Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



sábado, 28 de diciembre de 2013

Cataluña libre o la tierra prometida

Vamos a imaginar a alguien catalán de toda la vida. De 30 años, de nombre Jordi, por supuesto, y con sus dos apellidos catalanes. Nació y vive en alguno de esos rincones de la Cataluña profunda -Vich (sic), Ripoll, Calaf.... Recibió una educación normal, esto es, basada en la hispanofobia: la última guerra civil la convocaron los españoles con la sola intención de acabar con la lengua catalana; en Madrid lo único que quieren, por pura envidia, es acabar con Cataluña; meneársela no es pecado si uno lo hace pensando en la virgen de Montserrat... Supongamos también que decide casarse con una pubilla de su tribu de nombre Nuria y con otros dos apellidos catalanes. Mira sus ahorros, habla con el padre y su futuro suegro, y decide que, si quiere comprar un piso, ha de pedir una hipoteca. ¿A dónde acude a pedirla?: a la Caixa, por su convicción de que es un banco catalán por los cuatro costados; el pobrecito Jordi, llevado de su ignorancia, no sabe que el capital no tiene patria ni ideología y cree que el BBVA, Santander... son, por españoles, bancos fascistas. Pero a los efectos de lo que vamos a contar da lo mismo que solicite su hipoteca en la Caixa que en el ING Direct.
Llega el día del supereferéndum y él, al igual que otros Jordis de apellidos García y Martínez que piensan que votando que sí por fin les perdonarán que sus abuelos hubieran nacido en el sur y hubieran llegado en la patera de Almería, vota a favor de la independencia por sus mil razones personales: porque al día siguiente Cataluña será la Arcadia donde entonces sí se atarán los perros con longanizas de Olot, porque Messi correrá a cambiar su pasaporte sudaka por un D.N.I. con la cuatribarrada y la selección catalana podrá ser campeona mundial de fútbol con Guardiola de entrenador....
Supongamos ahora que por ese proceso o por decisión gratuita del dictadorcillo tribal, Cataluña pasa a ser independiente. Consecuencias:
-Se ha de adoptar una nueva moneda. Llámese pujolet, virolai o, como antes, peseta. Y la nueva moneda habrá de fluctuar -lo que antes llamaban la serpiente monetaria- con el resto de divisas. Y ya se avisó de que la depreciación que se le calcula a esa nueva moneda rondará el 30%. Y no digamos cuando emitan deuda pública cómo se pondrá la prima de riesgo y cuánto se divertirán los especuladores con un valor que, por estrecho, será pura volatilidad.
-Por lógica aplastante, en los días, semanas, meses anteriores se habrá producido, por el principio de que el capital es cobarde, una evasión de capitales del todo lícita: hacia España u otros países de la zona euro; o ilícita hacia Andorra, Suiza, paraísos fiscales... Por cierto dentro de la evasión lícita está mi familia: por pura humildad no voy a decir el dinero que hemos sacado estos dos últimos años mi familia y yo, pero sí diré que antes del verano sacaré otros 150.000 euros. Calcúlese, pues, el que estarán sacando los mismos convergentes, esto es, los nietos de aquellos que tanto rezaron para que, por fin, las tropas nacionales entraran en Barcelona y los liberaran de anarquistas y comunistas, y les devolvieran sus fábricas y palacetes expropiados.
-A todo ello se puede añadir que Cataluña se habrá de hacer cargo de la parte proporcional de la deuda española, que habrá de gastar todo lo necesario -y ya ha empezado a ello sin esperar al referéndum- para dotarse de estructuras de estado... (Y no voy a caer en el argumento fácil de los quirófanos cerrados mientras eso ocurre).
Y ahora la conclusión: ¿qué le pasará al pobrecito Jordi el primer fin de mes? Pues que su nómina de 1.000 euritos se habrá convertido en otra nómina de -pongamos- 200.000 virolais que, al cambio, serán 700 euros. Bien, no pasa nada hasta que al día siguiente le cae la hipoteca y se le queda la cuenta a cero. Acude a su agencia de la Caixa a pedir explicaciones y -¡oh sorpresa!- le dicen que, como la hipoteca la ha firmado en euros y su nómina ahora, con la nueva moneda, no alcanza... Llora, jura, perjura y se dice: pero si los malos son los españoles y los buenos, entonces, somos los catalanes, ¿cómo un banco catalán me puede hacer eso a mí, que llevo la cuatribarrada tatuada en el alma?
Corolario: el pobrecito Jordi con su fidelísima Nuria embarazada de un Oriolet deshauciados por el banco catalán en el que tanto confiaban.

martes, 24 de diciembre de 2013

Andrea Camilleri, La caccia al tesoro

Camilleri, Andrea, La caccia al tesoro (Sellerio, Palermo: 2010)
Hace ya más de un año que reseñamos en una misma entrada dos novelas de Camilleri de la serie dedicada al comisario Montalbano. Ahora volvemos con esta no sin antes explicar una anécdota: compré el libro en agosto del presente año en la librería Laie de Barcelona y lo empecé a leer en un viaje en barco de Barcelona a Ciudadela el día 14 de agosto, víspera de la Virgen porque por eso viajaba, para llegar a punto del santo de mi madre. Pero con las precipitaciones me lo olvidé en el barco; volví al día siguiente a la estación marítima y después de muchas gestiones acabé por dar el libro por perdido. Total, que hube de recomprarlo este pasado sábado en la misma librería y, como ya lo he leído, no creo que lo vuelva a perder en el barco en el que vuelva a Menorca hacia el 10 de enero.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Alessandro Baricco, Mr Gwyn

Alessandro Baricco (Turín, 1958)
Baricco, Alessandro, Mr Gwyn (Feltrinelli, Milán: 2013)
Esta novela es la propuesta del Ateneo de Mahón para discutir en la tertulia literaria correspondiente a este mes de diciembre. Y lo primero que diré es que es una novela bonita y extraña. Y no sé si es bonita porque es extraña o viceversa. Tampoco sé si he entendido todo lo que tenía que entender: bien se me escapado alguna clave por mi empeño en leerla en italiano cuando mi comprensión no es total, bien lo que ocurre es que la novela no tenga ninguna pretensión de trascendencia. De momento copio, de la página oficial de la editorial Feltrinelli, lo siguiente: Jasper Gwyn diceva che tutti siamo qualche pagina di un libro, ma di un libro che nessuno ha mai scritto.
Y de la misma fuente aporto el siguiente párrafo, que coincide con la contraportada y puede servir para dar una idea del argumento:
Jasper Gwyn è uno scrittore. Vive a Londra e verosimilmente è un uomo che ama la vita. Tutt’a un tratto ha voglia di smettere. Forse di smettere di scrivere, ma la sua non è la crisi che affligge gli scrittori senza ispirazione. Jasper Gwyn sembra voler cambiare prospettiva, arrivare al nocciolo di una magia. Gli fa da spalla, da complice, da assistente una ragazza che raccoglie, con rabbiosa devozione, quello che progressivamente diventa il mistero di Mr Gwyn. Alessandro Baricco entra nelle simmetrie segrete di questo mistero con il passo sicuro e sciolto di chi sa e ama i sentieri che percorre. Muove due formidabili personaggi che a metà romanzo si passano il testimone, e se a Mr Gwyn tocca mischiare le carte del mistero, la ragazza ha il compito di ricomporne la sequenza per arrivare a una ardita e luminosa evidenza.

Analizaremos la obra a partir de los centros de interés:

