Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



jueves, 29 de marzo de 2012

Eva y su marioneta (relato no presentado al LXXIX concurso de relatos Bubok [tema: el teatro])


El despertador a las siete, como cada mañana: la realidad. Como cada mañana al oírlo, la misma impresión de un sacacorchos perforándole el cerebro. Si no fuera porque, aparte de ese trabajo tan aburrido, tiene una ilusión… Bueno, en su vida también está Eva, su novia desde hace cinco años, pero, sobre todo, está su gran ilusión, esa a la que Eva llama más bien obsesión. Ilusión u obsesión, él sabe que un día saldrá de su ordenador la obra de teatro definitiva, la que hará levantar al público de sus asientos y hará temblar, a base de aplausos, toda la sala.
            Sólo salir a la calle camino del trabajo empieza a concebir el mundo como otra obra de teatro de la que él es autor. Su cabeza empieza a trabajar:

DRAMATIS PERSONAE:
Antonio, oficinista
Ernesto, vendedor de periódicos
Ignacio, ciego
Paseantes (a gusto del director)
Anselmo, conductor de autobús
Pasajeros de autobús (a gusto del director)
4 oficinistas
3 clientes de banco
Eva, novia de Antonio
Clientes y camareros de bar (a gusto del director)
Espectadores de teatro (a gusto del director)
20 actores de teatro

Y lo mismo que cada mañana se dirige hacia la parada del autobús mientras desarrolla las acostumbradas acotaciones:

Escena I
Luz de mañana primaveral. De un lado al otro del escenario, la calzada y la acera de una calle típica de una ciudad de provincias. A la izquierda del espectador y sobre la acera, un quiosco de periódicos; a la derecha, una cabina de la ONCE; en el centro, una parada de autobús. Por la calzada, cruzan coches de derecha a izquierda (a gusto del director). Rumor de fondo.

Atraviesa la calle y ya está en la parada del autobús. Es viernes y podrá soportar la jornada laboral pensando en lo que le espera a la noche. Ha quedado citado con Eva a las ocho para tomar algo y luego, ya a las diez, asistirán al estreno de una obra que promete. Un grupo innovador de los de perfomance, happening, improvisación y cosas así.
 Clásicos y modernos. Eso es lo suyo: estar a la última en cuanto a innovaciones dramáticas pero sin olvidar a Esquilo, a Molière, a Shakespeare… Lo mismo que el tránsito de su calle al autobús: su tramo de calle es un escenario clásico, simétrico, con la parada de autobús en el centro y la cabina de la ONCE y el quiosco flanqueándola. El autobús, en cambio, el lugar donde se desarrolla su Escena II, es un tránsito a la postmodernidad asimétrica: en la zona posterior, la misma distribución de asientos a ambos lados mientras que delante los cuatro asientos para jubilados de la izquierda no tienen correspondencia a la derecha. Y no digamos cuando a todos los pasajeros les da por sentarse a la izquierda o a la derecha y dejar el otro lado vacío por lo que sea, para que no les dé el sol, por cosas del azar y el caos…
Por fin, la oficina, la asimetría total donde todo es impar:

Escena III
Oficina bancaria. A la izquierda, mostrador y ventanilla de la caja: un cliente frente a la ventanilla y otros dos guardando cola. A la derecha, tres mesas de oficina con sendos empleados. En una de ellas,  un cliente discutiendo acaloradamente.

Él, detrás de la ventanilla y otra vez la realidad: la abuela que no entiende el recibo del gas, el parado que pregunta si le ha llegado la ayuda de los 400 euros, el ama de casa que no entiende cómo tiene la cuenta en negativo… mientras desde su puesto le llega la conversación por la que el director le explica a un cliente que, diga lo que diga la tele, las hipotecas son deudas que, como tales, hay que pagar. Aun así tiene tiempo para pensar en lo suyo: revisitar a los clásicos, eso es, que le gustó la expresión. Porque todo autor que se precie ha de demostrar conocerlos y ser capaz de darles la vuelta. Por ejemplo, una obra en cuya apoteosis final las vírgenes de Fuenteovejuna se pelean entre ellas ante la puerta del comendador porque todas quieren ser la primera en ser desvirgada por él. Se lo planteó hace meses a Eva:
-Eso es trangresión pura.
-Yo lo veo más bien como machismo normalito.
Un incomprendido, eso es lo que es. Ya ni pensar entonces en un Edipo en el que el protagonista no yace sólo con su madre sino también con su hija o, más aún, con sus dos hijas. Si bucear en el tabú del incesto doblemente –y simétricamente, con la madre y con las hijas- no es el máximo ejemplo de transgresión…
Y así, tenía el ordenador repleto de ficheros con ideas esbozadas a las que algún día acabaría por dar forma completa. En uno había imaginado a Hamlet ya rey de Dinamarca y felizmente casado con Ofelia. En otro, como una vez asistió con Eva a una representación de La casa de Bernarda Alba y ella le dijo que la madre era una bruja, había imaginado un final en el que Pepe el Romano, el amante de Adela, la hija menor, acaba huyendo a caballo con Bernarda, la madre, y así todas las hijas quedaban liberadas de la opresión… O la versión del Hipólito de Eurípides en la que los dos personajes que morirán trágicamente, el propio Hipólito y Fedra, su madrastra, llevan reloj en la muñeca simbolizando la inexorabilidad de su destino que, tarde o temprano, acabará por cumplirse. Y llevaba días intentando darle la vuelta a La vida es sueño con una novedad que no acababa de pulir pero que partía de la idea de presentar a Segismundo constantemente durmiendo en su torre.
A ello daba vueltas su cerebro en el trabajo. Una forma como otra cualquiera de pasar la mañana mientras se lo permitiera la faena. Siempre intentando no despistarse porque, siendo responsable de la ventanilla de caja, podía sufrir algún descuadre que tuviera que cubrir de su propio bolsillo. Así hasta la escena IV, simétricamente inversa a la II y que consistía en el regreso en autobús a casa para comer. Y eso desde hacía un par de meses, porque antes la escena IV transcurría en el bar de comidas junto a la oficina bancaria. Hasta que Eva le regaló un microondas:
-Para que te hagas la comida en casa. Los sábados por la mañana te acompaño al hipermercado para la compra de la semana. Luego, lo que ahorres, la diferencia entre lo del hipermercado y lo que hubieras gastado comiendo por ahí, lo metes en una hucha y, cuando esté llena, a la cartilla.
Porque Eva es una novia de las de verdad, de las que te dirigen la vida. Lo mismo le hizo con el tabaco:
-¿Cuánto gastas al día en tabaco?
-Unos cinco euros.
-Pues dejas de fumar y esos cinco euros, también a la hucha.
Él, obediente, dejó de fumar. Fue el argumento definitivo por el que se autoconvenció de que la quería de verdad. Anda que iba él a dejar de fumar así como así. Del mismo modo que Eva era la única persona capaz de conseguir que alguna parte de su vida no se tradujera en escena teatral porque, para él, el mero hecho de abrir los párpados al despertar era ya levantar un telón que no caería hasta cerrarlos al dormir. Eva sabía devolverle al mundo real sobre todo en ocasiones como la que se solía repetir todos los viernes y se repetiría ese cuando la trajera a casa. En esos momentos ambos improvisaban una escena que, con pocas variantes, se desarrollaba así:

