Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



martes, 21 de febrero de 2012

Cualquiera tiempo pasado (LXXV concurso de relatos Bubok [tema: robos])


Un día y otro día, un mes y otro mes. Pasea por el patio de la prisión en línea recta de un muro a otro y vuelta atrás. Sólo que lo hace como siempre ha sido entre los reclusos, deteniéndose y girando dos pasos antes de la pared: para quedarse con la sensación de que no es el muro el que detiene su paseo, para autoengañarse pensando que ha dado la vuelta ahí por propia voluntad.
            Sabe los pasos exactos que hay y sabe que son siempre los mismos. Sin embargo, cada vez que va y viene sabe también que le quedan menos paseos que dar porque se va acortando el tiempo de seguir ahí.
-A ti lo que te pasó es que te quedaste obsoleto.
A veces detiene sus paseos y se para a hablar con uno u otro.
-¿Y eso qué quiere decir?
El de la palabra rara es un preso de los finos. Dicen que era director de una sucursal bancaria y que un día se cansó de limitarse a ver pasar el dinero delante de sus narices. Y mantiene el respeto de los demás presos a base de darles cigarrillos:
-Pues eso, obsoleto. Cuando en una fábrica una máquina se queda antigua hay que renovarla. Es lo que te ha pasado a ti, que no te has renovado. Como si te hubieras pasado de moda.
-Quizá tengas razón.
Tira la colilla y vuelve a su paseo.

No es la primera vez que se lo dice de una u otra manera. Y quizá sí –piensa-, quizá tenga razón y mi tiempo haya pasado.
Él era –o había sido- un carterista disciplinado, elegante y fino. Cada mañana salía de casa puntualmente a las siete y entraba a tomar café en el bar de la esquina con el pelo engominado, americana y corbata, y zapatos brillantes de limpiabotas, otro oficio que ha pasado a la historia.
-Obsoleto, eso es, a ver si me aprendo la palabra. Los limpiabotas también se han quedado obsoletos… Y los afiladores, y los organilleros, y los sacristanes, y tantos otros oficios. Vete tú a saber. Sí, pero los afiladores han desaparecido porque hay aparatos eléctricos que afilan; en cambio, ¿por qué han desaparecido los limpiabotas si la gente sigue llevando zapatos?
Al acabar el café, al metro a trabajar. En los mejores tiempos entre el metro, el fútbol y los toros no había más de cinco o seis del oficio. Y si él entraba en un vagón de metro y, casualmente, se encontraba con un colega, se saludaban discretamente con los ojos y, en la próxima estación, se apeaba y cambiaba de vagón para no estorbar. Por compañerismo, solidaridad o lo que fuera.
Pero ahí está el asunto, en que cuando al fin lo detuvieron sólo quedaban dos carteristas en toda la ciudad, él y Paco el Rubio. Carteristas de la vieja escuela se entiende, de los que sabían moverse en las aglomeraciones. ¿Y por qué habían ido desapareciendo? Quizá porque también habían desaparecido las aglomeraciones del metro: entre que ahora los convoyes llevaban más vagones y que habían inaugurado líneas nuevas tanto de metro como de autobús, la gente se repartía más y ya no cabía aquello de comparar el metro con una lata de sardinas. Cosas que quedaron para el tiempo pasado cuando el mundo era en blanco y negro.
Y, claro, luego estaban esos que atracaban a punta de navaja. Eso es, atracaban, no como él, que trabajaba sin asustar al cliente. O esos otros venidos de países que, si existen de verdad, a ver quién es el guapo que sabe situarlos en un mapa. Ésos son los que entran en horda en el vagón, el padre, la madre, el cuñado, los primos: uno por cada puerta y como si llevaran sus intenciones escritas en la frente.
En cambio él, su americana, su corbata, sus zapatos bien brillantes. No para pasar desapercibido y que lo confundieran con un vulgar oficinista sino por educación, por presentarse decentemente ante los clientes. ¿O es que el director de un banco decide un desahucio vestido con chándal? Claro que al desahuciado qué más le dará; lo mismo que a aquel a quien le quitan la cartera. Ah, y otro detalle: cuando robaba una salía del metro, buscaba el primer bar, pedía una caña, se metía en el servicio y le vaciaba el dinero. Si lo había, claro, que cuántas carteras vacías no habían ido a parar a sus manos. Luego se tomaba tranquilamente la caña y, al salir del bar, buscaba un buzón donde echarla. Cuestiones de clase: un vulgar atracador la tira en una papelera o en un contenedor de basura y, seguramente, la cartera acaba triturada. En cambio él, ¿para que provocar más perjuicios?: metida en la saca de correos del buzón es más que probable, es casi seguro, que la cartera acabe volviendo a su dueño y, si ya le has quitado el dinero, para qué causarle la molestia de ir a la comisaría a sacarse otro documento nacional de identidad o renovar el carné del gimnasio y la tarjeta del Carrefour… Bueno, y las fotos de la familia, que muchas veces se quedaba mirando a la mujer pensando que le gustaría tener una igual.

