Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



sábado, 29 de diciembre de 2012

Ramoncín, Putney Bridge

Bueno, ya me he enterado de que han pringado a Ramoncín con la historia de la S.G.A.E. Pero para mí sigue siendo imprescindible y por eso ya lo saqué otra vez. Diría que tengo todo lo suyo en elepé, lo que ahora se ha venido en llamar vinilo en dialecto snob. Traigo aquí Putney Bridge, una oda al punk, de los tiempos del punk londinense, sobre todo en Chelsea. Putney Bridge, para el que conozca Londres, está más allá, en un ramal de la District Line del metro que baja hacia Wimbledon.

martes, 25 de diciembre de 2012

Sorayita


Pues que digan lo que digan de ella, que a mí me parece una mujer angelical. Véase esa carilla de no haber roto nunca un plato. Y no digo nada de la relación erótica que establece todo español con ella cuando aparece los viernes con su sonrisa anunciando un nuevo recorte. De mujer angelical a hembra dominante látigo en mano y todo españolito ante la televisión pensando: "castígame más, que me lo merezco".
Aquí, en esta otra foto, de niña de derechas. Como tiene que ser una niña, que de izquierdas ya no quedan; ni niñas ni niños. Y con cutis, como decían aquellos niños de Miguel Delibes en Camino de que las niñas de ciudad, a diferencia de las de pueblo, tenían cutis. Aquí lo tiene moreno. Y de escote, nada: que se adivine todo, no como ésas que van enseñando medio canalillo y ya le impiden que uno se lo pueda imaginar. Ahora bien: dan ganas de cogerle los dos extremos del fular, tirar de ellos y decirle: "Anda, déjate de tonterías y ven p'aquí".
Luego ya, lo que suele pasar con las niñas de los colegios de monjas, que una vez desbravadas... Hasta con el pelo alborotado, como la chica yeyé de Concha Velasco, y mirada insinuante. Con transparencia y enseñando el pie izquierdo, que hay que fiarse siempre de una mujer que enseña los pies. Pa'cogerla, darle mordiscos y olvidarse de que a lo que íbamos era a convencerla de que no nos bajara la pensión.

viernes, 21 de diciembre de 2012

De ave phoenice. El mito del ave fénix

De ave phoenice. El mito del ave fénix (Bosch, Barcelona: 1983; ed. de Ángel Anglada)
En la colección de clásicos en versión bilingüe de la editorial Bosch encontramos esta recopilación no muy sistematizada de textos latinos sobre el ave fénix desde Ovidio hasta San Isidoro y la patrística sin entrar en los bestiarios medievales. De algún interés para estudiosos del tema aunque más por los textos que por las notas o comentarios.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Seven

Seven (Seven, David Fincher, 1995)
Este miércoles 12 de diciembre vi por la Sexta la película Seven. Por supuesto, me quedé dormido; más o menos después del tercer asesinato. En su tiempo hubo muy buenas críticas no recuerdo por qué. Pero lo primero: ¿cómo es que se traduce el título de unas películas y no de otras?, ¿tanto cuesta traducir seven por siete que suena muchísimo mejor por el mero hecho de que el castellano no se pronuncia con la boca llena de mocos como pasa con el inglés americano?
Luego otro detallito: o sea, se deduce quién es el asesino porque, si no entendí mal, es la única persona que ha leído el Infierno de Dante y los Cuentos de Canterbury de Chaucer. Bueno, no sé, yo he leído el Infierno pero no los Cuentos de Canterbury; pero los tengo: en inglés y por eso no los he leído. Adonde voy a parar: ¿tan bajo es el nivel intelectual de la autoproclamada nación-más-poderosa-del-mundo que sólo hay una persona que haya leído esos dos libros. Además, lo pillan porque los pide prestados en  una biblioteca. O sea, ¿no podía haberlos comprado?
Pues eso, una peliculilla de asesino en serie sin más trasdendencia. Ah, bueno, y llueve todo el rato: pero, además de que eso ya se lo hacía Ridley Scott en Blade Runner, en Galicia también llueve mucho.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Ocaso (relato presentado al XCIII concurso de relatos Bubok [tema: siglos XIV-XV])