(Antonio permanece de pie mientras Eva se sienta al borde de la cama y empieza a desabrocharse la camisa)
EVA: Espero que ahora hagas caer el telón, dejes al otro lado todos tus teatritos y tonterías, y estés por lo que hay que estar.
ANTONIO: ¿Y cómo me vas a convencer?
(Eva se desabrocha el sostén y lo deja sobre la colcha)
EVA: ¿Te parece suficiente?
ANTONIO: Estoy seguro de que aún te quedan argumentos.
(Eva sigue desvistiéndose y, cuando queda completamente desnuda, se pone en pie y gira sobre sí misma exhibiendo su desnudez mientras sonríe)
EVA: ¿Y ahora?
ANTONIO: Ahora eres mi retablo de las maravillas.
(Antonio hace mutis en el cuerpo de Eva y Eva hace mutis en el de Antonio)

Pero esa escena ocurriría a la noche cuando volvieran del estreno teatral. De momento aún iba por su escena V, la más difícil porque sólo contenía un personaje, él mismo. Él preparándose la comida en el microondas, él poniendo la mesa, él comiendo, él recogiendo, él fregando los platos… Para luego ya sumergirse en lo suyo y o bien meterse en el ordenador o bien leer obras dramáticas compulsivamente. A veces releía a los clásicos, a veces a los modernos. Para eso iba los domingos por la mañana al mercadillo de libros de ocasión y lo revolvía todo en busca de aquellos librillos de la colección teatral de la editorial Escélicer. Se tumbaba en el sofá e igual le daba Ibsen que los hermanos Quintero, Jaime de Armiñán o esos autores españoles de los cincuenta con nombres imposibles como Edgar Neville o Lauro Olmo.
            A eso dedica la tarde hasta la hora de la cita con Eva. Luego sale de casa y coge otro autobús repitiendo casi sin variantes las escenas I, andar hasta la parada, que ahora será la escena VI, y II, el viaje en el autobús, ahora escena VII, hasta apearse junto a la esquina donde han quedado. Luego otra escena, la VIII, con un solo personaje durante la cual no puede evitar pensar, mientras espera a Eva, en aquello del Arte nuevo de hacer comedias de Lope de Vega tan apropiado a su situación; partiendo del teatro en verso e intentando adecuar las estrofas con lo que ocurre en escena escribe Lope un endecasílabo que a él le viene que ni pintiparado: el soneto está bien en los que aguardan. Sólo que él se ve incapaz de improvisar ese soneto y, además, al momento está allí Eva.
            Entran de la mano en un bar, se sientan en una mesa y, antes de que él sea capaz de construir en su cabeza las acotaciones para esa escena, la IX, y antes incluso de poder mirar en las pizarras qué hay de tapas y bocadillos, Eva le rompe todos los esquemas al iniciar un diálogo que ni de lejos estaba previsto en su guión:
            -Nos podríamos casar.
-Bueno.
-Estoy harta de volver a casa al día siguiente de dormir contigo y que mi madre me repita la misma canción: “No, si a mí no me parece mal que os acostéis, que yo no soy una antigua. Además, sois novios formales y tú ya eres mayorcita. Pero preferiría que os acostarais con papeles. Que os casarais o que os arrejuntarais, que dicen que si os empadronáis los dos en el mismo domicilio, eso ya vale como casorio.”
-Pues nos arrejuntamos, como dice tu madre. Haces la maleta mañana y te instalas en mi casa.
-¿Pero tú te crees que esas cosas se pueden decidir así?
-Pues, ¿cómo?
-Te vienes el domingo a comer a casa y te explicas delante de mis padres. Y si acaso, ya después hago la maleta y me voy a tu casa. Y la semana que viene decidimos qué muebles no quiero ver más por tu piso. Ah, y todos esos libros viejos que tienes en la alcoba oliendo a moho, al trastero.
-Lo que tú digas.
           
Acaban de entrar a la sala, toman asiento en sus butacas y ahora su cabeza trabaja doblemente: de un lado intenta redactar las acotaciones para la escena que tiene delante –patio de butacas con espectadores acomodándose, escenario…- y de otro está ya avanzando la que puede ser una de sus escenas más brillantes, la del domingo comiendo en casa de Eva y en la que, como prácticamente es una pedida de mano, nada podrá dejarse a la improvisación: la iluminación, la gesticulación, la dicción, la distribución de los personajes, que ojalá su hermano esté con la resaca y no abra la boca… Hasta que Eva le coge de la mano y le dice:
-¿Te ha quedado claro lo del domingo? Porque si no, al salir de aquí, me llevas a casa y…
Se apaga la luz mientras él dice a todo que sí. Cesan los murmullos. El escenario y el patio de butacas están en la oscuridad. Se enciende de repente un foco en el centro de la parte anterior del escenario iluminando una figura femenina con atuendo de monja. Y ese personaje se dirige a los espectadores:
-La única diferencia entre nosotros, actores, y vosotros, espectadores, es que vosotros habéis pagado por venir y nosotros cobraremos porque habéis venido. Por lo demás, nosotros somos actores de una obra que hemos escrito nosotros mismos mientras vosotros lo sois también de ese gran teatro del mundo que habrá escrito Dios o quién sabe.
La monja se vuelve y camina en dirección al fondo al tiempo que se van encendiendo focos hasta dejar visible todo el escenario. Éste representa tres filas de un patio de butacas de teatro. La monja acaba por sentarse en la única butaca vacía y da la mano al actor que está a su lado y cuyo atuendo delata que no puede ser otro que don Juan Tenorio. Por tanto, ella era doña Inés. Antonio va identificando al resto de actores sentados: el de la túnica debe de ser Bruto según el Julio César de Shakespeare; aquél, don Gil de las calzas verdes de Tirso de Molina; la de más allá, Celestina, tuerta como la representó Picasso; aquel andrajoso, alguno de los personajes de Esperando a Godot
Transcurren en silencio cinco minutos en los que los espectadores cuchichean identificando a los personajes que representan los actores. Después, el escenario queda unos segundos a oscuras transcurridos los cuales se encienden todos los focos pero iluminando el patio de butacas. Más silencio.
Antonio cae en lo que había dicho doña Inés: ellos, espectadores, están sentados bajo la luz representando el gran teatro del mundo mientras los actores los contemplan desde la oscuridad. Pasan los minutos… ¡Cómo no se le había ocurrido a él esa idea! Transgredir, subvertir invirtiendo la relación entre el actor y el espectador. Ahora los espectadores son actores y los actores, espectadores. Eso es, socavar el teatro desde su raíz. Sigue corriendo el tiempo y Eva le mira de reojo. La sala lleva al menos cinco minutos en silencio cuando alguien desde atrás grita:
-¡Venga, todos a la taquilla a que nos devuelvan el dinero!
Después, pitidos, abucheos… y Eva que le susurra al oído:
            -Anda, vámonos a casa, y a lo nuestro.

