Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



martes, 13 de marzo de 2012

Insula in flumine nata (relato no presentado al LXXVII concurso de relatos Bubok [tema: la universidad])


Fue un amor a primera vista. Bueno, vale, más que amor fue lo otro. Pero, ¿qué culpa tengo si por entonces yo era diferente a la mayoría de mis amigas, esas que decían que no se acostaban con un chico si no estaban convencidas de que le querían? Para mí era al revés: catarlo primero y después ya me iría enamorando, eso de sentir campanitas en el corazón, eso de pensar en él por las mañanas antes de abrir los ojos, eso de quedarme hasta las tantas enganchada con el móvil enviándonos mensajitos tontos… Lo normal.
¿Que cómo fue? Bueno, la culpa la tuvo aquella aula de la universidad. Pero mejor empezar por el principio diciendo que sí, que al acabar el bachillerato me matriculé en la universidad como yo quería. O sea, lo que yo quería era ir a la universidad; no estudiar una carrera sino ir a la universidad, no sé si me explico. Aunque el caso es que llegué a acabar la carrera. Gracias a él, todo hay que decirlo. Y todo nos va bien, también hay que decirlo: llevamos juntos desde entonces y ahora mismo está en el despacho de al lado. De un momento a otro me llamará. O le llamaré yo.
Volviendo al principio. Pues que me matriculé en la facultad de Derecho como podía haberme matriculado en la de Económicas. Por lo que he dicho, lo de que yo lo único que quería era ir a la universidad. Y si acabé en Derecho, que era una carrera más fácil, fue porque quizá en el fondo a lo mejor sí que quería estudiar una carrera.
Lo de que la culpa la tuvo aquella aula. O sea, si estás en un aula en el instituto y te aburres de lo que cuenta el profesor miras a tu alrededor: que si un cuadro con la tabla periódica de los elementos, que si el póster ese famoso con Einstein sacando la lengua, que si un collage con animalitos recortados y pegados formando un ecosistema… O miras a los chicos, claro. A los guapos me refiero, y a los que tienes a tu alcance, que no vas a girar completamente la cabeza para mirar a alguno que esté en la fila del fondo.
Lo que ocurrió en la universidad fue eso, que me aburría en clase de Historia del Derecho. Y el aula era grandiosa, de esas escalonadas en plan estadio, y con mucha gente como corresponde a primero de carrera. Bueno, pero una sosada de aula: sin nada en las paredes para entretenerse. O sí, perchas para colgar los abrigos. Y eso pasó, que me puse a mirar a los chicos. Ah, y en octubre fue, o sea, prácticamente empezar el curso. Giro un poco la cabeza y ahí estaba, en la fila de detrás de la mía. No es que fuera un chico guapo, era más bien resultón. Pero fue verlo y decirme: ese chico es para mí.
En seguida me puse en plan acoso y derribo. La ventaja fue que nuestro grupo tenía una hora vacía a media mañana de los martes y los jueves y él la aprovechaba para ir al bar a comerse un cruasán. Total, que me hago la encontradiza en la cola de la caja donde se piden las consumiciones; me pongo detrás de él, él se gira un momento y le digo:
-Tú vas conmigo a primer curso.
-Pues no me había fijado.
Muy poco delicado por su parte, es cierto, pero eso aún me motivó más. Contesté que, claro, con tanta gente es difícil fijarse y, como seguimos hablando, cuando yo cogí mi café con leche y él lo suyo, fui hacia una mesa y él detrás como un perrito.
Así corrieron dos o tres semanas en las que casi todos los martes y jueves desayunábamos juntos hablando de tonterías, que si dónde hiciste la secundaria, que si dónde vives. Y él sin intentar pasar de ahí y yo, cada vez más motivada: cuánto más difícil era el chico, más segura me sentía por entonces de conquistarlo. Luego me enteré de que no era porque tuviera novia, que no la tenía, sino porque para él lo primero era acabar los estudios. Los acabó, claro, o, mejor dicho, los acabamos juntos: más yo por él que él por mí, que sin él estoy segura de que habría abandonado.
Lo que vino después de esos inicios en el bar de la facultad que ni siquiera inicios eran sí que fue producto de la casualidad. Ocurrió en el tren. Porque como la facultad no estaba en el centro sino en las afueras, yo tenía que coger cada mañana el tren. Él, que era y sigue siendo tan leidito, me dijo una vez que lo de poner las universidades alejadas del centro de la ciudad se hizo para que, si los estudiantes decidían hacer huelga en una asamblea, no salieran acto seguido y cortaran las calles. Da igual, el caso es que voy en el tren a las ocho de la mañana y lo veo subir en una estación. Como el tren iba lleno, yo estaba de pie en la plataforma. Él me ve, se viene a mi lado y, dos estaciones más allá, con el tren aún más lleno, me dan un empujón y casi caigo encima de él. El caso fue que le di con todos los pechos y, para ver su reacción, poco después, haciendo como que intentaba encontrar una postura cómoda en medio de tanta gente, me moví y le rocé con la pierna. Me miró y se puso coloradísimo al tiempo que yo pensaba: ¡Dios mío!