lunes, 16 de diciembre de 2013

El hobbit: La desolación de Smaug

El hobbit: La desolación de Smaug (The Hobbit: The Desolation of Smaug, Peter Jackson, 2013)
Avanzo la conclusión, que va a ser la misma que el año pasado expliqué aquí a propósito de la primera parte dEl hobbit: vaserquenó.
Y me limito a repetir la mayoría de cosas que dije entonces:
  • Que también fue mi niño unigénito quien me llevó al cine a verla ayer 15 de diciembre.
  • Que si el texto dEl hobbit es la sexta parte del dEl señor de los anillos según se desprende al ver las ediciones de Minotauro, es un despropósito dedicar el mismo tiempo fílmico a los dos textos.
  • Que una de las maneras de hinchar la película es a base de falsificar el texto de Tolkien introduciendo personajes que no estaban en él como la elfa Tauriel o Légolas. Se supone que la primera aparece por lo de que siempre ha de aparecer una tía buena y el segundo como concesión al público menos exigente, que busca una mayor cohesión con El señor de los anillos. Más grave aún es la subintriga alrededor de ambos personajes: Tauriel oscilando amorosamente entre Légolas y el enano Kili.
  • Que la introducción de un personaje femenino gratuito conlleva un problema, el escoger a la actriz, en este caso la Evangeline Lilly de la foto. Por supuesto, no vamos a decir que no está buenísima pero sí que, a nuestro entender, no es la ideal. Porque si con las elfas dEl señor de los anillos nos acostumbró a las bellezas pluscuamperfectas y, a la vez, dulces y angelicales de Cate Blanchett y Liv Tyler, en Evangeline Lilly, si bien pluscuamperfecta, no vemos ni lo angelical ni la dulzura.
  • Que ya se ha agotado la fórmula: si ya se hizo un derroche de imaginación para presentarnos un Rivendel altamente preciosista lo lógico es que defraude con la pobre ciudad élfica del bosque. Lo mismo vale para los inframundos: por más que lo recubra de tesoros no alcanzará a superar ni las minas de Moria ni la torre de Sauron. Quizá se salve la ciudad del lago construida de un modo que a la vez sugiere Venecia, los palafitos, un zoco árabe y el Tenochtitlan que encontraría Hernán Cortés.
  • Que si lo de caracterizar a un enano como una mezcla de Astérix y Obélix es intencionado, mal: son mundos tan diferentes... y que nadie me salga con que es un guiño a qué se yo... Y si no es intencionado es falta de imaginación.
  • Que lo que sí se salva en la película es la música final que no pude acabar de oír porque a mi niño le dio la prisa por salir del cine. Resulta haber sido compuesta por el británico Ed Sheeran y tiene un fondo celta más que apropiado. La he encontrado en el yutú:


    Aunque lo que está claro es que la noticia cinematográfica del día es la muerte de otro de los grandes de antaño, Peter O'Toole. Reconozco -o presumo de- no haber visto Lawrence de Arabia (ni Casablanca ni Lo que el viento se llevó) pero siempre he considerado a Peter O'Toole un gran actor. Sí lo recuerdo en Adiós Mr. Chips (1969), que vi de estreno; y en la serie televisiva Masada haciendo de general romano (1981). Y hoy me acabo de enterar que participó en una versión de Calígula (1979) protagonizada por el gran Malcolm McDowell, el que alcanzó la eternidad con una de las últimas películas visibles de la historia, La naranja mecánica.

    jueves, 12 de diciembre de 2013

    Manuel Puig, Boquitas pintadas

    Puig, Manuel, Boquitas pintadas (Seix Barral, Barcelona: 1984)
    Otra obra leída para cumplir desafíos y, como la anteriormente reseñada, de la colección Literatura contemporánea Seix Barral.
    El argumento viene a consistir en una serie de historias de amor entrecruzadas y centradas alrededor de un personaje principal, Juan Carlos Etchepare; unas son sinceras, otras de conveniencia, otras por puro sexo... Y se nos cuentan en un tono que oscila entre la novela rosa y el melodrama.
    Desarrollo los aspectos de interés:

    domingo, 8 de diciembre de 2013

    Nelson Mandela: iconos e iconoclastias

    Hace cuatro días fue lo del aniversario del asesinato de Kennedy y ahora le ha tocado a Nelson Mandela. Aburre el modo que tienen de hinchar las noticias: hasta parece que le estén dedicando más tiempo a su muerte que la que dedicaron a Mikel Jackson (o como se escriba). Y hoy he oído por Radio Nacional no sólo que mañana le dedican por la tele un programa especial sino que hasta ahora no se podía dar por cerrado el siglo XX porque sobrevivía la que no dudaban en llamar su última gran figura.
    Yo, la verdad, no veo que sea para tanto pero pregunto: si aún no se ha podido superar la muerte de Amália Rodrigues ¿qué más da que haya muerto Nelson Mandela?

    Addenda del 10/12/13: era cierto lo de que a Nelson Mandela le iban a dedicar un superprograma, pero ha sido hoy por la radio. Cojo el coche a las 9:30 para hacer un recado y Radio Nacional ya estaba mareando con el asunto; vuelvo a coger el coche a las 12:45 y seguían. Han dicho, eso sí, que desde el fin del apartheid la diferencia económica entre blancos y negros es mayor. Sin comentarios.

    miércoles, 4 de diciembre de 2013

    Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel

    Bioy Casares, Adolfo, La invención de Morel (Seix Barral, Barcelona: 1985)
    Otra de las muchas novelas para avanzar en el cumplimiento de los desafíos explicados en otras páginas de este blog. ¿Y cuáles son las alternativas que se abren cuando, tras leer un texto, uno no entiende gran cosa?: 1ª) Releerlo cuantas veces sea menester; 2ª) Acudir a la red y, como quien pide auxilio, consultar -sin pasar por la güiquipedia, por supuesto- qué han dicho otros lectores de la obra. Opto por la primera alternativa y decido que ya volveré a leer más adelante la obra si tengo ganas.

    sábado, 30 de noviembre de 2013

    Raúl Dans, Un corrent salvatge

    Dans, Raúl, Un corrent salvatge (Arola, Tarragona, 2013)
    Debe de ser la única ocasión en que he leído un texto apenas 13 días después de haber salido de la imprenta. En efecto, entre el 27 y el 28 de noviembre he leído esta obra de teatro acabada de imprimir el 15 de noviembre. El único problema es que, contra natura, la he leído en la pantalla del ordenador y no sobre el papel. Mejor aún hubiera sido asistir a su representación teatral puesto que ya se sabe que en una obra de teatro no cuentan sólo las palabras sino otros muchos aspectos como puedan ser la iluminación, vestuario, sonidos...

    martes, 26 de noviembre de 2013

    Sinn sage (y III)


    Vuelvo, por tercera y -espero- última vez, con mi amada Sinn Sage: las otras dos entradas las publiqué el 27 de septiembre y el 25 de octubre de este año.
    Que es una ordinaria no hace falta decirlo pero ¡qué se le va a hacer!: que me horrorice una foto como la de encima no quita un ápice al cariño que le he cogido a la criatura. Además, no es ella quien comete la guarrada, son las otras dos. Ella es una señora que se limita a separar un tanto las piernas para ver hasta dónde es capaz de llevar la lengua la rubia que, como la morena, está reducida a la condición perruna mientras ella se mantiene erguida -o casi- como las personas. Ahora bien: cuando uno ve una foto así, que la ha sacado ella misma en Twitter para hacer publicidad de sus actuaciones, no puede sino pensar que la niña, como todo el mundo, tendrá padre y madre. Y si la ven así...
     
     Aquí a la izquierda, otra foto donde la vemos en una de sus facetas más cultivadas, el sadomasoquismo. Para que se vea lo completita que es la nena y los muchos palos que toca. De momento, algo es de admirar: la mata de pelo. Discretita pero la tiene, a diferencia de Aiden Ashley o esas otras actrices del ramo que, para el gusto español, parecen bebés o muñequitas de juguete. Apréciese también otro mérito, la blancura del cuerpo libre de tatuajes a diferencia de su compañera que no ha podido resistirse a marcar su brazo izquierdo con Dios sabe qué. ¿Y la expresión facial?: ojos cerrados y boca entreabierta como si ya estuviera recibiendo su dosis de placer cuando la otra parece que simplemente se limita a situarla.
    Supongo que las mentes sensibles y amantes del arte, al ver esa foto de Sinn Sage han caído rápidamente, como yo, en que la postura que adopta la niña está inspirada en la de uno de los iconos del orbe homosexual recibiendo su castigo. Nos referimos, por supuesto, a San Sebastián. Muchas son las pinturas que, reflejando su martirio, nos lo presentan en esa posición con los brazos hacia arriba. Véase, sin ir más lejos, ésta del boloñés Guido Renni y de principios del XVII.


    Una última foto de nuestra amadísima Sinn Sage en posición cuasiyacente. Porque parece como si, de tanto que sabe, hubiera olvidado posturas tradicionales de las de una encima, otra debajo y a ver qué pasa. Aquí casi lo consigue pero con su vertiente sádica no puede evitar, mientras escarba con la mano derecha entre las piernas de su compañera, ahogarla con la izquierda. Y apréciese el gesto de la compañera agarrando con fuerza la colcha no se sabe si en expresión de placer, de dolor o de una mesurada combinación de ambos.

