Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



sábado, 28 de enero de 2012

El crack, de José Luis Garci

El crack, José Luis Garci (1981)
El sábado pasado 15 de octubre dieron por la 1 de TVE, dentro del programa Versión española, la película El crack de José Luis Garci. Debe de ser, junto a Apocalypse now y La naranja mecánica, la única película que he visto hasta tres veces mientras que, como contaba aquí no hace mucho, con otras como Matrix me he dormido una y otra vez sin alcanzar nunca el final.
Me gusta la película a pesar de ser de Garci, a quien se ve que dieron un óscar, y la vi a pesar de que la echaban por la 1, esto es, sin intermedios publicitarios que te permitan ir a mear o a lavarte los dientes. La ventaja es que en el programa Versión española, presentado por la prescindible Cayetana Guillén Cuervo que es, o era, que estas cosas nunca se sabe lo que duran, la chati del mismo Garci, han eliminado el coloquio previo a la película. Será que se han dado cuenta de que eso de cinefórum y coloquios suena a los tiempos de la transición con aquel José Luis Balbín.
Ya entrando en tema, impecable Alfredo Landa en su papel de Humphrey Bogart. Porque ese vendría a ser el eje de la película, una fusión de lo típicamente español con la visión que de los USA se tiene a través del cine y, sobre todo, del cine negro: repetidos planos de la Gran Vía de Madrid –diría que de Callao-, que al final de la película tendrán su reflejo en planos paralelos de alguna avenida neoyorquina en los que coincidirán hasta los anuncios luminosos; las repetidas escenas del detective afeitándose en la barbería: no creo que a principios de los 80 la gente se afeitara en la barbería pero esas escenas serían eco de otras como las de mafiosos afeitándose y siendo asesinados en la barbería tanto en El padrino (1, pero cuando se cita El Padrino siempre es la 1) como en la realidad, que fue Albert Anastasia quien murió así en una guerra mafiosa de finales de los 50; el ambiente de boxeo, también propio del cine negro y aquí insertado en plena Gran Vía madrileña; o unas partidas de algo tan típicamente español como el mus que, envueltas entre el humo del tabaco, parecen timbas de póker.

María Casanova
Otros aspectos serían el tono melancólico que recorre toda la película a cargo, sobre todo, de María Casanova en su papel de antiheroína -si no existe la palabra, aquí estoy yo para inventármela- como amante del detective sin derecho a roce. Error gordo del guionista -o quien sea- es que le hagan decir la siguiente frase: Nos tomamos un sandwich antes de ir al cine. ¿Qué mujer española va diciendo eso por la vida? Máxime cuando en otro lugar se ha dicho de un policía que se alimenta de café, tabaco y bocadillos de calamares.
Destacan también esos bigotitos tan españoles de su tiempo que lucen el protagonista u otros personajes. O Miguel Rellán en uno de los papeles de su vida; el otro sería el que hace en El bosque animado.

