Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



miércoles, 16 de mayo de 2012

Solo en casa (Reloaded) (LXXXI concurso de relatos Bubok [tema: la soledad])


Le gustaba estar solo en casa. No era que le gustase la soledad, no, era exactamente eso, que le gustaba estar solo en casa. Porque en la calle bien que le apetecía el rato en el bar y las cañas con los amigos. Pero en casa… por eso ni se había casado ni había llegado a ninguna de esas situaciones en las que dos personas se dicen aquello de podríamos irnos a vivir juntos. Aunque, claro, si alguna noche de fin de semana caía algo y no había otro lugar, acababa con alguna en casa. A la mañana siguiente, eso sí, le preparaba el desayuno por una cuestión de hospitalidad e incluso se lo llevaba a la cama. Pero en seguida procuraba deshacerse de ella con alguna fórmula de esas de ya te llamaré.
            Recordaba una frase de su amigo Alejandro una tarde de cervezas. En un bar por Antón Martín haría más de veinte años:
-Si una mujer se presenta en tu casa con la maleta, lo mejor que puedes hacer es preparar tú la tuya y marcharte.
De ahí la sensación de sentirse liberado cuando su amante ocasional cruzaba hacia fuera el umbral. Entonces ya volvía a estar solo y ya podía hacer lo que quisiera sin dar explicaciones a nadie. Ponía música de los setenta, se tumbaba en el sofá a leer a Lafuente Estefanía… Sí, porque una vez a una se le ocurrió, al verle sobre la mesita de noche una de esas novelas, comentar que eso lo leía su abuelo. ¿Y qué? A él le gustaba leer todas las semanas una novelita del oeste y el domingo acudía al Rastro donde había un puesto en que las cambiaban. Y si una mujer el primer día ya opina sobre lo que uno lee o deja de leer, el segundo te pondrá del revés todos los muebles de la casa.
Por eso lo de estar solo y tranquilo. Y sin entrar en esas tonterías sobre si uno es celoso de su propia intimidad o no sé qué de la privacidad. Él lo que quería era que no le marearan. Sin más.

Sin embargo…
Sin embargo, ese día se veía yendo hacia la estación de Atocha en un taxi que había cogido a toda prisa. Porque no se había despertado de la siesta como cada tarde a la hora del serial sino que había seguido durmiendo media hora más. ¡Qué casualidad! Todos los días abría los ojos con la sintonía del serial pero ese día que tenía que ir a esperar la llegada del AVE había seguido durmiendo y durmiendo. Sería lo que los  psicólogos llaman actos fallidos, eso de que pierdes las llaves del coche el día en que has de salir de vacaciones porque, en realidad, no quieres ir de vacaciones. Ahí estaba la cuestión. Porque él, en principio, sí quería ir a esperarla a Atocha. En principio.
Había saltado del sofá, se había remojado la cara para despejarse, había salido corriendo y había parado el taxi en el paseo Rosales. Estaban llegando a Atocha y aún le dolía la cabeza por ese despertar brusco; había estado unos segundos sin tomar conciencia de que no era un despertar como el de cada mañana sino a una hora diferente que aún tardó en situar en el día; luego, la imagen de ella en el cerebro, la mirada al reloj y que le entraran todas las prisas para ir a Atocha a recogerla.