    Y un vídeo con la nena haciéndose una pajilla escandalosa y sobreactuada mientras se inventa no sé qué historia galáctica. Lo único digno de comentario es cómo empieza hablando y, a medida que el placer la inunda, va perdiendo la capacidad de hablar. Definitivamente, no es lo suyo; está mucho mejor cuando otra mujer le da la réplica.

    viernes, 22 de noviembre de 2013

    Sylvia Plath, Ariel

    Plath, Sylvia, Ariel (edición bilingüe Hiperión, Madrid: 2010)
    Hemos leído este libro de poemas para discutirlo en el grupo de lectura del Ateneo de Mahón esta misma tarde de hoy, 22 de noviembre. Y nos viene como algo completamente nuevo porque jamás habíamos oído de esta poetisa (1).
    Acudiendo ya al texto, partiremos de una obviedad: que, sobre todo a partir del Romanticismo, el poeta busca su propia voz. Sin embargo, una cosa es que que el poeta busque su propia voz y otra cosa muy diferente que esa voz sea comprendida sólo por él. Algo de ello ocurre con Sylvia Plath: hermetismo, gusto por lo críptico... Que eso se cumple para otros muchos poetas, sí: ahí está el llamado trobar clus de los trovadores provenzales o el Góngora de sus poemas mayores. Pero unos y otro se insertan en una tradición y el mismo Góngora no se entiende si no es con la línea que, partiendo de esos mismos trovadores, pasa por el dolce stil nuovo, Petrarca, Garcilaso... Y a Sylvia Plath, en cambio, no la podemos encuadrar en niguna línea, al menos que conozcamos, de la tradición occidental, y de ahí que se no comprendamos buena parte de sus imágenes. Podríamos adscribirla a un surrealismo tardío a partir de versos como el que abre el poemario: El amor te echó a andar como un rollizo reloj de oro ("Canción matutina") del que, tras nuestra sorpresa, lo único que podemos decir es que la primera palabra de todo el libro es Love. Pero si estamos ante ese surrealismo, recordamos al Lorca de Poeta en Nueva York y recordamos también que sus símbolos -monedas, esquinas...- van adquiriendo sentido a base de recurrencias o por asociación de ideas. Ante esta poetisa el trabajo es mucho más difícil.
    Entrando ya de pleno en el comentario, intentaremos catalogar rasgos del conjunto de poemas que forman el libro:
    • Sustantivos seguidos, rasgo surrealista, de complementos o adjetivos inesperados y acompañados o no de otros más adecuados: en el mismo poema de ese rollizo reloj, grito calvo, rosas planas y rojizas ("Canción matutina); pantalla de lámpara nazi ("Señora Lázaro"); beso de ácidos serpentinos ("Olmo"); espuma de trigo ("Ariel"); densa sopa gris letal ("Carta de noviembre"); virgen / de acetileno puro ("Fiebre de 39,5º"); un aburrimiento buitrero que quizá se entienda a partir del título del poema ("El ahorcado"); palabras secas y sin jinete ("Palabras"). Quizá ello alcanza su cénit con la placenta de Platón ("Tótem").

    lunes, 18 de noviembre de 2013

    Petros Márkaris, Pan, educación, libertad

    Márkaris, Pan, educación, libertad (Tusquets, Barcelona: 2013)
    Leímos la novela a propuesta del club de lectura de Ciudadela y para discutir este pasado sábado 16 de noviembre. Y no es una novela que dé, como se demostró, para discutir ampliamente. Forma parte de una serie protagonizada por el comisario Kostas Jaritos pero no tiene ni punto de comparación con otras de la misma índole como las de Maigret o Montalbano.
    El argumento es simple: tres asesinatos, en el marco de una crisis griega que en ningún momento se muestra necesaria para la trama, resueltos por el comisario al modo clásico de la novela policíaca, es decir, tras ir descartando sospechosos.

