Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



miércoles, 4 de enero de 2012

Todo un profesional (Presentado y retirado del LIII concurso de relatos Bubok; tema: relatos negros)


Es un profesional en su ramo. Por lo menos a la altura de un Clint Eastwood cuando se sitúa al otro lado de la ley. Eso va pensando mientras conduce por la autopista francesa A-9 a la altura de Béziers. A 130 quilómetros por hora, la velocidad máxima permitida si no llueve. Sólo faltaría que lo pillara un radar y no precisamente por la multa que, de momento, sólo de momento, en Francia no se reclama a los coches extranjeros, sino porque no quiere dejar rastro de su paso.
Por eso mismo, al llegar al peaje de Fabrègues, junto antes de Montpellier, paga en metálico. Conoce la ruta, la ha hecho varias veces yendo aquí y allá, y calcula bien los tiempos: parará a descansar en el área de Marguerittes, al pasar Nîmes, y dos horas más tarde ya serán las doce, la hora de empezar a comer en Francia, y parará en el restaurante Isardrome del área de Saint-Rambert entre Valence y Vienne. Así, como el tráfico vaya medio fluido en la circunvalación este de Lyon, a las tres puede llegar a Ginebra.
Para en el área de Marguerittes, sale del coche con un sobre tamaño folio, va a la caja a por una ficha para la máquina de café, saca su café y se sienta en una mesa apartada. Abre el sobre, saca una foto y la mira mientras va bebiendo el café a pequeños sorbos.
El sobre lo había recibido una semana antes en su apartado de correos. Sólo lo abrió al llegar a casa y encontró dentro varias fotos, de la cara y de cuerpo entero, de una hermosa mujer:
–Vaya hembra, pensó.
Era su objetivo y hasta su nombre –Sandrine- le gustaba. Le daban su localización en Ginebra y se la imaginó moviéndose en los ambientes más selectivos de la ciudad. Movido por la curiosidad –¿a quién se le ocurre querer eliminar tal belleza?- memorizó su nombre entero, salió de casa y cogió el autobús hasta el centro. Anduvo diez minutos, se metió por callejuelas repletas de emigrantes, entró en un locutorio lleno de árabes y pidió una conexión a Internet. Se sentó frente al ordenador y abrió tres ventanas: dejó dos de ellas con la pantalla llena de signos árabes y en la tercera buscó el nombre de esa mujer.
¡Acabáramos! Una estrella del firmamento pornográfico francés. Encontró una página con sus medidas, una fecha de nacimiento por la que sólo tenía 22 años y un número, 274, que, como si se tratara de jugadores de tenis, parecía indicar su posición en un ranking francés de mujeres de su ramo. Y enlaces a fotos en las que mostraba una desnudez perfecta y limpia de tatuajes; luego diversos trailers en los que salía actuando durante veinte segundos acabados los cuales habías de pagar.
-Toda una mujer.
Piensa mientras, aún en el área de Marguerittes, sigue con su café y mirando la foto de su cuerpo. Quitar de en medio tal monumento es casi, casi, como ir al museo del Prado y rociar con salfumán Las meninas.
Prosigue su ruta en medio de los vendavales habituales en esa zona de Francia y pasando camiones y camiones con frutas y verduras de Valencia, Murcia o Almería hacia los mercados europeos. Enlaza en Orange con la A-7 y una hora y media más tarde vuelve a parar en el área de Saint-Rambert a comer: su ensalada y su entrecôte. Y saca otra vez el sobre para mirar esta vez la foto de la cara. Ojos verdes, sonrisa, media melena…
-Si es una niña. Y de aspecto dulce. ¿Cómo habrá ido a parar a esos ambientes? Y, como todo el mundo, tendrá padre y madre… A saber qué habrá hecho. Quizá habrá disgustado al hampa local, quizá alguna otra mujer de debajo de su mismo escalafón la quiera quitar de en medio para subir una posición… No, imposible, la tendría que eliminar a ella y a las 273 que tiene por encima. Pero algo habrá hecho, seguro. Sin embargo, borrar esa sonrisa…
Él la borraría porque para eso es un profesional. Y esa misma tarde. De momento pide la cuenta, paga y aprovecha para sacar la tarjeta de fidelidad del restaurante para que le pongan el sello: por cada 12 comidas tiene una gratis; y ya lleva ocho. Va luego a la tienda y, por treinta euros, compra para su hijo un coche a escala de la marca Bburago, un Lamborghini Diablo de color rojo. Por fin, entra en el servicio y echa un euro en la máquina de sacar brillo a los zapatos. Por educación, por presentarse decente ante su víctima.
Sigue su ruta, no encuentra excesivo tráfico en la circunvalación de Lyon y encara la A-42 para ir a parar, siguiendo el río Ain, a la A-41, la autopista de los Titanes en dirección a Ginebra y el túnel del Montblanc. Sigue pensando en la mujer, tiene las fotos grabadas en el cerebro y vuelve a sus ojos y a su sonrisa de niña. Así llega a lo peor del trayecto, que por eso le llaman la autopista de los Titanes, por la dificultad del trazado con esos larguísimos viaductos a más de cien metros de altura. Tiene vértigo, mucho vértigo al pasarlos y, como no hay espacio para los radares, rebasa en mucho la velocidad máxima aferrado con fuerza al volante. En esos momentos preferiría estar con ella y no precisamente aferrado aún con más fuerza a ese precioso cuerpo desnudo que le vio días atrás en Internet sino frente a ella y mirándola a los ojos. Preferiría también que no existiese, que no hubiera nacido nunca, que estuviera metida en cualquier oficina bancaria de Ginebra trabajando frente a un ordenador, preferiría…
