Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



jueves, 26 de abril de 2012

Gomorra y Sodoma (LXXX concurso de relatos Bubok [tema: secretos])


Un invierno hacia 1870. El primero tras la muerte de su suegro. Por eso, para hacerle compañía, su suegra les ha invitado a pasar la Navidad en aquella vieja casona solariega.
El viaje en tren de toda la familia, él, su mujer, sus dos niños gemelos y aquel gato de Angora muerto poco después. El viejo jardinero les espera en la estación con el landó y, cargado el baúl, llegan a la casa tras media hora sorteando barrizales.
Al llegar, besos y abrazos. Después, su mujer le pide que, para que no estorben, se lleve a los niños mientras ella, con la doncella, vacía el baúl y distribuye la ropa por los armarios. Pero los niños ya se han perdido por alguna escalera y se oyen sus voces por la planta superior. Decide salir al jardín que da a la parte posterior.
Se sienta en un banco de la glorieta. La fuente con su Cupido está seca pero no así todas las palabras de amor que Ana y él se dijeron allí aquel verano en que acudió a pedir su mano. De pronto, los dos niños, que vienen corriendo, le sacan de su ensueño:
-Papá, papá, hemos descubierto una habitación secreta.
-Sí, ven y verás.
Cruzan el jardín y suben escaleras arriba hasta la última planta. El gato se les añade. Un pasillo de luz escasa con puertas a un lado equidistantes unas de otras. Nunca había subido allí pero sabe que son las habitaciones del servicio o cuartos a donde van a parar cachivaches que nunca más servirán. Casi al final los niños se paran:
-Es aquí.
Y señalan a la pared. Efectivamente, no hace falta medir las distancias entre las puertas para ver que falta una. O que había una que ha sido tapiada. El gato se sitúa enfrente y se sienta sobre sus patas traseras. Quieren comprobar si las habitaciones de ambos lados son más amplias y ocupan el espacio que ocuparía la habitación que falta pero, cuando intentan abrir las puertas, ven que están cerradas. Los niños no creen la explicación que les da su padre:
-Seguramente ahí nunca ha habido una puerta y las dos habitaciones de los lados son mayores que las demás.
Recorren el pasillo a la inversa para volver abajo y, ya en la escalera, se dan cuenta de que el gato sigue inmóvil donde estaba. Lo llaman tres veces hasta que acude.

Ana ha vaciado ya el baúl y está en la cocina. Él oye como su mujer y su suegra discuten sobre si, para la comida de Navidad, vale la pena abrir el gran salón, cerrado, con otras zonas nobles de la casa, desde la muerte de su suegro. Su mujer quiere ver la casa en todo su esplendor mientras su suegra alega el trabajo para adecentar el salón. Los niños entran corriendo:
-Abuela, abuela, hemos descubierto una habitación secreta.
-Los niños se callan cuando los mayores están hablando.
Él nunca ha entrado en la cocina. Sería como hollar un espacio en el que sólo las manos femeninas dan sentido a las cosas. Y como se acerca la hora de comer va hacia la alcoba a cambiarse. El gato tampoco entra en la cocina con los niños porque sabe que allí está el otro gato, el titular de la casa. Decide acompañarle a la alcoba y acaba sobre el edredón. Él se cambia y observa cómo Ana ha dispuesto todo ordenadamente y le ha dejado sobre la mesita de noche su Biblia. Cuando va a salir de la alcoba ve que el gato vuelve a estar sentado sobre sus patas traseras y con la vista fija en el techo. Él mira hacia allí y no ve nada, ni una telaraña, ni un pequeño insecto. ¿Qué estará mirando el gato?

Han cenado ya, han acostado a los niños, que no querían dormir sin el gato, y ahora él está en un sillón frente a la chimenea del comedor dispuesto a leer. Al otro extremo su mujer habla con su suegra, que al fin acepta abrir el salón para la comida navideña.
            Cuando, tiempo atrás, se propuso leer la Biblia fue por curiosidad, no por devoción. Es más, de lo que ha leído, y ya va muy avanzado, poco ha encontrado de edificante: ¿o es que la matanza de los primogénitos de Egipto lleva a algún lado?, ¿y el diluvio? Sin embargo, de esos episodios de destrucción el que mayor interés le despierta es el de Sodoma y Gomorra o, mejor, el caso de Gomorra. Por él no había abandonado la lectura y seguía intentando saber más.
            Apenas abre el libro por donde lo había dejado irrumpen, descalzos, los dos niños:
            -¡Papá, mamá, hemos oído un fantasma!
            Él ríe:
-¿Cómo sabéis que es un fantasma?
-Hemos oído ruidos extraños por arriba. Seguro, es un fantasma.
-Serían las criadas acostándose. Además, en todas las casas antiguas se oyen ruidos: el viento moviendo las tejas, cañizos crujiendo…
-El gato también los ha oído y se ha quedado quieto mirando hacia el sitio de donde venían.
Su mujer se levanta, coge de la mano a los niños y vuelve a acostarlos. Él empieza a leer por el libro de las Lamentaciones con todas las desgracias que caen sobre Jerusalén, otra ciudad castigada por su impiedad, como Sodoma y Gomorra... ¿Cómo Gomorra? Él no lo sabe exactamente y es lo que trata de averiguar recorriendo la Biblia en busca de alguna referencia al pecado de Gomorra.
Media hora después Ana vuelve, le dice que los niños duermen profundamente y le propone acostarse ya. Mientras se desnudan ella sugiere que, si amanece despejado, pueden ir al cementerio a visitar la tumba de su padre. Se mete en la cama y ella le abraza. Aún está dando vueltas a la destrucción de tantas ciudades cuando cree percibir sonidos en el piso superior. Aguza el oído y sí, un ruido rítmico, diríase el de una mecedora balanceándose. Y parece venir de la habitación tapiada. Sin preocuparse más, acaba por dormirse imaginando al gato, en la alcoba de los niños, mirando fijamente al techo.