    jueves, 14 de noviembre de 2013

    Patricia Highsmith, Carol

    Pues sí, ésta es Patricia Highsmith
    Patricia Highsmith, Carol (Anagrama, Barcelona: 1984)
    Una novela de ésas que uno encuentra un buen día por su casa y, ante la completa seguridad de no haberla comprado, se dice: 'alguna se la habrá dejado olvidada'. Y es una novela para la que el primer adjetivo que se me ocurre es preciosa. Y está muy alejada, en cuanto a la temática al menos, de otras novelas que le hemos leído a la autora como Ese dulce mal o Extraños en un tren; o de la serie de Ripley. Pero en otros aspectos se acerca a ellas: por ejemplo en ese dejar en tensión al lector a base de algo que no es intriga sino que se acerca bastante a la angustia. Por ilustrarlo de alguna manera: en el prólogo escrito por la autora ésta nos anuncia algo que a muchos disgustaría por lo que supone de anticipación, que tiene un final feliz (p. 12). Pues bien, tal como discurre la acción, dos páginas antes de acabar la novela se dan los siguientes pasos: 1º) no sólo no se ve el final feliz que espera el lector sino que se vislumbra un final tristísimo; 2º) se sugiere un final parcialmente feliz; 3º) se da el final feliz óptimo y el lector, por fin, acaba de sufrir.
    Porque, aún no lo hemos dicho, es una novela sobre la relación entre dos mujeres. La autora, en el prólogo, utiliza el término homosexual para decir que, a diferencia de la suya, en la década de 1950, en las novelas estadounidenses, los hombres y las mujeres homosexuales tenían que pagar por su desviación cortándose las venas, ahogándose en una piscina, abandonando su homosexualidad (al menos, así lo afirmaban), o cayendo en una depresión infernal (12). Y en el epílogo vuelve a utilizar la palabra y también gay: refiriéndose a la más joven de las mujeres dice que una chica con sus ambiciones y su nivel de percepción conocería el mundo gay desde los doce años de edad (316). Pues bien, a mi entender es una novela que trata de dos mujeres que tienen una relación amorosa y carnal, sí, homosexual también, pero ni son gays, ni homosexuales, ni lesbianas, ni -que nadie se asuste del arcaísmo- tortilleras. Son simplemente dos mujeres que, como tantas por no decir casi todas, han tenido experiencias amorosas heterosexuales fallidas y, en un momento determinado de sus vidas, se encuentran, se sienten atraídas y deciden vivir esa atracción.
    Por supuesto, leer una novela así conlleva el morbo -y como ya nadie sabe latín recuerdo que morbo significa enfermedad- de esperar que aparezca la primera escena tórrida y, sobre todo, de ver cómo se resuelve lingüísticamente. Pues bien, lo que uno de tantos neonarradores que pululan por la red convencidos de que están llamados a la gloria literaria expresaría con un Se comieron ávidamente el coño y se quedaría tan ancho dejándonos con el interrogante de dónde habría aprendido la palabra ávidamente, Patricia Highsmith, que nos hace esperar hasta la p. 208 (de 313), lo solventa de modo magistral. La escena está narrada desde la óptica de Therese, la más joven: Entonces Carol le deslizó el brazo alrededor del cuello y sus cuerpos se encontraron como si todo estuviera preparado. La felicidad era como una hiedra verde que se extendía por su piel, alargando delicados zarcillos, llevando flores a través de su cuerpo.
    Aún no hemos presentado el argumento pero es sencillo y le añadiremos algún comentario: Therese, la más entregada de las dos y que durante la novela pasa de los 19 a los 21 años, es dependienta temporal en unos grandes almacenes de Nueva York aunque suele trabajar preparando escenarios teatrales. A esos grandes almacenes acude como clienta Carol, más fría y distante, ya en la treintena y en proceso de divorcio. Se sienten atraídas, se encuentran, hablan, Therese va a casa de Carol... hasta que, acabado el contrato de Therese, deciden viajar a lo largo del país. Es entonces cuando viven plenamente su amor tanto en el terreno verbal como físico pero es también entonces cuando aparecen los fantasmas que sobrevuelan ese amor: un detective, por encargo del marido de Carol, las sigue para utilizar su relación en el proceso de divorcio y poder quedarse con la hija de ambos; Therese ve una amenaza en Abby, una antigua relación homosexual de Carol y con la que se mantienen en contacto telefónico; por su parte, Therese se deja rondar sin ningún entusiasmo por Richard, que le echa en cara su relación con Carol entendiendo tal relación como sórdida y patológica (273) y acaba por no querer saber más de ella; Therese había olvidado en casa de Carol un cheque que ésta le había firmado y, además, una carta en la que le confesaba su amor: no se había atrevido a entregársela y el marido de Carol encuentra ambos documentos y los utiliza en el proceso de divorcio. Por todo ello, tras pasar dudas y vaivenes sobre todo por parte de Therese y aunque en algún momento parece llena de fuerzas (sintió una repentina conciencia de la energía de su cuerpo, del vigor de las puntas de sus pies, de la sangre joven que caldeaba sus mejillas [287-8]) al volver a Nueva York se muestra reacia a proseguir con la relación a pesar de que Carol quiere mantenerla e incluso le pide que se vayan a vivir juntas; y ello durante un encuentro en el que, significativamente, Carol llevaba el mismo abrigo de piel, los mismos zapatos de ante negro que calzaba  el día en que Therese la vio por primera vez (300). Y ahí está el final: Therese cumple una serie de actos -mudarse de casa, ir a clases nocturnas, cambiar su guardarropa (296)- que apuntan a una ruptura con su vida anterior; luego, en una cita con Carol, rompe con ella e incluso esa separación se refuerza simbólicamente cuando Carol le pregunta por unos geranios que le regaló: -Las plantas que me regalaste... se murieron (307). Luego Therese acude a una fiesta de sociedad en la que conoce a una actriz que le propone asistir con ella a una fiesta privada en una habitación de hotel y que le produce, al conocerla, una sensación semejante a la que le había producido Carol: Therese vio su mirada posarse en ella un instante y le produjo un leve shock, algo parecido a lo que había sentido al ver a Carol la primera vez. En los ojos azules de aquella mujer vio el mismo relámpago de interés que había habido en los suyos -lo sabía- al ver a Carol (308-9); se insinúa así un final feliz pero sólo parcialmente para Therese que parece estar a punto de conseguir una nueva relación e incluso parece como si la novela fuera a cerrarse circularmente volviendo a la situación inicial con Therese ilusionada por esa nueva relación. Pero Therese reacciona, no acude a la fiesta privada a la que esa mujer la ha invitado y vuelve a la cafetería donde había dejado a Carol; la ve desde la puerta sentada en la mesa: Carol se echó el pelo hacia atrás. Therese sonrió: aquel gesto era de Carol. Era la Carol que siempre había amado y a la que siempre amaría. Oh, y ahora de una manera distinta, porque ella era distinta. Era como volver a conocerla, aunque seguía siendo Carol y nadie más. Sería Carol en miles de ciudades y en miles de casas, en países extranjeros a los que irían juntas, y lo sería en el cielo y en el infierno. Therese esperó. Después, cuando estaba a punto de avanzar hacia ella, Carol la vio. Pareció contemplarla incrédula un instante, mientras Therese observaba cómo crecía su leve sonrisa antes de que su brazo se levantara, de repente, y su mano hiciera un rápido y ansioso saludo que Therese nunca había visto. Therese avanzó hacia ella (313). Y en ese último párrafo se presenta el final feliz definitivo y contundente: Therese avanzando hacia Carol con la convicción de un amor que va a resistir todo tiempo y lugar.
    Ahora, otros aspectos dignos de interés:
    1º) El exceso de pudor entre las dos protagonistas a pesar de saberse enamoradas. Llevan varios días de viaje, duermen en la misma habitación y, aun así, su comportamiento es del máximo recato. Aunque quizá nuestra incomprensión venga de la distancia temporal -han pasado ya más de 60 años de su primera edición- o geográfica en tanto E.E.U.U. no deja de ser un país puritano. Véase la siguiente escena en que Carol, desde el cuarto de baño, pide una toalla a Therese: Therese la cogió y se la llevó, y en su nerviosismo, mientras ponía la toalla en las manos extendidas de Carol, sus ojos bajaron sin querer desde la cara de Carol a sus pechos desnudos y más abajo. Vio la rápida sorpresa en la mirada de Carol mientras se volvía. Therese cerró los ojos con fuerza... pero a través de sus párpados seguía viendo la imagen del cuerpo desnudo de Carol (200). Del mismo modo, no comparten cama en los hoteles en que pernoctan hasta que Therese se lo plantea en términos de duda: Si se lo pedía, pensó, Carol la dejaría que esa noche durmiera con ella en su cama. Más aún, quería besarla, sentir sus cuerpos uno junto al otro (...) ¿La rechazaría Carol con disgusto si sólo le pedía? ¿Desaparecería en aquel instante todo el afecto que Carol pudiera sentir hacia ella? (205-6). Por fin Therese se decide a solicitárselo a Carol: -Carol, te importaría..? (206); pero Carol la interrumpe porque está pensando en planificar qué harán al día siguiente. A la próxima oportunidad que tiene Therese de pedirlo, la situación se resuelve de manera natural y casi cómica: -¿Puedo dormir contigo? -le preguntó Therese. / -¿No has visto la cama? (208). Es decir, Therese no se había fijado en que iban a dormir juntas de todas maneras puesto que en la habitación sólo había una cama doble. Es en esa cama donde tendrá lugar el primer encuentro carnal entre ellas que antes mencionábamos y para el que, además, se ha preparado el ambiente adecuado -y por eso decíamos que la situación se resuelve de forma natural. Véase lo que ocurre antes de la solicitud de Therese y desde su óptica:
    Miró las manos de Carol y el mechón de pelo que caía sobre el pañuelo que llevaba atado a la cabeza (...) 
    -¿Qué haces ahí de pie? -le preguntó Carol-. Vete a la cama. Estás dormida.
    -Carol. Te quiero.
    Carol se irguió. Therese la miró con sus ojos intensos y adormilados (...) Se acercó a Therese y le puso las manos en los hombros. Se los apretó con fuerza como si le exigiera una promesa, o quizá intentando averiguar si lo había dicho de verdad. Luego la besó en los labios como si ya se hubieran besado millones de veces.
    -¿Tú no sabes que te quiero? -dijo Carol. (207-8)
    Lo que ha ocurrido, pues, ha sido la manifestación verbal mutua de su amor. La conclusión lógica va a ser sexual. Y a la mañana siguiente tendrán otra escena tierna en que se vuelven a manifestar amor y, como todo ello ha ocurrido en una ciudad llamada Waterloo, se nos dirá poco más adelante que No había habido ni un solo momento ordinario desde aquella mañana en Waterloo (217) o que Había algo parecido a aquella mañana en Waterloo (223).
    2º) La delicadeza y tonos líricos con los que se describe esa única -¿y para qué más?- escena sexual entre las protagonistas. Véase la continuación al fragmento que hemos copiado más arriba y en el que no se nos ahorra ni el orgasmo que Carol, que siempre se había mantenido más distante, le provoca a Therese: las palabras se borraban con el hormigueante y maravilloso placer que se expandía en oleadas desde los labios de Carol hacia su nuca, sus hombros, que le recorrían súbitamente todo el cuerpo. Sus brazos se cerraban alrededor de Carol y sólo tenía conciencia de Carol, de la mano de Carol que se deslizaba sobre sus costillas, del pelo de Carol rozándole sus pechos desnudos, y luego su cuerpo también pareció desvanecerse en ondas crecientes que saltaban más y más allá de lo que el pensamiento podía seguir. (...) Y en ese momento había una distancia y un azul pálido, un espacio creciente en el que ella echó a volar de repente como una larga flecha. La flecha parecía cruzar con facilidad un abismo, increíblemente inmenso, parecía arquearse más y más arriba en el espacio y no detenerse. Luego se dio cuenta de que aún estaba abrazada a Carol, de que temblaba violentamente y de que la flecha era ella misma. Vio el claro pelo de Carol, su cabeza pegada a la suya. Y no tuvo que preguntarse si aquello había ido bien, nadie tenía que decírselo, porque no podía haber sido mejor o más perfecto. Estrechó a Carol aún más contra ella y sintió sus labios contra los suyos, que sonreían. Se quedó echada mirándola, mirándole la cara sólo a unos centímetros de ella, los ojos grises serenos como nunca los había visto, como si contuvieran todavía algo del espacio del que ella había emergido. (...)
    -Mi ángel -le dijo Carol- Caída del cielo. (209).

    3º) Esa delicadeza y lirismo no sólo se da en la voz del narrador sino también en la de Therese, la más entregada de las dos. Véase la carta que escribe y no acaba de entregar a Carol: Siento que estoy enamorada de ti (...) y debería ser primavera. Quiero que el sol caiga sobre mi cabeza como coros musicales. Imagino un sol como Beethoven, un viento como Debussy, y cantos de pájaros como Stravinsky. Pero el ritmo es totalmente mío. (140). Frases de esa carta se van repitiendo a lo largo de la novela: Siento que estoy en un desierto con las manos extendidas y tú estás lloviendo sobre mí. (...) Te acariciaré como música atrapada en las copas de los árboles del bosque (171). Hay otros momentos en que Therese se vuelve a expresar en forma epistolar con frases que, a pesar de ser más tópicas, están llenas de sinceridad: Me gusta esta ciudad porque me recuerda a ti (268); Pienso en tu voz, en tus manos y en tus ojos cuando me miras de frente (269). Y otra comparación: la belleza de Carol la impresionó como si vislumbrara la alada Victoria de Samotracia (197). O pensamientos llanos cargados de sentido: levantar la cabeza de la almohada y ver el rostro de Carol (272). También Carol se expresa en tonos parecidos: Me gusta verte andar. Cuando te veo a lo lejos, siento como si andaras sobre la palma de mi mano y midieras unos centímetros (288); y, asimismo, por carta: Nunca nos hemos peleado, nunca hemos llegado a descubrir que no había nada más, ningún otro deseo ni en el cielo ni en el infierno que el de estar juntas. (...) Yo te digo que siempre te querré, que te quiero como eres y como serás  (279). Y ambas en conversaciones telefónicas:
    Carol quería saber (...) si llevaba el pijama amarillo o el azul.
    -Me va a costar mucho dormir esta noche sin ti. (264)