Y sigue paseando hasta casi llegar al muro y vuelve a dar la vuelta hacia el otro muro. Y sigue pensando en sus antaños y en que lo que más echa de menos son esos actos cotidianos y rutinarios, el café, la cañita… incluso el olor del metro. ¿Puede ser que en prisión se añoren tanto los olores? Sí, el olor del metro, o el del café como se lo hacían en su bar, o el de la espuma de una caña bien tirada. O, ya ves qué tontería, lo de decir buenos días al entrar al bar y que te contesten. Porque en prisión, ¿para qué lo vas a decir si sería ironía?
Cuando empezaron a verse claros en los vagones del metro, cuando ya no ocurría aquello de que no podías entrar en la puerta del vagón que más cercana te caía porque no cabías físicamente, tuvo que buscar nuevos horizontes: situado en paradas céntricas de autobús, estudiaba qué líneas venían más cargadas y, madrugando más, iba hasta el origen de la línea, esperaba, cogía el siguiente autobús de vuelta y se quedaba de pie en la plataforma trasera a ver qué pillaba. O a los toros, que una vez llegó a ir a los toros. Pero también fue porque le gustaban. Y entre lo que consiguió antes de entrar a la plaza en los bares de alrededor y luego, ya dentro, en la aglomeración que se formó junto a la puerta por donde entran en coche los maestros… Fue una buena tarde: por la recaudación y por la faena de César Rincón
Obsoleto, eso es. Por eso lo cogieron, por las nuevas tecnologías. Fue porque volvió a trabajar al metro. Le estaban esperando dos guardias de seguridad al final de la escalera mecánica. Uno a cada lado:
-¿Hace el favor de acompañarnos?
Educados sí eran, que sabían hablar de usted y no como en esas películas en que a los delincuentes los tutean por el mero hecho de serlo. Lo llevaron a una sala y le pasaron una cinta de vídeo en la que se le veía claramente. Vergüenza le dio: no que le cogieran sino verse trabajando de manera tan zafia. Se lo merecía por confiarse, por bajar la guardia. Y por no hacer caso de esas nuevas tecnologías, de esas cámaras en cada extremo de los vagones. Él creía, inocentemente, que eran para vigilar a los que salían borrachos de la discoteca el sábado por la noche y molestaban a las mujeres o lo rompían todo… Pues nada, a juicio y, como era reincidente, a prisión.

Sigue arriba y abajo por el patio. Si me hubiera puesto al día –piensa-, si hubiera, al menos, aprendido a utilizar los ordenadores cuando salieron y hubiera estudiado informática, si luego me hubiera puesto con eso de internet, otro gallo cantaría y, a lo mejor, no hubiera necesitado ni salir a la calle para ganarme el jornal, pero ya ves.
Cada día le quedan menos paseos que dar, cada día le queda menos condena que cumplir. Sólo que cuando salga...

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