domingo, 25 de marzo de 2012

Ausencias (relato no presentado al LXXVIII concurso de relatos Bubok [tema: accidentes])


Ya hace bastantes años que ocurrió, lo menos veinte, pero tampoco quieres echar la cuenta exacta. Si al menos te hubiera llamado como aquella otra vez, si tú hubieras sabido detectar que algo le pasaba aquel día… Pero ella era así, unas veces derrochaba pura alegría explicándote historias divertidas de su familia o de cuando estudiaba en Coimbra y otras veces se metía en esos mundos de los que tan difícil era sacarla. Dormías con ella en tu casa o en la suya los viernes: si era en la suya escuchabas su música, preparabais la cena entre los dos, sacabais sus libros de la mesa para poner el mantel y cenabais frente a frente; o en ángulo, igual daba, porque el caso era cenar con ella. Ya más tarde, a la hora de acostaros, se desnudaba despacio, doblaba la ropa con cuidado y la dejaba sobre la silla, se quedaba sentada en la cama y te pedía con una sonrisa que le cepillaras el cabello. Luego ponía el despertador de cara a la pared y apagaba la luz. Y empezaba a moverse desnuda en la penumbra con la poca luz que entraba de la calle mientras su gato, en un extremo de la cama, intentaba no molestar.
Otras veces no, otras veces llegabas a su casa y el gato acudía a ti como pidiéndote que rompieras ese delirio suyo de construirse muros y dejaros a los demás al otro lado. Y mientras ella permanecía en el sofá con aquellas músicas tan tristes, eras tú quien preparaba la cena, quien apartaba los libros de la mesa preguntándote si algo que habría leído en ellos la había metido en el pozo, quien ponía la mesa y la cogía de la cintura para que se sentara a cenar. Luego otra vez ese desnudarse despacio, doblar la ropa y quedarse sentada para que le cepillaras el pelo. Tú se lo cepillabas echando de menos su sonrisa y luego, ya con la luz apagada, se venía a ti y tú la abrazabas fuerte y le acariciabas la espalda.
Así era. No es que fuerais novios, no exactamente, erais amantes de los de verdad, de los que se aman. Antes de ella tu mundo era de casa al trabajo, del trabajo al bar y del bar a casa. Llegó ella y, por decirlo de una manera que quizá signifique algo, empezó a dar sentido a tus cosas. Por eso dormías con ella los viernes y, por eso también, los sábados te levantabas temprano y, sin despertarla, bajabas a la panadería por cruasáns para llevarle el desayuno a la cama. Dormías con ella todos los viernes. Excepto aquél.
Antes te dio un aviso, sí, o varios, pero tú no supiste leerlos. Que a veces se perdía ya lo sabías: se lo notabas en la manera de hablarte por teléfono y no te quedabas tranquilo hasta ese momento, hasta que te llamaba porque ya había llegado a casa. Porque entonces no había ni móviles ni Internet. Y te llamaba cada día antes de las diez porque, si no llamaba, ya sabías lo que ocurría. Esperabas de todas maneras hasta las diez y media y, como ella era de rutas fijas, antes de una hora ya la habías encontrado. Te veía entrar, se acababa de un trago el martini y, cuando llegabas junto a ella, ya había abierto el bolso, había sacado las llaves del coche y te las ponía en la mano al tiempo que decía:
-Perdona.
Luego se venía sumisa detrás de ti, le abrías la puerta de su coche bien de niña bien, la llevabas a casa, metías el coche en el garaje, le preparabas algo para cenar y os acostabais sin su sonrisa ni ese moverse elegantemente en la penumbra. Y a la mañana siguiente te ibas a trabajar tras darle un beso en la frente a ver si le limpiabas los malos pensamientos.