    4º) Aparte de todos esos símbolos que intentan expresar los sentimientos amorososo o las sensaciones sexuales hay otros más sutiles: el cepillo de dientes que, como acto fallido, Therese olvida en casa de Carol (176); la figura de la Virgen que Therese, en una discusión en la que Richard la interroga sobre su relación con Carol, lanza contra el suelo y se rompe (177); el vestido blanco -Parece un vestido de novia (189)- que Therese se pone una noche en casa de Carol a solicitud de ésta; el sorbo de Therese a la taza de café que ha dejado Carol por la parte donde había un resto de carmín (192); el gesto de Carol, mientras conduce, de coger la mano de Therese y, acto seguido, detener el coche para enfrentarse al detective que, por encargo de su marido, las viene siguiendo (249); el solo nombre de Carol que, cuando Therese oye pronunciado por un tercero, le produce un extraño resentimiento (268); los geranios ya citados que Carol regala a Therese (274) y que, a pesar de que ella los riega (Tus plantas siguen creciendo en el jardín de atrás. Las riego cada día [281]), acaban secándose (307).

    5º) Hay algún detalle anecdótico como la cantidad de alcohol que con toda naturalidad ingieren las protagonistas. Y no sólo beben cócteles sino que a veces, a pesar de su clase y delicadeza, ingieren coñac a un ritmo que superaría al más curtido albañil español. Véase por ejemplo: encontraron un bar desierto en el hotel más grande. El brandy estaba delicioso y pidieron dos más (217).

    6º) Hay alguna buena frase suelta: Un clásico (...) una obra clásica es la que contiene una situación humana básica (179).

    7º) En el lado contrario, un defecto, pero no de la autora sino de la traducción: Quedaban, pues, cuatrocientos cuarenta kilómetros hasta Omaha (253). Se supone que en el original la distancia está marcada en millas: ¿a santo de qué traducirlas a kilómetros si, aparte de que todo el mundo tiene noción de lo que es una milla, la milla es una medida más latina que anglosajona como su nombre indica al proceder del latín milia passuum (1000 pasos)?; por la misma razón habría que traducir de dólares a pesetas.
    Todo lo mudará la edad ligera (Garcilaso, soneto XXIII, 13)




    domingo, 10 de noviembre de 2013

    Soldado de Nápoles


    Ya iba tocando un poco de música y, mientras acabo la reseña de una de las pocas novelas de las que he leído en los últimos años y que puedo decir que vale la pena, dejo aquí unos fragmentos de la zarzuela La canción del olvido con música del maestro José Serrano y libreto de Federico Romero Sarachaga y Guillermo Fernández-Shaw estrenada en 1916. Traigo el fragmento sobre todo por el Soldado de Nápoles pero va también incluida la serenata previa.


    miércoles, 6 de noviembre de 2013

    Mark Twain, Aventuras de Huck

    Twain, Mark, Aventuras de Huck (Acme Agency, Buenos Aires: 1944)
    Otro de los muchos libros que hemos leído para cumplir con los desafíos que se explican en los enlaces de la zona superior de este blog.
    Si no recuerdo mal, en un estudio clásico sobre la picaresca de título Itinerario de la novela picaresca española, su autor, Alberto del Monte, incluía esta obra entre otras muchas tardías con algunos de los rasgos que caracterizaban la picaresca española (Lazarillo, Guzmán de Alfarache, Buscón...). Y sí, las Aventuras de Huck cumplen al menos tres de ellos: 1º) la pseudoautobiografía puesto que estamos ante una narración en primera persona; 2º) la genealogía negativa con un padre alcohólico y una madre desaparecida; 3º) la itinerancia en tanto Huck y otros personajes se van moviendo por donde les lleva el río Misisipi que, dicho sea de paso, es otro de los verdaderos protagonistas de la novela.
    Ahora bien, el tono y los acontecimientos alejan nuestra obra de la picaresca tradicional para aproximarla a las novelas de niños traviesos como, por ejemplo, las de la serie de William Brown de Richmal Crompton; otra de las novelas del autor, Las aventuras de Tom Sawyer, también lo es y se emparenta con ésta tanto por personajes comunes (Tom Sawyer, la tía Polly) como porque ésta narra hechos inmediatamente posteriores a los de aquélla. Ahora trataremos la obra por apartados en los que anotaremos los aspectos que creemos merecen interés:
    • Ya en el primer capítulo, el narrador, Huckleberry Finn, menciona al autor, Mark Twain, para decir que, a la hora de contar la historia puede figurar entre las personas poco mentirosas (9). No podemos, entonces, sino recordar el Quijote donde, aparte de insistirse constantemente en que Cide Hamete Benengeli miente, también en I,2 el protagonista menciona al supuesto autor que narrará sus aventuras; o el pasaje de I,8 en el que el propio Cervantes aparece como autor de una de las novelas que posee don Quijote en su biblioteca.
    • La relación entre nuestra obra y el Quijote va más allá y alcanza el nivel de lo explícito. En el capítulo 3 y en el marco de las travesuras de Tom Sawyer y su pandilla, deciden atacar a lo que, según su imaginación, es una caravana de mercaderes árabes y españoles; cuando luego resulta ser un grupo de chicas asistentes a la clase de catecismo dominical, Tom Sawyer da la siguiente explicación a Huckleberry Finn: Tú no has leído las aventuras de don Quijote. Si las conocieras, sabrías la causa. Hay encantadores que hacen cosas extraordinarias. Allí había soldados, mulas y elefantes, pero los encantadores transformaron la caravana en un montón de chicas para darnos un mal rato (22-23).
    • Puestos ya en la clave de nuestra literatura clásica, hay ciertos capítulos que nos recuerdan otros tantos pasajes de la picaresca: en los capítulos centrales de la obra el protagonista y su compañero el negro Jim, durante su descenso por el Misisipi, se ven eclipsados por personajes que se hacen pasar por aristócratas y viven del engaño: apuntan así a la cofradía de pícaros en Rinconete y Cortadillo o a los caminantes con quienes se topa don Pablos en su viaje de Segovia a Madrid. Incluso al buldero del Lazarillo que, como en este caso, pasa a primer plano y deja eclipsado al protagonista.

    sábado, 2 de noviembre de 2013

    2 de noviembre

    ¿Qué día es hoy?: 2 de noviembre.
    ¿Qué día fue ayer?: 1 de noviembre.
    Hasta aquí, incluso un niño de la E.S.O. lo sabe. Y si no sabe qué día es hoy, al menos sabe que un calendario se lo dirá.
    Ahora, un par de preguntas ya para intelectuales:
    ¿Qué festividad se celebró ayer?: el día de Todos los Santos.
    ¿Qué se celebra hoy?: el día de los Fieles Difuntos.
    Ahora otra pregunta para quienes gozan de sentido común: ¿es lo mismo un santo que un difunto?
    Por fin, una pregunta a modo de conclusión: ¿qué día hay que ir al cementerio diga lo que diga la tele?
    Y no hago más que repetir lo mismo que, por estas fechas, dije en este blog el año pasado donde, además, hablaba de Jalogüín. Este año no voy a hablar de eso porque queda en el recuerdo la desgracia del Madrid Arena: la culpable, como siempre, la sufrida Ana Botella mientras algunos quedarían pensando que, si quienes fueron a esa fiesta de Jalogüín se hubieran quedado en casa comiendo castañas y m/boniatos, ahora ya no estarían entre esos difuntos que se celebran hoy.
    Por fin: una cita, que es como una joya, para explicar la relación entre Todos los Santos y los Fieles Difuntos. La frase es nada menos que de fray Justo Pérez de Urbel O.S.B. extraída del volumen IV p. 215 del Año Cristiano (Fax, Madrid: 1940, con dos Nihil obstat y un Imprimi potest nada menos que del abad de Silos):
    El día escogido (para los Fieles Difuntos) fué este que sigue a la festividad de Todos los Santos, para de este modo ofrecer el homenaje de nuestro recuerdo a esas dos muchedumbres de hermanos nuestros que se llaman la Iglesia Triunfante y la Iglesia Purgante.