Mañana fría de finales de invierno. Amadís espera en la glera el regreso de su fiel escudero Gandalín. Se entretiene buscando piedras, lanzándolas luego a las aguas del Bernesga y mirando cómo se van abriendo una tras otra, concéntricas, las ondas. Quiere borrar de su mente a su señora Oriana pero ve su cara blanca y sus cabellos rubios en la superficie del río deformándose con el movimiento ondulado del agua. Otra piedra y lo que ve ahora es la cabeza, desgajada del cuerpo y goteando sangre, de la doncella Madásima cuyo padre no quiso entregar al rey Lisuarte aquel castillo cuyo nombre ni recuerda. Una tercera piedra y decide apartar la mirada del río.
Amadís marcha al encuentro de Gandalín en cuanto lo ve cruzando el puente en su dirección. Ya juntos acuden, para protegerse del frío y la humedad, a la tienda que habían armado al atardecer. Gandalín deja caer en el suelo las alforjas que llevaba colgadas del hombro y saca de ellas una hogaza de pan candeal y un queso de oveja. Mientras comen, Gandalín cuenta que ha encontrado en la villa unos caballeros que hablaban lemosín; ha estado conversando con ellos y le han contado que acuden a la llamada del rey de Castilla para hacer armas contra los infieles y conquistarle ciudades; que el rey ofrece tierras y títulos a quienes aporten armas y caballos y guerreen a sus propias expensas; y que todo el que quiera acudir habrá de estar en los puentes del Tajo, a diez o doce jornadas a mediodía, la luna llena de abril:
-Pues nosotros iremos a poniente. Aunque sean infieles, no combatiré contra gentes cuya huerta, en primavera, huele a azahar.
Porque Amadís no sabe de máquinas de guerra, ni de minar murallas, ni de ampollas de fuego que surcan los aires.
Siguen comiendo y oyen fuera, a cierta distancia, el característico sonido de las tablillas de san Lázaro chocando entre sí. Amadís coge la navaja de Gandalín, corta medio queso y media hogaza de pan, y sale de la tienda.
-Pero, señor, son leprosos que hacen sonar las tablillas para que las gentes se aparten.
Amadís va hasta el grupo de leprosos y les entrega el pan y el queso mientras Gandalín, pensando que se han quedado sin vianda, empieza a recoger la tienda.

Amadís y Gandalín, con los caballos al paso, toman el camino de Astorga, hacia poniente. Gandalín va echando cuentas y ve que, con lo que sacaron de vender el peto y el yelmo de su señor a un herrero de Burgos, aún tienen dinero para una semana. Él habría preferido tomar prestado a los judíos dejando las armas como prenda pero su señor dijo que no. Y en aquella forja de Burgos acabaría fundido el yelmo con su penacho de plumas y el peto horadado por mil lugares. Ahora cruzan una aldea y ven unas muchachas que hablan y ríen junto a un pozo mientras se turnan sacando agua. Amadís tira de las riendas de su caballo para aflojar el paso y las mira. Morenas de pieles expuestas al sol y sin tocado. Amadís piensa en los cabellos rubios de su señora Oriana y luego en sus noches de solaz. Cruzaba aquel portillo semiescondido de palacio y, guiado por la antorcha de Mabilia, la doncella y confidente de Oriana, llegaba hasta su cámara. Allí, en aquel lecho con dosel, miraba esos cabellos rubios y acariciaba su piel blanca hasta que los gallos cantaban al alba.
Ahora Amadís y Gandalín pasan junto a las muchachas, que ríen al verlos mientras cuchichean en esa lengua que ellos apenas comprenden. Amadís fija la vista en una de ellas que tiene un cántaro a los pies. No sabe si es la más hermosa de todas pero a él se lo parece. Tiene los ojos negros. Su señora Oriana los tenía azules. Y también la doncella Briolanja, a la que devolvió su castillo de la Ínsula Firme. Ojos azules, cabello rubio, manos blancas... Y, seguramente, también cama con dosel. Aún recuerda las asperezas que tuvo que oír de Briolanja porque no quiso acudir a su cuerpo. Pero ahora sigue con los ojos fijos en los ojos negros de la muchacha del cántaro. Lo que daría... en la incomodidad de un establo, de una cabaña del monte... por sentir contra la suya esa piel morena. La muchacha coge el cántaro, se lo coloca sobre la cadera, lo inclina, vierte agua en un cuenco de barro y tiende el brazo hacia Amadís. Amadís descabalga y se acerca a ella.

