar, las franjas son cinco porque ha olvidado León y Navarra, y para ilustrarlo Menéndez Pidal passim sobre reconquista, repoblación y expansión de lenguas peninsulares; en segundo lugar, el Sacro Imperio Romano Germánico no tiene nada que ver con eso y se ha confundido con la caída del Imperio Romano de occidente; el Sacro Imperio Romano Germánico, o Primer Reich, por cierto, es resultado de la política carolingia y al margen de todo eso. Ya no digamos el batiburrillo de la p. 126 donde, como Aragón no existe, el matrimonio de los Reyes Católicos se convierte en la unión de Castilla y Cataluña...
Ah, bueno: si el autor sabe que Lérida en castellano siempre ha sido Lérida (238), ¿a santo de qué se empeña en repetir una y otra vez santa Eulàlia acentuado a la catalana?
¿Y qué decir de los mapas que acompañan el texto? Uno, desplegable, sobre el sitio de Barcelona por los ejércitos borbónicos: por supuesto, lo de incluir un mapa en la edición de una novela es burda imitación de El señor de los anillos. El otro mapa, en la página 11 con título Situación política en Europa 1705: en él la península ibérica se divide en Portugal, España-Castilla y Cataluña: o sea, que a base de repetir como loros lo de Som una nació, hay gente que ya se lo cree.
No sé qué más decir: que leyendo la novela me daban ganas de estar al mando de un cañón situado en Collcerola para arrasar la torre Agbar, la Sagrada Familia... Y que en el siglo XVIII las ideas modernas vienen de Francia, no de Austria. Eso que se llama Ilustración y Siglo de las Luces... Pero claro, si siempre se escoge el lado incorrecto...
Y que a quien le interese alguna novela sobre el sitio de una ciudad narrado desde dentro con hambre, horrores de la guerra y esas lindezas, ya tiene, sin ir más lejos, Zaragoza y Gerona entre los Episodios nacionales de Pérez Galdós; y en Zaragoza ya aparece todo eso de las paralelas del ejército sitiador sin echarle tanta comedia.
Corolario o última reflexión: esta novela me costó el sábado 12 de enero 24 euros en la librería Pau de Ciudadela y el precio medio del quinto San Miguel en Ciudadela es de 1 euro 40 céntimos. He desperdiciado, pues, 17 quintos.

4 comentarios:

  1. ¿Seguro que los 17 quintos no te los has tomado antes de escribir esta apología de la Ecs-paña una, grande y libre? Lo del cañón arrasando la Sagrada Familia te retrata y te califica. A ser posible, cuando vayas a disparar, mira dentro.

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  2. Te contestaría en catalán, pero como pareces un pobre charneguito de Almería no creo que me entiendas.

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  3. No hay peor mentira que una verdad a medias. Lo que hace el autor con esta etapa histórica lo explica el mismo en la pág. 455 "lo que confeccioné fué una bellísima mentira. Falsa, pero seductora, con ápices de verdad y sustrato maligno."
    Como novela histórica es deprimente: el primer mapa es un bofetón a la Historia. No menciona el Reino de Aragón. La patria imaginada si quiere ser libre no puede basarse en los complejos y mentiras sobre la Historia, sino en la voluntad actual.

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  4. El miércoles pasado, viajando en barco de Barcelona a Menorca vi dos personas que estaban leyendo eso. Recobré la costumbre de santiguarme.

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