Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



sábado, 25 de febrero de 2012

Benito Pérez Galdós, El 19 de marzo y el 2 de mayo, Bailén

Pérez Galdós, Benito El 19 de marzo y el 2 de mayo, Bailén (Hernando, Madrid: 1961)
Prosigo con la lectura de la primera serie de los Episodios Nacionales de Galdós, de cuya segunda novela, La corte de Carlos IV ya hablé aquí. Las dos novelas que nos ocupan son, pues, la tercera y cuarta de la serie y con el mismo narrador-protagonista, Gabrielillo.
Siguiendo con algo que dije en mi anterior comentario, en los episodios nacionales Galdós combina historia y novela, y aquí, en el plano histórico se abarcarán los hechos que van desde el motín de Aranjuez hasta la batalla de Bailén, todos en 1808; y en el plano novelesco el eje central van a ser los encuentros y desencuentros de Gabriel e Inés en Aranjuez, Madrid y Andalucía. Y tal oposición entre historia y novela se podrá poner en relación con la unamuniana oposición entre historia e intrahistoria: mientras los libros de historia nos hablan de personajes como Godoy, Daoiz y Velarde, Murat, Castaños, hay por debajo de ellos toda una masa anónima que aquí estará representada por Gabriel e Inés, el cura don Celestino, los hermanos Requejo, Santorcaz, el conde de Rumblar, ...
En cuanto a la primera novela, El 19 de marzo y el 2 de mayo, entiendo que tiene bastante más consistencia narrativa que la anterior, La corte de Carlos IV: está simétricamente encuadrada entre dos levantamientos populares, el motín de Aranjuez y el 2 de mayo; y los personajes son más verosímiles y están próximos a los de las llamadas novelas contemporáneas: así, desde el sacristán Santurrias hasta los miserables hermanos Requejo pasando por los majos y manolas que intervendrán en el 2 de mayo.
Y algunas notas dispersas:
-El chiste que casi pasa desapercibido: La tía Gila... volvió... diciendo que estaban quemando todo el Palacio Real de punta a punta, y los jardines, y el Tajo, y la cascada (p. 95).
-El desprecio que parece sentir el narrador, que dice escribir sesenta y cinco años después (8), esto es, con ochenta y dos (120), por el pueblo amotinado contra Godoy: la turba chillaba; no he podido olvidar nunca aquellos gritos que relaciono con la voz de los seres más innobles de la Creación (103); esa bestia que se llama vulgo (105). Pero también hay que decir que esa visión negativa desaparece al final de la novela cuando, en mayo, el pueblo se levanta contra los franceses en Madrid.
-La cita en homenaje a Cervantes con cuya narrativa quiere enlazar Galdós constantemente: Mauro Requejo pide a su hermana para comer: no me pongas más olla con cabezas de carnero, sino que quiero carne de vaca (148) donde resuena una olla de algo más vaca que carnero del primer párrafo del Quijote (I,1).
-En la parte final de la novela Gabriel, Inés y el cura don Celestino se ven envueltos, con los históricos Daoiz y Velarde, en el 2 de mayo y los fusilamientos subsiguientes. La novela de Pérez Reverte Un día de cólera (2007) narra los mismos hechos pero de modo muy diferente, de forma coral y casi como si fuera un reportaje. Quizá Pérez Reverte, además de aprovechar el tirón del bicentenario del 2 de mayo quería homenajear a Galdós; y del mismo modo con Cabo Trafalgar (2004) a propósito también del bicentenario de la batalla y acudiendo al primero de los episodios nacionales.

