Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



jueves, 29 de marzo de 2012

Eva y su marioneta (relato no presentado al LXXIX concurso de relatos Bubok [tema: el teatro])


El despertador a las siete, como cada mañana: la realidad. Como cada mañana al oírlo, la misma impresión de un sacacorchos perforándole el cerebro. Si no fuera porque, aparte de ese trabajo tan aburrido, tiene una ilusión… Bueno, en su vida también está Eva, su novia desde hace cinco años, pero, sobre todo, está su gran ilusión, esa a la que Eva llama más bien obsesión. Ilusión u obsesión, él sabe que un día saldrá de su ordenador la obra de teatro definitiva, la que hará levantar al público de sus asientos y hará temblar, a base de aplausos, toda la sala.
            Sólo salir a la calle camino del trabajo empieza a concebir el mundo como otra obra de teatro de la que él es autor. Su cabeza empieza a trabajar:

DRAMATIS PERSONAE:
Antonio, oficinista
Ernesto, vendedor de periódicos
Ignacio, ciego
Paseantes (a gusto del director)
Anselmo, conductor de autobús
Pasajeros de autobús (a gusto del director)
4 oficinistas
3 clientes de banco
Eva, novia de Antonio
Clientes y camareros de bar (a gusto del director)
Espectadores de teatro (a gusto del director)
20 actores de teatro

Y lo mismo que cada mañana se dirige hacia la parada del autobús mientras desarrolla las acostumbradas acotaciones:

Escena I
Luz de mañana primaveral. De un lado al otro del escenario, la calzada y la acera de una calle típica de una ciudad de provincias. A la izquierda del espectador y sobre la acera, un quiosco de periódicos; a la derecha, una cabina de la ONCE; en el centro, una parada de autobús. Por la calzada, cruzan coches de derecha a izquierda (a gusto del director). Rumor de fondo.

Atraviesa la calle y ya está en la parada del autobús. Es viernes y podrá soportar la jornada laboral pensando en lo que le espera a la noche. Ha quedado citado con Eva a las ocho para tomar algo y luego, ya a las diez, asistirán al estreno de una obra que promete. Un grupo innovador de los de perfomance, happening, improvisación y cosas así.
 Clásicos y modernos. Eso es lo suyo: estar a la última en cuanto a innovaciones dramáticas pero sin olvidar a Esquilo, a Molière, a Shakespeare… Lo mismo que el tránsito de su calle al autobús: su tramo de calle es un escenario clásico, simétrico, con la parada de autobús en el centro y la cabina de la ONCE y el quiosco flanqueándola. El autobús, en cambio, el lugar donde se desarrolla su Escena II, es un tránsito a la postmodernidad asimétrica: en la zona posterior, la misma distribución de asientos a ambos lados mientras que delante los cuatro asientos para jubilados de la izquierda no tienen correspondencia a la derecha. Y no digamos cuando a todos los pasajeros les da por sentarse a la izquierda o a la derecha y dejar el otro lado vacío por lo que sea, para que no les dé el sol, por cosas del azar y el caos…
Por fin, la oficina, la asimetría total donde todo es impar:

Escena III
Oficina bancaria. A la izquierda, mostrador y ventanilla de la caja: un cliente frente a la ventanilla y otros dos guardando cola. A la derecha, tres mesas de oficina con sendos empleados. En una de ellas,  un cliente discutiendo acaloradamente.