Sin embargo, el aviso más serio fue un viernes de invierno en el que habíais quedado a las diez en tu casa. Habías dedicado media tarde a adecentarla, a fregar los platos, a cambiar las toallas y poner en la cama las sábanas de franela que tanto le gustaban… Al acabar saliste al bar de siempre, el del Argentino, para hacer tiempo, y estuviste echando el tute un rato. Luego, como había gente mirando y con ganas de jugar, cediste tu sitio y te pusiste de mirón. Y entonces te llamó al bar, que ella tenía el teléfono para casos de urgencia porque tú, si no estabas en el trabajo o con ella, estabas siempre allí. Acudiste rápido porque sabías que sólo podía ser ella y que no te llamaba por nada bueno:
-Quiero que me lleves a Lisboa.
Tú, que si dónde estás y que ahora voy. Vas al cajero automático, sacas todo el dinero disponible por si acaso y a la parada de taxis. Llueve. Entras en El Argonauta y ahí está con las llaves del coche en la mano:
-Que me lleves a Lisboa.
Que si vámonos a casa a cenar y dormir, que si a Lisboa, que si a casa, que si ya iremos a Lisboa más tranquilos el fin de semana que viene… hasta que te ves al volante de su coche bajo las luces naranjas de los bucles de entrada a la autopista. Sigue lloviendo y, seguro de su coche, aceleras. Te da las gracias por no haberla engañado llevándola a casa a la fuerza.
Más de veinte años hace ya. Antes del euro, antes de la autopista hasta Oporto. Paráis en Tuy para repostar y entráis al bar. Ella otro martini y tú un café. Pides además tres paquetes de Winston y otros tantos de Ducados, le das un billete de mil duros al camarero y le preguntas si te puede devolver el cambio en moneda portuguesa. Ella dice que no hace falta, saca del bolso un fajo con más de diez mil escudos y te lo da:
-Ten, prefiero que lo lleves tú.
Deduces que ya había salido de casa con la idea de ir a Lisboa. Cruzáis el puente de hierro y, al entrar en Portugal, más lluvia y más oscuridad. Y de Valença a Caminha para luego ir los dos Portugal abajo buscando de noche la línea del ponerse el sol; por el confín del mapa, como para no molestar. Miño, Limia, Cávado, Fao, el Duero en Oporto… cruzasteis todos los ríos del mundo y todas las rías de todos los ríos. Y ella, hermosa en su dormir y en su silencio. Ya en la autopista más allá de Oporto paraste en un área a tomar otro café, por Leiria sería, donde la Virgen de Fátima, y ella, siempre dormida, ni se enteró. La despertaste ya con las luces del día en unas obras a la entrada de Lisboa y, cuando consiguió orientarse, te fue llevando por calles y avenidas hasta pedirte que entraras el coche en el garaje de un hotel elegante.
Allá estabais en recepción sin equipaje ninguno y ella expresándose en un portugués que, de seguro, era de clase alta. El recepcionista, antes de entregaros la llave de la habitación, os llamó no sé cuántas veces o senhor y a senhora y, al subir, ella propuso una ducha para relajaros y poder dormir mejor. Así lo hicisteis y, cuando acabaste de secarle la espalda, se giró, te miró a los ojos y te dijo:
-No puedo hacerlo. Me siento sucia por dentro.
Os despertasteis a primera hora de la tarde y, lo primero, comprar ropa para cambiaros y aderezos de aseo con su cepillo para el pelo. Volvisteis al hotel, os cambiasteis y dijo que conocía un sitio donde seguro que os daban de comer a esas horas. Para un taxi, da una dirección y vais a parar, según dijo, a las callejuelas de Alfama. Entráis en una taberna que parecía sacada de los años cincuenta, habla con la patrona y pide de comer sin consultarte. Y alegre, no como solía estar el día después de perderse, sin parar de hablar y explicándote los planes para lo que quedaba de tarde. Al Rossio, a una tienda de música en la que compró no sé cuántos cedés; luego cruzasteis la Baixa y os metisteis en una librería donde compró un montón de libros; junto a la librería había un elevador, el de Santa Justa, y lo cogisteis para subir al Bairro Alto. Recorriste con ella espacios que ibas descubriendo a medida que ella los nombraba y  que no has vuelto a pisar. Luego volvisteis a la Baixa para ir a parar a un café antiguo donde, según dijo, se reunían los poetas de principios de siglo. Pides un café, ella un té y tres o cuatro pastelitos que entraban por los ojos, saca de las bolsas los libros y cedés que había comprado y te da un cedé:
-Este es para ti.
Era fado, por supuesto, lo que ella siempre escuchaba en su casa. Luego te da no sé cuántas explicaciones sobre los libros y los cedés y, cogiéndote la mano, se te viene al oído, vuelve a agradecerte haberla traído a Lisboa y acaba por decir:
-Ya me siento limpia. ¿Te apetece si ahora…?
Y sin esperar respuesta tira de ti, os levantáis y salís a la calle. Paráis en un puesto callejero, compráis tres o cuatro bocadillos y una botella de agua, y al hotel.
Que si te apetecía... Porque con ella no era sólo algo físico, con ella era también sumergirse, era sentirte envuelto en otra atmósfera en la que respirabas su piel…
Se desnuda como siempre, despacio y doblando la ropa con cuidado, se sienta en el borde de la cama y te da el cepillo para el pelo. Te arrodillas detrás y estás un rato cepillándoselo. Apaga la luz y se viene hacia ti en la penumbra. Brillante. Estuvo cariñosa y brillante.
Aún recuerdas que luego tenías la cabeza apoyada en su hombro y ella había abierto uno de muchos libros que había comprado y estaba recitando poemas mientras tú estabas sólo pendiente de cómo salían los sonidos de esa lengua suya que aún deseabas. Luego, los bocadillos, otro ratito de poesía y que si te importaba repetir pero con la luz encendida. Si era ella la que siempre apagaba la luz… Otra vez vuestros cuerpos enredados pero ahora mirándoos a los ojos.
Dormisteis hasta las tantas del domingo y emprendisteis el camino de vuelta hacia aquí.

Eso fue en invierno. Hace más de veinte años. Al llegar la primavera decidió hacer el viaje ella sola. Cómo pesa el tiempo sobre los muertos.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Corsaris menorquins: laberints a la mar, V

Xabec Le Requin (1750)
ELS GERMANS CARDONA
-Bon dia.
-Bon dia. Qui és qui sou voltros?
-En Ramon i en Josep Cardona, d'Alaior.
-Ja sé. Me'n va parlar es vostro germà en Xec. Passau a bord, cercau s'escrivent i li deis, com a jo, nom i llinatge.
-Gràcies per deixar-mos formar part de sa tripulació.
-Ja veureu que veniu a fer feina i no a passejar per la mar.
-Ho sabem. Gràcies de tota manera.
Ja havien dubtat abans de saludar al capità perquè, tot i veure el nom, Sant Antoni gloriós, clarament escrit a la nau, no l'imaginaven així, no, el xabec, tan enorme. Pugen a bord, miren a dreta i esquerra i assegut a la part de popa veuen qualcú fent-los senyals amb el braç. S'hi acosten, li repeteixen els noms, l'escrivent els troba dins una nòmina on poden haver fins a cent persones i escriu al costat una creu i la data.
Ara han d'anar a parlar amb en Riudavets, el nostramo, i caminen per la coberta ajupint el cap per evitar pals i cordam.
-Mira açò, deuen ser es canons.
Amagats baix de la lona hi ha fins a cinc canons per banda; per bales d'entre tres i sis lliures.