    martes, 29 de octubre de 2013

    James Joyce, Dublineses

    Joyce, James, Dublineses (Alianza, Madrid: 1990)
    Leemos este libro con motivo del encuentro mensual que, bajo el título Temps de lectura, se celebró el pasado 25 de octubre en el Ateneo de Mahón y que tuvo este texto como tema.
    Dublineses es un conjunto de relatos cortos que, en cierto modo, podrían considerarse excursos, aproximaciones, ensayos preparatorios del Ulises en tanto contienen retazos de la vida cotidiana en Dublín. Incluso aparecen personajes comunes a ambas obras como los Paddy Leonard o Flyn, del cap. 15 del Ulises, que ya habían aparecido en el relato "Duplicado" de Dublineses; o, en el mismo capítulo del Ulises, los Cunningham, M'Coy, Kernan y Power del relato "A mayor gracia de Dios". También hay personajes que pasan de un relato a otro si el Farrington del mismo "Duplicados" que responde ingeniosamente a su jefe (p. 87) es el Joe de "Polvo y ceniza" que se reía tanto con la respuesta que le dio al gerente (98). En realidad ese recurso había sido utilizado por grandes narradores del XIX como Balzac o Galdós.

    viernes, 25 de octubre de 2013

    Sinn Sage (II)

    Volvamos a mi último descubrimiento en el terreno del porno lésbico, Sinn Sage, a quien ya dediqué una entrada el mes pasado. De momento, la foto con la que se presenta en Twitter; así, a lo terrorista intergaláctico, y no sé por qué sospecho que esas niñas que van de superhembras agresivas son, a la hora de la verdad, la encarnación de la dulzura.
    Por cierto, también en Twitter exhibe su reverso: bien formado, apetitoso, diciéndo "muérderme mientras decides cuál de mis espacios eliges para darme placer". Y quién fuera mujer para ello, quién pudiera, como Tiresias, el adivino de Tebas, -y que se me perdone la alusión culta tan fuera de lugar- cambiar de sexo y poder gozar todos los recovecos de ese cuerpo de maravilla y ponerlo en tensión hasta el estallido. Pero ahí queda como fruto prohibido.
    Véase ahora miradita tierna mientras nos quedamos dudando si mirarla a los ojos o a los pezones y nos preguntamos si es para nosotros que no se ha sabido ajustar el biquini.

    ¿Y en movimiento? Pues algún vídeo he encontrado de ella. Uno actuando con mi apreciada Aiden Ashley, de quien creo que prometí no volver a tratar pero, claro...:


     Y son varios los aspectos dignos de comentario:
    • La cara de sufrimiento de Sinn Sage en los momentos previos al  orgasmo que, en el minuto 14, le provoca Aiden Ashley.
    • La flexibilidad de Aiden Ashley en la abertura de piernas a partir del minuto 16 y su variedad de expresiones faciales cuando Sinn Sage le devuelve el juego de lengua combinado con la penetración del dedo. Tales expresiones no las encontrábamos en el vídeo de Aiden Ashley con Andy San Dimas aunque, igual que en esa ocasión, la primera se pone cariñosa tras el orgasmo y busca los besos de su compañera.
    • Por fin, lo que verdaderamente le va a Sinn Sage, cabalgar frotando bulto contra bulto. Véase a partir del minuto 19 cómo lleva a Aiden Ashley: cómo la sitúa de nuevo con las piernas completamente separadas, cómo le cambia luego la postura para pillarla en tijera y cómo Sinn Sage empieza a revolucionarse y arrastrar a Aiden Ashley, que no parecía muy convencida. Sin embargo, queda tan satisfecha que lo agradece situando a Sinn Sage de espaldas y llevándola de nuevo a la gloria con un juego de lengua que parece comenzar en zona heterodoxa
    Y como considero que la niña lo merece, me reservo material para volverla a sacar el mes que viene.


    lunes, 21 de octubre de 2013

    Alejo Carpentier, Los pasos perdidos

    Carpentier, Alejo, Los pasos perdidos (Bruguera, Barcelona: 1980)
    Para empezar diré que es una novela de verdad. Me refiero a que, a diferencia de tantas debilidades como he leído llevado por propuestas de clubs de lectura, esto es una novela que sabe a tal por múltiples razones: por ser muestra clara de eso que se ha llamado barroquismo americano y donde también tiene cabida Paradiso de Lezama Lima, porque plantea la dicotomía civilización-cultura frente a naturaleza, porque su autor es un consagrado... O al revés: su autor ha llegado a los altares a base de obras como ésta (1953) u otras que le hemos leído como El siglo de las luces (1962) o El recurso del método (1974).
    Poco importa el hilo argumental porque éste viene a ser sólo el soporte sobre el que se va a ir trenzando todo filigrana tras filigrana: el narrador, que nos habla en primera persona, es musicólogo preocupado por el origen de la música y dice tener al respecto una ingeniosa teoría del mimetismo-mágico-rítmico (23). Sea como fuere recibirá el encargo de buscar en las tribus amazónicas instrumentos musicales que puedan ser antecedentes de los conocidos en el mundo occidental.
    A partir de ahí se juega con esa oposición entre la civilización y cultura de un lado y, del otro, una naturaleza que las desborda:
    • El protagonista viaja con su amante Mouche, una mujer a la que caracteriza, por ejemplo, por su dogmático apego a ideas y actitudes conocidas en las cervecerías de Saint-Germain-des-Près (27) o como el arquetipo de la burguesa (127), esto, es, del lado de la civilización; por eso Mouche, en la selva, entiende que aquí no había cosa de mérito que ver o estudiar (127). Y justamente en la selva el narrador la abandona por una mujer opuesta, Rosario, a la que asocia a la naturaleza: eran los mil libros leídos por mí, ignorados por ella; eran creencias de ella, costumbres, supersticiones, nociones, que yo desconocía y que, sin embargo, alentaban razones de vivir tan válidas como las mías (110).
    • Toda forma de cultura tiene cabida en la novela: La literatura: lo bíblico con la prosa del Eclesiastés (29); los versos Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves agora / campos de soledad, mustio collado (44, 52, 96), que se repiten en la parte inicial como un estribillo que lleva al protagonista a su lengua materna; la paráfrasis (no eran las del alba todavía [81]) del Quijote, cuyo comienzo cita poco después el narrador hasta las tres partes de su hacienda (85), orgulloso de recordarlo de memoria. La pintura: con la Venus de Cranach (33) o el Cronos de Goya (37). La música, por supuesto: son constantes, también en la zona inicial y como complementando los versos barrocos, las alusiones a la Novena Sinfonía de Beethoven (74, 89,91) cuyo coro asocia, al modo proustiano, a enfermedades de la infancia (18); o bien a la cumbre de la cultura europea: Las estrofas de Schiller... Eran la culminación de una ascensión de siglos... Montaigne,... Voltaire... (100). Y parece, al menos en lo que se refiere a la Novena o al Quijote, como si quisiera poner en un pedestal ambos monumentos culturales para luego ver como se diluyen o, al menos, pierden toda monumentalidad, en la selva. Algo así se expresa explícitamente: La cultura -afirmaba el pintor negro- no estaba en la selva (74).
    • Por supuesto es, como tantas, una novela de búsqueda y a varios niveles: 1) porque ésa es la intención del viaje, encontrar los instrumentos musicales cuya busca me era encomendada (127): y, efectivamente, los encuentra: Ahí estaban los juegos de caramillos, en su condición primordial de antepasados del órgano (177); incluso asiste a una ceremonia en que un hechicero le deja deslumbrado por la revelación de que acabo de asistir al Nacimiento de la Música (187); 2) porque al narrador se le abre, en la selva, un universo mucho mayor que lo que iba buscando y que le lleva, incluso, a la gran decisión de no volver allá (202), esto es, a la civilización; pero la rémora de la cultura le lleva aún a asociar esa decisión con el Prometeo desencadenado de Shelley: La liberación del encadenado, que asocio mentalmente a mi fuga de allá... (220).
    • No obstante, el narrador ha de volver a la civilización donde le espera su mujer Ruth. Por supuesto, ha sufrido un cambio: Toda una literatura que yo tenía por lo más inteligente y sutil que hubiera producido la época, se me viene abajo con sus arsenales de falsas maravillas (248). E intenta el regreso al mundo descubierto y a Rosario, tomando conciencia, ahora, de que no era el suyo; de Rosario le dice un griego buscador de oro que no le espera: Ella no Penélope. Naturaleza mujer aquí necesita varón (277). Y el narrador concluye: la gente de estas lejanías nunca ha creído en mí... Recuerdo ahora la rara mirada que me dirigía (Rosario), cuando me veía escribir febrilmente, durante días enteros, allí donde escribir no respondía a necesidad alguna. Los mundos nuevos tienen que ser vividos, antes que explicados. (277-278) Y esta última frase, del penúltimo párrafo, puede servir de conclusión.

    jueves, 17 de octubre de 2013

    Aristóteles, Acerca de la generación y la corrupción. Tratados breves de historia natural