Él, detrás de la ventanilla y otra vez la realidad: la abuela que no entiende el recibo del gas, el parado que pregunta si le ha llegado la ayuda de los 400 euros, el ama de casa que no entiende cómo tiene la cuenta en negativo… mientras desde su puesto le llega la conversación por la que el director le explica a un cliente que, diga lo que diga la tele, las hipotecas son deudas que, como tales, hay que pagar. Aun así tiene tiempo para pensar en lo suyo: revisitar a los clásicos, eso es, que le gustó la expresión. Porque todo autor que se precie ha de demostrar conocerlos y ser capaz de darles la vuelta. Por ejemplo, una obra en cuya apoteosis final las vírgenes de Fuenteovejuna se pelean entre ellas ante la puerta del comendador porque todas quieren ser la primera en ser desvirgada por él. Se lo planteó hace meses a Eva:
-Eso es trangresión pura.
-Yo lo veo más bien como machismo normalito.
Un incomprendido, eso es lo que es. Ya ni pensar entonces en un Edipo en el que el protagonista no yace sólo con su madre sino también con su hija o, más aún, con sus dos hijas. Si bucear en el tabú del incesto doblemente –y simétricamente, con la madre y con las hijas- no es el máximo ejemplo de transgresión…
Y así, tenía el ordenador repleto de ficheros con ideas esbozadas a las que algún día acabaría por dar forma completa. En uno había imaginado a Hamlet ya rey de Dinamarca y felizmente casado con Ofelia. En otro, como una vez asistió con Eva a una representación de La casa de Bernarda Alba y ella le dijo que la madre era una bruja, había imaginado un final en el que Pepe el Romano, el amante de Adela, la hija menor, acaba huyendo a caballo con Bernarda, la madre, y así todas las hijas quedaban liberadas de la opresión… O la versión del Hipólito de Eurípides en la que los dos personajes que morirán trágicamente, el propio Hipólito y Fedra, su madrastra, llevan reloj en la muñeca simbolizando la inexorabilidad de su destino que, tarde o temprano, acabará por cumplirse. Y llevaba días intentando darle la vuelta a La vida es sueño con una novedad que no acababa de pulir pero que partía de la idea de presentar a Segismundo constantemente durmiendo en su torre.
A ello daba vueltas su cerebro en el trabajo. Una forma como otra cualquiera de pasar la mañana mientras se lo permitiera la faena. Siempre intentando no despistarse porque, siendo responsable de la ventanilla de caja, podía sufrir algún descuadre que tuviera que cubrir de su propio bolsillo. Así hasta la escena IV, simétricamente inversa a la II y que consistía en el regreso en autobús a casa para comer. Y eso desde hacía un par de meses, porque antes la escena IV transcurría en el bar de comidas junto a la oficina bancaria. Hasta que Eva le regaló un microondas:
-Para que te hagas la comida en casa. Los sábados por la mañana te acompaño al hipermercado para la compra de la semana. Luego, lo que ahorres, la diferencia entre lo del hipermercado y lo que hubieras gastado comiendo por ahí, lo metes en una hucha y, cuando esté llena, a la cartilla.
Porque Eva es una novia de las de verdad, de las que te dirigen la vida. Lo mismo le hizo con el tabaco:
-¿Cuánto gastas al día en tabaco?
-Unos cinco euros.
-Pues dejas de fumar y esos cinco euros, también a la hucha.
Él, obediente, dejó de fumar. Fue el argumento definitivo por el que se autoconvenció de que la quería de verdad. Anda que iba él a dejar de fumar así como así. Del mismo modo que Eva era la única persona capaz de conseguir que alguna parte de su vida no se tradujera en escena teatral porque, para él, el mero hecho de abrir los párpados al despertar era ya levantar un telón que no caería hasta cerrarlos al dormir. Eva sabía devolverle al mundo real sobre todo en ocasiones como la que se solía repetir todos los viernes y se repetiría ese cuando la trajera a casa. En esos momentos ambos improvisaban una escena que, con pocas variantes, se desarrollaba así:

(Antonio permanece de pie mientras Eva se sienta al borde de la cama y empieza a desabrocharse la camisa)
EVA: Espero que ahora hagas caer el telón, dejes al otro lado todos tus teatritos y tonterías, y estés por lo que hay que estar.
ANTONIO: ¿Y cómo me vas a convencer?
(Eva se desabrocha el sostén y lo deja sobre la colcha)
EVA: ¿Te parece suficiente?
ANTONIO: Estoy seguro de que aún te quedan argumentos.
(Eva sigue desvistiéndose y, cuando queda completamente desnuda, se pone en pie y gira sobre sí misma exhibiendo su desnudez mientras sonríe)
EVA: ¿Y ahora?
ANTONIO: Ahora eres mi retablo de las maravillas.
(Antonio hace mutis en el cuerpo de Eva y Eva hace mutis en el de Antonio)