martes, 24 de enero de 2012

Un gran día

Plaça des Born, Ajuntament de Ciutadella
Pues yo no sé cómo las teles, por ejemplo Antena 3 en el telediario del sábado, insistían tanto, por lo demás como cada año, en que esta semana era ese superpuente que ya llaman acueducto: ¿no hemos quedado en que el índice de paro supera el 20%?, ¿a que, entonces, es de mal gusto o falta de tacto hablar de la gente que hace puente? Pues todo eso para decir que a mí no me ha parecido ver por aquí nadie con cara forastera haciendo ese puente.
Pero a lo que iba, que hay días en que uno no hace nada fuera de lo normal y se convierten en un gran día. Por ejemplo:
Catedral
 A las diez dejo el coche frente al mar. Como hacía un día claro se veían las montañas de Mallorca y estaba amarrado en el muelle nuevo el barco de la Balearia que acababa de llegar de Alcudia. Voy a tomar café al Fusion y está cerrado por vacaciones aunque ya llevan un par de meses así, sigo andando y, dando vueltas, voy hasta el Passeig de sant Nicolau; sigo por plaça des Born, ses Voltes, plaça ses Palmeres y -todo eso es un paseo de media hora- me paro en es Molí des Comte para el café. Leo la prensa local y los máximos problemas son: que, como los turistas vienen con paquetes de todo incluido, no salen del hotel y no gastan fuera; y la mala racha del Sporting Mahonés en fútbol. Todo en orden. Vuelvo hacia el coche por otra ruta: sa Contramurada hasta plaça des Pins, plaça Menorca y ya está, a casa. Barro las flores de la buganvilla, entro en internet a ver cómo está el planeta y también en orden: la bolsa con su rally alcista de cada fin de año y, en yahoo, como noticia de la España cañí, que el alcalde de Villalbilla (Madrid) gastó 590 euros desde su móvil oficial en SMS para participar en un concurso en el que sorteaban un Porsche.
Ses Voltes
 La hora de comer y, a la hora de la siesta, el serial Amar en tiempos revueltos al que voy a acabar por abandonar porque ya le he pillado un par de fallos gordos en los diálogos. El otro día, hablando de la sordera de su hija dice el Marce: si es blanco y en botella... ; claro, eso es leche, pero la expresión es moderna y no cuadra en 1956 donde está la serie porque por entonces la mayoría de la leche se vendía a granel y la gente iba a la lechería con la lechera. O cuando Rubín le dice a Rocío, su jefa: ¿Te has cabreado porque...?; una cosa es que los niños de la ESO o sus padres no sepan que cabrear es voz malsonante y otra cosa que no lo sepan los guionistas de la serie: en 1956 eso no se lo dice un hombre a una mujer y menos a su jefa. Pues eso, al próximo error de ese tipo abandono la serie y los pongo en orden en su página oficial.
El resto de la tarde, de estrés total: en el supermercado no he estado más de siete minutos. Y luego, aquí enredando en internet, que me ha entrado un imeil de los que van corriendo por la red en el que se denigra a la pobre Leire Pajín, que no podrá seguir siendo ministra, y he preparado una entrada para pasadomañana en el blog en el que saldré en su defensa cual caballero medieval. También he estado leyendo lo que me va, las historias de corsarios menorquines en tiempos de la dominación inglesa de Menorca, concretamente el recientísimo libro Els corsaris menorquins de Marc Pellicer Benejam (S'auba, Sant Lluís: 2011) con más de 22 páginas dedicadas a mi antepasado directo Francesc Maspoch, capitan del Sant Antoni de Pàdua con unas historias inverosímiles: que si capturan un barco negrero francés y han de ir al Mediterráneo oriental a vender los esclavos, que si la mañana del 23 de junio de 1780 están cinco horas cruzando cañonazos con la galeota española Conde del Asalto en la costa catalana frente a las islas Medas y a los dos se les acaba la munición...
Y ahora voy a ver si me invento algo para Bubok por ese proceso creativo que siempre me ha dado resultado: me saco una palabra rarilla, por ejemplo cairel o pámpano, y a partir de ahí empiezo a parir sin saber si saldrá un poema o un relato, pero algo sale. Después a cenar y luego, CSI en Tele 5. Lo que digo, estrés total. Si todos los días fueran así... Ah, no sé si alguien ha leído Un día en la vida de Iván Denísovich (1962) de Alexander Solzhenitsyn, premio nóbel en 1970, sobre la vida en un gulag. Pues casi lo mismo.
Port de Ciutadella