El sol va cayendo frente a Amadís y Gandalín. Manchas blancas de nieve sobre el paisaje, charcos helados en el camino. Se cruzan con una reata de mulas guiada por dos arrieros y con gentes que vuelven de sus faenas en el campo. Al salir de un bosque, ven un claro y, a dos tiros de lanza, un caballero armado, quieto sobre su caballo, a la entrada de un puente. Es el río Órbigo. A la derecha, un campo marcado con cuatro pendones y oriflamas al viento; en los pendones, las que deben de ser armas de ese caballero. A la izquierda, su escudero sentado con la espalda contra un olmo solitario. Apoyadas contra el olmo varias lanzas y un cartel clavado en el tronco. Amadís manda a Gandalín a leer el cartel, descabalga, se tumba en el prado y piensa en la muchacha de ojos negros y sin tocado.
Al cabo del rato Gandalín vuelve. Ha estado leyendo el cartel y también hablando con el otro escudero. Gandalín dice que el caballero del puente se llama Suero de Quiñones y reta a todo caballero que quiera cruzar a batirse con él hasta romper tres lanzas o salirse del campo. Amadís decide armar la tienda para pasar la noche mientras Gandalín se preocupa porque su señor ya no tiene ni yelmo ni peto.

Amanece. Gandalín aún duerme cuando Amadís sale de la tienda. El caballero del puente está ahí como si hubiera dormido sobre su caballo. Amadís se sienta en el prado y lo mira. Ya sabe la escena: una carrera corta, un primer golpe en el escudo y el caballero que consigue mantenerse sobre el caballo. Otra carrera y el escudo astillado con el caballero saltando sobre las ancas del caballo, el metal de las armas resonando al caer a tierra y el caballero que no puede levantarse por el peso de la armadura. ¡Cuántas veces no habrá vivido esa escena! Luego no queda sino apearse del caballo, falsarle la loriga con la punta de la espada y oír al caballero dándose por vencido. Pero no, todo eso quedó atrás.
Gandalín también despierta, sale de la tienda y ve a Amadís contemplando a Suero de Quiñones:
-Mi señor, no necesitáis ni peto ni yelmo para derrotarle.
Piensa, sin embargo, que iría mejor si quedara algo de aquel pan y aquel queso que dio a los leprosos en la glera de León pero no dice nada. Amadís no se deja llevar por las palabras de Gandalín. Sonríe porque, por un momento, le ha pasado por la cabeza enviar su escudero a Suero de Quiñones con el mensaje de que él no está para bromas y que no se bate hasta romper tres lanzas sino sólo a muerte. A ver cómo reacciona y qué responde. Pero no, ese mundo quedó atrás, envuelto entre las brumas de la Gaula y la Pequeña Bretaña, con Oriana, Briolanja, Madásima descabezada, con esos salones fríos en que los caballeros hablan retóricamente con esas cualidades que se les exigen, discreción entre ellos y agudeza frente a las damas, con esos caminos entre florestas y donde en cada encrucijada una doncella pide favor porque un caballero la ha raptado y quiere forzarla, con el palacio del rey Lisuarte, sus damas, sus galanes, sus riquezas... Un mundo que se desvanece como el rocío de la mañana.
-No combatiré.
-Entonces no podremos cruzar el puente. Habremos de remontar el río en busca de un vado o de otro puente.
Amadís vuelve a pensar en la muchacha de ojos negros junto al pozo. Luego manda a Gandalín desarmar la tienda y cepillar y ensillar los caballos. Montan, salen al camino y Amadís, tirando de las riendas, dice:
-Volvemos atrás.