En Bailén, en cambio, volvemos a dejar  de lado la verosimilitud propia del realismo y caer del lado de lo folletinesco. Con el trasfondo de la batalla de Bailén en la que participará Gabriel, se nos cuenta la nueva separación entre éste e Inés, que ha sido recogida por su madre verdadera, la condesa Amaranta, y metida en un convento hasta que se case con el joven conde de Rumblar para que así entronquen dos nobles familias. Pero Inés, reacia a ese matrimonio, prefiere permanecer en el convento y profesar hasta que Gabriel, casi convertido en ese galán de monjas que viene del Libro de Buen Amor y pasa por El Buscón de Quevedo, acude a verla y la convence para que salga.
Otras notas acerca de la novela:
-El texto se abre con Santorcaz, a quien Gabriel conocerá en Madrid; con él acude a Andalucía y de él se dejará entrever que es el padre de Inés. Y quizá lo más destacable de la obra sea la oposición ideológica entre éste, que viene de Francia con nuevas ideas, y el conde de Rumblar, educado según la tradición española. Estamos, pues, ante el eterno conflicto, el que se remonta al XVIII y da cuenta de las guerras civiles españolas de los dos últimos siglos.
-La visión de la Mancha recorrida por el caballo de don Quijote: es la más fea y la menos pintoresca de todas las tierras conocidas (52).
-Y otro homenaje a Cervantes en las palabras de Santorcaz, que ha estado en las guerras napoleónicas. Camino de Andalucía le dice a Gabriel:  aquellas torres que distingo al otro lado de dicha colina, ¿no son las del castillo de Austerlitz? (56) y ahora tenemos enfrente los pantanos de Satzchan y a nuestra izquierda la colina de Pratzen. Mira hacia allá. ¿No oyes ruido de tambores? (57) Si tenemos en cuenta que Santorcaz dice tales palabras en medio del desnudo y solitario paisaje (55) manchego, ¿no nos recuerdan las de don Quijote (I,18) cuando confunde rebaños con ejércitos y describe pormenorizadamente éstos últimos?
-¿Cómo se hace en Andalucía el reclutamiento de soldados para la guerra?: rechazando negros, mulatos, carniceros, verdugos y pregoneros (127).

José Casado del Alisal: La rendición de Bailén

martes, 21 de febrero de 2012

Cualquiera tiempo pasado (LXXV concurso de relatos Bubok [tema: robos])


Un día y otro día, un mes y otro mes. Pasea por el patio de la prisión en línea recta de un muro a otro y vuelta atrás. Sólo que lo hace como siempre ha sido entre los reclusos, deteniéndose y girando dos pasos antes de la pared: para quedarse con la sensación de que no es el muro el que detiene su paseo, para autoengañarse pensando que ha dado la vuelta ahí por propia voluntad.
            Sabe los pasos exactos que hay y sabe que son siempre los mismos. Sin embargo, cada vez que va y viene sabe también que le quedan menos paseos que dar porque se va acortando el tiempo de seguir ahí.
-A ti lo que te pasó es que te quedaste obsoleto.
A veces detiene sus paseos y se para a hablar con uno u otro.
-¿Y eso qué quiere decir?
El de la palabra rara es un preso de los finos. Dicen que era director de una sucursal bancaria y que un día se cansó de limitarse a ver pasar el dinero delante de sus narices. Y mantiene el respeto de los demás presos a base de darles cigarrillos:
-Pues eso, obsoleto. Cuando en una fábrica una máquina se queda antigua hay que renovarla. Es lo que te ha pasado a ti, que no te has renovado. Como si te hubieras pasado de moda.
-Quizá tengas razón.
Tira la colilla y vuelve a su paseo.

