Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



jueves, 29 de noviembre de 2012

Una historia urbana (relato presentado y retirado del XCI Concurso de relatos Bubok [tema: la selva])



-¿Te acuerdas?
Iba completamente recostada en el asiento del Mercedes y con los ojos entornados. Giré la cabeza y miré hacia donde había señalado.
-¿Te acuerdas?
Conducía por esas calles de Madrid que llaman, me parece, los bulevares, las que salen de la plaza de Colón y, cambiando de nombre, van a dar a la calle Princesa. Y sí, cuando vi que había señalado un cine, lo recordé. Fue un buen día aquel. Y una buena noche. Porque lo que recordaba, sobre todo, fue la sesión de después en su casa. Y la tenía tan bien grabada que me había venido precisamente a la memoria al salir de la ducha poco antes de que viniera a recogerme al hotel. Me miré al espejo y me dije: la ciudad y la selva.
-Sigo prefiriendo la versión corta.
De eso me tenía que acordar, de que fue en ese cine frente al que acabábamos de pasar donde vimos Apocalypse Now en versión larga. Diez o doce años hace ya, el último año de la carrera sería. Y la versión corta la vimos después, cuando la compró en DVD. Pero volví a entornar los ojos y mi memoria se fue otra vez donde se había ido al salir de la ducha, a lo que ocurrió en su casa aquel día en que fuimos al cine. Mi memoria se fue a la ciudad y la selva.
Pero lo que estoy contando, ese trayecto con su Mercedes hacia la zona de Argüelles, fue el viernes pasado por la noche. Y a veces me enfado cuando me dicen que toda yo soy un rompecabezas. Pero tienen razón. Porque quizá debería empezar a explicarlo todo desde el principio, desde primera hora de la tarde en el aeropuerto. O desde cuando yo estudiaba en Madrid.
Los inconvenientes, o las ventajas, de vivir en una isla. La mayoría de compañeras del pueblo, las que continuaron los estudios, se fueron a Barcelona porque cae más cerca. Yo, a Madrid porque cae más lejos. Y todas acabamos volviendo con la misma conclusión: como en casa, en ningún lado. Luego fuimos las unas a la boda de las otras y al bautizo de los niños, y nos aguantamos –y me aguantaron- alguna separación matrimonial. Pero ahí seguimos reuniéndonos cada mañana en la cafetería de la plaza para hablar como cotorras. Y cada dos meses, fin de semana de compras. Eso fue lo que decidieron el lunes de la semana pasada y yo también para no ser menos. Pero ellas a Barcelona y yo a Madrid. Sola. Y que piensen o digan lo que quieran, que ya saben que una también puede darle a la lengua.
En cuanto tuve decidido el viaje del viernes a Madrid, llamé a Ricardo... Quizá lo esté contando otra vez en plan rompecabezas, pero Ricardo es el chico que he citado antes, el que conducía el Mercedes por los bulevares. El de la película Apocalypse Now. El que había sido mi novio los últimos años de estudios en Madrid, que eso no lo he dicho pero lo digo ahora. El de la ciudad y la selva.
Quedamos como amigos. Aunque parezca mentira. Amigos de los de llamarse por Navidad y durante los cumpleaños. Desde el móvil, claro, que mientras estaba casada mi marido miraba los números en la factura del teléfono. Y hacía que no veía a Ricardo... no sé, pero desde que rompimos hasta que me casé un par de viajes a Madrid sí que hice. Y lo de que teniendo fijada ya la fecha para la boda... Pero que nadie piense nada raro porque soy una mujer muy normalita: con decir que lo primero que hice el viernes al llegar al aeropuerto fue comprar el Lecturas... Pero lo que iba diciendo: que Ricardo y yo, como amigos. Y que le llamé para decirle que iba a Madrid. El caso es que yo sabía que andaba suelto o sin mucho compromiso y, la verdad, me apetecía verle. Primero reservé un hotel por la zona de Serrano con María de Molina y luego le llamé. Me preguntó que por qué había reservado hotel si podía dormir en su casa. Pues por todo lo que me había enseñado él acerca de guardar las formas: por lo de la civilización y la barbarie, que era lo que decía cuando se cansaba de repetir lo de la ciudad y la selva. Y por eso busqué el hotel en esa zona, porque en aquellos tiempos bajábamos a veces por la Castellana en coche y, señalando hacia Cibeles, decía:
-Aquí, la ciudad, por allá la selva. ¿Te me imaginas en el campo del Atleti? Pues eso.
Sí, porque era muy del Real Madrid. Y lo que decía, que reservé el hotel porque, aunque sabía que me invitaba sinceramente a su casa, sabía también que si hubiera aceptado me habría situado del lado de lo que él llamaba la barbarie. O sea, que nos veríamos y acabaríamos como se supone, pero haciéndolo de manera civilizada desde el principio.