domingo, 9 de diciembre de 2012

William Faulkner, Gambito de caballo (y II, Monje)

Digamos un par de cosas del relato Monje como continuación al comentario de Humo:
1º) Noto otra vez el uso de un narrador interno en primera persona aunque, a diferencia de Humo, ahora, como es el sobrino del fiscal Gavin Stevens, se expresa en singular (Trataré de contarles algo [41]) aunque, y ahí sí que coincide con Humo, en algún momento actúa como conciencia colectiva de Jefferson (las mismas gentes entre las que creció parecían saber tan poco sobre él como nosotros mismos [43]). Y otra vez usa las limitaciones propias del narrador que, como es interno, no puede ser omnisciente; de ahí dudas sobre sus afirmaciones: si en verdad había sido su abuela (47); o el constante recurso a que ha sido tío Gavin quien le ha contado todo: según me contó más tarde (54), Mientras me relataba todo eso, tío Gavin (55), dice tío Gavin que el gobernador lo miró (56), tío Gavin me dijo que (57); dice tío Gavin que (58); tío Gavin dice que (60).
2º) Como en Humo, volvemos a estar ante un tópico del género policíaco, el del falso culpable. Las pruebas apuntan a alguien que después resultará inocente: en Humo era uno de los hermanos gemelos, aquí Monje, que no ha cometido el asesinato por el que es condenado a prisión. Aunque, la verdad, a mí no me queda claro si Monje mata al director de la cárcel o no; ni me queda claro, a pesar de haberlo releído hasta el aburrimiento, a qué viene la historia de los hombre libres trabajando los campos.
3º) Desde el principio se usa la anticipación, que no es otra cosa que lo contrario del flash-back o retrospección. Sabemos desde el principio que Monje ha sido condenado a muerte (el curioso discurso que pronunció en el cadalso [42]; cuando le colocaron el capuchón negro sobre la cabeza [45]). La anticipación se suele usar para apuntar en otra dirección: si el lector ya sabe el final de Monje habrá de fijar su atención en otros aspectos, su personalidad, las pesquisas del fiscal Stevens...
4º) Hay un paralelo con La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela. Lo digo porque ahí ocurre una ironía carcelaria muy semejante a la de aquí: Pascual Duarte mata a su madre, es condenado a treinta años pero, por buena conducta, sale antes; al salir mata al cacique del pueblo y es condenado a muerte: y Pascual Duarte reflexiona sobre el hecho de que, si no lo hubieran liberado, no habría acabado condenado a muerte. Aquí Monje es condenado a cadena perpetua, le indultan cuando se demuestra que es inocente pero, como no quiere salir, acaba condenado a muerte por matar al director de la cárcel.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Cecil Roberts, Estación Victoria a las 4'30

Cecil Roberts, Estación Victoria a las 4'30 (Orbis, Barcelona: 1983)
Si leí esta novela fue porque la regalaban en la liquidación de una biblioteca. Y me sonaba. Claro que me sonaba a novela de misterio del tipo Agatha Christie y será otras cosas excepto eso. Es una novela de estructura sencilla por el proceso de convergencia y divergencia. Explicado, eso supone que en una primera parte se presenta a toda una serie de personajes de lo más variopinto que, por motivaciones de lo más diverso, convergen en esa estación porque todos han de tomar allí un tren cuyo destino es Atenas.Y en la segunda parte, a la inversa, divergen porque cada uno de ellos va llegando a su destino.
Lo que sí huele a Agatha Christie es el punto de vista más bien aristocrático desde el que se observa la realidad. Por lo demás, poco que decir: sólo que carga bastante en lo lacrimógeno o que con la cantidad de personajes que maneja el autor el lector puede caer en la confusión.

viernes, 7 de diciembre de 2012

William Faulkner, Gambito de caballo (I, Humo)



Faulkner, William Gambito de caballo (Alianza, Madrid: 2004)
Estamos leyendo este conjunto de relatos de Faulkner de un cierto misterio  ambientados en el estado de Mississippi y protagonizados por el fiscal Gavin Stevens.