No es la primera vez que se lo dice de una u otra manera. Y quizá sí –piensa-, quizá tenga razón y mi tiempo haya pasado.
Él era –o había sido- un carterista disciplinado, elegante y fino. Cada mañana salía de casa puntualmente a las siete y entraba a tomar café en el bar de la esquina con el pelo engominado, americana y corbata, y zapatos brillantes de limpiabotas, otro oficio que ha pasado a la historia.
-Obsoleto, eso es, a ver si me aprendo la palabra. Los limpiabotas también se han quedado obsoletos… Y los afiladores, y los organilleros, y los sacristanes, y tantos otros oficios. Vete tú a saber. Sí, pero los afiladores han desaparecido porque hay aparatos eléctricos que afilan; en cambio, ¿por qué han desaparecido los limpiabotas si la gente sigue llevando zapatos?
Al acabar el café, al metro a trabajar. En los mejores tiempos entre el metro, el fútbol y los toros no había más de cinco o seis del oficio. Y si él entraba en un vagón de metro y, casualmente, se encontraba con un colega, se saludaban discretamente con los ojos y, en la próxima estación, se apeaba y cambiaba de vagón para no estorbar. Por compañerismo, solidaridad o lo que fuera.
Pero ahí está el asunto, en que cuando al fin lo detuvieron sólo quedaban dos carteristas en toda la ciudad, él y Paco el Rubio. Carteristas de la vieja escuela se entiende, de los que sabían moverse en las aglomeraciones. ¿Y por qué habían ido desapareciendo? Quizá porque también habían desaparecido las aglomeraciones del metro: entre que ahora los convoyes llevaban más vagones y que habían inaugurado líneas nuevas tanto de metro como de autobús, la gente se repartía más y ya no cabía aquello de comparar el metro con una lata de sardinas. Cosas que quedaron para el tiempo pasado cuando el mundo era en blanco y negro.
Y, claro, luego estaban esos que atracaban a punta de navaja. Eso es, atracaban, no como él, que trabajaba sin asustar al cliente. O esos otros venidos de países que, si existen de verdad, a ver quién es el guapo que sabe situarlos en un mapa. Ésos son los que entran en horda en el vagón, el padre, la madre, el cuñado, los primos: uno por cada puerta y como si llevaran sus intenciones escritas en la frente.
En cambio él, su americana, su corbata, sus zapatos bien brillantes. No para pasar desapercibido y que lo confundieran con un vulgar oficinista sino por educación, por presentarse decentemente ante los clientes. ¿O es que el director de un banco decide un desahucio vestido con chándal? Claro que al desahuciado qué más le dará; lo mismo que a aquel a quien le quitan la cartera. Ah, y otro detalle: cuando robaba una salía del metro, buscaba el primer bar, pedía una caña, se metía en el servicio y le vaciaba el dinero. Si lo había, claro, que cuántas carteras vacías no habían ido a parar a sus manos. Luego se tomaba tranquilamente la caña y, al salir del bar, buscaba un buzón donde echarla. Cuestiones de clase: un vulgar atracador la tira en una papelera o en un contenedor de basura y, seguramente, la cartera acaba triturada. En cambio él, ¿para que provocar más perjuicios?: metida en la saca de correos del buzón es más que probable, es casi seguro, que la cartera acabe volviendo a su dueño y, si ya le has quitado el dinero, para qué causarle la molestia de ir a la comisaría a sacarse otro documento nacional de identidad o renovar el carné del gimnasio y la tarjeta del Carrefour… Bueno, y las fotos de la familia, que muchas veces se quedaba mirando a la mujer pensando que le gustaría tener una igual.

Y sigue paseando hasta casi llegar al muro y vuelve a dar la vuelta hacia el otro muro. Y sigue pensando en sus antaños y en que lo que más echa de menos son esos actos cotidianos y rutinarios, el café, la cañita… incluso el olor del metro. ¿Puede ser que en prisión se añoren tanto los olores? Sí, el olor del metro, o el del café como se lo hacían en su bar, o el de la espuma de una caña bien tirada. O, ya ves qué tontería, lo de decir buenos días al entrar al bar y que te contesten. Porque en prisión, ¿para qué lo vas a decir si sería ironía?
Cuando empezaron a verse claros en los vagones del metro, cuando ya no ocurría aquello de que no podías entrar en la puerta del vagón que más cercana te caía porque no cabías físicamente, tuvo que buscar nuevos horizontes: situado en paradas céntricas de autobús, estudiaba qué líneas venían más cargadas y, madrugando más, iba hasta el origen de la línea, esperaba, cogía el siguiente autobús de vuelta y se quedaba de pie en la plataforma trasera a ver qué pillaba. O a los toros, que una vez llegó a ir a los toros. Pero también fue porque le gustaban. Y entre lo que consiguió antes de entrar a la plaza en los bares de alrededor y luego, ya dentro, en la aglomeración que se formó junto a la puerta por donde entran en coche los maestros… Fue una buena tarde: por la recaudación y por la faena de César Rincón
Obsoleto, eso es. Por eso lo cogieron, por las nuevas tecnologías. Fue porque volvió a trabajar al metro. Le estaban esperando dos guardias de seguridad al final de la escalera mecánica. Uno a cada lado:
-¿Hace el favor de acompañarnos?
Educados sí eran, que sabían hablar de usted y no como en esas películas en que a los delincuentes los tutean por el mero hecho de serlo. Lo llevaron a una sala y le pasaron una cinta de vídeo en la que se le veía claramente. Vergüenza le dio: no que le cogieran sino verse trabajando de manera tan zafia. Se lo merecía por confiarse, por bajar la guardia. Y por no hacer caso de esas nuevas tecnologías, de esas cámaras en cada extremo de los vagones. Él creía, inocentemente, que eran para vigilar a los que salían borrachos de la discoteca el sábado por la noche y molestaban a las mujeres o lo rompían todo… Pues nada, a juicio y, como era reincidente, a prisión.

Sigue arriba y abajo por el patio. Si me hubiera puesto al día –piensa-, si hubiera, al menos, aprendido a utilizar los ordenadores cuando salieron y hubiera estudiado informática, si luego me hubiera puesto con eso de internet, otro gallo cantaría y, a lo mejor, no hubiera necesitado ni salir a la calle para ganarme el jornal, pero ya ves.
Cada día le quedan menos paseos que dar, cada día le queda menos condena que cumplir. Sólo que cuando salga...

viernes, 17 de febrero de 2012

El crack II, de José Luis Garci

El crack II, José Luis Garci (1983)
El sábado  28 de enero dieron en el programa Versión española de la 1 esta película de José Luis Garci, que viene a ser la continuación de El crack de la que hablamos hace unos meses.
Está bien la película pero, según entiendo, no aporta nada nuevo a la anterior: Germán Areta (Alfredo Landa) vuelve a encarnar al Humphrey español con los mismos tópicos del género ya presentados en la primera entrega: otra vez el boxeo, otra vez el mus...; y, a lo Harry el sucio, comienza la película -la anterior también lo hacía- enfrentándose y ahuyentando a unos malvados para que tomemos contacto con el personaje. Hay otros tópicos: que si le destrozan la oficina de detective por husmear donde no debe, que si ha de ir posponiendo las vacaciones a Italia que ha prometido a su novia aunque al final consiguen marcharse...
Y la trama es mucho más compleja que la anterior y planteada del mismo modo: lo que comienza siendo una investigación rutinaria sobre fidelidad entre homosexuales acaba convirtiéndose en una oscura historia de falsificación de medicamentos.
Muy bien el trabajo de ciertos actores secundarios: otra vez María Casanova, otro vez Miguel Rellán, otra vez José Bódalo, pero también un Arturo Fernández saliéndose de su habitual papel de galán y ejerciendo de malvado.
Y para quien vio la primera, se convierten en cansinas tantas vistas de Madrid: con un par de veces que sacara la Gran Vía bastaba.

lunes, 13 de febrero de 2012

Sorpresa (XXIX concurso de microrrelatos Bubok; frase inicial obligatoria: Al otro lado)


Al otro lado del espejo ocurría algo.
Había salido de la ducha, se había puesto el albornoz y, al limpiar de vaho el espejo para poder peinarse, se dio cuenta: su imagen no estaba ahí.

jueves, 9 de febrero de 2012

Laura y Clara: dando vueltas al atajo

Esta entrada es sólo para decir que, para aligerar el blog, he eliminado de la página principal todas las entradas de título Laura y Clara: Dando vueltas al atajo. No obstante, he conservado aquellas en las que había algún comentario, y ello por respeto a los comentaristas.
Como alternativa he reunido todas las entradas y he ampliado la historia situándola en una página secundaria del blog, Laura y Clara, donde se puede leer sin interrupciones.
Al mismo tiempo, lo he colocado en Bubok con el título Pieles resbalando entre sí y ha quedado bastante decente. Se puede descargar pinchando aquí o comprar en papel por 9 euritos. También se puede descargar en Safecreative, donde está registrada, pinchando aquí. Y, por fin, en Wattpad pinchando aquí. En esas mismas páginas está mi otra obra o con el título Ciclotimias o con el de La niña de Babilonia. Pieles resbalando entre sí es su complemento: las dos obras cuentan la misma historia desde dos puntos de vista diferentes, el de cada una de las protagonistas sólo que Pieles resbalando entre sí va más lejos en el tiempo.
Y ahora me voy a dedicar bien a poner al día una obra de hace veinte años, Ni es cielo ni es azul, que se puede descargar aquí, bien a proseguir una obra histórica en catalán dedicada al corsarismo menorquín cuyos dos primeros capítulos ya están en este blog.

domingo, 5 de febrero de 2012

La rosa de los vientos (LXXIV concurso de relatos Bubok [tema: el viento])


Pasean de la mano por el mercadillo como todos los sábados por la mañana. Sopla tramontana desde ayer por la tarde. Por eso él a las seis ya estaba despierto, por los vecinos de las casas de al lado que no dejan sujetas con los topes las ventanas abiertas y éstas no paran de dar golpes contra la pared. Ella ha seguido durmiendo hasta las ocho y él le ha llevado el desayuno a la cama. Felicidad conyugal. Aunque se olvidaron de casarse y no saben exactamente cuándo.
La tramontana. A él le da igual que llueva o truene pero la tramontana… A ella, en cambio,… ella no perdona el mercadillo de los sábados. Menos gente de la habitual y las lonas que cierran los puestos por los lados baten por el viento que se lleva la gorra del uno o deshace el peinado de la otra. Ella se detiene ante un puesto en el que hay expuestos azulejos y él se queda a su lado:
-¿Te gusta esa rosa de los vientos?
-Mucho.
Contesta por contestar y sin pensar en las consecuencias, en que si acaban comprándola, a él le va a tocar instalarla. Pero tampoco le va a negar un caprichito.
Era un conjunto de cuatro azulejos que formaban una rosa de los vientos de ocho puntas alternando rojos y azules. Lo compran y, de vuelta a casa, él dice que hará falta un saquito de cemento rápido y que ya se acerca él a comprarlo. Ella contesta que vuelve sola y que, mientras tanto, aprovechará para pensar en dónde colocar los azulejos. Él vuelve con el saquito y, por lo de la felicidad conyugal, con una rosa roja:
-Estas rosas también existen.
Ella ríe, lo coge de la mano, lo arrastra hasta la alcoba y le dice que el lugar idóneo para la rosa de los vientos es encima del cabezal de la cama de matrimonio:
-¿Estás segura?
-Pues claro. Quedará muy bonita.
¿Para qué discutir?, ¿para qué explicarle que en ese espacio o no se pone nada o se cuelga un crucifijo para presidir y bendecir sus expansiones? Una rosa de los vientos vertical… Bueno, sí, los vecinos tienen una en la fachada como quien pone un cuidado con el perro. Pero una rosa de los vientos vertical con la N de norte apuntando al techo y la S de sur al suelo… ¿para qué decirle a ella que la rosa de los vientos sirve para marcar rumbos o procedencias del viento y los barcos van hacia el horizonte y los vientos vienen de allí? Por eso, por el horizonte, las rosas de los vientos se sitúan horizontal y no verticalmente.
Como un pararrayos en una bodega, así es una rosa de los vientos en una pared. Y en cualquier lugar de tierra adentro eso no importa, pero en una población marinera donde casi todos saben de vientos…
Pero qué más da si en la alcoba sólo entran ellos. Como aún queda tiempo para la hora de comer, cubre la cama y el cabezal con una sábana vieja para no mancharlos y toma medidas para centrar la rosa de los vientos en relación a la cama. A continuación, sitúa una regleta para que los dos azulejos inferiores quedaran alineados, reparte el cemento, adhiere los azulejos, espera a que se seque y luego adhiere los azulejos superiores. Limpia todo, va a los pies de la cama para mirar con más perspectiva y ve que todo ha salido a la perfección: los cuatro azulejos perfectamente alineados vertical y horizontalmente y sin que ninguno de ellos sobresalga en el plano sobre los demás.
-¿Te gusta cómo ha quedado?
-Tanto que quiero celebrarlo.
Y empieza a desabrocharle la camisa. Se desnudan, él se tumba, ella se arrodilla sobre él, se enganchan y celebran rítmicamente todo su acto amoroso. Al final, ella deja caer su mejilla sobre el pecho de él. Y él le dice:
-No has mirado la rosa de los vientos ni una sola vez.
-Porque te estaba mirando a ti, que me gusta ver las caras que pones. Además, la he mirado mientras nos desnudábamos y la volveré a mirar cuando nos vistamos. Y otra cosa.
-¿Qué?
-Que me ha gustado mucho más que otras veces.