viernes, 20 de enero de 2012

Aiden Ashley, una actriz porno


Ya saben quienes me siguen que de vez en cuando dejo de hablar de literatura y otras culturitas y me pongo serio en el blog. Hoy es uno de esos momentos.
Empezaré por las ramas diciendo que los grandes autores del realismo o el naturalismo del XIX, un Galdós o un Zola por ejemplo, tomaban apuntes del natural. Significa eso que antes de presentar a un personaje en una estación de ferrocarril o una farmacia, acudían allí y tomaban notas minuciosamente para describirlas.
Algo así pretendía yo cuando he caído ante esta niña. Dando vueltas por la red para documentarme, lo juro. Y a veces ocurre eso, que uno no puede pasar de largo sin más y ha de pararse ante una mujer así aunque sólo sea para mirarla.
Se llama Aiden Ashley y nació en Estados Unidos en febrero de 1990: 21 añitos. Se dedica a posados fotográficos y a vídeos pornográficos pero selectivos: o en pareja con otra mujer o ella solita; y con puestas en escenas cuidadas.
El color blanco de la piel es precioso y, además, la tiene limpia de tatuajes. Quizá le falla, para el gusto español o para el mío, el rasurado entre las piernas, pero es lo que se lleva. Una buena mata de pelo del mismo color que el cabello y en contraste con esa piel tan blanca...
Por lo demás, es más que convincente en sus actuaciones, mejor en pareja que en sus soledades: muy expresiva de cuerpo y de cara en los momentos álgidos, gestos cariñosos y sonrisa dulce en el resto... Es de Arizona, anda por Los Ángeles y parece accesible, que tiene su blog y cuenta sus cosas por Twitter: que si cuando va a casa de sus padres su madre no la deja fumar, que si el jueves estuvo de compras en Beverly Hills, que si su perrito, que si cuando va a Nueva York las mujeres de allí le parecen horrorosas vistiendo y con zapatos que son más bien contenedores de basura... No sé, debe de ser una pija de cuidado pero es una mujer que, a pesar de ello y de lo que se ve en las fotos, por esas cosas inexplicables me inspira sobre todo ternura.
(Aviso legal: de aquí hacia abajo sólo pueden mirar los mayores de 18 años, que conste)











Aiden Ashley y Andy San Dimas

lunes, 16 de enero de 2012

Apocalypse Now Redux, de Francis Ford Coppola

Apocalypse Now Redux (Francis Ford Coppola, 1979)
Es una buena labor la que hace la Sexta 3 con el cine: buenas y clásicas películas con intermedios publicitarios soportables. Y el domingo 18 de diciembre dieron Apocalypse Now, una mis dos películas preferidas. La otra es La naranja mecánica, claro.
Y, para mí, es una buena película porque cada vez que la veo le voy descubriendo detalles.
Sin haber leído la novela de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, en la siempre he oído decir que se basa, mi lectura es simple, la misma que sirve para toda novela itinerante: el héroe, el capitán Willard, ha de atravesar los mil peligros -pueblos y puentes tomados por el Vietcong, tribus salvajes, ...- para conseguir llegar hasta su objetivo, el coronel Kurtz. Que eso puede suponer un descenso a los infiernos, pues vale; que a medida que avanza en el viaje, Willard va leyendo el currículum de Kurtz y se va sintiendo cada vez más identificado con él, pues vale también máxime cuando al comienzo de la película también Willard está loco; que al matar Willard a Kurtz al final puede darse una interpretación freudiana por la que mata al padre y lo suplanta, pues vale también. Pero el esqueleto es simple: el héroe atraviesa los mil peligros para llegar de un punto A a otro punto B, como Ulises en La Odisea, como el pueblo de Israel en el Éxodo, como don Quijote... Hasta se podría aplicar la fórmula en la que, según demostró Vladimir Propp en su Morfología del cuento (Fundamentos, Madrid: 1987), se basan los cuentos folclóricos.
Por lo demás, los detalles geniales de la película: el militar interpretado por Robert Duvall, mi personaje preferido al que entiendo como antecedente y a la vez reverso de Kurtz, tomando una decisión estratégica dependiendo de dónde hay mejores olas para hacer surf; y los helicópteros, claro, con Wagner; o el corneta tocando retirada al estilo de un fuerte del oeste; o el reparto de las cartas de la muerte; o las frases Me gusta el olor de napalm por la mañana...; ¡Qué pestazo a gasolina quemada... Aquella colina olía a victoria!  Como el surfista californiano que se pasa colgado todo el trayecto y que significativamente es el único de la tripulación que se salva; suya es la frase, referida al ambiente de la guerra: Esto es mejor que Disneylandia. Un puntazo también el del Cucaracha en el puente cuando, en medio de la noche y guiándose por el oído, consigue cargarse con un minimortero al enemigo del otro lado del puente.
Me sobra, en cambio, algún momento lacrimógeno como cuando muere el negro de Harlem mientras está escuchando un casette que ha recibido por correo y la voz de su madre le está diciendo que esquive todas las balas y vuelva a casa.
Y me sobran también todos los añadidos en esa versión redux de 2002. Si ya estaba bien la versión de 1979, ¿a qué variarla? Lo que dice Juan Ramón Jiménez: No lo toques más / que así es la rosa. ¿Qué necesidad hay de que le roben la tabla de surf al militar encarnado por R. Duvall?, ¿para qué sacar por segunda vez a las nenas de Play Boy? Y sobre todo, la larga estancia con los franceses, ¿a qué viene?: quizá tiene una intención didáctica y pretendía explicar en USA que esa guerra la comenzó Francia. Pero para mí ese episodio sólo tendría un pase si la intención del director fuera la de mostrar el desnudo precioso de esa mujer a través de la mosquitera.
Por fín, otro detalle que está muy bien es el de las constantes superposiciones de imágenes. Ahí abajo se verá un ejemplo con la cara de Willard invertida y helicópteros superpuestos mientras suena The end. El fragmento corresponde al comienzo de la película pero diría que en esta versión de Youtube hay un problema de sincronización; si no recuerdo mal, la voz de Jim Morrison diciendo This is the end aparece en el mismo momento en que cae el napalm sobre la selva