sábado, 17 de marzo de 2012

Matrix Reloaded

Matrix Reloaded (Hermanos Wachowsky, 2003)
El lunes 6 de marzo empecé a ver la segunda película de la serie por la Sexta 3. Y digo empecé porque, del mismo modo que conté aquí para la primera de la serie, no conseguí permanecer despierto hasta el final con lo que, de momento, la única que he visto completa es la tercera tal y como también comenté aquí hace poco. Dicho de otra manera, no puedo tener una visión global de toda la historia lo que, por lo demás, no me impide hacer mis comentarios del mismo modo que se puede opinar de un soneto cualquiera leyendo sólo el primer cuarteto y el segundo terceto: ¿o no?
Pues de momento diré que la denominación de los personajes se va convirtiendo en un batiburrillo: que si Níobe, la ex de Morfeo, apunta a la mitología griega como el Oráculo; que si la nave Osiris en línea egipcia; que si esa otra nave con un nombre que apunta al Nabucodonosor bíblico; que si Merovingio con ese nombre porque resulta ser francés. Total, una mezcolanza tonta que casi provoca que me caiga simpatico el único que tiene un nombre normalito, el agente Smith.
Del resto de lo que vi, más de lo mismo de lo que ya había dicho: Neo como salvador de la humanidad y será por eso que va vestido de cura, que casi le pidan milagros cuando llega a Sion, que sueñe premonitoriamente con la muerte de Trinity... aunque para mi gusto le sobra todo lo que le acerca a esas películas en línea con Bruce Lee que tan de moda se pusieron en los 80.
Por lo demás, alguna mezcla entre lo primitivo y lo futuro que ya se apuntaba en Blade Runner: Sion concebido como catacumba y sus pobladores dedicados a danzas rituales de tipo dionisíaco. Y empiezo a entender que algunos personajes son programas informáticos pero no acierto a vislumbrar la distinción entre el mundo real y el virtual: ¿Sion está dentro de Matrix o en el mismo mundo real donde al principio trabajaba Neo como informático?, las máquinas que atacan Sion, ¿de qué mundo vienen y qué pretenden?
En fin, que espero poder un día ver las tres en su debido orden y poder tener una visión algo más completa.

martes, 13 de marzo de 2012

Insula in flumine nata (relato no presentado al LXXVII concurso de relatos Bubok [tema: la universidad])


Fue un amor a primera vista. Bueno, vale, más que amor fue lo otro. Pero, ¿qué culpa tengo si por entonces yo era diferente a la mayoría de mis amigas, esas que decían que no se acostaban con un chico si no estaban convencidas de que le querían? Para mí era al revés: catarlo primero y después ya me iría enamorando, eso de sentir campanitas en el corazón, eso de pensar en él por las mañanas antes de abrir los ojos, eso de quedarme hasta las tantas enganchada con el móvil enviándonos mensajitos tontos… Lo normal.
¿Que cómo fue? Bueno, la culpa la tuvo aquella aula de la universidad. Pero mejor empezar por el principio diciendo que sí, que al acabar el bachillerato me matriculé en la universidad como yo quería. O sea, lo que yo quería era ir a la universidad; no estudiar una carrera sino ir a la universidad, no sé si me explico. Aunque el caso es que llegué a acabar la carrera. Gracias a él, todo hay que decirlo. Y todo nos va bien, también hay que decirlo: llevamos juntos desde entonces y ahora mismo está en el despacho de al lado. De un momento a otro me llamará. O le llamaré yo.
Volviendo al principio. Pues que me matriculé en la facultad de Derecho como podía haberme matriculado en la de Económicas. Por lo que he dicho, lo de que yo lo único que quería era ir a la universidad. Y si acabé en Derecho, que era una carrera más fácil, fue porque quizá en el fondo a lo mejor sí que quería estudiar una carrera.
Lo de que la culpa la tuvo aquella aula. O sea, si estás en un aula en el instituto y te aburres de lo que cuenta el profesor miras a tu alrededor: que si un cuadro con la tabla periódica de los elementos, que si el póster ese famoso con Einstein sacando la lengua, que si un collage con animalitos recortados y pegados formando un ecosistema… O miras a los chicos, claro. A los guapos me refiero, y a los que tienes a tu alcance, que no vas a girar completamente la cabeza para mirar a alguno que esté en la fila del fondo.
Lo que ocurrió en la universidad fue eso, que me aburría en clase de Historia del Derecho. Y el aula era grandiosa, de esas escalonadas en plan estadio, y con mucha gente como corresponde a primero de carrera. Bueno, pero una sosada de aula: sin nada en las paredes para entretenerse. O sí, perchas para colgar los abrigos. Y eso pasó, que me puse a mirar a los chicos. Ah, y en octubre fue, o sea, prácticamente empezar el curso. Giro un poco la cabeza y ahí estaba, en la fila de detrás de la mía. No es que fuera un chico guapo, era más bien resultón. Pero fue verlo y decirme: ese chico es para mí.
En seguida me puse en plan acoso y derribo. La ventaja fue que nuestro grupo tenía una hora vacía a media mañana de los martes y los jueves y él la aprovechaba para ir al bar a comerse un cruasán. Total, que me hago la encontradiza en la cola de la caja donde se piden las consumiciones; me pongo detrás de él, él se gira un momento y le digo:
-Tú vas conmigo a primer curso.
-Pues no me había fijado.
Muy poco delicado por su parte, es cierto, pero eso aún me motivó más. Contesté que, claro, con tanta gente es difícil fijarse y, como seguimos hablando, cuando yo cogí mi café con leche y él lo suyo, fui hacia una mesa y él detrás como un perrito.
Así corrieron dos o tres semanas en las que casi todos los martes y jueves desayunábamos juntos hablando de tonterías, que si dónde hiciste la secundaria, que si dónde vives. Y él sin intentar pasar de ahí y yo, cada vez más motivada: cuánto más difícil era el chico, más segura me sentía por entonces de conquistarlo. Luego me enteré de que no era porque tuviera novia, que no la tenía, sino porque para él lo primero era acabar los estudios. Los acabó, claro, o, mejor dicho, los acabamos juntos: más yo por él que él por mí, que sin él estoy segura de que habría abandonado.
Lo que vino después de esos inicios en el bar de la facultad que ni siquiera inicios eran sí que fue producto de la casualidad. Ocurrió en el tren. Porque como la facultad no estaba en el centro sino en las afueras, yo tenía que coger cada mañana el tren. Él, que era y sigue siendo tan leidito, me dijo una vez que lo de poner las universidades alejadas del centro de la ciudad se hizo para que, si los estudiantes decidían hacer huelga en una asamblea, no salieran acto seguido y cortaran las calles. Da igual, el caso es que voy en el tren a las ocho de la mañana y lo veo subir en una estación. Como el tren iba lleno, yo estaba de pie en la plataforma. Él me ve, se viene a mi lado y, dos estaciones más allá, con el tren aún más lleno, me dan un empujón y casi caigo encima de él. El caso fue que le di con todos los pechos y, para ver su reacción, poco después, haciendo como que intentaba encontrar una postura cómoda en medio de tanta gente, me moví y le rocé con la pierna. Me miró y se puso coloradísimo al tiempo que yo pensaba: ¡Dios mío!
Eso sería ya a principios de diciembre y, ¿qué si se repitió la escena?: bueno, ya he dicho que trabajamos juntos. De hecho, también vivimos juntos y, al acabar la carrera, montamos un despacho de abogados. Bueno, pues venimos al despacho en autobús y, cuando se tercia, repetimos la escenita. Hoy lo hemos hecho y por eso sé que, en cuanto tengamos diez minutos libres los dos, aparecerá por esa puerta, pondrá un Aranzadi, uno de esos libracos llenos de jurisprudencia, encima de mi mesa, se sentará encima y yo me subiré a ver qué. Por eso visto con falda: no por enseñar las piernas sino por facilitar la cosa.
Pero a lo que iba, que me estoy perdiendo y andaba en el tren. El caso es que después de aquello se me hizo el huidizo durante una semana o así. Pero el cebo ya estaba echado y yo lo sabía. Como sabía que aún más encelada estaba yo, que me había jurado a mí misma que aquello había de ser para mí y sólo para mí. Ya he dicho que lo del tren fue a principios de diciembre. Luego vino el puente larguísimo de la Constitución, luego la semana en que me huía y no aparecía por el bar e incluso, según creo, cogía un tren anterior. Hasta que fui descaradamente por él al acabar la clase del martes tras la que venía la pausa:
-¿Ya no te acercas por el bar?
Había sido todo pura timidez suya y le faltaba el empujoncito. Eso fue un martes. Pues el jueves me sale, sin que me lo esperara, con que si aprovechábamos las vacaciones de Navidad y estudiábamos juntos en su casa para los parciales de febrero. Yo, claro, lo de estudiar en diciembre de cara a febrero… Pero no podía dejar escapar la oportunidad. Me hice de rogar un poco diciendo que yo era mala compañía para el estudio porque me distraía mucho y, cuando insistió, salí con que bueno, vale.
Aparezco por su casa, una casa bien, una tarde a las cuatro en plan modosito. Me presenta a su madre y en la mirada entendí que me decía: tú misma, mientras mi hijo ande contento y saque adelante los estudios… Pues va la señora y nos pregunta que a qué hora queremos merendar, él contesta que a las siete y ella, que se va de compras al Corte Inglés y que volverá a la hora de prepararnos la merienda.
Aquí viene lo bueno, por supuesto. Entramos en su habitación y todo muy bien ordenado: su ordenador, sus libros y los apuntes de la facultad pasados a limpio en el ordenador, impresos y encuadernados en carpetillas de plástico… Total, que me quito la chaqueta y me dice:
-Supongo que tú y yo estamos condenados a hacerlo. Así que creo que cuanto antes nos pongamos, mejor. Además, me parece que si no lo hacemos ahora mismo no me podré concentrar para estudiar.
O sea, todo lo que había sido timidez ahora era una seguridad pasmosa. Tan pasmosa que me rompió las ningunas defensas que yo tenía. Como que sólo dije pero, pero… sin siquiera darme cuenta de que ya había empezado a quitarme el jersey mientras él abría el cajón de la mesita de noche y sacaba una gomita. Yo también llevaba en el bolso, claro está, por si acaso. Bueno, pues aquello fue, fue… la barbarie por decirlo de alguna manera. Fue sentir yo dentro lo que sólo había rozado con la pierna y ponerme como loca a darle mordiscos en el hombro mientras él decía para, para. Pero no paré hasta conseguir vaciarlo mientras yo me desparramaba enterita. Descansamos después un momento, él se levanta para ir al aseo y me pide que no me vista todavía. Vuelve y me dice:
-Ahora nos vamos a poner en serio.
-¿Ah, que antes ha sido en broma?
-No, nos ponemos en serio a estudiar.
Me pide que saque mis apuntes de Derecho Natural, que era lo que teníamos que repasar, los saco, los mira y eran todo un desorden. Me da una copia de los suyos que había sacado para mí –todo un detalle- del ordenador, se tumba y me pide que me ponga encima. Yo que veo que volvía a estar preparadísimo, me subo y me coloco bien colocada. Y me dice que vamos a leer desde el tema 1, él un ratito y yo otro. Así tal cual, desnudos y enganchados, que cualquiera se concentra. Yo que no me lo creo y me da la risa. Él que se pone serio y me da un rotulador de esos fosforitos para que, además, vaya subrayando lo principal. Y se pone a leer los apuntes deteniéndose en lo más importante, repitiendo las definiciones, pidiéndome que subrayara esto o lo otro. Luego leí yo y lo mismo. Bueno, pues hasta consiguió que me concentrara y atendiera a la materia a pesar de irme moviendo despacio, lo preciso para mantener el gustito o, como él lo llamaba, la tensión erótica. Pues una hora y media estaríamos con ese tema 1 hasta que acabamos y, como ya serían las seis y media y su madre había de volver a las siete, dejamos los apuntes en la mesita de noche, me abraza fuerte contra su pecho y cometemos otra barbarie. Luego nos vestimos, nos adecentamos y, al llegar su madre, que yo creo que se dio cuenta porque algo me delataría, la merienda. Amabilísima la señora con que si quería café con leche o un colacao.
Ni que decir tiene que, si no lo estaba ya, salí de su casa enamoradísima por arriba y por abajo, no sé si me explico. Tanto que al llegar a la parada del autobús le mandé un mensaje. “Gracias por TODO” con el todo en mayúsculas bien grandes. Al instante me contesta: “Contigo da GUSTO estudiar”, así mismo, a lo ocurrente. Y el detalle más tarde. Habíamos quedado para el día siguiente pero esa misma noche hacia las diez me llama y me dice que sólo quiere oír mi voz porque no puede esperar hasta mañana. Yo babeando, por supuesto, y loca por que llegara la tarde siguiente. ¿Que si repetimos?: todos los días de las vacaciones excepto las fiestas grandes, Navidad, Año nuevo… y los fines de semana de enero. Ni que decir tiene que aprobamos los dos todos los parciales de febrero.
Por eso, cuando llegó la primavera siguiente, en casa no me pusieron problemas para que pasara fuera los fines de semana estudiando para los exámenes de junio. En casa de unas amigas, dije, pero en realidad en un chalet que tenían sus padres. Pues estudio intensivo desde el viernes por la tarde hasta el domingo por la tarde. Y disciplinadamente, que nos despertábamos a las siete y nos poníamos a repasar los temas: leerlos, subrayar lo básico, repetirlo, recitar de memoria alguna definición y, al acabar cada tema, ponernos apoteósicos. Y a dormir prontito, a las diez, aunque entonces lo hacíamos otra vez sin apuntes de por medio y, como cuando estudiábamos siempre lo hacíamos igual, él debajo y yo encima, al llegar la noche variábamos y hacíamos lo que él llamaba experimentos y que más vale no detallar. Ya resumiendo diré que la mayoría de conceptos del derecho –usucapión, enfiteusis, nasciturus… qué se yo- los comprendí desnuda y bien desnuda. Los oía en clase y como si nada pero luego, cuando me ponía encima bien situada y leíamos los apuntes, se me hacía la luz. Y así un curso detrás de otro hasta el punto de que la que podía haber sido una carrera áspera se convirtió para mí en la más dulce; y aquí detrás tengo bien enmarcado mi título. Ah, y en la facultad no me separaba de él ni a sol ni a sombra, que no iba yo a permitir que ninguna pelandusca me quitara un chico así.
Y un detalle ahora que me acuerdo. Ya digo que éramos capaces de pasarnos un buen rato, una hora o más, enlazados conmigo moviéndome despacio y manteniendo un punto de placer sin perder la concentración. Pues hubo una vez, y eso fue la primavera del primer año estudiando Derecho Romano, en que estamos leyendo los apuntes y sale la insula in flumine nata,  que es una isla que aparece en medio de un río y, entonces, el problema es saber a cuál de los propietarios de los campos de un lado u otro del río pertenece. Bueno, pues está leyendo él y, sólo pronunciar lo de insula in flumine nata, me entra un no sé qué que no me puedo reprimir y me pongo a moverme como una posesa. Me pide que pare, yo que no puedo, él enfadado insistiendo y yo arriba y abajo. Pues aguantó firme todas mis embestidas aun cuando yo hice eso de comprimirme para intentar arrastrarlo conmigo. Pero nada, él serio y, cuando acabé y me dejé caer sobre su pecho, me pegó una bronca que aún recuerdo mientras yo dudaba entre reírme o tratar de recuperar la respiración. No se volvió a repetir mi desliz pero años más tarde, acabada ya la carrera, hicimos una cena de antiguos alumnos y, como es tan exótico eso de la isla que aparezca de pronto en medio del río, alguno sacó el concepto de la insula in flumine nata. Él me miró sonriendo y de mi mirada dedujo que aquella noche, al llegar a casa, no me iba a esperar hasta llegar a la cama. Como un perrito de Pavlov me dijo que era yo, que es no sé qué experimento de psicología. Y sí, que yo no soy de las que tienen jaqueca pero si la tuviera, sólo con que me susurrara al oído lo de la insula in flumine nata se me abrirían sin querer las piernas.
Y ya está, que se me ha hecho aquí la hora de comer y él todavía no me ha llamado por el interfono. Le voy a llamar yo para darle lo suyo y que me dé lo mío. Y luego, tranquilos a comer.

viernes, 9 de marzo de 2012

Matrix Revolutions

Matrix Revolutions (Hermanos Wachowski, 2003)
El otoño pasado ya tomé nota aquí de la primera película de la trilogía aun confesando no haberla soportado hasta el final a pesar de habérmelo propuesto y haber empezado a verla hasta tres veces. Pues el domingo 19 de febrero echaron por la Sexta la tercera parte y la he visto enterita. Otra cosa es hasta qué punto me he enterado de la historia si no vi ni el final de la primera ni la segunda.
De momento, insisto en lo que dije en su día sobre las resonancias clásicas y bíblicas: aquí se verá cómo el protagonista Neo actúa de Mesías salvando a Sion, que ya dijimos que -se escriba como se escriba- es uno de los nombres de Jerusalén; de ahí ese renacer que se simboliza con el amanecer al final de la película (y que, ya puesto, me ha recordado aquello de Volverá a reír la primavera que por cielo, tierra y mar se espera ¡Arriba escuadras a vencer, que en España empieza a amanecer! al final del Cara al Sol). Otro detalle relacionado más con la luz que con ese amanecer: hay un momento en que Neo y Trinity salen con la nave de la oscuridad a la luz. Ya dijimos en la anterior entrada cómo Matrix tiene sus deudas con Blade Runner: pues bien, la misma escena está en esa película.
Más rasgos que asocian a Neo a la divinidad son su denominación como el Elegido, su poder sobre las máquinas o su capacidad de visión estando ciego.
Hay otros toques clásicos en la denominación de los personajes: Perséfone, figura asociada al inframundo en la mitología griega; o el personaje que aparece a su lado, Merovingio, de nombre gratuito y descontextualizado porque merovingia se llama a la dinastía reinante anterior a los carolingios. Y la mujer negra llamada Oráculo que aparece en algunas escenas con una niña india: como las pitonisas de Delfos con las vírgenes que se iniciaban.
Nada más. O sí, que hay detalles que se me escapan como la identificación de Neo con el agente Smith, que supongo representará la imposibilidad de separar el bien del mal como dos caras de la misma moneda. Espero algún día poder soportar enterita la primera parte, ver la segunda y tener así una visión global de la trilogía.
Por fin diré sólo que lo mejor de la película, aparte, por supuesto, del abrigo de cuero que, desde la primera parte, lleva Morfeo, son los pezones que se le adivinan a Monica Bellucci:
Monica Bellucci



lunes, 5 de marzo de 2012

La piscina

La piscina (Swimming pool, François Ozon, 2003)
Una película rarita. Tan rarita como que empecé a verla hace unos días por inercia, porque la dieron a continuación de otra, El molino negro, protagonizada por Michael Caine, y, al cabo de media hora o así, como no había meneo, apagué la tele y a dormir. Pero la estaban echando por una cadena regional, la 8, de esas que repiten las películas dos días después de modo que el sábado 4 de febrero a primera hora de la tarde la volvieron a dar. Sólo que entonces vi que estaba anunciada como thriller cuando, en la media hora que había visto el jueves, no había nada que hiciera pensar en eso.
El sábado, pues, la volví a ver y casi lo mismo: al cabo de una hora y cuarto de película y aún nada hacía pensar en un thriller.
Charlotte Rampling en su esplendor
El argumento gira alrededor de una escritora inglesa de novela negra, Sarah Morton (Charlotte Rampling), a la que su editor deja una casa en Francia para que pase una temporada tranquila y pueda escribir una nueva novela (y hay otra película parecida protagonizada por Demi Moore). La casa, ideal, con jardín y piscina y ambiente del Midi. Sarah se instala y confía en que su editor acuda un fin de semana a verla. Sin embargo, quien acude sin previo aviso es Julie (Ludivine Sagnier), una hija que su editor tuvo con una mujer francesa.
Más esplendor
A partir de ese momento la película se plantea como un conflicto generacional: frente a la rigidez de la novelista, que sólo desea tranquilidad para poder trabajar, el desorden de Julie, que se baña en la piscina completamente desnuda, pone la música a todo volumen o trae cada noche a casa a un hombre diferente. Hasta ahí lo que parece es que, a pesar de la distancia inicial, las dos mujeres van acabar por entenderse, aceptarse y hacerse amigas y, en parte, es así: Sarah empieza bebiendo té y acaba bebiendo güisqui con Julie; o comiendo un batido de no se sabe qué y robándole después el paté a Julie; o fumando porros las dos.
Ludivine Sagnier
Sí, acabarán amigas e incluso en algún momento no extrañaría que acabaran en una relación lésbica. Al menos así parece desearlo Sarah, que ejerce continuamente, con esos ojos de Charlotte Rampling, de voyeur (eso, en francés, no tiene el femenino esperable *voyeuse) espiando a Julie mientras se baña, toma el sol e incluso está follando o similar.
Ludivine Sagnier: eso es un escote
Y por ahí se derivará al thriller: Julie invita a un hombre a casa, el camarero del bar al que acude Sarah cada mañana, y bailan los tres pero el hombre acaba agarrado a Sarah mientras Julie se aburre en una butaca. Sarah acaba retirándose a dormir y Julie y el hombre se bañan en la piscina; luego ella le está practicando una felación y Sarah, que los mira desde su habitación, lanza una piedra a la piscina y el hombre decide irse a casa en medio de las súplicas de Julie para que se quede. Julie acaba golpeándole en la cabeza y matándolo no se sabe si porque se siente rechazada o por celos, porque el hombre parecía haber sentido cierta atracción por Sarah. Cuando más tarde Sarah se da cuenta de lo que ha hecho Julie, le ayuda a enterrar al muerto en el jardín con lo que pasan a convertirse en cómplices. Y luego se separan: Julie dice marcharse a Niza a trabajar y Sarah vuelve a Inglaterra.
Más Ludivine Sagnier
El final viene a ser desconcertante: Sarah sale del despacho de su editor y en ese momento entra una hija de éste llamada Julia que, por detrás, es igual a Julie pero, al girarse, es diferente y completamente antierótica con hierros en los dientes. Las posibilidades de interpretación son, al menos, dos: 1º) La literal, que esa Julia es una hija del editor habida dentro del matrimonio mientras Julie lo era de otra relación. 2º) La más compleja y sugerida por el parecido entre Julie/Julia: Sarah se ha inspirado en Julia, la hija real del editor, para imaginar a Julie, una mujer entre femme fatale y Lolita que representa el modo de vida que Sarah tiene reprimido y que se convertirá en personaje de la novela que pretende escribir; visto así, todo lo que ocurre tras la llegada de Julie a la casa francesa no ocurrirá en la realidad sino en el plano literario, en la novela que está escribiendo Sarah. Sólo que esta última solución del estilo dEl sexto sentido, aunque plausible, es tramposa porque no se acaban de dar datos suficientes para distinguir cuándo se ha producido ese salto entre la realidad y la ficción. Quizá habría que ver otra vez la película a la luz de esa lectura para verlo más claro, pero no creo que yo lo haga.
Ludivine Sagnier en un plano de la película
Y difícilmente se puede catalogar como thriller: se produce un asesinato, real o ficticio, y nada más, ni hay descubrimiento del cadáver, ni investigación policial... Estamos más bien ante un drama psicológico, de oposición de caracteres Sarah/Julie, de buceo en el subconsciente de Sarah...
Queda un detalle, para mí importante, por destacar: uno de los atractivos de la película es el cuerpo de Ludivine Sagnier cuyo desnudo se repite agradablemente una y otra vez. Pues bien, el último desnudo que se ve no es el de ella sino un desnudo integral de Charlotte Rampling. Y es un desnudo consistente para una actriz que en ese momento tenía 57 años frente a los 24 de Ludivine Sagnier: como si Ludivine Sagnier hubiera querido ser la telonera que prepara al público para la aparición de la estrella y, también, como si el director hubiera querido rendir homenaje a aquella Charlotte Rampling que, con El portero de noche, se convirtió en mito erótico de los 70.
Hay otras lecturas y  críticas de esta película en esta página. Para mi gusto la mejor es ésta de alguien que pone el DVD esperando, como yo, un thriller convencional:
Cinco minutos de película, ahora mismo seguro que matan a alguien, me digo a mi mismo.
Diez minutos de película, esperando que pase algo, pero no pasa...
Quince minutos de película, la cosa sigue igual: sosa.
Veinte minutos de película... Se abren las puertas del cielo y aparece Ludivine Sagnier, me da igual lo que diga. Pulso el "pause" y la contemplo.




jueves, 1 de marzo de 2012

Corsaris menorquins: laberints a la mar, IV


Ateneu de Maó
LA FAMÍLIA MELIÀ
N'Agustí Melià és el pare de les dues germanes qui són al boínder i encara de dues més. I la esposa, i altres dues dones a casa, una a la cuina i l'altre un poc per tot... Per açò no passa dia sense visitar mitja hora llarga el seu cavall ni setmana sense sortir amb ell a donar una volta per un o altre del seus dos llocs; i alguns capvespres té la tertúlia de la Societat de Cultura on els caps de les millors famílies llegeixen premsa, esperen llibres per sabre dels progressos científics i intel·lectuals o tant sols xerren d'açò i allò.
Studio et amore és el lema de la Societat de Cultura i acaba de arribar la traducció francesa, feta per l'abat Pierre Desfontaines, dels Viatges de Gulliver. Ell l'està llegint però els viatges per la mar com els d'en Gulliver se'ls mira de lluny. Perquè va esser a la tertúlia com va tenir notícies de la societat qui esteia organitzant una sortida en cors. S'hi va ficar amb tres mil pesos i ni n'Àgueda ni la seua germana Práxedes poden sospitar que el homo que miraven camí del port ha de tornar -així ho vol el pare- amb doblers per comprar-lis vestits. I si torna sense doblers o, simplement, no torna, el pare tampoc las deixarà nues.