Sobre el primero de ellos, Humo, varios apartados:
1)      Aparecen dos hermanos enfrentados. Estamos otra vez ante el viejo tema cainita. Aquí los hermanos son gemelos y, si no recuerdo mal, también Rómulo y Remo son gemelos y ya se pelean en el vientre materno.
2)      El narrador participa de los hechos narrados, porque pertenece al jurado que está juzgando una muerte, y se expresa en primera persona del plural como se ve a partir de “habíamos oído” (7). Es, así pues, interno y plural en forma de nosotros porque abarca al jurado pero se aproxima bastante a la función del coro en la tragedia griega porque actúa como la voz popular, la conciencia de Jefferson. Entonces, como no puede ser omnisciente, se cuida muchísimo de sus limitaciones: A) A base de no afirmar taxativamente sino de suponer o aventurar la acción: según rumores oídos (7), aparentemente (8), lo oímos decir, eso es todo (9), se decía que (10), probablemente (10), veíamos mentalmente... habíamos imaginado (11) y más. B) Mediante, por ese procedimiento, la presentación de un mismo hecho desde dos ángulos. Ocurre con el pago anónimo de impuestos, achacado primero a Virginius de forma hipotética (según creíamos [12]) y luego al primo (39) de forma real. Algo parecido ocurre con el enfrentamiento entre los hermanos: primero se da como algo que se conoce de oídas (no cesamos de tener noticias [8]) y luego se constata por dos veces (18, 19) que están sentados en un mismo banco lo más lejos posible uno de otro. Otra vez lo mismo con los palos al caballo y la muerte del viejo Anse: se da primero como evidente que el viejo ha golpeado al caballo y éste lo ha matado (13); luego se varía la versión cuando el joven Anse confiesa haber matado a su padre (25); y por fin se vuelve a variar cuando el fiscal deduce que ha sido el primo (27).
3)      Cosa aparte: inquietante la frase como cuando contemplamos un gusano blando traspasado por un alfiler (28) como si lo más normal del mundo fuera ver cada día media docena de gusanos así.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Miércoles (relato presentado al XCII concurso de relatos Bubok [tema: tabú])