Eso sería ya a principios de diciembre y, ¿qué si se repitió la escena?: bueno, ya he dicho que trabajamos juntos. De hecho, también vivimos juntos y, al acabar la carrera, montamos un despacho de abogados. Bueno, pues venimos al despacho en autobús y, cuando se tercia, repetimos la escenita. Hoy lo hemos hecho y por eso sé que, en cuanto tengamos diez minutos libres los dos, aparecerá por esa puerta, pondrá un Aranzadi, uno de esos libracos llenos de jurisprudencia, encima de mi mesa, se sentará encima y yo me subiré a ver qué. Por eso visto con falda: no por enseñar las piernas sino por facilitar la cosa.
Pero a lo que iba, que me estoy perdiendo y andaba en el tren. El caso es que después de aquello se me hizo el huidizo durante una semana o así. Pero el cebo ya estaba echado y yo lo sabía. Como sabía que aún más encelada estaba yo, que me había jurado a mí misma que aquello había de ser para mí y sólo para mí. Ya he dicho que lo del tren fue a principios de diciembre. Luego vino el puente larguísimo de la Constitución, luego la semana en que me huía y no aparecía por el bar e incluso, según creo, cogía un tren anterior. Hasta que fui descaradamente por él al acabar la clase del martes tras la que venía la pausa:
-¿Ya no te acercas por el bar?
Había sido todo pura timidez suya y le faltaba el empujoncito. Eso fue un martes. Pues el jueves me sale, sin que me lo esperara, con que si aprovechábamos las vacaciones de Navidad y estudiábamos juntos en su casa para los parciales de febrero. Yo, claro, lo de estudiar en diciembre de cara a febrero… Pero no podía dejar escapar la oportunidad. Me hice de rogar un poco diciendo que yo era mala compañía para el estudio porque me distraía mucho y, cuando insistió, salí con que bueno, vale.
Aparezco por su casa, una casa bien, una tarde a las cuatro en plan modosito. Me presenta a su madre y en la mirada entendí que me decía: tú misma, mientras mi hijo ande contento y saque adelante los estudios… Pues va la señora y nos pregunta que a qué hora queremos merendar, él contesta que a las siete y ella, que se va de compras al Corte Inglés y que volverá a la hora de prepararnos la merienda.
Aquí viene lo bueno, por supuesto. Entramos en su habitación y todo muy bien ordenado: su ordenador, sus libros y los apuntes de la facultad pasados a limpio en el ordenador, impresos y encuadernados en carpetillas de plástico… Total, que me quito la chaqueta y me dice:
-Supongo que tú y yo estamos condenados a hacerlo. Así que creo que cuanto antes nos pongamos, mejor. Además, me parece que si no lo hacemos ahora mismo no me podré concentrar para estudiar.
O sea, todo lo que había sido timidez ahora era una seguridad pasmosa. Tan pasmosa que me rompió las ningunas defensas que yo tenía. Como que sólo dije pero, pero… sin siquiera darme cuenta de que ya había empezado a quitarme el jersey mientras él abría el cajón de la mesita de noche y sacaba una gomita. Yo también llevaba en el bolso, claro está, por si acaso. Bueno, pues aquello fue, fue… la barbarie por decirlo de alguna manera. Fue sentir yo dentro lo que sólo había rozado con la pierna y ponerme como loca a darle mordiscos en el hombro mientras él decía para, para. Pero no paré hasta conseguir vaciarlo mientras yo me desparramaba enterita. Descansamos después un momento, él se levanta para ir al aseo y me pide que no me vista todavía. Vuelve y me dice:
-Ahora nos vamos a poner en serio.
-¿Ah, que antes ha sido en broma?
-No, nos ponemos en serio a estudiar.
Me pide que saque mis apuntes de Derecho Natural, que era lo que teníamos que repasar, los saco, los mira y eran todo un desorden. Me da una copia de los suyos que había sacado para mí –todo un detalle- del ordenador, se tumba y me pide que me ponga encima. Yo que veo que volvía a estar preparadísimo, me subo y me coloco bien colocada. Y me dice que vamos a leer desde el tema 1, él un ratito y yo otro. Así tal cual, desnudos y enganchados, que cualquiera se concentra. Yo que no me lo creo y me da la risa. Él que se pone serio y me da un rotulador de esos fosforitos para que, además, vaya subrayando lo principal. Y se pone a leer los apuntes deteniéndose en lo más importante, repitiendo las definiciones, pidiéndome que subrayara esto o lo otro. Luego leí yo y lo mismo. Bueno, pues hasta consiguió que me concentrara y atendiera a la materia a pesar de irme moviendo despacio, lo preciso para mantener el gustito o, como él lo llamaba, la tensión erótica. Pues una hora y media estaríamos con ese tema 1 hasta que acabamos y, como ya serían las seis y media y su madre había de volver a las siete, dejamos los apuntes en la mesita de noche, me abraza fuerte contra su pecho y cometemos otra barbarie. Luego nos vestimos, nos adecentamos y, al llegar su madre, que yo creo que se dio cuenta porque algo me delataría, la merienda. Amabilísima la señora con que si quería café con leche o un colacao.
