Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



viernes, 9 de noviembre de 2012

Henning Mankell, El chino (I)



Mankell, Henning: El chino (Tusquets, Barcelona: 2008)
Lo que voy a presentar aquí es una visión de esta novela sugerida por  un club de lectura organizado en los foros de Bubok como se puede ver en este hilo. Ello supone que ideas propias se mezclan con otras sugeridas por los participantes en ese foro.
El balance global de la novela será negativo a pesar de que, al parecer, fue un éxito. Es sabido que nada tiene que ver la calidad con los top ten de ventas. Si a alguien de mediana cultura se le pregunta por los novelistas españoles de la segunda mitad del XIX seguramente contestará que Galdós o Clarín cuando el de mayor éxito es un tal Manuel Fernández y González completamente olvidado. Y lo mismo cabría decir de Corín Tellado o Marcial Lafuente Estefanía.
Dicho esto, abordaremos ya la obra desde un mínimo marco teórico afirmando que toda novela es una interactuación de personajes que se mueven en un espacio determinado durante un tiempo también determinado y que un autor nos presenta a partir del punto de vista que previamente ha escogido. Hasta aquí, nada nuevo.
Pero todo ha de tener su equilibrio y su sentido de la mesura. Una novela puede tener más de cien personajes como La Colmena de Cela pero, a cambio, reduce al máximo el tiempo a un par de días y el espacio a Madrid. O viceversa, una novela como La casa de los espíritus de Isabel Allende abarca varias generaciones pero concentrando los personajes alrededor de una familia cuyas mujeres, además, van teniendo los nombres en sinonimia (Clara, Blanca, Alba). O las muchas novelas itinerantes cuya gracia es ésa, el cambio constante de espacio: pero el protagonista permanece y, si abundan los personajes, éstos son puramente episódicos y quedan atrás en cuanto el protagonista cambia de espacio: el modelo sería la Odisea homérica.
El chino, en cambio, pretende construir una acción a partir de un montón de personajes, otro montón de espacios y abarcando siglo y medio. A este respecto, un autor ideal de novela policíaca sería el siciliano Andrea Camilleri -del que aquí reseñábamos dos obras- en la serie del comisario Montalbano: los personajes precisos divididos entre los que rodean al comisario y los afectados por el crimen; el espacio, reducido a su comarca siciliana; y el tiempo justito para que se resuelva el crimen. Y ni que decir tiene que en novela policíaca la complicación de los elementos narrativos dificultará al lector la comprensión de cómo avanza la resolución del crimen en cuestión.
Y al autor dEl chino le ocurre que pretende mucho sin estar muy avezado en el dominio de los elementos narrativos: multiplica innecesariamente los personajes, los hace moverse por multitud de espacios y dilata excesivamente la acción en el tiempo hasta el punto de que entre la causa del crimen y el crimen mismo media siglo y medio.
Luego se presentará todo con mayor método y orden pero de momento vamos a ilustrarlo con un primer ejemplo tomado del espacio. Dejaremos en principio de lado esa variación espacial que va de Suecia/Dinamarca a la China o al África sudoriental y observaremos otros detalles. Partiremos de que el primer rasgo que se da del espacio es el frío (Skare, frío intenso [13]). Bien, pues a lo largo de la novela, a los personajes que pueblan ese frío se los va relacionando con su opuesto, es decir, con países cálidos del sur: de la policía Vivi Sundberg se dice que Entre sus colegas circulaba el rumor de que tenía un amigo en alguna de las numerosas islas griegas (23) o que cerró los ojos y pensó en un mar azul y una casa blanca encaramada sobre la cálida loma de una montaña (41); la jueza Birgitta Roslin se había decidido por un viaje a Tenerife... Buscó la isla en el atlas y empezó a soñar con aguas cálidas y con vinos españoles (74); de un tal fiscal Halmberg se dice que se ha jubilado y se ha ido a vivir a Francia, a Antibes (224); por fin, la familia de la jueza parte sin ella de vacaciones a Madeira (409ss).
Pues bien, hay montones de novelas que oponen espacios de modo sugerente: prácticamente todo Pereda se explica a partir de la siguiente relación: campo = bien / ciudad = mal; don Quijote se mueve constantemente en el espacio rural y -¡qué casualidad!- lo derrotan en un espacio urbano; El castillo de Kafka se basa en la relación castillo = arriba / pueblo = abajo sin que los personajes de este segundo espacio puedan acceder al primero con la lectura social que de ello se sigue.
Parece, entonces, que en nuestra novela haya un trabajo dirigido a oponer el espacio frío en que se mueven unos personajes al espacio cálido que evocan. Pero, ¿va a parar eso a algún lado? La policía y la jueza sueñan con el sur; dos personajes en la esfera de la jueza, ese fiscal y su marido consiguen llegar al sur. Bueno, sí, ¿y qué más? Tendría cierta lógica un final de la novela con la jueza y la policía juntas y borrachas en alguna isla mediterránea contemplando el crimen como algo ya muy distante. Pero tal como está presentado todo parece como si el autor haya ido preparando unos hilos que luego se olvida de trenzar. Y la metáfora no es gratuita: hay que repetir constantemente que texto es participio fuerte del verbo tejer como trama es también imagen del mundo textil. Y si no se teje bien, como es el caso, da la impresión de unos pantalones deshilachados.

4 comentarios:

  1. Sí, vale, pero si la gente no sigue leyendo y participando en el club...

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  2. Lo harán. No te preocupes. Ya me encargaré yo de motivarles (tengo amigos rumanos)...

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  3. Pues yo estoy dispuesta, aunque solo sea por verte las piernas, nena. Dispuesta a seguir en el club, quiero decir.nSí, David, es bueno. Y puede que jodío también.

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