jueves, 12 de enero de 2012

El resplandor, de Stanley Kubrick

El resplandor (The Shining), Stanley Kubrick (1980)
La tarde del sábado 7 de enero, por la Sexta, echaron esta película del gran maestro del que, según mi entender y exceptuando su última película, Eyes Wide Shut (1999), todo fueron aciertos.
Es una adaptación de una novela del mismo título de Stephen King y, como tal, una película de terror. Y haré un breve comentario sobre ello para decir que es muy diferente ver una película de terror -o de lo que sea- tumbado en el sofá de casa que en la oscuridad de un cine. Diré, por ejemplo, que yo vi de estreno El exorcista en Londres en 1974; pues bien, como por entonces, a diferencia de España, en los cines ingleses se podía fumar en una de las tres zonas en las que los dividían los dos pasillos, se podía ver cómo, al acabar cada escena de terror, en esa zona del cine todo eran lucecitas de gente que encendía su cigarrito.
Y es una película de terror con tópicos del género, al menos la casa -en este caso el hotel- encantada por estar construida sobre un cementerio indio; el niño que oye una voz interior, variante del amigo invisible, y que, en tanto vidente, prevé que algo malo va a ocurrir en ese hotel; la mujer hermosa que, al ser abrazada, se convierte en vieja decrépita (quizá derivación del mito de Melusina); la prohibición de entrar en un espacio, la habitación 237... Y, al contrario, rompe con otro tópico del género al tratar con gran luminosidad la mayoría de espacios: prácticamente todos excepto los pasillos helados del final por donde Jack Torrance persigue a su hijo. Lo curioso es cómo se crea toda una atmósfera inquietante en ese espacio, por lo demás tan amplio: con el niño corriendo con el triciclo por los pasillos; con la madre descubriendo que, a pesar de que su marido le pide que no le moleste mientras escribe, sólo ha llenado folios y folios con la misma frase repetida hasta la saciedad.
Genial la interpretación de Jack Nicholson por las caras que va poniendo para marcar su deriva mental hacia la esquizofrenia: supongo que a eso apunta su diferente comportamiento, agresivo frente a su familia y sociable ante los personajes que alucina como el barman o el camarero; o quizá esos personajes son fantasmas, que también su mujer los ve en la escena del personaje disfrazado de osito practicando una felación. Genial también el doblaje en español de su mujer por la sin par Verónica Forqué aunque para eso ya podía haber interpretado el personaje ella misma.
Y la famosa escena del ascensor vomitando sangre que se va repitiendo desde el principio, cuando el niño ya está viendo lo que va a pasar porque, según le dirá el jefe de cocina con el que se comunicará telepáticamente, tiene el resplandor: por eso repite y escribe la palabra redrum (murder, asesino, al revés) momentos antes de que su padre acuda con el hacha a matarlos.
O la escena final con Jack Torrance retratado en una fotografía de grupo datada en 1921 y que apunta a que algún antepasado suyo ya había estado en el hotel y había cometido allí alguna atrocidad como uno de los que le habían antecedido en el mismo trabajo.

