Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



martes, 31 de julio de 2012

Benito Pérez Galdós, Juan Martín el Empecinado, La batalla de los Arapiles

Juan Martín Díez, el Empecinado
Pérez Galdós, Benito Juan Martín el Empecinado, La batalla de los Arapiles (Hernando, Madrid: 1963, 1939)
Ya tenemos otra vez a nuestro héroe en el meollo de la historia española de principios del XIX, primero sirviendo en las filas del Empecinado, luego en otra de las grandes batallas contra los franceses.
En la primera página de Juan Martín el Empecinado se presenta ya al guerrillero desde la óptica romántica: aquellos ejércitos espontáneos, nacidos en la tierra como la hierba nativa, cuya misteriosa simiente no arrojaron las manos del hombre; voy a hablar de aquella organización militar hecha por milagroso instinto a espaldas del Estado, de aquella anarquía reglamentada que reproducía los tiempos primitivos (5). En efecto, el guerrillero es uno de los tipos que el Romanticismo pone de moda; como el torero o esas figuras marginales que corren por la lírica de Espronceda, el verdugo, el reo de muerte o ese pirata que ya viene de The Corsair de Lord Byron.

El narrador ve en el guerrillero alguien a quien debe mucho la historia de España: Guerrillero fué Viriato, y guerrilleros los jefes de mesnada, los Adelantados, los Condes y Señores de la Edad Media (56); le supone, incluso, figura imprescindible en la lucha contra Napoleón: La guerra de la Independencia fue la gran academia del desorden. Nadie le quita su gloria, no, señor; es posible que sin los guerrilleros la dinastía intrusa se hubiera afianzado en España (57).
En cuanto a la trama, Gabriel, ya oficial del ejército regular, ha salido de Cádiz destinado a reforzar el ejército del Empecinado y va a parar a la cuadrilla de Vicente Sardina. Allí se reencuentra (22) con un personaje conocido, Santurrias, el sacristán del cura de Aranjuez del que ya hablamos al tratar El 19 de marzo y el 2 de mayo. Y entra en contacto con otros personajes entre los que destaca Antón Trijueque, antiguo sacerdote que quiere luchar contra los franceses pero, como reprimen su afán de protagonismo en las filas de la guerrilla, acaba desertando y pasándose al enemigo; arrepentido, volverá junto al Empecinado exigiendo que lo fusilen y, al no conseguirlo, acabará suicidándose (cap. XXX).
Los paisajes que se pintan son desoladores con pueblos saqueados alternativamente por los franceses y por la guerrilla: En las aldeas por donde pasamos tuvimos ocasión de presenciar escenas tristísimas, pero que eran inevitables en aquella cruel guerra. Los habitantes del país cometían mil desafueros y crueldades en los franceses rezagados, bien ahorcándoles, bien arrojándoles vivos a los pozos. Por una parte les impulsaba a esto su odio a los extranjeros, y por otra, el deseo de congraciarse con los guerrilleros que venían detrás, y evitar de este modo que se les tachase de afectos al enemigo (85).
Por su parte la condesa Amaranta y su hija Inés, que también salieron de Cádiz con Gabriel, habían acabado refugiándose en la villa de Cifuentes, en La Alcarria y dentro del radio de acción de las partidas del Empecinado; allí se mantienen escondidas de Santorcaz, padre de Inés, y, a la vez, pueden comunicarse por correo con Gabriel (cap. XII).
El resto de la trama adquiere tintes de novela de aventuras de corte bizantino: Gabriel, preso de los franceses, es incitado por Santorcaz a desertar pero se niega y consigue huir momentos antes de su ejecución (caps. XVI-XXIII); mientras tanto, Santorcaz rapta mediante engaño a Inés (cap. XX) y Gabriel, enterado de ello a través de Antón Trijueque, parte en su busca pero vuelve a caer preso de los franceses y vuelve a salvarse esta vez gracias a un ataque de los guerrilleros (caps. XXVI-XXVII). Y termina la novela con Gabriel peregrinando nuevamente en busca de Inés.