    Aristóteles, Acerca de la generación y la corrupción. Tratados breves de historia natural (Gredos, Madrid: 1998)
    Otros de los muchos tratados de Aristóteles dedicados a la naturaleza en los que da un repaso, a modo de estado de la cuestión, a los conocimientos anteriores, los somete a crítica y, tras ello, expone su propia visión. Y siempre según un orden: presentando aquello de lo que va a tratar, desarrollándolo y recapitulando para cerrar la cuestión
    Curiosidades, notas, comentarios presentados no globalmente sino según el orden en que aparecen en el texto:
    • Demócrito... afirma que el color no existe en realidad (316a). Al leerlo y entender que, en realidad el color es mero accidente, no podemos sino recordar algo muy parecido del Tractatus de Wittgenstein: Dicho sea de paso, las cosas carecen de color, que interpretamos en el sentido de que color y cosa son diferentes.
    • Hay un motor que para mover necesita ser él mismo movido, mientras que hay otro que es inmóvil (323a). Tal idea va a parar directamente al motor primero de Santo Tomás de Aquino en su demostración racional de la existencia de Dios.
    • Presenta la idea de los cuatro elementos y de las cualidades asociadas a ellos: ...los cuerpos de apariencia simple: fuego, aire, agua y tierra. En efecto, el fuego es caliente y seco, el aire seco y húmedo..., el agua fría y húmeda, la tierra fría y seca (320b).
    • Tiene alguna intervención genial como ésta: nadie tiene jamás frío en los párpados (438b). Recuerda aquella otra afirmación en la Historia de los animales de que los animales pueden tener patas o no; pero si las tienen, las tienen pares.
    • Se le desliza alguna idea que más tiene que ver con la magia: cuando las mujeres se miran en un espejo durante la menstruación, se produce en su superficie algo así como una nube sanguinolenta (459b).
    • Se detiene en la observación de que el hombre, por su posición erguida tiene la parte superior dirigida hacia la parte superior del universo (468a). De ahí derivará a que el sentido común está ubicado en el corazón por su situación hacia el centro del cuerpo pero, en desarrollos ulteriores y medievales, eso llevará a pensar que las zonas superiores del cuerpo tienden hacia Dios mientras que las inferiores, hacia el infierno.

    domingo, 13 de octubre de 2013

    Prosper Mérimée, Colomba

    Mérimée, Prosper, Colomba (Librio, París: 1997)
    Una novelita publicada en Francia por Librio que, en los 90 y como hizo aquí Alianza, publicó clásicos de forma económica, diez francos en este caso.
    Si situamos a Mérimée (1803-1870), sí el de Carmen, en su tiempo y leemos la obra desde paralelos españoles vamos a dar, sin mucho margen de error, en el costumbrismo, en novelas como La gaviota de Fernán Caballero o Peñas arriba de Pereda en las que parece como si la intriga amorosa sirviera de excusa para la exhibición de tipos o escenas regionales. En efecto, aquí asistimos a una historia de amor entre un heredero de una vieja familia corsa y una joven aristocrática irlandesa; todo ello salpicado de bandoleros y aderezado con una trama de viejas rencillas entre familias que van a dar en la venganza.
    Notas:
    • Es patente la admiración del autor por el modo de vida de los bandoleros y sus códigos de honor. Dice uno de ellos: Il y a plus d'assassinats chez nous... que partout ailleurs ; mais jamais trouverez une cause ignoble á ses crimes. Nous avons, il est vrai, beaucoup de meurtriers, mais pas un voleur (23). Y más adelante: L'argent fait tout dans ce monde... mais dans le maquis on ne fait cas que d'un coeur brave et d'un fusil qui ne rate pas (149). Es terreno conocido: de un lado, y teniendo en cuenta el origen parisino del autor, estamos ante esa admiración romántica por el sur que afecta a Goethe, Hölderlin, Sthendal, Byron...; de otro -y véase la proximidad de los personajes con los siete niños de Écija, Diego Corrientes, Luis Candelas pero también con el Robin Hood de Ivanhoe (1820)- estamos también ante la admiración romántica por los aquellos que viven al margen de la ley y que incluye al corsario de Byron y su colega de Espronceda, al mismo don Juan, al jorobado de Víctor Hugo (1831).
    • No obstante lo anterior, la visión del autor es -digámoslo así- etnocéntrica al estilo típicamente francés en el sentido de que entiende entre la Francia peninsular y Córcega una oposición del tipo de la que se da entre civilización y barbarie. El protagonista masculino, Orso della Rebbia, encarna no muy convincentemente esa oposición puesto que, de un lado, ha estudiado en Pisa y ha servido en el ejército napoleónico, y, del otro, vuelve a Córcega donde el ambiente le exige que cumpla una venganza sobre una familia enemiga. La contradicción entre los dos mundos le lleva a un conflicto interior a la hora de llevar a cabo la venganza y acaba planeándola en términos incomprensibles en Córcega: Un seul espoir lui restait dans ce combat entre sa conscience et ses préjugés, c'était d'entamer, sous un prétexte quelconque, une querelle... et de se battre en duel... Le tuer d'une balle ou d'un coup d'épée conciliait ses idées corses et ses idées françaises (71).
    • En cuanto a la Colomba que da título a la obra es la hermana de Orso della Rebbia. Es ella quien mantiene, en ausencia de su hermano, el rencor hacia la familia enemiga y quien presiona a éste, cuando regresa, para que lleve a cabo la venganza. Está caracterizada también con rasgos que la inscriben del lado de la barbarie. Es una buena voceratrice que, según el texto, viene a ser -y volvemos al costumbrismo romántico- entre una plañidera y una improvisadora de cantos populares si bien éstos tienen como tema la venganza. Al final de la obra, sin embargo, y reforzando el final feliz, se decantará del lado de la civilización cambiando la navaja por el abanico: Adieu les stylets... ; maintenant j'ai un éventail (151); aún así, al encontrar casualmente al cabeza de la familia enemiga al que su hermano ha matado dos hijos, le canta: Il me faut la main qui a tiré, l'oeil qui a visé, le coeur qui a pensé (153).
    • La intriga amorosa central está encarnada por Orso della Rebbia y Miss Lidia, una joven irlandesa de formación aristocrática que viaja por placer acompañada por su padre. En algún momento se opone a Colomba en la relación antes citada: si ésta, que insta a su hermano a llevar a cabo la venganza y va siempre armada de navaja, encarna los valores corsos del lado de la barbarie, aquélla representa la civilización europea y opera en sentido contrario. Por lo demás, en algún momento, por el contexto de venganzas en que se desarrolla, parece como si la trama amorosa fuera a acabar trágicamente: Vous avez une amie qui será désolée... de... vous savoir pendu (50) dice lady Lidia a Orso della Rebbia en frase que a primera vista podría parecer anticipatoria. Sin embargo, la frase la pronuncia tras haberle entregado un anillo: Voyez-vous cette bague ? c'est un scarabée égiyptien (51). Por supuesto, el anillo adquiere carácter simbólico y poco después él lo besa: Il prit l'anneau égyptien...  et le porta à ses lèvres(53). A partir de ese momento, la relación avanza hacia el final feliz.
    • En resumen, la novelita está estructurada en dos historias paralelas, relativas, respectivamente, a la venganza y a amor. Cada figura femenina tiene a su cargo una de las acciones: Colomba, la relativa a la venganza, y lady Lidia, la del amor. Y entre las dos está Orso della Rebbia de modo que la estructura de personajes centrales queda simétrica.