Esa tarde, como todos los sábados por la tarde, tiene su partida de remigio francés, el que se juega con cartas vistas y es una mezcla entre el remigio normal y el chinchón. Ésa es una de las tardes en que va por ir. Sabe que va a perder porque pierde  inevitablemente todos los sábados en que hay tramontana. Y no es porque el ruido del viento en el exterior del bar le impida concentrarse en las cartas sino por alguna causa desconocida. Sabe contar y memorizar cartas y no hace como otros que quedan pendientes de un caballo de bastos cuando uno de ellos está sobre la mesa y el otro hundido en el pozo. Aún así, con tramontana le salen todas las cartas atravesadas.
Un ocho de oros que completaba una escalera, el cuatro de bastos que entraba en un cuatrío y un mono: ésas son las tres cartas con las que ha cerrado y ha ganado las tres partidas que ha jugado. Sale a la calle, la tramontana continúa y se sube la solapa de la chaqueta. Es casi imposible, es la primera vez, en años, que le ocurre. No sabe por qué, pero si dicen que la luna influye sobre las personas, ¿por qué no va a influir el viento? Además una vez leyó… una tontería. O no tanto: leyó que Salvador Dalí decía que todo su genio le venía de la tramontana que soplaba en la Costa Brava. Pues a él, lo mismo pero al revés, a él la tramontana le traía mala suerte. Y a ella…
Entonces cae en lo que había ocurrido por la mañana después de haber pegado los azulejos. Porque ella con tramontana tampoco… Pocas veces decía ella que no y, cuando era que no, no ponía excusa ninguna. Y él tardó en darse cuenta de la relación de causa y efecto. Fue precisamente uno de los muchos sábados en que volvía de la partida tras haber perdido todas las manos. Ella se negó y él se dijo lo de que, además de cornudo, apaleado. Y si la tramontana duraba veinte días… Aunque eso sí, cuando ella se negaba lo hacía con un beso. Luego ponía su sonrisa más dulce mientras decía:
-Pero si quieres te hago alguna alternativa.
Pero él prefería quedarse con las ganas porque ella tampoco admitiría que la alternativa se la devolviera luego él.

Llega a casa, ella le pregunta cómo le ha ido, él contesta que muy bien y le pregunta a su vez qué ha estado haciendo ella mientras tanto:
-He pasado media tarde sentada en la alcoba mirando embobada la rosa de los vientos. Cada vez me gusta más. Y la otra media, en Internet, informándome en la Wikipedia sobre los puntos cardinales y los vientos. No acierto a distinguir la diferencia entre el mistral y la tramontana.
Él sí la sabe. Que con tramontana ella no y con mistral ella sí. Que la tramontana venga de algo más al este que el mistral es cosa secundaria. O que el mistral sea más frío.
La chimenea encendida y la mesa puesta con un candelabro en el centro.
-¿Qué se celebra?
-Lo que te he dicho. Que estoy contenta con nuestra rosa de los vientos.
-¿Te explico cuál es mi rosa de los vientos preferida?, ¿y mi rumbo y mi norte?
-Eso ya me lo contarás después. Y sin palabras, que te explicas mucho mejor.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Libros variados

Durante los últimos días he adquirido los siguientes libros:
Galdós: Napoleón en Chamartín
En la plataforma Iberlibro, tres de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, primera serie:  El 19 de marzo y el 2 de mayo, Napoleón en Chamartín y Juan Martín el Empecinado (Hernando, Madrid: 1961, 1963, 1965). Precio total: 18,10 euros. Con ellos proseguiré la lectura de toda la colección en sus ediciones originales, las que llevaban la bandera española en la portada. Y ya en su momento dediqué en este blog una entrada a una de las novelas de la serie, La corte de Carlos IV.
Y los siguientes libros extranjeros por valor global de 37,10 euros:
En francés, de Albert Camus, L'étranger y La peste, (Gallimard, París: 2011). L'étranger ya la había leído en español hace años pero la voy a releer por una compleja razón: en 2013 se cumple el centenario del nacimiento del autor que era, por parte de madre, descendiente de menorquines, de esas oleadas que emigraron a Argel y, en concreto, del linaje Sintes. Y como el centenario se cumple el 2013, por lo de que el Pisuerga pasa por Valladolid -y el Esgueva también-, parece que en marzo del 2012 se va a celebrar o un ciclo de charlas o una jornada dedicada al autor con varias charlas seguidas en el Cercle Artístic de Ciutadella. Y ahí casi seguro que participaré yo.
En italiano y de Andrea Camilleri, Il giro di boa y La pazienza del ragno (Sellerio, Palermo: 2010), las dos sobre el comisario Montalbano. Durante los años inmediatamente anteriores al 2005 solía visitar Italia al menos una vez al año y así llegué a comprar, casi siempre en la cadena de librerías Feltrinelli, hasta ocho novelas de Camilleri tanto de las dedicadas al comisario Montalbano como las dedicadas a la Vigatà del XVIII; y todas en las cuidadas ediciones de la palermitana Sellerio, siempre con su cuadro en portada, y en la que tengo a otros muchos autores como Sciacia, Tabucchi... Diré que las historias que cuenta Camilleri del comisario Montalbano son de las pocas que pueden leerse de un tirón y deseando no llegar nunca al final.