Y lo de la manera civilizada no es un mero modo de hablar, que Ricardo es el chico más educado que he conocido, de los de abrirme la puerta del coche, cederme siempre el paso o, en los restaurantes, esperar a sentarse hasta que yo estuviera sentada. Aunque llevara cinco cañas. Y desde el primer día hasta el último, no como esos que empiezan tratándote como a una princesa y, cuando ya te tienen camelada, se olvidan. También es cierto que a veces exageraba. Como la primera vez: llegamos a su casa con no sé cuántas copas encima, nos metemos en su habitación, nos abrazamos a lo loco, nos desnudamos el uno al otro y me tumbo en la cama; pues va y se pone a recoger la ropa que había quedado por el suelo, la dobla con cuidado y deja la mía en una silla y la suya en otra. Mientras, yo ansiosa y esperando como una tonta:
-Es que si no, esto parece la selva.
Luego muy bien, eso sí, todo hay que decirlo. Que se quedaba una muy a gusto después de cada sofoco. Pero estaba en lo de este viernes pasado. Iba diciendo que le había llamado. Quedamos para cenar en Madrid y que vendría a recogerme al bar del hotel. Entonces fue lo que he contado, que al llegar al hotel me duché, me miré desnuda al espejo y pensé en lo de la ciudad y la selva. Ya luego, si me acuerdo, explicaré por qué pensé en eso. Bueno, pensé también en cómo me vería él, en qué pensaría al verme un cuerpo por el que habían pasado más de diez años desde la última vez. Porque en ese momento ya sabíamos los dos que acabaríamos en su casa: lo sabía yo por la manera en que me había hablado por teléfono y lo sabría él por la misma razón. Son detalles que se notan entre dos personas que se conocen.
Me hice esperar un cuarto de hora antes de bajar al bar del hotel por otra de las frases geniales que él decía:
-Una mujer se ha de hacer desear de forma civilizada. No exagerando el escote sino  impacientando a quien la espera en una cita.
Luego ya vamos a parar a lo que he empezado contando, cuando íbamos con el Mercedes por los bulevares. Ah, y el coche limpísimo y reluciente, que seguro que acababa de sacarlo del túnel de lavado.
-¿Te acuerdas?
Giró en Princesa hacia Moncloa porque íbamos a tomar cañas a uno de los bares que frecuentaba y yo seguía recordando aquel día tras salir de ver Apocalypse Now. Fue también una noche de cañas, cena y luego en su casa. Estábamos en la cama descansando y me pregunta:
-¿Te ha gustado la película?
-Eso de destrozar la selva tirando napalm...
-No te me irás a poner ecologista. Y antes de bombardear sobrevuelan el agua y esa selva con música de Wagner. Es como si la violaran con todos los siglos de civilización necesarios para llegar a Wagner y al napalm.
Bueno, porque Ricardo también tenía su lado intelectual, de cosillas de psicología que estudiaba. Como lo que me dijo después, una frase que no acabé de entender pero que, quizá por eso, me pareció bonita. Me empieza a acariciar los pechos y el vientre con el dorso de la mano y dice:
-Tienes un cuerpo precioso. Puro orden, como la ciudad que diseñaría un utópico renacentista.
Yo, tan ricamente tumbada, y él acariciándome el cuerpo y los oídos. Y tampoco lo he dicho, pero yo soy muy blanca de piel y, claro, los pelillos de abajo, como los tengo completamente negros, pues eso, que luego se puso a rascarme ahí suavemente y decía:
-Y el contraste perfecto, la maraña, la única selva que me gusta, oscuridad y penumbra porque la vegetación no permite que lleguen los rayos de sol. Ahí sólo rige el instinto, las pulsiones. Y humedad, mucha humedad.
Yo le escuchaba y me veía en medio de la selva sudando y acechando desde un árbol altísimo. Y, entre que imaginaba lo que decía y que ya me había empezado a poner a gustito con las caricias por el cuerpo, me iba encendiendo más y más. Me veía reduciéndome poco a poco al estado de hembra salvaje y acabé tomando forma en una pantera en celo que sólo quería que el macho la cubriera. Le aparté la mano, me di la vuelta, separé las piernas alzándome un tanto y entendió.
Al acabar, la almohada por el suelo y yo con la espalda llena de arañazos. Y en ese momento yo también entendí. La ciudad y la selva. Esa educación suya, ese guardarnos las formas, esa civilización que nos obliga a cubrirnos el cuerpo, sólo adquirían sentido después cuando, desnudos en nuestra pequeña selva, nos convertíamos en barbarie pura.

Y ya veo que me he entretenido con eso y no me da tiempo de explicar cómo acabamos el viernes pasado. Da igual, en otra ocasión. El caso es que este próximo fin de semana viene Ricardo a verme a mí. Me explicará lo de siempre y me gustará cómo me lo explica.

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