Fue el primer te quiero que oí. Me lo dijo al oído en voz muy baja y, si cierro los ojos, aún siento su eco en mis entrañas. El segundo me lo dijo poco después mirándome de frente. Y aún hubo un tercero cuando, ya saciados, empezábamos a vestirnos.
También fue mi primera vez. Y después, mientras desayunábamos en la cocina, me salió una sonrisa tonta. Porque recordé que días antes habíamos estado hablando entre las amigas sobre cuál de los chicos del instituto preferíamos para la primera vez. Cosas de crías. Sonreía porque no había sido con ninguno de los que salieron en la conversación; y porque me sentía bien.
Cada miércoles repaso la misma escena, desde el primer te quiero hasta el desayuno, mientras voy en taxi hacia su casa. Para que me lo repita, para sentir su voz otra vez dentro de mí.
Después, al coger el taxi de vuelta alejándome de él, hay veces que pienso en cómo hubieran sido nuestras vidas sin esa primera vez, en lo frágil que es todo y en cuánta felicidad nos habríamos perdido sin aquello que, en principio, no fue sino una chiquillada mía.
Fue un sábado por la mañana. Nos habían dejado solos en casa todo el fin de semana porque habían ido a la boda de ni recuerdo quién. Me despierto, veo su cuarto cerrado e imagino que está dentro estudiando. Porque él siempre ha sido de los de madrugar para aprovechar el tiempo. Me meto en el baño, al fondo del pasillo, y, convencida de que no va a salir de su habitación, dejo la puerta abierta para que no se entele tanto el espejo. Me ducho y, al acabar, descorro la cortinilla. En ese preciso momento sale al pasillo, gira la cabeza y me ve allí completamente desnuda. Nos quedamos los dos quietos mirándonos con cara de sorpresa hasta que yo, sin que aún ahora sepa el porqué, digo:
-Anda, ven.
Lo frágil que es todo. Ese primer te quiero, los que vinieron después, los que voy a oír hoy miércoles, los que van a quedar para todos los miércoles, todos ellos dependían de lo que yo acababa de decir:
-Anda, ven.
Y dependían de que viniera. Porque vino, me cubrió con la toalla, me frotó para secarme y me puso frente al espejo. Mientras me cepillaba el pelo nos mirábamos a los ojos y así, a través del espejo, nos fuimos adivinando el uno al otro. Al acabar, me quitó la toalla, me cogió en brazos como a una recién casada y, ya en el pasillo, le dije:
-No me harás daño, ¿verdad?
Me dejó caer suavemente sobre mi cama. Y no, no me hizo daño. Seguramente porque me supo envolver con sus te quiero del mismo modo que va a hacer hoy, veinticinco años después, con otros te quiero que oiré cargados de significados nuevos.
Después, fuimos repitiendo cada fin de semana en que nos dejaban solos. Uno de ellos decidimos llevar mi colchón a su cuarto y poner los dos en el suelo para dormir juntos. Y nos duchábamos juntos, nos secábamos el uno al otro, nos preparábamos el desayuno... Un día, dos años haría ya desde la primera vez y andaría yo por los diecisiete y él por los diecinueve, le pregunté mientras le acariciaba el pecho:
-¿No nos pasará nada malo, verdad?
-¿Por qué nos ha de pasar algo malo?
-Porque lo que hacemos...
Me puso el dedo sobre los labios para silenciarme y contestó:
-No dejaré que nunca nos pase nada malo.
Me abracé a él. Y nunca nos ha pasado nada malo. Sólo pequeños detalles mientras íbamos atravesando la vida más o menos como todos. Yo estuve saliendo con chicos hasta decidirme por Enrique, mi marido. La primera vez que lo hice con otro también me gustó. No tanto, pero me gustó. Porque con él no era sólo que me gustara, era mucho más, era como un secreto, como algo muy, muy nuestro. Por eso me daba cierto reparo, tras haber sentido otro cuerpo, volver al suyo. Le rehuía, no me atrevía a mirarle a los ojos porque creía no merecerle más. Lo notó y a la primera ocasión estaba esperando, con la puerta de su cuarto abierta, a que me despertara. Me llamó:
-Clara, ven.
Acudí. Incluso mi nombre suena diferente en su voz desde aquel primer te quiero. Acudí y me quitó el pijama. Sentirme desnuda frente a él como me sentiré de aquí un rato... Esa sensación de estar completamente desnuda con este cuerpo de cuarenta años y querer desnudarme aún más para él.
Le hablé poco antes de casarme con Enrique. Le dije que, aun casada, seguiría queriéndole y necesitándole. Por entonces él ya andaba, tras tanto estudiar, dando clase en la universidad y había comprado el piso en el que vive y nos vemos. Le dije que le necesitaría y se limitó a acercar sus labios a los míos haciéndome entender aquel beso como un pacto de por vida.
