Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



sábado, 29 de septiembre de 2012

José Luis Clemente, Entre vías

Clemente, José Luis Entre vías (Heptaseven, Zaragoza: 2012)
NO, NO, NO, NO, NO, NO

No puede ser que yo, con toda mi buena fe y por aquello de las tradiciones, me haga socio de algo tan serio como el Ateneo de Mahón tras una campaña de captación de socios y el primer acto al que asista, el 30 de marzo pasado, sea la presentación de un libro como éste que no merece haber pasado por la imprenta. ¿A que no se concibe a la Pantoja o Manolo Escobar cantando en la Scala de Milán? Pues lo mismo.

No valió la pena que me corriera los 90 quilómetros que hay de ida y vuelta desde Ciudadela hasta Mahón para asistir a la presentación de este libro. Y no por la gasolina, ni por el tiempo perdido, sino por queseyó. Más grave fue, y me arrepiento seriamente, de haber comprado el libro. Y más que por los 20 euros, por entrar en el cómputo de quienes lo han comprado, es decir, porque algún día puedo aparecer en alguna estadística, manipulada o no, que diga que este libro ha tenido una repercusión determinada.

No se puede escribir un libro -del género no sé si hablar aunque en la contraportada se dice que es un arriesgado ejercicio narrativo- que empiece con esta frase: Vivir junto a las vías del tren, es una forma especial de vivir (p. 11). ¿Que dónde está el error? Fácil: en la separación del sujeto (Vivir) y el verbo (es) mediante coma. Eso sólo ocurre cuando al núcleo del sujeto sigue una aposición, oración de relativo o similar como en Vivir, difícil ejercicio, es un deambular por el mundo. ¿A que al pronunciar la oración inicial no se hace pausa entre tren y es?: pues eso, que la coma sobra.


No puede ser que, sin salirnos de esa primera página volvamos a encontrar dos errores gramaticales, esta vez de sintaxis, en la misma frase: ...estoy convencido que todos esos sonidos, aquel mundo auditivo y sonoro de mi infancia, siempre me afectó... Error 1: convencido de que como harto de que. Error 2: falta de concordancia entre sujeto (plural) y verbo (singular) en esos sonidos... me afectó; y no puede concordar con aquel mundo auditivo y sonoro de mi infancia (singular) porque, al ir entre comas, es aposición explicativa del sujeto sonidos. De modo parecido va ocurriendo a lo largo del texto: véase tomad y extasiaros (92) como horror de la incoherencia.

No se explican errores ortográficos como: ni un familiar, ni el médico, si no algo, alguien (21) donde debe ser sino. Ni se entiende qué pinta la tilde en estas disyunciones: cajas de cartón... ó de membrillo (14), ...ó de los sonidos morbosos (15); ni aquí: Cómo me saludó respetuosamente, inclinando ligeramente el cuerpo, y dando unos pasos atrás... (60; y no sigo con la frase porque contiene un anacoluto tal que no hay por dónde pillarla). Hay otros ejemplos: ésto (191).

No se sigue un criterio claro en el uso de las mayúsculas. Leemos Jefe de Estación (15) y en la página siguiente Jefe de estación (16) o terapia y, en el mismo párrafo, Terapia (124); y lo mismo en esta frase: Para un Joyceano como yo, Girona al anochecer tiene algo dublinesco (26-27). Ya no digamos lo que pensarán los lectores del Quijote al encontrarse con esto: cuando Don Quijote dijo aquello de que con la Iglesia hemos topado (27); o alquilar una Masía (112); y el colmo: el Quiz de la cuestión (119) o, en otro orden, un club nocturno o un meubleur (206).

No se entiende el uso, o más bien la ausencia, de comas. Me alegraría que se recuperase siempre me ha parecido una persona estupenda (34): como está hablando Luis, quizá se está imitando el estilo verbal, pero en la contestación de Rosa se lee: Yo, si puedo, lo haré antes del verano es muy interesante dicen (35).