La había conocido aquel verano en Ibiza y todo fue normal. Bueno, pero la historia es más larga porque en Ibiza había conocido muchísimas mujeres durante todos los años en que, sin fallar un mes de agosto, alquilaba un apartamento con los amigos, Alejandro inclusive, y, durante veinte días, ya se sabe: discoteca ya entrada la noche, dormir hasta las tantas, despertar con resaca y comer lo que admita el cuerpo, siesta en la playa, al apartamento a ducharse y cambiarse, copas, a la discoteca y vuelta a empezar. Ese ritmo, claro está, es soportable cuando uno no llega a los treinta pero empeñarse en mantenerlo a sus edades… Como que a veces lo enfocaba al revés y pensaba si no sería el resto del año el que, trabajando, descansaba de los excesos ibicencos.
Fue una de esas noches. En una discoteca frecuentada por gente que ya hace tiempo ha superado los veinte y, además, lo sabe. Y la conoció, como había ocurrido otras veces, en grupo: ellas eran tres, ellos otros tres y casi era inevitable. Que luego le tocara una u otra de ellas ya era cuestión de azar, de cómo se situaran en la barra para pedir las copas, de cómo se emparejaran en los coches para ir a tomar la penúltima…
Montse se llamaba y eso era ya un punto positivo. Un nombre normal, por lo demás de esperar en una mujer que tampoco era una cría, y que no admitía diminutivos tontos.
Ahí otra de las ocurrencias de su amigo Alejandro, que se dedicaba a la enseñanza, y hace también tiempo se puso con un catálogo de nombres de pila de sus alumnos:
-Los padres no ven que al llamar Yénifer a su hija la están predeterminando a que su máxima aspiración sea convertirse en peluquera.
Montse. Aunque a él lo que más le importaba de una mujer no era el nombre. Ni el color de los ojos. Ni siquiera las curvas que determinan que una mujer sea una mujer. O sí, eso sí importaba. Pero había algo que le importaba más y era el lugar de procedencia. Cuanto más lejos, mejor, y si era extranjera seguro que se enamoraba automáticamente a pesar de las dificultades de comunicación… Aún recuerda a aquella de Vigo que conoció un viernes por la noche en Madrid. Le dijo que había venido sólo para el fin de semana porque había rematado una discusión con su marido diciéndole:
-Necesito respirar, necesito espacio.
Y había cogido el avión para huir el fin de semana. Una mujer capaz de decir eso es capaz de cualquier cosa pero aun así estaba dispuesto a abrirle su corazón. Más aún cuando, avanzada la noche, además de decirle que tenía billete para volver el domingo por la tarde le contó que tenía dos hijos. O sea, que el lunes ya volvería a estar en el redil. Eso le decidió a invitarla a casa y vaya si necesitaba espacio… Como que, a pesar de que ella tenía habitación reservada en un hotel, desde que llegaron al piso el viernes a las tantas, que ya era sábado, hasta el domingo por la tarde dos horas antes de su vuelo, no salieron de casa. Que si llama al Telepizza, al chino, al kebab del barrio... Y de la cama salieron lo justo para ir al baño o para comer. Aún se puso algo tonta al despedirse:
-Si pudieras venir un fin de semana a Vigo encontraría una excusa…
Él se había enamorado pero, aun así, lo que verdaderamente le importaba era cerrar la puerta, dejarla al otro lado y quedarse solo con su música, su tele y sus cosas. Y lo de ir a Vigo… si eso está en el fin del mundo y sólo pisaba Barajas para ir a Ibiza.

Y ahora Montse, otra que le había llegado al corazón. Por causa parecida, porque con ese nombre era de Barcelona. Así que la primera noche ya estaba enamorado y, por eso, a lo de mezclar sus carnes le añadió ternuras al oído. Cuatro días duró el romance porque ellas ya se volvían y acabaron intercambiándose los números de móvil y el imeil. Sin peligro porque en su mundo Barcelona estaba tan lejos como Vigo y el hecho de que hubiera más aviones no era excusa suficiente: que si el metro a Barajas, que si súbete al avión, que si al aeropuerto de Barcelona no llega el metro, ufff, todos esos obstáculos con los que repentinamente se desvanece cualquier amor estival.
Sin embargo cuando se despidió de ella tuvo la extraña sensación de haber cometido algún error y no sabía cuál. También tuvo la intuición de que para Montse el intercambio de móviles e imeils no había sido puro formulismo. Acertó: el 15 de setiembre recibió un correo suyo que le dejó sorprendido porque le recordaba un paseo nocturno por la playa; y se extrañó porque no esperaba que una mujer de carrera como ella, que lo era, le saliera con esos romanticismos del brillo de la luna y los dos de la manita: para él ese paseo fue una excusa para despejarse de las últimas copas y poder cumplir después medianamente. Dos días tardó en pensar qué contestaba y dos más en contestarle con el tópico de que guardaba buen recuerdo de todo. Así mensaje va mensaje viene hasta que no sabe cómo se ve a mediados de octubre diciéndole que lo mejor no fue sentir la piel de ella contra la suya sino saberla ahí al despertar. Cuando se arrepintió su frase ya volaba por el ciberespacio. La respuesta no tardó: que si aprovechando el puente de Todos los Santos…

El taxi está ya llegando a Atocha. Mira y lo primero que le viene a la mente es que ahí falta algo, el scalextric, aquella serie de calzadas superpuestas como las que salen en las películas americanas pero en pequeño, a la española. ¿Cuánto tiempo hace que quitarían el scalextric de Atocha? Y una sensación, la de vivir con la cabeza veinte años atrás. Veinte o más porque seguro que el scalextric lo quitarían mucho antes, cuando en Madrid los taxis aún eran negros y con una franja roja. Y entonces cae en el error que cometió al enamorarse de Montse. Porque en parte de su cerebro no habían transcurrido esos veinte años y, al conocerla, sólo pensó en las mil barreras que les separaban por avión y no en el AVE, que en un ratito te deja ahí mismo.
Entra en la estación pensando no en lo poco que va a tardar en sentir en su cuerpo el de Montse sino en el trayecto contrario cuando, ya con ella de regreso a Atocha, pueda volver a casa y estar completamente solo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario