Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



domingo, 5 de febrero de 2012

La rosa de los vientos (LXXIV concurso de relatos Bubok [tema: el viento])


Pasean de la mano por el mercadillo como todos los sábados por la mañana. Sopla tramontana desde ayer por la tarde. Por eso él a las seis ya estaba despierto, por los vecinos de las casas de al lado que no dejan sujetas con los topes las ventanas abiertas y éstas no paran de dar golpes contra la pared. Ella ha seguido durmiendo hasta las ocho y él le ha llevado el desayuno a la cama. Felicidad conyugal. Aunque se olvidaron de casarse y no saben exactamente cuándo.
La tramontana. A él le da igual que llueva o truene pero la tramontana… A ella, en cambio,… ella no perdona el mercadillo de los sábados. Menos gente de la habitual y las lonas que cierran los puestos por los lados baten por el viento que se lleva la gorra del uno o deshace el peinado de la otra. Ella se detiene ante un puesto en el que hay expuestos azulejos y él se queda a su lado:
-¿Te gusta esa rosa de los vientos?
-Mucho.
Contesta por contestar y sin pensar en las consecuencias, en que si acaban comprándola, a él le va a tocar instalarla. Pero tampoco le va a negar un caprichito.
Era un conjunto de cuatro azulejos que formaban una rosa de los vientos de ocho puntas alternando rojos y azules. Lo compran y, de vuelta a casa, él dice que hará falta un saquito de cemento rápido y que ya se acerca él a comprarlo. Ella contesta que vuelve sola y que, mientras tanto, aprovechará para pensar en dónde colocar los azulejos. Él vuelve con el saquito y, por lo de la felicidad conyugal, con una rosa roja:
-Estas rosas también existen.
Ella ríe, lo coge de la mano, lo arrastra hasta la alcoba y le dice que el lugar idóneo para la rosa de los vientos es encima del cabezal de la cama de matrimonio:
-¿Estás segura?
-Pues claro. Quedará muy bonita.
¿Para qué discutir?, ¿para qué explicarle que en ese espacio o no se pone nada o se cuelga un crucifijo para presidir y bendecir sus expansiones? Una rosa de los vientos vertical… Bueno, sí, los vecinos tienen una en la fachada como quien pone un cuidado con el perro. Pero una rosa de los vientos vertical con la N de norte apuntando al techo y la S de sur al suelo… ¿para qué decirle a ella que la rosa de los vientos sirve para marcar rumbos o procedencias del viento y los barcos van hacia el horizonte y los vientos vienen de allí? Por eso, por el horizonte, las rosas de los vientos se sitúan horizontal y no verticalmente.
Como un pararrayos en una bodega, así es una rosa de los vientos en una pared. Y en cualquier lugar de tierra adentro eso no importa, pero en una población marinera donde casi todos saben de vientos…
Pero qué más da si en la alcoba sólo entran ellos. Como aún queda tiempo para la hora de comer, cubre la cama y el cabezal con una sábana vieja para no mancharlos y toma medidas para centrar la rosa de los vientos en relación a la cama. A continuación, sitúa una regleta para que los dos azulejos inferiores quedaran alineados, reparte el cemento, adhiere los azulejos, espera a que se seque y luego adhiere los azulejos superiores. Limpia todo, va a los pies de la cama para mirar con más perspectiva y ve que todo ha salido a la perfección: los cuatro azulejos perfectamente alineados vertical y horizontalmente y sin que ninguno de ellos sobresalga en el plano sobre los demás.
-¿Te gusta cómo ha quedado?
-Tanto que quiero celebrarlo.
Y empieza a desabrocharle la camisa. Se desnudan, él se tumba, ella se arrodilla sobre él, se enganchan y celebran rítmicamente todo su acto amoroso. Al final, ella deja caer su mejilla sobre el pecho de él. Y él le dice:
-No has mirado la rosa de los vientos ni una sola vez.
-Porque te estaba mirando a ti, que me gusta ver las caras que pones. Además, la he mirado mientras nos desnudábamos y la volveré a mirar cuando nos vistamos. Y otra cosa.
-¿Qué?
-Que me ha gustado mucho más que otras veces.

Esa tarde, como todos los sábados por la tarde, tiene su partida de remigio francés, el que se juega con cartas vistas y es una mezcla entre el remigio normal y el chinchón. Ésa es una de las tardes en que va por ir. Sabe que va a perder porque pierde  inevitablemente todos los sábados en que hay tramontana. Y no es porque el ruido del viento en el exterior del bar le impida concentrarse en las cartas sino por alguna causa desconocida. Sabe contar y memorizar cartas y no hace como otros que quedan pendientes de un caballo de bastos cuando uno de ellos está sobre la mesa y el otro hundido en el pozo. Aún así, con tramontana le salen todas las cartas atravesadas.
Un ocho de oros que completaba una escalera, el cuatro de bastos que entraba en un cuatrío y un mono: ésas son las tres cartas con las que ha cerrado y ha ganado las tres partidas que ha jugado. Sale a la calle, la tramontana continúa y se sube la solapa de la chaqueta. Es casi imposible, es la primera vez, en años, que le ocurre. No sabe por qué, pero si dicen que la luna influye sobre las personas, ¿por qué no va a influir el viento? Además una vez leyó… una tontería. O no tanto: leyó que Salvador Dalí decía que todo su genio le venía de la tramontana que soplaba en la Costa Brava. Pues a él, lo mismo pero al revés, a él la tramontana le traía mala suerte. Y a ella…
Entonces cae en lo que había ocurrido por la mañana después de haber pegado los azulejos. Porque ella con tramontana tampoco… Pocas veces decía ella que no y, cuando era que no, no ponía excusa ninguna. Y él tardó en darse cuenta de la relación de causa y efecto. Fue precisamente uno de los muchos sábados en que volvía de la partida tras haber perdido todas las manos. Ella se negó y él se dijo lo de que, además de cornudo, apaleado. Y si la tramontana duraba veinte días… Aunque eso sí, cuando ella se negaba lo hacía con un beso. Luego ponía su sonrisa más dulce mientras decía:
-Pero si quieres te hago alguna alternativa.
Pero él prefería quedarse con las ganas porque ella tampoco admitiría que la alternativa se la devolviera luego él.

Llega a casa, ella le pregunta cómo le ha ido, él contesta que muy bien y le pregunta a su vez qué ha estado haciendo ella mientras tanto:
-He pasado media tarde sentada en la alcoba mirando embobada la rosa de los vientos. Cada vez me gusta más. Y la otra media, en Internet, informándome en la Wikipedia sobre los puntos cardinales y los vientos. No acierto a distinguir la diferencia entre el mistral y la tramontana.
Él sí la sabe. Que con tramontana ella no y con mistral ella sí. Que la tramontana venga de algo más al este que el mistral es cosa secundaria. O que el mistral sea más frío.
La chimenea encendida y la mesa puesta con un candelabro en el centro.
-¿Qué se celebra?
-Lo que te he dicho. Que estoy contenta con nuestra rosa de los vientos.
-¿Te explico cuál es mi rosa de los vientos preferida?, ¿y mi rumbo y mi norte?
-Eso ya me lo contarás después. Y sin palabras, que te explicas mucho mejor.

3 comentarios:

  1. Es muy bueno, Santiago. Te envidio.
    Le copiaré a Turambar: ¡plas, plas, plas!

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    1. A ver, David, si no exageramos. Si ganaste tú será por algo.

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