A media mañana han salido camino al cementerio. Entran en el panteón familiar y Ana cambia el agua de los jarritos con flores mientras él lee las inscripciones de las lápidas. Ahí están su suegro y otros dos hermanos suyos muertos; dos hermanas, también fallecidas, reposan seguramente con las familias de sus maridos. Sin embargo, ¿dónde está el tío Sebastián?
            Él sabía de la familia de su mujer sobre todo por las cartas que ésta recibía regularmente de sus padres y, últimamente, de su madre. Ana se las leía y él se ponía al día de fallecimientos, matrimonios o nacimientos. Pero no recordaba haber oído que el tío Sebastián muriera. Es más, no recordaba haber oído nada de él desde hacía bastante tiempo.
El tío Sebastián, el hermano más joven, y soltero, de su suegro, había sido militar de carrera, de caballería, y había pasado la mayor parte de su vida destinado en la capital y frecuentando salones y teatros. Alguna aventura galante había tenido, pero poco más allá. Cuando él lo conoció, con motivo de la pedida de mano de Ana, vivía ahí en la casa familiar: una caída del caballo lo había dejado impedido y pasaba los días dormitando en la mecedora frente a la chimenea del salón.
Ninguna lápida contiene su nombre pero él no pregunta. Por miedo de que Ana conteste que ya le había contado esto o aquello pero lo que ocurre es que él no presta suficiente atención. O no pregunta porque, simplemente, no le interesa.
Vuelven a casa y, al entrar en la alcoba, se encuentran a los dos gatos, el suyo y el de su suegra, mirando fijamente al techo.

Por fin Navidad. Entran al salón, que ha quedado deslumbrante. Se sienta junto a Ana lleno de entusiasmo bien porque se lo han contagiado los niños bien porque el día anterior había encontrado otra cita de Sodoma en el libro de Ezequiel donde se decía que había sido castigada por abominación. Ya sabía él qué abominación era: en el Génesis dos ángeles en forma humana llegan a la casa de Lot y los habitantes de la ciudad los reclaman; Lot ofrece a sus hijas pero ellos quieren a los hombres. Sodomía. Yahveh castiga a Jerusalén por impiedad y a Sodoma por el pecado nefando pero, como sospechaba, tras el Génesis no ha encontrado ninguna alusión posterior a Gomorra. ¿Por qué, pues, fue castigada?
            Se sientan a la mesa y recuerda la primera vez que se sentó, el día de la petición de mano. Mientras la criada sirve mira el cuadro de enfrente: ¿es o no el mismo de aquel día? Entonces era un cuadro con esa misma mesa a lo ancho y los abuelos paternos de Ana sentados; a ambos lados, de pie, sus seis hijos simétricamente repartidos. Recuerda perfectamente que estaba el tío Sebastián con su uniforme y su sable. Ahora en ese mismo cuadro el tío Sebastián ya no está y el pintor que lo habrá retocado ha sustituido su espacio con un gato, sin duda antepasado del de la casa, sentado sobre sus patas traseras.
Apura una copa de vino mientras se fija en que la mecedora del tío Sebastián frente a la chimenea tampoco está. ¿Por qué borrar todo vestigio de él? Ni su imagen en el cuadro, ni su lápida en el cementerio en el caso de que esté muerto… ¿Qué extraño secreto hay detrás?, ¿guardará relación con la habitación tapiada?, ¿lo emparedarían allí vivo o muerto y será cierto lo del fantasma?, ¿será ese fantasma lo que los gatos ven a través del techo?, ¿será el vaivén de su mecedora el ruido que se oye por las noches?
¿Qué extraño secreto familiar encierra esa casa? Da igual, piensa, mientras bebe otra vez. Porque el único secreto que le interesa es ese que guarda la Biblia y, con ella, la historia entera, el de Gomorra. ¿Qué harían sus habitantes para merecer la lluvia de azufre y fuego?, ¿sería un pecado aún más nefando que el de Sodoma y de ahí ese secreto que pereció con la propia ciudad y nunca será desvelado?

2 comentarios:

  1. Me gustan el ritmo y el lenguaje.

    Bubokianos porque los tienes/editas en Bubok?

    Voy leyendo tu blog. Veo que responde a una panoplia muy amplia de intereses, sin timidez alguna.

    El diseño hace muy fácil las búsquedas. Lo has personalizado tú?

    El mío es de una austeridad mitad voluntaria, mitad torpe, la verdad es que empezó siendo un blog, pero lo he ido privando de sus características y ya es, más que otra cosa,un almacén o un desván.

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  2. "Bubokianos" porque en Bubok se convoca un concurso quincenal de relatos breves.
    El diseño lo he hecho yo pero sin idea, aprovechando las herramientas de Blogger.
    Y ya vi lo que dices de tu blog: intenté poner allí un comentario pero no estaban habilitados. Ni permitía seguidores. Al estilo autista.

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