domingo, 8 de enero de 2012

La isla del doctor Moreau

Bárbara Carrera
La isla del doctor Moreau (The Island of Dr. Moreau), Don Taylor (1977)
El sábado 31 de diciembre dieron esa película en la sobremesa de la Nitro y la estuve viendo. Es una de las varias versiones de la novela (1896) del mismo nombre de H. G. Welles. Ni he leído esa novela ni he visto ninguna de las otras versiones, la última con Marlon Brando en 1996. Es más, hasta hace poco no conocía ni la novela ni la película. Concretamente supe de ella a partir de un libro que reseñé aquí, Máscaras de la ficción de Román Gubern. Como dije ahí, el autor clasifica temas o tipos de la literatura y luego rastrea su tratamiento en el cine. Por supuesto, sitúa al doctor Moreau del lado del doctor Frankenstein.
Por esa razón, por haber leído sobre la obra, vi la película. Esta versión en concreto está protagonizada por Burt Lancaster con Michael York, la chica Bond Bárbara Carrera, Richard Basehart, el que mandaba el Seawiew en la serie de los 60 Viaje al fondo del mar y que aquí hace un papel de simioide...
El argumento, resumido, consiste en la llegada de un náufrago (Michael York) a una isla del Pacífico donde el doctor Moreau (Burt Lancaster) realiza experimentos genéticos intentando transformar animales en hombres; se produce un constante enfrentamiento entre el doctor y el náufrago por el que el primero aboga por la ciencia experimental con animales mientras el segundo entiende que la naturaleza ha de discurrir según sus propias leyes. Al final, las criaturas de Moreau se rebelan contra él, lo matan, destruyen su casa y su laboratorio, y el náufrago logra huir en la misma barca en la que había llegado.
Los paralelos con Frankenstein, según se ve, son constantes: 1º) La experimentación -fallida- con criaturas artificiales, esta vez animales a mitad de camino de ser hombres. 2º) La rebelión de las criaturas contra su creador destruyéndolo: es el castigo por asimilarse a Dios; a Dios también se le rebelan algunas de sus criaturas pero no podrán con él y, de ahí, el ángel caído. 3º) Y un detalle sobre el que, según dije en la reseña antedicha, hace hincapié Román Gubern: el doctor Frankenstein renuncia a casarse y, con ello, a la paternidad biológica, y prefiere la paternidad artificial; aquí Moreau vive con una mujer (Bárbara Carrera), dice haberla recogido con 11 años en un lupanar pero, a pesar de la feminidad de esa mujer según se aprecia en las imágenes de arriba, no tiene trato carnal con ella y prefiere encerrarse en su laboratorio para generar hombres a partir de animales (1).
Algunos detalles más: 1º) La oposición visual entre la belleza de Bárbara Carrera, que acabará huyendo con el náufrago, y la monstruosidad de las criaturas. 2º) La cueva: las criaturas viven en una cueva con un líder (Richard Basehart) que transmite las leyes del amo; los humanos, en cambio, viven en un recinto cerrado por una empalizada y al que no tienen acceso las criaturas: salta así la contradicción de que el mismo Moreau que está intentando convertirlos en hombres les niega el acceso al espacio de los hombres y los relega a esa cueva que, remitiendo al mito de la caverna platónico, les impide el conocimiento de la realidad. 3º) La oposición espacial entre naturaleza y civilización: la isla que Moreau ha convertido en un espacio poblado por monstruos era de una naturaleza paradisíaca; el náufrago vendrá del punto opuesto, de la civilización industrial inglesa, y volverá a ella; así, se puede leer que la labor de ese náufrago ha sido restablecer el orden devolviendo la isla a su primitivo estado natural: incluso las mismas criaturas que destruyen a Moreau son luego devoradas por animales salvajes.
1.- Anecdóticamente diré que en otra película, Novecento, a Burt Lancaster se le asigna un rasgo parecido: al comienzo, ya anciano, se hace tocar por una niña y, como no reacciona, toma conciencia de su impotencia y, por ello, se suicida.