No se puede recubrir un texto con una pátina de erudición a base de mencionar innumerables autores y poetas (Bécquer, san Juan de la Cruz, Góngora, Rosalía, Verlaine, Baudelaire, Lorca [17]; Joyce [27]; Machado [49]; Tagore, Hesse, Kipling [69]; Cernuda [133], Henry Miller, Safo, Bukowsky, Gómez de la Serna [145]) y meter la pata con grafías como Hölderling (20) en vez de Hölderlin; o Cátulo por Catulo (132); o Josep Vicent Foix, como si fuera valenciano, por Vicenç (27). Es curiosa la fijación con Saint-Exupéry (22) para luego citar mal el título de su obra: Le Petit Princep (92), en batiburrillo entre francés y catalán en vez de Le Petit Prince; o citar la traducción como El pequeño príncipe (146) ignorando que, como el título francés está basado una fórmula usual para el diminutivo, se lo traduce tradicionalmente como El principito. Y no se trata sólo de citar autores literarios, sino todo lo que se ponga por delante: Marilyn junto a Mafalda (22), Bach junto a Leonard Cohen y acto seguido Louis Aragon (70), Elisabeth Taylor (87). O la versión del poema de Salvat-Papasseit que, como el autor ni se ha preocupado de buscar en papel o en internet, le ha salido plagada de erratas como se ve en el primer verso: No ets modets (92); y no me queda claro si, por lo que se dice en la p. 94 sobre Espriu, le atribuye a él el poema; es el mismo caso de la canción de Serrat intercalada en las pp 100-101: es varen casar aquelle diaumenge.

No se ve una estructura clara: si pretende ser una novela, se da un cierto orden sólo hasta la página 20. Ahí se puede situar el final del aprendizaje de un niño de provincias: había empezado con los amigos cazando lagartijas (12) entre las vías del tren, había progresado cazando ratas (13), luego gatos (16) y alcanza la cumbre maltratando a un borracho (20). A partir de ahí, todo se vuelve desorden: el protagonista cae en una depresión (20) de la que parece salir tras soñar con su abuelo (22) y tomar conciencia de que el espacio de su infancia ha desaparecido (23). Luego ya la mayor parte del texto parece dado a la improvisación y moverse en el terreno de los problemas de pareja: pero nada de lo que ocurre parece apuntar a ese final en el que el protagonista se emascula: a lo mejor el autor se cansó de escribir y se le ocurrió eso sin más para dar punto final.

No puede haber mayor caos en lo que se refiere al espacio: el texto empieza con la infancia del protagonista cargada de referencias aragonesas como el cierzo (11) o la Virgen del Pilar (19); incluso la boina y la faja del abuelo (22). Sin embargo, acto seguido nos encontramos en Cadaqués (25) y con toda la tópica ampurdanesa entre la que no pueden faltar Gala y Dalí ni las anchoas de La Escala (26). Estamos, pues, en ambiente catalán de los 70 según deduzco de la alusión al PSUC (25) aunque el autor obedece a pies juntillas los caprichos convergentes al doblegarse ante la grafía Girona cuando en el castellano local siempre se ha dicho Gerona; y nos premia con página y media (27-28) de recorrido caótico por la ciudad cruzando dos veces el río Oñar: si el texto tuviera un mínimo de calidad aquí diría que ese cruzar el río es premonitorio de esa emasculación final. Pero dudo que el autor haya relacionado los dos pasajes porque constantemente produce la sensación de no escribir a partir de un plan preconcebido sino a medida que se le van ocurriendo las cosas. Mucho más tarde (141) el protagonista nos hace saber que no nació en aquello que parecía Zaragoza sino en Lleida (sic otra vez, a lo papanata, por Lérida: habrá que corregir la Guerra Civil de Julio César y cambiar la batalla de Ilerda por la de Lleida) y, además, el 3/3/1956, o sea, 47 días después de mí; ello convierte en mucho más grave todo lo dicho hasta aquí porque siendo de mi quinta, pues eso, ¡qué vergûenza! Ah, y otro patinazo en conocimientos geográficos está en el viaje a Francia: un mini verde con el techo blanco matrícula de Lyon: habrá que aclarar que los coches de Lyon llevan el 69 en la matrícula pero eso no indica que sean de Lyon sino de su departamento, Rhône. Dicho de otra manera: no hay coches con matrícula de Lyon.

