Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



lunes, 3 de diciembre de 2012

Miércoles (relato presentado al XCII concurso de relatos Bubok [tema: tabú])



Fue el primer te quiero que oí. Me lo dijo al oído en voz muy baja y, si cierro los ojos, aún siento su eco en mis entrañas. El segundo me lo dijo poco después mirándome de frente. Y aún hubo un tercero cuando, ya saciados, empezábamos a vestirnos.
También fue mi primera vez. Y después, mientras desayunábamos en la cocina, me salió una sonrisa tonta. Porque recordé que días antes habíamos estado hablando entre las amigas sobre cuál de los chicos del instituto preferíamos para la primera vez. Cosas de crías. Sonreía porque no había sido con ninguno de los que salieron en la conversación; y porque me sentía bien.
Cada miércoles repaso la misma escena, desde el primer te quiero hasta el desayuno, mientras voy en taxi hacia su casa. Para que me lo repita, para sentir su voz otra vez dentro de mí.
Después, al coger el taxi de vuelta alejándome de él, hay veces que pienso en cómo hubieran sido nuestras vidas sin esa primera vez, en lo frágil que es todo y en cuánta felicidad nos habríamos perdido sin aquello que, en principio, no fue sino una chiquillada mía.
Fue un sábado por la mañana. Nos habían dejado solos en casa todo el fin de semana porque habían ido a la boda de ni recuerdo quién. Me despierto, veo su cuarto cerrado e imagino que está dentro estudiando. Porque él siempre ha sido de los de madrugar para aprovechar el tiempo. Me meto en el baño, al fondo del pasillo, y, convencida de que no va a salir de su habitación, dejo la puerta abierta para que no se entele tanto el espejo. Me ducho y, al acabar, descorro la cortinilla. En ese preciso momento sale al pasillo, gira la cabeza y me ve allí completamente desnuda. Nos quedamos los dos quietos mirándonos con cara de sorpresa hasta que yo, sin que aún ahora sepa el porqué, digo:
-Anda, ven.
Lo frágil que es todo. Ese primer te quiero, los que vinieron después, los que voy a oír hoy miércoles, los que van a quedar para todos los miércoles, todos ellos dependían de lo que yo acababa de decir:
-Anda, ven.
Y dependían de que viniera. Porque vino, me cubrió con la toalla, me frotó para secarme y me puso frente al espejo. Mientras me cepillaba el pelo nos mirábamos a los ojos y así, a través del espejo, nos fuimos adivinando el uno al otro. Al acabar, me quitó la toalla, me cogió en brazos como a una recién casada y, ya en el pasillo, le dije:
-No me harás daño, ¿verdad?
Me dejó caer suavemente sobre mi cama. Y no, no me hizo daño. Seguramente porque me supo envolver con sus te quiero del mismo modo que va a hacer hoy, veinticinco años después, con otros te quiero que oiré cargados de significados nuevos.
Después, fuimos repitiendo cada fin de semana en que nos dejaban solos. Uno de ellos decidimos llevar mi colchón a su cuarto y poner los dos en el suelo para dormir juntos. Y nos duchábamos juntos, nos secábamos el uno al otro, nos preparábamos el desayuno... Un día, dos años haría ya desde la primera vez y andaría yo por los diecisiete y él por los diecinueve, le pregunté mientras le acariciaba el pecho:
-¿No nos pasará nada malo, verdad?
-¿Por qué nos ha de pasar algo malo?
-Porque lo que hacemos...
Me puso el dedo sobre los labios para silenciarme y contestó:
-No dejaré que nunca nos pase nada malo.
Me abracé a él. Y nunca nos ha pasado nada malo. Sólo pequeños detalles mientras íbamos atravesando la vida más o menos como todos. Yo estuve saliendo con chicos hasta decidirme por Enrique, mi marido. La primera vez que lo hice con otro también me gustó. No tanto, pero me gustó. Porque con él no era sólo que me gustara, era mucho más, era como un secreto, como algo muy, muy nuestro. Por eso me daba cierto reparo, tras haber sentido otro cuerpo, volver al suyo. Le rehuía, no me atrevía a mirarle a los ojos porque creía no merecerle más. Lo notó y a la primera ocasión estaba esperando, con la puerta de su cuarto abierta, a que me despertara. Me llamó:
-Clara, ven.
Acudí. Incluso mi nombre suena diferente en su voz desde aquel primer te quiero. Acudí y me quitó el pijama. Sentirme desnuda frente a él como me sentiré de aquí un rato... Esa sensación de estar completamente desnuda con este cuerpo de cuarenta años y querer desnudarme aún más para él.
Le hablé poco antes de casarme con Enrique. Le dije que, aun casada, seguiría queriéndole y necesitándole. Por entonces él ya andaba, tras tanto estudiar, dando clase en la universidad y había comprado el piso en el que vive y nos vemos. Le dije que le necesitaría y se limitó a acercar sus labios a los míos haciéndome entender aquel beso como un pacto de por vida.