miércoles, 4 de enero de 2012

Todo un profesional (Presentado y retirado del LIII concurso de relatos Bubok; tema: relatos negros)


Es un profesional en su ramo. Por lo menos a la altura de un Clint Eastwood cuando se sitúa al otro lado de la ley. Eso va pensando mientras conduce por la autopista francesa A-9 a la altura de Béziers. A 130 quilómetros por hora, la velocidad máxima permitida si no llueve. Sólo faltaría que lo pillara un radar y no precisamente por la multa que, de momento, sólo de momento, en Francia no se reclama a los coches extranjeros, sino porque no quiere dejar rastro de su paso.
Por eso mismo, al llegar al peaje de Fabrègues, junto antes de Montpellier, paga en metálico. Conoce la ruta, la ha hecho varias veces yendo aquí y allá, y calcula bien los tiempos: parará a descansar en el área de Marguerittes, al pasar Nîmes, y dos horas más tarde ya serán las doce, la hora de empezar a comer en Francia, y parará en el restaurante Isardrome del área de Saint-Rambert entre Valence y Vienne. Así, como el tráfico vaya medio fluido en la circunvalación este de Lyon, a las tres puede llegar a Ginebra.
Para en el área de Marguerittes, sale del coche con un sobre tamaño folio, va a la caja a por una ficha para la máquina de café, saca su café y se sienta en una mesa apartada. Abre el sobre, saca una foto y la mira mientras va bebiendo el café a pequeños sorbos.
El sobre lo había recibido una semana antes en su apartado de correos. Sólo lo abrió al llegar a casa y encontró dentro varias fotos, de la cara y de cuerpo entero, de una hermosa mujer:
–Vaya hembra, pensó.
Era su objetivo y hasta su nombre –Sandrine- le gustaba. Le daban su localización en Ginebra y se la imaginó moviéndose en los ambientes más selectivos de la ciudad. Movido por la curiosidad –¿a quién se le ocurre querer eliminar tal belleza?- memorizó su nombre entero, salió de casa y cogió el autobús hasta el centro. Anduvo diez minutos, se metió por callejuelas repletas de emigrantes, entró en un locutorio lleno de árabes y pidió una conexión a Internet. Se sentó frente al ordenador y abrió tres ventanas: dejó dos de ellas con la pantalla llena de signos árabes y en la tercera buscó el nombre de esa mujer.
¡Acabáramos! Una estrella del firmamento pornográfico francés. Encontró una página con sus medidas, una fecha de nacimiento por la que sólo tenía 22 años y un número, 274, que, como si se tratara de jugadores de tenis, parecía indicar su posición en un ranking francés de mujeres de su ramo. Y enlaces a fotos en las que mostraba una desnudez perfecta y limpia de tatuajes; luego diversos trailers en los que salía actuando durante veinte segundos acabados los cuales habías de pagar.
-Toda una mujer.
Piensa mientras, aún en el área de Marguerittes, sigue con su café y mirando la foto de su cuerpo. Quitar de en medio tal monumento es casi, casi, como ir al museo del Prado y rociar con salfumán Las meninas.
Prosigue su ruta en medio de los vendavales habituales en esa zona de Francia y pasando camiones y camiones con frutas y verduras de Valencia, Murcia o Almería hacia los mercados europeos. Enlaza en Orange con la A-7 y una hora y media más tarde vuelve a parar en el área de Saint-Rambert a comer: su ensalada y su entrecôte. Y saca otra vez el sobre para mirar esta vez la foto de la cara. Ojos verdes, sonrisa, media melena…