Pero él es un profesional. Por eso ha pagado todos los peajes y el restaurante en metálico, no porque así lo hagan en las películas sino porque es así, porque se trata de pasar sin dejar rastro. Por eso sólo utilizaría el móvil en caso de urgencia y, de momento, lo lleva apagado para no recibir esos mensajes que entran al cruzar las fronteras para decirte que ahora estás en la red SFR o Swisscom. Por eso también decide entrar en Suiza no por Bardonnex, la aduana principal desde la autopista, sino por el lado del CERN, donde hacen experimentos de física nuclear y cosas así. Por esa zona, por Meyrin o Ferney hay dos o tres aduanas casi siempre vacías de vigilancia. Y no quiere pasar por Bardonnex porque, conociendo a la policía suiza, piensa que son capaces de haber puesto cámaras que, como en ciertos parkings, graben y digitalicen las matrículas de los coches; de paso, si no entra por la autopista, se ahorrará pagar la viñeta obligatoria de más de 40 francos suizos que le daría derechos a utilizar autopistas y vías rápidas.
Consigue entrar en Suiza sin problemas y, sin perderse, alcanza el casco urbano de Ginebra. Se orienta, cruza el Ródano, se dirige a la zona de Acacias, sigue y busca aparcamiento en Carouge. Como no tiene monedas suizas para el parquímetro deja un cartel en el parabrisas marcando la hora de llegada y explicando que va a buscar cambio.
-Es lo que tiene este país. Son capaces de meterte en prisión por coger un periódico  de esas cajas sin dejar el dinero y luego, dejas un cartelito así y se lo creen a pies juntillas.
Pero él cumple, por supuesto. Sabe dónde hay un bar, pide un café, paga con un billete de diez francos, vuelve y mete monedas en el parquímetro para el tiempo máximo. Y deambula en espera de la hora. Carouge es un barrio, o más bien un municipio separado de Ginebra por el río Arve, con tiendas elegantes de arte y antigüedades. Sigue pensando en esos ojos y quiere que llegue la hora y que no llegue nunca. Que llegue la hora para ver esa carilla y esos ojos al natural; y que no llegue nunca porque… aunque él sea un profesional…
Ella estará hacia las seis, como cada día, en un bar detrás de la estación de Cornavin con sus amigos. Sí, ya sabe qué bar es, el más elegante de la zona. Luego hay dos o tres bares frecuentados por emigrantes gallegos y portugueses que trabajan en la estación.
Una hora y media antes cambia el coche de sitio para evitar rebasar el tiempo máximo y vuelve a echar monedas. Va a la parada del tranvía, compra un billete y espera. El tranvía cruza el río Arve, pasa por el parque de Plainpalais, cruza el Ródano y sube hasta la plaza Cornavin. Como le sobra tiempo, baja por la rue Montblanc hasta el lago, para ante el reloj floral, espera a ver si encienden el jet d’eau, el chorro de agua, ese géiser artificial en medio del lago, mira el reloj y las seis.
Vuelve a subir por la rue Montblanch y pasa por los subterráneos de la plaza Cornavin que dan a la estación. Sube las escaleras mecánicas y como los andenes y vías están más arriba, elevados con respecto al resto del terreno, camina por los pasillos de debajo.
-¿Y si sacara un billete en la estación con destino a cualquier sitio, a Lausana, que está ahí mismo, y bebiera hasta caer sin sentido?
Pero no, su obligación es seguir. Además, si no cumple, ¿qué pensará la agencia que le ha contratado? No volverían a llamarlo y, seguramente, eso sería lo de menos. Sin titubear, sale al exterior, ve el bar en cuestión y entra decidido. Ahí está ella, en una mesa a la izquierda con dos hombres. Ha dado un vistazo rápido y en ese momento también sonreía mientras se llevaba un vaso de cerveza a la boca. Llega a la barra, pide también una cerveza, deja un billete de cinco francos y va al servicio a estudiar el terreno.
-Todo a pedir de boca. No hay ninguna otra mujer en esa mesa y, si sigue bebiendo cerveza, en algún momento habrá de ir al servicio. Será entonces y en el cuartito que separa el bar de los servicios.
En ese momento, uno de los hombres pide otra ronda y ella se levanta. Va hacia el servicio y él va detrás. La llama por su nombre:
-¿Sandrine?
Ella se gira, él le dice que es la mujer más hermosa que ha visto…
-…la fille la plus jolie du monde.
… y le dispara en el corazón. Por no hacerle un agujero en la frente y destrozar esa cara tan bonita. La coge de la cintura mientras se desploma y, por si es verdad eso de las películas de que encuentran ADN en cualquier sitio, se reprime de darle un beso en la frente.
-Si no lo hubiera hecho yo, lo habría hecho otro. Y yo, al menos, lo he hecho con cariño.
Todo un profesional.

1 comentario:

  1. Genial tu forma de narrar: lo que comentó Sacra en el foro de Bubok es cierto.
    Y una pena que lo retiraras.

    ResponderEliminar