Yo con él, en cambio... Mentiría si dijera que no soy celosa. Me caían tan mal aquellas dos novias que tuvo mientras estudiaba la carrera... y se me llevaban los demonios al imaginarme sus cuerpos manchando el suyo. Seguro que iban sólo a aprovecharse de lo mucho que sabía. Quizá por eso intenté ocuparle también ese espacio. Fue algo más tarde cuando estaba ya con lo de la tesis doctoral. Como es algo desordenado y entonces, como ahora, solía tomar notas en pequeñas libretitas a medida que se le ocurrían las ideas, era yo la que se las pasaba a limpio en el ordenador. Y cuando no entendía alguna palabra me la explicaba y aprovechaba para contarme anécdotas e historias referidas a lo suyo, los griegos, los persas y otros pueblos antiguos de los que yo nunca había oído hablar. Hace poco me contó de no sé qué guerra en que las mujeres, desde lo alto de una muralla, gritan y lloran al ver cómo se baten abajo sus hijos y maridos defendiendo la ciudad. Y lo cuenta de una manera que me lo imagino en el aula con todas sus alumnas babeando.
Estoy segura, sin embargo, de que ninguna me lo toca porque yo le doy todo lo que necesita. Me gusta pensar que por eso no se casó, porque sólo yo soy su complemento ideal. Además, ninguna habría aguantado que dedicara tanto tiempo a lo suyo: tras la tesis, las oposiciones a titular de universidad en medio de una obsesión enfermiza por publicar y asistir a congresos para hacer currículum; al conseguir la plaza, algo de descanso y vuelta a investigar y publicar porque se trataba entonces de una cátedra que no consiguió sino hace un par de años. Yo, ya casada, no podía ayudarle tanto pero al menos le llevaba ordenados los papeles del currículum.
Ahora, con su cátedra, dice que ha llegado donde aspiraba y no necesita más. Ha servido también para darnos más orden. Como le supuso menos horas lectivas y poder librar una mañana entera, me pidió que escogiera un día de la semana: de ahí nuestros miércoles frente a las mil combinaciones que teníamos que hacer antes.
Yo espero impaciente ese día para dejarme envolver y él consigue que yo siga sintiendo ese gusanillo dentro cuando amanece el miércoles. Algunas veces se me hace difícil esperar el paso de toda la semana. Si me pongo triste cierro los ojos, pienso en un punto cualquiera de mi cuerpo, trato de recordar la última vez que pasó sus dedos o su lengua por ahí y acabo llegando a la conclusión de que nos hemos recorrido el uno al otro completamente. Ni me ha puesto límites ni se los he puesto yo: porque la primera vez, cuando me llevaba en brazos por el pasillo, prometió no hacerme daño y no me lo hizo; porque más tarde dijo que nunca permitiría que nos ocurriera nada malo y nunca nos ha ocurrido. O esa seguridad cuando me tiene enlazada y que vuelvo a sentir cuando no lo estoy y sigo sintiendo en la distancia. No sé cuántas razones habrá para que, al salir de su casa el miércoles, ya esté deseando que llegue el próximo. Es la misma seguridad por la que lo nuestro no altera para nada el resto de mi vida.
Porque con mi marido la relación es buena, normal. Si algún día llega contrariado del trabajo, busca cualquier excusa para enfadarse conmigo o con los niños y va subiendo de tono hasta recordarnos que es él quien trae el dinero a casa, quien me paga la peluquería, las clases de piano de la niña, las deportivas del niño... Luego se va tranquilizando y, al acostarnos, ya me encargo yo de acabar de calmarlo.
Y entre uno y otro, la cordialidad de quienes apenas se soportan. El domingo pasado, sin ir más lejos, celebramos el cumpleaños de papá con comida familiar. Se ponen Enrique, mi hijo y papá a hablar de no sé qué penalty decisivo en un partido de la selección y, cuando llevan al menos diez minutos con eso, salta él y dice:
-Al dar las diez de la mañana, cualquier maestro de primaria ya ha hecho ese día por el país más que la selección entera desde que existe.
-Ya salió el intelectual...
Eso le contestó Enrique y aquí paz y después gloria.
Con lo que me gusta que sea un intelectual y me explique esas historias de guerreros antiguos presumiendo de armas, o de cuernos y celos entre dioses como en un culebrón venezolano. O lo que me dijo cuando estaba muy embarazada de la niña:
-En algunos pueblos antiguos estaba prohibidísimo lo que acabamos de hacer.
-Pues como mi amiga Maribel. Cuando tiene el mes, le dice al marido que no y que no.
-Claro, otra de las prohibiciones.
-¿Y qué pasaba, les ponían una multa si los pillaban?
-No, habían de someterse a ritos de purificación. Por haber quebrantado los tabúes, prohibiciones culturales que calaban muy hondo en el ser humano.
O algo así que no acabé de entender. Pero si lo dice él...

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