-Si es una niña. Y de aspecto dulce. ¿Cómo habrá ido a parar a esos ambientes? Y, como todo el mundo, tendrá padre y madre… A saber qué habrá hecho. Quizá habrá disgustado al hampa local, quizá alguna otra mujer de debajo de su mismo escalafón la quiera quitar de en medio para subir una posición… No, imposible, la tendría que eliminar a ella y a las 273 que tiene por encima. Pero algo habrá hecho, seguro. Sin embargo, borrar esa sonrisa…
Él la borraría porque para eso es un profesional. Y esa misma tarde. De momento pide la cuenta, paga y aprovecha para sacar la tarjeta de fidelidad del restaurante para que le pongan el sello: por cada 12 comidas tiene una gratis; y ya lleva ocho. Va luego a la tienda y, por treinta euros, compra para su hijo un coche a escala de la marca Bburago, un Lamborghini Diablo de color rojo. Por fin, entra en el servicio y echa un euro en la máquina de sacar brillo a los zapatos. Por educación, por presentarse decente ante su víctima.
Sigue su ruta, no encuentra excesivo tráfico en la circunvalación de Lyon y encara la A-42 para ir a parar, siguiendo el río Ain, a la A-41, la autopista de los Titanes en dirección a Ginebra y el túnel del Montblanc. Sigue pensando en la mujer, tiene las fotos grabadas en el cerebro y vuelve a sus ojos y a su sonrisa de niña. Así llega a lo peor del trayecto, que por eso le llaman la autopista de los Titanes, por la dificultad del trazado con esos larguísimos viaductos a más de cien metros de altura. Tiene vértigo, mucho vértigo al pasarlos y, como no hay espacio para los radares, rebasa en mucho la velocidad máxima aferrado con fuerza al volante. En esos momentos preferiría estar con ella y no precisamente aferrado aún con más fuerza a ese precioso cuerpo desnudo que le vio días atrás en Internet sino frente a ella y mirándola a los ojos. Preferiría también que no existiese, que no hubiera nacido nunca, que estuviera metida en cualquier oficina bancaria de Ginebra trabajando frente a un ordenador, preferiría…
Pero él es un profesional. Por eso ha pagado todos los peajes y el restaurante en metálico, no porque así lo hagan en las películas sino porque es así, porque se trata de pasar sin dejar rastro. Por eso sólo utilizaría el móvil en caso de urgencia y, de momento, lo lleva apagado para no recibir esos mensajes que entran al cruzar las fronteras para decirte que ahora estás en la red SFR o Swisscom. Por eso también decide entrar en Suiza no por Bardonnex, la aduana principal desde la autopista, sino por el lado del CERN, donde hacen experimentos de física nuclear y cosas así. Por esa zona, por Meyrin o Ferney hay dos o tres aduanas casi siempre vacías de vigilancia. Y no quiere pasar por Bardonnex porque, conociendo a la policía suiza, piensa que son capaces de haber puesto cámaras que, como en ciertos parkings, graben y digitalicen las matrículas de los coches; de paso, si no entra por la autopista, se ahorrará pagar la viñeta obligatoria de más de 40 francos suizos que le daría derechos a utilizar autopistas y vías rápidas.
Consigue entrar en Suiza sin problemas y, sin perderse, alcanza el casco urbano de Ginebra. Se orienta, cruza el Ródano, se dirige a la zona de Acacias, sigue y busca aparcamiento en Carouge. Como no tiene monedas suizas para el parquímetro deja un cartel en el parabrisas marcando la hora de llegada y explicando que va a buscar cambio.
-Es lo que tiene este país. Son capaces de meterte en prisión por coger un periódico  de esas cajas sin dejar el dinero y luego, dejas un cartelito así y se lo creen a pies juntillas.