Yo con él, en cambio... Mentiría si dijera que no soy celosa. Me caían tan mal aquellas dos novias que tuvo mientras estudiaba la carrera... y se me llevaban los demonios al imaginarme sus cuerpos manchando el suyo. Seguro que iban sólo a aprovecharse de lo mucho que sabía. Quizá por eso intenté ocuparle también ese espacio. Fue algo más tarde cuando estaba ya con lo de la tesis doctoral. Como es algo desordenado y entonces, como ahora, solía tomar notas en pequeñas libretitas a medida que se le ocurrían las ideas, era yo la que se las pasaba a limpio en el ordenador. Y cuando no entendía alguna palabra me la explicaba y aprovechaba para contarme anécdotas e historias referidas a lo suyo, los griegos, los persas y otros pueblos antiguos de los que yo nunca había oído hablar. Hace poco me contó de no sé qué guerra en que las mujeres, desde lo alto de una muralla, gritan y lloran al ver cómo se baten abajo sus hijos y maridos defendiendo la ciudad. Y lo cuenta de una manera que me lo imagino en el aula con todas sus alumnas babeando.
Estoy segura, sin embargo, de que ninguna me lo toca porque yo le doy todo lo que necesita. Me gusta pensar que por eso no se casó, porque sólo yo soy su complemento ideal. Además, ninguna habría aguantado que dedicara tanto tiempo a lo suyo: tras la tesis, las oposiciones a titular de universidad en medio de una obsesión enfermiza por publicar y asistir a congresos para hacer currículum; al conseguir la plaza, algo de descanso y vuelta a investigar y publicar porque se trataba entonces de una cátedra que no consiguió sino hace un par de años. Yo, ya casada, no podía ayudarle tanto pero al menos le llevaba ordenados los papeles del currículum.
Ahora, con su cátedra, dice que ha llegado donde aspiraba y no necesita más. Ha servido también para darnos más orden. Como le supuso menos horas lectivas y poder librar una mañana entera, me pidió que escogiera un día de la semana: de ahí nuestros miércoles frente a las mil combinaciones que teníamos que hacer antes.
Yo espero impaciente ese día para dejarme envolver y él consigue que yo siga sintiendo ese gusanillo dentro cuando amanece el miércoles. Algunas veces se me hace difícil esperar el paso de toda la semana. Si me pongo triste cierro los ojos, pienso en un punto cualquiera de mi cuerpo, trato de recordar la última vez que pasó sus dedos o su lengua por ahí y acabo llegando a la conclusión de que nos hemos recorrido el uno al otro completamente. Ni me ha puesto límites ni se los he puesto yo: porque la primera vez, cuando me llevaba en brazos por el pasillo, prometió no hacerme daño y no me lo hizo; porque más tarde dijo que nunca permitiría que nos ocurriera nada malo y nunca nos ha ocurrido. O esa seguridad cuando me tiene enlazada y que vuelvo a sentir cuando no lo estoy y sigo sintiendo en la distancia. No sé cuántas razones habrá para que, al salir de su casa el miércoles, ya esté deseando que llegue el próximo. Es la misma seguridad por la que lo nuestro no altera para nada el resto de mi vida.
Porque con mi marido la relación es buena, normal. Si algún día llega contrariado del trabajo, busca cualquier excusa para enfadarse conmigo o con los niños y va subiendo de tono hasta recordarnos que es él quien trae el dinero a casa, quien me paga la peluquería, las clases de piano de la niña, las deportivas del niño... Luego se va tranquilizando y, al acostarnos, ya me encargo yo de acabar de calmarlo.
Y entre uno y otro, la cordialidad de quienes apenas se soportan. El domingo pasado, sin ir más lejos, celebramos el cumpleaños de papá con comida familiar. Se ponen Enrique, mi hijo y papá a hablar de no sé qué penalty decisivo en un partido de la selección y, cuando llevan al menos diez minutos con eso, salta él y dice:
-Al dar las diez de la mañana, cualquier maestro de primaria ya ha hecho ese día por el país más que la selección entera desde que existe.
-Ya salió el intelectual...
Eso le contestó Enrique y aquí paz y después gloria.
Con lo que me gusta que sea un intelectual y me explique esas historias de guerreros antiguos presumiendo de armas, o de cuernos y celos entre dioses como en un culebrón venezolano. O lo que me dijo cuando estaba muy embarazada de la niña:
-En algunos pueblos antiguos estaba prohibidísimo lo que acabamos de hacer.
-Pues como mi amiga Maribel. Cuando tiene el mes, le dice al marido que no y que no.
-Claro, otra de las prohibiciones.
-¿Y qué pasaba, les ponían una multa si los pillaban?
-No, habían de someterse a ritos de purificación. Por haber quebrantado los tabúes, prohibiciones culturales que calaban muy hondo en el ser humano.
O algo así que no acabé de entender. Pero si lo dice él...