No pueden presentarse los personajes al modo que ocurre aquí a partir de la p. 25: primero la mujer politizada del PSUC (25) a la que tópicamente hay que meter mano (26); luego (pp. 28-29) un montón de amigos del protagonista (Germán, Eduardo, Piedad, Rosa) introducidos de repente y sin que al lector le dé tiempo de asimilarlos; del mismo modo ocurre más adelante con Andrea y Marga (86-87).

No se entiende por qué a partir de la p. 30 se pasa a la estructura dramática para los diálogos: quizá sea porque el autor veía problemas en el uso del estilo indirecto. Por cierto que el diálogo entre los personajes vuelve a estar repleto de tópicos: para mí, vivir y escribir son una misma cosa (30), ¿por qué haces meditación? (33); Dijiste que estabas absolutamente convencido de que mi teoría sobre el amor universal era totalmente falsa (77); o una parrafada que difícilmente alguien diría a una mujer: ...te dejaré mis alas para que emprendas nuevos planeos. Y luego volaremos juntos, de la mano (108). Iguales tópicos desprenden los monólogos el protagonista, como lo de que todas las mujeres son putas (121) o la conversación sobre problemas en las parejas (168). De unas y otras cosas se sigue la no adscripción del texto a un género claro: narratica por un lado; estructura dramática para los diálogos, de otro; y no faltan ciertos conatos de delirio lírico: en cualquier parte rebrotarán utópicas casetas de guarda agujas para conspirar y carasoles donde tumbarse y despertar rodeado de entrañables fracasados: filósofos ilustres y poetas visionarios lavándose los pies en una palangana de absenta (23); esperaré boca arriba hasta dar los últimos estertores (85).

No puede haber mayor improvisación: queda más que claro cuando el protagonista traza una breve consideración sobre la antipsiquiatría (50) sin que se haya justificado que tenga conocimientos al respecto y sin que parezca tener relación lo dicho con lo que se venía tratando; y, claro, sin poder evitar citar hasta tres autores. De modo parecido ocurre cuando el narrador interrumpe una conversación (54) para presentarnos sus propias ideas sobre ¡el amor! O las derivas temáticas: al parecer, en la Vía IV se está narrando la relación con una mujer para, de repente, saltar al rambleo barcelonés, a la mili del protagonista, a una comida no sé si budista (66ss.). Y luego, más de lo mismo: estilo dramático insertando cuatro versos de Quevedo (71) y, a bocajarro, cuatro páginas de cocina vegetariana (72-75) sin mostrar ni sentido de la mesura ni piedad por el lector; del mismo modo se intercalan los poemas y canciones antes citados e incluso una canción del trasnochado Patxi Andión (103-104) o el único verso conocido –a través de Paco Ibáñez- de Celaya, lo de tomar partido... hasta mancharse (108). De modo parecido se intercala de improviso una escena en un puticlú (150ss) sin que se entienda la relación con lo anterior o lo siguiente. Todo ello se vuelve más grave cuando el protagonista, en otro dechado de erudición, dice releer constantemente En busca del tiempo perdido, de Proust  (146) junto a otras dos novelas: si fuera cierto, algo de estructuras y simetrías habría aprendido a la hora de construir el texto.

No comento errores como la Vall d’Ebrón para el hospital militar de Barcelona que, además, confunde con la entonces residencia Francisco Franco y ahora hospital de la Vall d’Hebron. Ni me sorprendo ya con barbaridades como te entrarán unas diarreas que, como dicen los castizos, “te irás por la pata abajo” (134): ¿desde cuándo eso es lenguaje castizo? Y el colmo va a ser la siguiente estupidez geométrica: doce avenidas concéntricas convergen en la plaza (203).

Ni corolario saco: ya lo puede deducir el que lea lo anterior.
 

1 comentario:

  1. ademas de no saber escribir es una psicopata, debe dinero a mucha gente y es mas mentiroso que Pinocho

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