Pero él cumple, por supuesto. Sabe dónde hay un bar, pide un café, paga con un billete de diez francos, vuelve y mete monedas en el parquímetro para el tiempo máximo. Y deambula en espera de la hora. Carouge es un barrio, o más bien un municipio separado de Ginebra por el río Arve, con tiendas elegantes de arte y antigüedades. Sigue pensando en esos ojos y quiere que llegue la hora y que no llegue nunca. Que llegue la hora para ver esa carilla y esos ojos al natural; y que no llegue nunca porque… aunque él sea un profesional…
Ella estará hacia las seis, como cada día, en un bar detrás de la estación de Cornavin con sus amigos. Sí, ya sabe qué bar es, el más elegante de la zona. Luego hay dos o tres bares frecuentados por emigrantes gallegos y portugueses que trabajan en la estación.
Una hora y media antes cambia el coche de sitio para evitar rebasar el tiempo máximo y vuelve a echar monedas. Va a la parada del tranvía, compra un billete y espera. El tranvía cruza el río Arve, pasa por el parque de Plainpalais, cruza el Ródano y sube hasta la plaza Cornavin. Como le sobra tiempo, baja por la rue Montblanc hasta el lago, para ante el reloj floral, espera a ver si encienden el jet d’eau, el chorro de agua, ese géiser artificial en medio del lago, mira el reloj y las seis.
Vuelve a subir por la rue Montblanch y pasa por los subterráneos de la plaza Cornavin que dan a la estación. Sube las escaleras mecánicas y como los andenes y vías están más arriba, elevados con respecto al resto del terreno, camina por los pasillos de debajo.
-¿Y si sacara un billete en la estación con destino a cualquier sitio, a Lausana, que está ahí mismo, y bebiera hasta caer sin sentido?
Pero no, su obligación es seguir. Además, si no cumple, ¿qué pensará la agencia que le ha contratado? No volverían a llamarlo y, seguramente, eso sería lo de menos. Sin titubear, sale al exterior, ve el bar en cuestión y entra decidido. Ahí está ella, en una mesa a la izquierda con dos hombres. Ha dado un vistazo rápido y en ese momento también sonreía mientras se llevaba un vaso de cerveza a la boca. Llega a la barra, pide también una cerveza, deja un billete de cinco francos y va al servicio a estudiar el terreno.
-Todo a pedir de boca. No hay ninguna otra mujer en esa mesa y, si sigue bebiendo cerveza, en algún momento habrá de ir al servicio. Será entonces y en el cuartito que separa el bar de los servicios.
En ese momento, uno de los hombres pide otra ronda y ella se levanta. Va hacia el servicio y él va detrás. La llama por su nombre:
-¿Sandrine?
Ella se gira, él le dice que es la mujer más hermosa que ha visto…
-…la fille la plus jolie du monde.
… y le dispara en el corazón. Por no hacerle un agujero en la frente y destrozar esa cara tan bonita. La coge de la cintura mientras se desploma y, por si es verdad eso de las películas de que encuentran ADN en cualquier sitio, se reprime de darle un beso en la frente.
-Si no lo hubiera hecho yo, lo habría hecho otro. Y yo, al menos, lo he hecho con cariño.
Todo un profesional.

Cesária Évora (1941-2011)


No sé si ha sido por el ruido informativo de los últimos días, que si el Barça ha ganado no sé qué y Mariano no sé cuántos, sólo ayer supe de la muerte de Cesária Évora el viernes pasado. La caboverdiana, la que cantaba descalza sobre el escenario. Se ha ido. Se ha ido otra de las grandes voces femeninas en portugués cuando el mundo -o sea yo- aún no se ha recuperado de la muerte de Amália. ¿Ahora quién queda?: si acaso Ana Carolina en Brasil y, de entre las novas fadistas, para mí Mafalda Arnauth.
Dejo ahí una canción popular de su cedé Café atlántico, Flor di nha esperança: