Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



lunes, 23 de julio de 2012

Gregorio Marañón, Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo

Marañón, Gregorio Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo (Espasa-Calpe, Madrid: 1969)
Como complemento de esta entrada en la que trataba del libro de Luis Suárez, Enrique IV de Castilla: la difamación como arma política (Ariel, Barcelona: 2002), he leído ahora en la colección Austral este, más clásico, de Marañón, con primera edición en 1930, y más centrado en los aspectos médicos.
Ya digo que Marañón, en tanto médico, trata el tema desde su óptica, pero se sabe la importancia que ello tiene cuando el objeto de estudio es el último Trastamara: de que fuera impotente o no dependía su paternidad respecto a Juana, llamada la Beltraneja por creerla hija del privado Beltrán de la Cuevas; y, a su vez, de ello depende que Isabel la Católica, la sucesora de Enrique IV en el trono, fuera o no una usurpadora. La cuestión, como se ve, invita a a un inútil ejercicio de política-ficción.
Entrando ya en el libro, el autor parece haber evolucionado en lo que se refiere al tema central. Así, en el texto de 1930 habla de la indudable impotencia del Monarca (67) mientras que en el prólogo a la segunda edición, abriendo claramente la posibilidad de que Juana fuera efectivamente hija del rey, dice: Cada día me parece más claro que Don Enrique IV fue menos impotente de lo que dicen; (...) que la Beltraneja no fué hija del necio Don Beltrán sino, quizá, del Rey, que, como todos los cojos, no dejaba de andar, cuando podía, aunque tropezando (15, y precioso el eufemismo final). Aporta argumentos a favor de ello como el juramento solemne de la Reina tras recibir la comunión en la catedral de Segovia: Hago juramento a Dios y a Santa María y a la señal de la Cruz (,,,) que yo sé cierto que la dicha Princesa Doña Juana es hija legítima y natural del Rey mi señor y mía (64).
Más bonita es la posibilidad de que hubiera tenido éxito la fecundación artificial que, según viajeros del momento, practicaban los médicos a la reina: "Fecerunt medici cannam auream, quam Regina in vulvam recepit, an per ipsam semen inicere posset" (67; la traducción, mía, sería: "Hicieron los médicos una caña de oro que la reina recibió en la vulva para que pudiera entrar el semen"). Así se explicaría una referencia de un manuscrito de la Biblioteca Nacional que, al  parecer, viene a decir que la reina fue fecundada antes de desflorada (67).
Pero quizá donde más sublime se vuelve el texto es en el momento en que el autor, a partir de descripciones del rey por parte de sus contemporáneos, trata de buscar el origen de sus anomalías y llega a diagnosticar que es un displásico eunucoide con reacción acromegálica (79). Y ello no sólo deriva hacia la impotencia sino que da verosimilitud biológica (114) a la homosexualidad del rey: Está, sin duda, relacionada con su inclinación homosexual su famosa afición a los moros, de los que, como es sabido, tenía a su lado siempre una abundante guardia (...) Es  sabido que en esta fase de la decadencia de los árabes españoles la homosexualidad alcanzó tanta difusión, que llegó a convertirse en una práctica casi habitual (104; la última frase me deja con la duda de si el autor ve alguna relación de causa-efecto entre el mariconeo y la decadencia).
En cuanto a las otras dos figuras básicas que rodean al rey, su segunda mujer doña Juana y el galán don Beltrán de la Cueva, supuesto padre de la Beltraneja, don Gregorio se extiende en consideraciones positivas de la primera y negativas del segundo para ir a parar a la siguiente conclusión: resurge en el fondo de la conciencia la convicción de que la Beltraneja está, en la densa oscuridad que envuelve su genealogía, mucho más cerca del Rey, débil e inseguro de sí mismo, que del fachendoso galán (136).

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