Ni que decir tiene que, si no lo estaba ya, salí de su casa enamoradísima por arriba y por abajo, no sé si me explico. Tanto que al llegar a la parada del autobús le mandé un mensaje. “Gracias por TODO” con el todo en mayúsculas bien grandes. Al instante me contesta: “Contigo da GUSTO estudiar”, así mismo, a lo ocurrente. Y el detalle más tarde. Habíamos quedado para el día siguiente pero esa misma noche hacia las diez me llama y me dice que sólo quiere oír mi voz porque no puede esperar hasta mañana. Yo babeando, por supuesto, y loca por que llegara la tarde siguiente. ¿Que si repetimos?: todos los días de las vacaciones excepto las fiestas grandes, Navidad, Año nuevo… y los fines de semana de enero. Ni que decir tiene que aprobamos los dos todos los parciales de febrero.
Por eso, cuando llegó la primavera siguiente, en casa no me pusieron problemas para que pasara fuera los fines de semana estudiando para los exámenes de junio. En casa de unas amigas, dije, pero en realidad en un chalet que tenían sus padres. Pues estudio intensivo desde el viernes por la tarde hasta el domingo por la tarde. Y disciplinadamente, que nos despertábamos a las siete y nos poníamos a repasar los temas: leerlos, subrayar lo básico, repetirlo, recitar de memoria alguna definición y, al acabar cada tema, ponernos apoteósicos. Y a dormir prontito, a las diez, aunque entonces lo hacíamos otra vez sin apuntes de por medio y, como cuando estudiábamos siempre lo hacíamos igual, él debajo y yo encima, al llegar la noche variábamos y hacíamos lo que él llamaba experimentos y que más vale no detallar. Ya resumiendo diré que la mayoría de conceptos del derecho –usucapión, enfiteusis, nasciturus… qué se yo- los comprendí desnuda y bien desnuda. Los oía en clase y como si nada pero luego, cuando me ponía encima bien situada y leíamos los apuntes, se me hacía la luz. Y así un curso detrás de otro hasta el punto de que la que podía haber sido una carrera áspera se convirtió para mí en la más dulce; y aquí detrás tengo bien enmarcado mi título. Ah, y en la facultad no me separaba de él ni a sol ni a sombra, que no iba yo a permitir que ninguna pelandusca me quitara un chico así.
Y un detalle ahora que me acuerdo. Ya digo que éramos capaces de pasarnos un buen rato, una hora o más, enlazados conmigo moviéndome despacio y manteniendo un punto de placer sin perder la concentración. Pues hubo una vez, y eso fue la primavera del primer año estudiando Derecho Romano, en que estamos leyendo los apuntes y sale la insula in flumine nata,  que es una isla que aparece en medio de un río y, entonces, el problema es saber a cuál de los propietarios de los campos de un lado u otro del río pertenece. Bueno, pues está leyendo él y, sólo pronunciar lo de insula in flumine nata, me entra un no sé qué que no me puedo reprimir y me pongo a moverme como una posesa. Me pide que pare, yo que no puedo, él enfadado insistiendo y yo arriba y abajo. Pues aguantó firme todas mis embestidas aun cuando yo hice eso de comprimirme para intentar arrastrarlo conmigo. Pero nada, él serio y, cuando acabé y me dejé caer sobre su pecho, me pegó una bronca que aún recuerdo mientras yo dudaba entre reírme o tratar de recuperar la respiración. No se volvió a repetir mi desliz pero años más tarde, acabada ya la carrera, hicimos una cena de antiguos alumnos y, como es tan exótico eso de la isla que aparezca de pronto en medio del río, alguno sacó el concepto de la insula in flumine nata. Él me miró sonriendo y de mi mirada dedujo que aquella noche, al llegar a casa, no me iba a esperar hasta llegar a la cama. Como un perrito de Pavlov me dijo que era yo, que es no sé qué experimento de psicología. Y sí, que yo no soy de las que tienen jaqueca pero si la tuviera, sólo con que me susurrara al oído lo de la insula in flumine nata se me abrirían sin querer las piernas.
Y ya está, que se me ha hecho aquí la hora de comer y él todavía no me ha llamado por el interfono. Le voy a llamar yo para darle lo suyo y que me dé lo mío. Y luego, tranquilos a comer.

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