Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



lunes, 3 de diciembre de 2012

Ocaso (relato presentado al XCIII concurso de relatos Bubok [tema: siglos XIV-XV])



Mañana fría de finales de invierno. Amadís espera en la glera el regreso de su fiel escudero Gandalín. Se entretiene buscando piedras, lanzándolas luego a las aguas del Bernesga y mirando cómo se van abriendo una tras otra, concéntricas, las ondas. Quiere borrar de su mente a su señora Oriana pero ve su cara blanca y sus cabellos rubios en la superficie del río deformándose con el movimiento ondulado del agua. Otra piedra y lo que ve ahora es la cabeza, desgajada del cuerpo y goteando sangre, de la doncella Madásima cuyo padre no quiso entregar al rey Lisuarte aquel castillo cuyo nombre ni recuerda. Una tercera piedra y decide apartar la mirada del río.
Amadís marcha al encuentro de Gandalín en cuanto lo ve cruzando el puente en su dirección. Ya juntos acuden, para protegerse del frío y la humedad, a la tienda que habían armado al atardecer. Gandalín deja caer en el suelo las alforjas que llevaba colgadas del hombro y saca de ellas una hogaza de pan candeal y un queso de oveja. Mientras comen, Gandalín cuenta que ha encontrado en la villa unos caballeros que hablaban lemosín; ha estado conversando con ellos y le han contado que acuden a la llamada del rey de Castilla para hacer armas contra los infieles y conquistarle ciudades; que el rey ofrece tierras y títulos a quienes aporten armas y caballos y guerreen a sus propias expensas; y que todo el que quiera acudir habrá de estar en los puentes del Tajo, a diez o doce jornadas a mediodía, la luna llena de abril:
-Pues nosotros iremos a poniente. Aunque sean infieles, no combatiré contra gentes cuya huerta, en primavera, huele a azahar.
Porque Amadís no sabe de máquinas de guerra, ni de minar murallas, ni de ampollas de fuego que surcan los aires.
Siguen comiendo y oyen fuera, a cierta distancia, el característico sonido de las tablillas de san Lázaro chocando entre sí. Amadís coge la navaja de Gandalín, corta medio queso y media hogaza de pan, y sale de la tienda.
-Pero, señor, son leprosos que hacen sonar las tablillas para que las gentes se aparten.
Amadís va hasta el grupo de leprosos y les entrega el pan y el queso mientras Gandalín, pensando que se han quedado sin vianda, empieza a recoger la tienda.

Amadís y Gandalín, con los caballos al paso, toman el camino de Astorga, hacia poniente. Gandalín va echando cuentas y ve que, con lo que sacaron de vender el peto y el yelmo de su señor a un herrero de Burgos, aún tienen dinero para una semana. Él habría preferido tomar prestado a los judíos dejando las armas como prenda pero su señor dijo que no. Y en aquella forja de Burgos acabaría fundido el yelmo con su penacho de plumas y el peto horadado por mil lugares. Ahora cruzan una aldea y ven unas muchachas que hablan y ríen junto a un pozo mientras se turnan sacando agua. Amadís tira de las riendas de su caballo para aflojar el paso y las mira. Morenas de pieles expuestas al sol y sin tocado. Amadís piensa en los cabellos rubios de su señora Oriana y luego en sus noches de solaz. Cruzaba aquel portillo semiescondido de palacio y, guiado por la antorcha de Mabilia, la doncella y confidente de Oriana, llegaba hasta su cámara. Allí, en aquel lecho con dosel, miraba esos cabellos rubios y acariciaba su piel blanca hasta que los gallos cantaban al alba.
Ahora Amadís y Gandalín pasan junto a las muchachas, que ríen al verlos mientras cuchichean en esa lengua que ellos apenas comprenden. Amadís fija la vista en una de ellas que tiene un cántaro a los pies. No sabe si es la más hermosa de todas pero a él se lo parece. Tiene los ojos negros. Su señora Oriana los tenía azules. Y también la doncella Briolanja, a la que devolvió su castillo de la Ínsula Firme. Ojos azules, cabello rubio, manos blancas... Y, seguramente, también cama con dosel. Aún recuerda las asperezas que tuvo que oír de Briolanja porque no quiso acudir a su cuerpo. Pero ahora sigue con los ojos fijos en los ojos negros de la muchacha del cántaro. Lo que daría... en la incomodidad de un establo, de una cabaña del monte... por sentir contra la suya esa piel morena. La muchacha coge el cántaro, se lo coloca sobre la cadera, lo inclina, vierte agua en un cuenco de barro y tiende el brazo hacia Amadís. Amadís descabalga y se acerca a ella.