    miércoles, 9 de octubre de 2013

    Miguel Delibes, La mortaja

    Delibes, Miguel, La mortaja (Alianza, Madrid: 1995)
    Un relato corto que contiene algunos de los ingredientes que solía transitar Delibes: la naturalez, la infancia, la muerte...
    Y, en tanto relato corto, algo próximo al cuento, el ritmo ternario o lo que en algún lugar -y recuerdo dónde- he oído llamar la ley indoeuropea del tres. En efecto, el relato parte de la muerte de Trino. Y, como muere desnudo, el desarrollo consiste en el problema de su hijo, el Senderines, para vestirlo: de ahí, el título.
    Observaciones:
    • Partimos pues, de un número 3 en el nombre del padre, realmente llamado Trinidad: mis amigos me llaman Trino para evitar confusiones (7).
    • Se da una oposición entre la naturaleza y la civilización. Ésta está representada por varios elementos que amenazan a aquélla a los ojos del protagonista masculino, el niño Senderines, alrededor del cual está focalizado el relato: la C.E.S.A. que montó una fábrica río arriba. El Senderines sólo había ido allá una vez... y cuando observó cómo la máquina aquella trituraba entre sus feroces mandíbulas troncos de hasta un metro de diámetro,... empezó a temblar (13); la central eléctrica en la que trabaja su padre y sus amigos, y que también visita el Senderines: se encontró con unos torvos cilindros negros adornados de calaveras por todas partes y experimentó un imponente pavor y rompió a llorar (17). Y, en el lado contrario, la naturaleza: Del ribazo llegó el golpeteo de la codorniz dominando el sordo estruendo de la Central (37). Uno de los rasgos cruciales del Senderines será el vivir del lado de la naturaleza gracias a su padre: todos los padres que él conocía habían truncado la libertad de sus hijos enviándolos al taller o a la escuela. El suyo no le privó de su libertad (28).
    • El intento de tránsito de la infancia a la edad adulta reprentado por el duro trance que para el niño supone estar ante su padre muerto y el trámite de vestirlo. Al principio siente miedo: evitaba pasar la mirada por el cuerpo desnudo. Acababa de descubrir que metiéndose de un golpe en el miedo, cerrando los ojos y apretando la boca, el miedo huía como un perro acobardado (24); pero poco más tarde lo ha superado: introdujo el pie por la pernera y repitió la operación con la otra pierna... Ya no experimentaba temor alguno (26).
    • El ritmo ternario del relato se desarrollará a partir de los tres intentos del niño por vestir al padre. Acudirá primero a dos amigos: Goyo no quiere acudir porque esa misma tarde ha discutido con Trino por una cuestión en una partida de cartas: Me he jurado no dar un paso por él y esto es sagrado, ¿comprendes? (35). Es significativa también la opinión de la Ovi, su mujer, que, frente a la superación del temor a los muertos por parte del niño, afirma: Cuando hay muertos en las casas suceden cosas muy raras y a mí me da miedo (37). Conrado, el segundo amigo de Trino, se niega también porque está trabajando: estaba amarrado al servicio como un perro, puesto que de todo lo que ocurriese en su ausencia era él el único responsable (39). Por supuesto será la tercera persona a la que acuda, el Pernales, alguien que sólo acude a la zona una vez al año a fabricar piedras para los trillos (41), quien le ayude. Será, eso sí, a cambio de ropas de su padre y otros utensilios. Y tiene una buena reflexión: La vida es eso. Unos viven para enterrar a los otros que se mueren. Lo malo será para el que muera el último (44).
    • Y es curiosa una anécdota que enmarca el camino del niño en busca de los amigos de su padre: cuando acude hacia casa de Goyo y la Ovi encuentra una luciérnaga y la guarda en una caja: "Oh, una luciérnaga" -se dijo con una alegría desproporcionada (30). Y poco después, al volver de ver a Conrado, su preocupación, a pesar de no haber conseguido ayuda para vestir a su padre, sigue siendo la luciérnaga: arrancó unas briznas de hierba y las metió en la caja. "Este bicho tiene que comer -pensó-, si no se morirá también (40). Y ello no deja de ser una apuesta por la vida frente a la muerte.

    sábado, 5 de octubre de 2013

    Julio Verne, La isla misteriosa

    Verne, Julio, La isla misteriosa (Molino, Barcelona: 1959)
    Bien por la capacidad del autor de combinar narración de aventuras con conocimientos científicos que, aquí, servirán para que el ingeniero Ciro Smith sea capaz de aprovechar los recursos naturales de la isla para hacer más confortable la vida de los náufragos. En efecto, junto a explicaciones de tipo físico o químico se crea una intriga -hechos inexplicables que sugieren la presencia de alguna figura misteriosa que les está ayudando, ataque de piratas- que acaba resolviéndose con la intervención de personajes salidos de otras novelas de Verne como el capitán Nemo, que era quien velaba a escondidas por los náufragos, o uno de los hijos del capitán Grant, que acaba salvándolos in extremis ante la destrucción de la isla debida a la erupción del volcán.
    De ello no se sigue, sin embargo, que no haya momentos en que el autor no esté, ni de lejos, a la altura:
    1. Se lía, al intentar hablar de Oceanía como continente, entre lo que es una isla y lo que es un continente: -Es muy singular -observó Gedeon Spilett- que esta isla, relativamente pequeña presente un suelo tan variado. Esta diversidad de aspecto no pertenece lógicamente más que a los continentes de cierta extensión (...) -Tiene usted razón, mi querido Spilett -respondió Ciro Smith- (...) Encuentro muy extraña esta isla, tanto en su forma como en su naturaleza; parece un resumen de todos los aspectos que presenta un continente, y no me sorprendería que hubiese sido continente en tiempos antiguos (...) ¿Por qué Australia, Nueva Irlanda, todo lo que los geógrafos ingleses llaman la Australasia, reunidas a los archipiélagos del Pacífico no habrían formado en otro tiempo una sexta parte del mundo (...)? Mi entendimiento no se niega a admitir que todas las islas que sobresalen de este vasto océano no sean sino cimas de un Continente sumergido (120-1). Espero se vea el error en la argumentación: se parte de que la diversidad de clima de la isla es propia de un continente extenso y se concluye con la hipótesis, seguramente cierta, de que la isla formaba parte de un continente. Pero ni de la diversidad de clima se sigue que la isla formara parte de un continente ni lo contrario, que la isla formara parte de un continente no explica la diversidad de clima.
    2. Los náufragos cazan en una trampa un animal llamado pecari, de tres meses, y, al ir a comerlo, le encuentran un perdigón que no han disparado ellos. La conclusión será que hay alguien más en la isla pero del siguiente modo: De este incidente debemos deducir las siguientes consecuencias: o la isla estaba habitada antes de que nosotros llegásemos o ha habido un desembarco de uno o más hombres hace a lo sumo tres meses (131). Es parecido al punto anterior en lo que se refiere a las deducciones: 1º) Porque las conclusiones son opuestas puesto que lo que se dice es que ya había gente en la isla, la que ha disparado al pecari, o que esa gente lleva como mucho tres meses en la isla, el tiempo máximo que el perdigón lleva alojado en el pecari. 2º) Porque no se contempla la posibilidad de que quien haya disparado haya llegado a la isla en el tramo de tiempo comprendido entre la llegada de los náufragos y el nacimiento del pecari. En rigor, un perdigón en un animal sólo demuestra algo de perogrullo: que se ha disparado sobre ese animal después de su nacimiento. A mayor abundamiento se vuelve sobre la cuestión páginas después para insistir sobre la misma conclusión: Hace tres meses, a lo más, que un buque, voluntaria o involuntariamente ha venido a estos sitios (158). Y sigue sin caerse en que un buque puede llegar a la isla cuatro meses atrás, dejar a alguien y que ese alguien, dos meses después, dispare sobre un pecari de un mes.
    3. Un error flagrante se da con la confusión entre los hemisferios austral y boreal. La isla está en el primero de ellos y el narrador insiste varias veces en que la sucesión de estaciones es diferente y que, por ejemplo, el marzo austral equivale al noviembre boreal y viceversa. Pues bien, léase: Los colonos (...) pudieron esperar sin temor el invierno de 1866 a 1867. Los grandes fríos comenzaron verdaderamente a sentirse hacia el 20 de junio (194). Si el frío empieza a finales de junio por estar en el hemisferio austral, el invierno no podrá estar encabalgado, como en el boreal, entre dos años; es decir que el invierno acaba el mismo año que comienza.
    4. Siempre se ha dicho, a propósito sobre todo de Viaje a la luna, que Verne es un visionario. Véase, sin embargo, la siguiente predicción en relación con el cambio climático: Los lapones y los samoyedos encontrarán las condiciones climatéricas del mar Polar en las orillas del Mediterráneo (122).

    martes, 1 de octubre de 2013

    Marta y Ester, 111: Caricias con los pies.



    El tren sigue atravesando el túnel mientras Ester y Marta siguen tumbadas. Llevan más de una hora sin pasar a mayores, sólo mirándose y diciéndose palabras de amor. Han estado dos días esperando para hacerlo sin limitaciones y ahora, conscientes de que ya no las tienen, parece como si quisieran esperar y disfrutarse en la espera.
    Llevan cinco minutos calladas, mirándose a los ojos y acariciándose los pies con los pies. Marta rompe el silencio y dice:
    -También es muy bonito lo que nos decimos sin hablar.
    Ester se para a pensar y contesta:
    -Sí, yo veo que me quieres sólo mirándote a los ojos.
    -Y yo veo que me quieres aunque estemos las dos con los ojos cerrados.
    -Tú también sabes decir cosas muy bonitas.
    -Pues a ver si sabes de quién las aprendo.
    La muñeca rubia ha estado un buen rato tumbada boca arriba y abrazando a la morena, que estaba encima. Ahora están las dos sentadas con las manos juntas y parecen mirar a Marta y Ester.
    El tren sigue en el túnel y Ester y Marta continúan mirándose y acariciándose los pies con los pies.