Pero esa escena ocurriría a la noche cuando volvieran del estreno teatral. De momento aún iba por su escena V, la más difícil porque sólo contenía un personaje, él mismo. Él preparándose la comida en el microondas, él poniendo la mesa, él comiendo, él recogiendo, él fregando los platos… Para luego ya sumergirse en lo suyo y o bien meterse en el ordenador o bien leer obras dramáticas compulsivamente. A veces releía a los clásicos, a veces a los modernos. Para eso iba los domingos por la mañana al mercadillo de libros de ocasión y lo revolvía todo en busca de aquellos librillos de la colección teatral de la editorial Escélicer. Se tumbaba en el sofá e igual le daba Ibsen que los hermanos Quintero, Jaime de Armiñán o esos autores españoles de los cincuenta con nombres imposibles como Edgar Neville o Lauro Olmo.
            A eso dedica la tarde hasta la hora de la cita con Eva. Luego sale de casa y coge otro autobús repitiendo casi sin variantes las escenas I, andar hasta la parada, que ahora será la escena VI, y II, el viaje en el autobús, ahora escena VII, hasta apearse junto a la esquina donde han quedado. Luego otra escena, la VIII, con un solo personaje durante la cual no puede evitar pensar, mientras espera a Eva, en aquello del Arte nuevo de hacer comedias de Lope de Vega tan apropiado a su situación; partiendo del teatro en verso e intentando adecuar las estrofas con lo que ocurre en escena escribe Lope un endecasílabo que a él le viene que ni pintiparado: el soneto está bien en los que aguardan. Sólo que él se ve incapaz de improvisar ese soneto y, además, al momento está allí Eva.
            Entran de la mano en un bar, se sientan en una mesa y, antes de que él sea capaz de construir en su cabeza las acotaciones para esa escena, la IX, y antes incluso de poder mirar en las pizarras qué hay de tapas y bocadillos, Eva le rompe todos los esquemas al iniciar un diálogo que ni de lejos estaba previsto en su guión:
            -Nos podríamos casar.
-Bueno.
-Estoy harta de volver a casa al día siguiente de dormir contigo y que mi madre me repita la misma canción: “No, si a mí no me parece mal que os acostéis, que yo no soy una antigua. Además, sois novios formales y tú ya eres mayorcita. Pero preferiría que os acostarais con papeles. Que os casarais o que os arrejuntarais, que dicen que si os empadronáis los dos en el mismo domicilio, eso ya vale como casorio.”
-Pues nos arrejuntamos, como dice tu madre. Haces la maleta mañana y te instalas en mi casa.
-¿Pero tú te crees que esas cosas se pueden decidir así?
-Pues, ¿cómo?
-Te vienes el domingo a comer a casa y te explicas delante de mis padres. Y si acaso, ya después hago la maleta y me voy a tu casa. Y la semana que viene decidimos qué muebles no quiero ver más por tu piso. Ah, y todos esos libros viejos que tienes en la alcoba oliendo a moho, al trastero.
-Lo que tú digas.
           
Acaban de entrar a la sala, toman asiento en sus butacas y ahora su cabeza trabaja doblemente: de un lado intenta redactar las acotaciones para la escena que tiene delante –patio de butacas con espectadores acomodándose, escenario…- y de otro está ya avanzando la que puede ser una de sus escenas más brillantes, la del domingo comiendo en casa de Eva y en la que, como prácticamente es una pedida de mano, nada podrá dejarse a la improvisación: la iluminación, la gesticulación, la dicción, la distribución de los personajes, que ojalá su hermano esté con la resaca y no abra la boca… Hasta que Eva le coge de la mano y le dice:
-¿Te ha quedado claro lo del domingo? Porque si no, al salir de aquí, me llevas a casa y…
Se apaga la luz mientras él dice a todo que sí. Cesan los murmullos. El escenario y el patio de butacas están en la oscuridad. Se enciende de repente un foco en el centro de la parte anterior del escenario iluminando una figura femenina con atuendo de monja. Y ese personaje se dirige a los espectadores:
-La única diferencia entre nosotros, actores, y vosotros, espectadores, es que vosotros habéis pagado por venir y nosotros cobraremos porque habéis venido. Por lo demás, nosotros somos actores de una obra que hemos escrito nosotros mismos mientras vosotros lo sois también de ese gran teatro del mundo que habrá escrito Dios o quién sabe.
La monja se vuelve y camina en dirección al fondo al tiempo que se van encendiendo focos hasta dejar visible todo el escenario. Éste representa tres filas de un patio de butacas de teatro. La monja acaba por sentarse en la única butaca vacía y da la mano al actor que está a su lado y cuyo atuendo delata que no puede ser otro que don Juan Tenorio. Por tanto, ella era doña Inés. Antonio va identificando al resto de actores sentados: el de la túnica debe de ser Bruto según el Julio César de Shakespeare; aquél, don Gil de las calzas verdes de Tirso de Molina; la de más allá, Celestina, tuerta como la representó Picasso; aquel andrajoso, alguno de los personajes de Esperando a Godot
Transcurren en silencio cinco minutos en los que los espectadores cuchichean identificando a los personajes que representan los actores. Después, el escenario queda unos segundos a oscuras transcurridos los cuales se encienden todos los focos pero iluminando el patio de butacas. Más silencio.
Antonio cae en lo que había dicho doña Inés: ellos, espectadores, están sentados bajo la luz representando el gran teatro del mundo mientras los actores los contemplan desde la oscuridad. Pasan los minutos… ¡Cómo no se le había ocurrido a él esa idea! Transgredir, subvertir invirtiendo la relación entre el actor y el espectador. Ahora los espectadores son actores y los actores, espectadores. Eso es, socavar el teatro desde su raíz. Sigue corriendo el tiempo y Eva le mira de reojo. La sala lleva al menos cinco minutos en silencio cuando alguien desde atrás grita:
-¡Venga, todos a la taquilla a que nos devuelvan el dinero!
Después, pitidos, abucheos… y Eva que le susurra al oído:
            -Anda, vámonos a casa, y a lo nuestro.

2 comentarios:

  1. O de cómo una oposición es simultáneamente una simetría y una asimetría. Genial la colección de archivos para manipular clásicos.

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  2. Pues esto es de lo peorcito que he parido.

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