El sol va cayendo frente a Amadís y Gandalín. Manchas blancas de nieve sobre el paisaje, charcos helados en el camino. Se cruzan con una reata de mulas guiada por dos arrieros y con gentes que vuelven de sus faenas en el campo. Al salir de un bosque, ven un claro y, a dos tiros de lanza, un caballero armado, quieto sobre su caballo, a la entrada de un puente. Es el río Órbigo. A la derecha, un campo marcado con cuatro pendones y oriflamas al viento; en los pendones, las que deben de ser armas de ese caballero. A la izquierda, su escudero sentado con la espalda contra un olmo solitario. Apoyadas contra el olmo varias lanzas y un cartel clavado en el tronco. Amadís manda a Gandalín a leer el cartel, descabalga, se tumba en el prado y piensa en la muchacha de ojos negros y sin tocado.
Al cabo del rato Gandalín vuelve. Ha estado leyendo el cartel y también hablando con el otro escudero. Gandalín dice que el caballero del puente se llama Suero de Quiñones y reta a todo caballero que quiera cruzar a batirse con él hasta romper tres lanzas o salirse del campo. Amadís decide armar la tienda para pasar la noche mientras Gandalín se preocupa porque su señor ya no tiene ni yelmo ni peto.

Amanece. Gandalín aún duerme cuando Amadís sale de la tienda. El caballero del puente está ahí como si hubiera dormido sobre su caballo. Amadís se sienta en el prado y lo mira. Ya sabe la escena: una carrera corta, un primer golpe en el escudo y el caballero que consigue mantenerse sobre el caballo. Otra carrera y el escudo astillado con el caballero saltando sobre las ancas del caballo, el metal de las armas resonando al caer a tierra y el caballero que no puede levantarse por el peso de la armadura. ¡Cuántas veces no habrá vivido esa escena! Luego no queda sino apearse del caballo, falsarle la loriga con la punta de la espada y oír al caballero dándose por vencido. Pero no, todo eso quedó atrás.
Gandalín también despierta, sale de la tienda y ve a Amadís contemplando a Suero de Quiñones:
-Mi señor, no necesitáis ni peto ni yelmo para derrotarle.
Piensa, sin embargo, que iría mejor si quedara algo de aquel pan y aquel queso que dio a los leprosos en la glera de León pero no dice nada. Amadís no se deja llevar por las palabras de Gandalín. Sonríe porque, por un momento, le ha pasado por la cabeza enviar su escudero a Suero de Quiñones con el mensaje de que él no está para bromas y que no se bate hasta romper tres lanzas sino sólo a muerte. A ver cómo reacciona y qué responde. Pero no, ese mundo quedó atrás, envuelto entre las brumas de la Gaula y la Pequeña Bretaña, con Oriana, Briolanja, Madásima descabezada, con esos salones fríos en que los caballeros hablan retóricamente con esas cualidades que se les exigen, discreción entre ellos y agudeza frente a las damas, con esos caminos entre florestas y donde en cada encrucijada una doncella pide favor porque un caballero la ha raptado y quiere forzarla, con el palacio del rey Lisuarte, sus damas, sus galanes, sus riquezas... Un mundo que se desvanece como el rocío de la mañana.
-No combatiré.
-Entonces no podremos cruzar el puente. Habremos de remontar el río en busca de un vado o de otro puente.
Amadís vuelve a pensar en la muchacha de ojos negros junto al pozo. Luego manda a Gandalín desarmar la tienda y cepillar y ensillar los caballos. Montan, salen al camino y Amadís, tirando de las riendas, dice:
-Volvemos atrás.

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