Wellington, héroe de los Arapiles y Waterloo
En La batalla de los Arapiles asistimos, aún dentro de la temática bélica, a la última de las grandes acciones guerreras contra los ejércitos napoleónicos. Vuelve a variar el espacio, como si el autor quisiera que recorriéramos con él toda la geografía española, y ahora estaremos en el campo y la ciudad de Salamanca.
Comienza la obra con unas cartas de la duquesa Amaranta a Gabriel que, además de ponernos en situación, contienen notas curiosas: los franceses dicen que la roleta es un adelanto con respecto a los naipes, así como la guillotina es mejor que la horca (13); José I, conocido aquí por el tuerto, o por Pepe Botellas, es una persona amable, discreta, tolerante, de buenas costumbres y que no desea más que el bien (14-15).
Por esas cartas sabemos que Santorcaz, que en el episodio anterior había huido de Cifuentes con Inés, no se la ha llevado a Francia sino que, enfermo, permanece en Plasencia (19) de donde posteriormente pasará a Salamanca. Por su parte Gabriel está alistado en el ejército aliado anglo-luso-hispano que intentará arrebatar a los franceses Salamanca y, sabedor de que allí está Inés, se presentará voluntario a la misión de entrar en la ciudad para hacer un mapa de sus defensas. De nuevo caerá preso y, como en el episodio anterior, se salvará milagrosamente. Tras ello logrará encontrar a Inés pero ésta no querrá huir con él por un motivo noble: porque, a pesar de todo, ha aprendido a amar a su padre y no quiere abandonarle enfermo: la barba crecida y casi enteramente blanca, el rostro amarillo, hundidos los ojos de fuego, surcada de arrugas la hermosa y vasta frente, huesosas las manos, fatigado el aliento (160). Es como si Inés, a pesar de no necesitarlo, se estuviera depurando interiormente para asistir al final feliz de su amor por Gabriel.
Hay un personaje en el que vale la pena detenerse, Miss Fly, dama inglesa que, de forma algo gratuita, pulula por entre ejército inglés: de un lado es, por su modo de comportarse en plena libertad, el contrapunto a Inés; de otro, por su visión romántica de España, parece la réplica femenina del Lord Gray que veíamos en Cádiz; pero se relaciona también con él porque una hermana gemela suya fue seducida por él y, abandonada, se suicidó. Miss Fly acaba contando a Gabriel una historia (337-339) que parece inspirada, si no lo está completamente, en El estudiante de Salamanca de Espronceda: un hermano acude en busca de venganza y muere en duelo; y como es Gabriel quien había matado a Lord Gray también en duelo, Miss Fly no puede evitar enamorarse de él en una última prueba para Gabriel, que no variará para nada en su amor por Inés.
Ni que decir tiene, en consecuencia, que la obra y toda esta primera serie de los Episodios Nacionales terminarán con un final feliz: la condesa Amaranta y Santorcaz reconciliados con todos y Gabriel e Inés en matrimonio. En los últimos párrafos nos resume el narrador su vida posterior afirmando que, tras tantas vicisitudes, no aspira más que a la aurea mediocritas (397) horaciana.

Damos así por terminada nuestra lectura de la primera serie de los Episodios Nacionales. Recapitulando y dejando de lado el primero de todos, Trafalgar, que leí en tiempos en que ni era pensable tener en casa un ordenador, he aquí los enlaces que llevan a las entradas del blog en las que he ido tratando de ellos:
-La corte de Carlos IV.
-El 19 de marzo y el 2 de mayo, Bailén.
-Gerona, Cádiz.
-Napoleón en Chamartín, Zaragoza.
-Gerona, Cádiz.
-Juan Martín el Empecinado, La batalla de los Arapiles (que no necesita enlace porque está aquí).

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