Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



lunes, 31 de diciembre de 2012

El hobbit: un viaje inesperado

Cate Blanchett
El hobbit: un viaje inesperado (The Hobbit: An Unexpected Journey, Peter Jackson, 2012)
Pues nada, que el día 24 de diciembre mi niño me sacó al cine a ver El hobbit. Y, de momento, va a ser que no. Quizá cuando la vea media docena de veces... pero de momento, no y no.
Resumiendo la razón: todo lo que tenía que decirnos visualmente el director ya nos lo dijo -y muy bien- en la trilogía dEl señor de los anillos: valga como ejemplo que aquí el submundo de los orcos es eco del que ya nos había presentado en la torre de Saruman; o esas repeticiones de grandes estatuas flanqueando puertas que ya estaban en el río Anduin cuando la compañía llegaba a Gondor.
Para mi gusto sólo se salva Gollum, que es mi héroe particular y, si me pongo, el verdadero héroe de toda la serie porque es el único que sabe habitar el bien y el mal, no como Frodo, Gandalf, los orcos, que no ven más mundo que el suyo. Y de la película se salva también, por supuesto, la nena de arriba: pero ello no es mérito de Tolkien ni de Peter Jackson.
Por último, una pregunta. Vamos a ver, Peter Jackson, que yo me leí El señor de los anillos y El hobbit allá por los ochenta en las ediciones de Minotauro: si el grosor dEl hobbit es la mitad de cualquiera de los tres tomos dEl señor de los anillos, ¿no te parece un poco desproporcionado dividir El hobbit en dos partes de modo que dure el doble que cualquier parte de la trilogía?  Dicho de otra manera: guardando las proporciones, El hobbit tendría que durar la mitad y no el doble que, por ejemplo, La comunidad del anillo.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Ramoncín, Putney Bridge

Bueno, ya me he enterado de que han pringado a Ramoncín con la historia de la S.G.A.E. Pero para mí sigue siendo imprescindible y por eso ya lo saqué otra vez. Diría que tengo todo lo suyo en elepé, lo que ahora se ha venido en llamar vinilo en dialecto snob. Traigo aquí Putney Bridge, una oda al punk, de los tiempos del punk londinense, sobre todo en Chelsea. Putney Bridge, para el que conozca Londres, está más allá, en un ramal de la District Line del metro que baja hacia Wimbledon.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Sorayita


Pues que digan lo que digan de ella, que a mí me parece una mujer angelical. Véase esa carilla de no haber roto nunca un plato. Y no digo nada de la relación erótica que establece todo español con ella cuando aparece los viernes con su sonrisa anunciando un nuevo recorte. De mujer angelical a hembra dominante látigo en mano y todo españolito ante la televisión pensando: "castígame más, que me lo merezco".
Aquí, en esta otra foto, de niña de derechas. Como tiene que ser una niña, que de izquierdas ya no quedan; ni niñas ni niños. Y con cutis, como decían aquellos niños de Miguel Delibes en Camino de que las niñas de ciudad, a diferencia de las de pueblo, tenían cutis. Aquí lo tiene moreno. Y de escote, nada: que se adivine todo, no como ésas que van enseñando medio canalillo y ya le impiden que uno se lo pueda imaginar. Ahora bien: dan ganas de cogerle los dos extremos del fular, tirar de ellos y decirle: "Anda, déjate de tonterías y ven p'aquí".
Luego ya, lo que suele pasar con las niñas de los colegios de monjas, que una vez desbravadas... Hasta con el pelo alborotado, como la chica yeyé de Concha Velasco, y mirada insinuante. Con transparencia y enseñando el pie izquierdo, que hay que fiarse siempre de una mujer que enseña los pies. Pa'cogerla, darle mordiscos y olvidarse de que a lo que íbamos era a convencerla de que no nos bajara la pensión.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Ana & Johnny, Yo también necesito amar

Casi, casi el Je t'aime, moi non plus de Jane Birkin y Serge Gaingsbourg pero en español y bastantes años más tarde, del 76 si no yerro. Véase él: peinado de época, el mismo que lucía un Camilo Sesto o un Junior si es cierto que eran dos personas distintas; era lo que se llevaba pero le da un toque afeminado que para nada cuadra ni con la voz grave ni con el tema. Ella, en cambio, hembra racial. La letra, impagable: él intenta convencerla de que se abra de piernas con argumentos como "Acuéstate, disfruta tu libertad para descubrir un cielo de realidad". Ella se deja convencer rápido con un glorioso "Tómame, libérame del pudor y muéstrame tu cielo confortador". Y a saber qué será ese "cielo confortador que él le enseña". Ah, y si no recuerdo mal los dos eran hermanos; o sea, todo un incesto llevado al pop.
(Nota bene: lo de Johnny con dos enes no es errata mía)

sábado, 15 de diciembre de 2012

Seven

Seven (Seven, David Fincher, 1995)
Este miércoles 12 de diciembre vi por la Sexta la película Seven. Por supuesto, me quedé dormido; más o menos después del tercer asesinato. En su tiempo hubo muy buenas críticas no recuerdo por qué. Pero lo primero: ¿cómo es que se traduce el título de unas películas y no de otras?, ¿tanto cuesta traducir seven por siete que suena muchísimo mejor por el mero hecho de que el castellano no se pronuncia con la boca llena de mocos como pasa con el inglés americano?
Luego otro detallito: o sea, se deduce quién es el asesino porque, si no entendí mal, es la única persona que ha leído el Infierno de Dante y los Cuentos de Canterbury de Chaucer. Bueno, no sé, yo he leído el Infierno pero no los Cuentos de Canterbury; pero los tengo: en inglés y por eso no los he leído. Adonde voy a parar: ¿tan bajo es el nivel intelectual de la autoproclamada nación-más-poderosa-del-mundo que sólo hay una persona que haya leído esos dos libros. Además, lo pillan porque los pide prestados en  una biblioteca. O sea, ¿no podía haberlos comprado?
Pues eso, una peliculilla de asesino en serie sin más trasdendencia. Ah, bueno, y llueve todo el rato: pero, además de que eso ya se lo hacía Ridley Scott en Blade Runner, en Galicia también llueve mucho.

martes, 11 de diciembre de 2012

De ave phoenice. El mito del ave fénix

De ave phoenice. El mito del ave fénix (Bosch, Barcelona: 1983; ed. de Ángel Anglada)
En la colección de clásicos en versión bilingüe de la editorial Bosch encontramos esta recopilación no muy sistematizada de textos latinos sobre el ave fénix desde Ovidio hasta San Isidoro y la patrística sin entrar en los bestiarios medievales. De algún interés para estudiosos del tema aunque más por los textos que por las notas o comentarios.

viernes, 7 de diciembre de 2012

William Faulkner, Gambito de caballo (y II, Monje)

Digamos un par de cosas del relato Monje como continuación al comentario de Humo:
1º) Noto otra vez el uso de un narrador interno en primera persona aunque, a diferencia de Humo, ahora, como es el sobrino del fiscal Gavin Stevens, se expresa en singular (Trataré de contarles algo [41]) aunque, y ahí sí que coincide con Humo, en algún momento actúa como conciencia colectiva de Jefferson (las mismas gentes entre las que creció parecían saber tan poco sobre él como nosotros mismos [43]). Y otra vez usa las limitaciones propias del narrador que, como es interno, no puede ser omnisciente; de ahí dudas sobre sus afirmaciones: si en verdad había sido su abuela (47); o el constante recurso a que ha sido tío Gavin quien le ha contado todo: según me contó más tarde (54), Mientras me relataba todo eso, tío Gavin (55), dice tío Gavin que el gobernador lo miró (56), tío Gavin me dijo que (57); dice tío Gavin que (58); tío Gavin dice que (60).
2º) Como en Humo, volvemos a estar ante un tópico del género policíaco, el del falso culpable. Las pruebas apuntan a alguien que después resultará inocente: en Humo era uno de los hermanos gemelos, aquí Monje, que no ha cometido el asesinato por el que es condenado a prisión. Aunque, la verdad, a mí no me queda claro si Monje mata al director de la cárcel o no; ni me queda claro, a pesar de haberlo releído hasta el aburrimiento, a qué viene la historia de los hombre libres trabajando los campos.
3º) Desde el principio se usa la anticipación, que no es otra cosa que lo contrario del flash-back o retrospección. Sabemos desde el principio que Monje ha sido condenado a muerte (el curioso discurso que pronunció en el cadalso [42]; cuando le colocaron el capuchón negro sobre la cabeza [45]). La anticipación se suele usar para apuntar en otra dirección: si el lector ya sabe el final de Monje habrá de fijar su atención en otros aspectos, su personalidad, las pesquisas del fiscal Stevens...
4º) Hay un paralelo con La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela. Lo digo porque ahí ocurre una ironía carcelaria muy semejante a la de aquí: Pascual Duarte mata a su madre, es condenado a treinta años pero, por buena conducta, sale antes; al salir mata al cacique del pueblo y es condenado a muerte: y Pascual Duarte reflexiona sobre el hecho de que, si no lo hubieran liberado, no habría acabado condenado a muerte. Aquí Monje es condenado a cadena perpetua, le indultan cuando se demuestra que es inocente pero, como no quiere salir, acaba condenado a muerte por matar al director de la cárcel.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Ocaso (relato presentado al XCIII concurso de relatos Bubok [tema: siglos XIV-XV])



Mañana fría de finales de invierno. Amadís espera en la glera el regreso de su fiel escudero Gandalín. Se entretiene buscando piedras, lanzándolas luego a las aguas del Bernesga y mirando cómo se van abriendo una tras otra, concéntricas, las ondas. Quiere borrar de su mente a su señora Oriana pero ve su cara blanca y sus cabellos rubios en la superficie del río deformándose con el movimiento ondulado del agua. Otra piedra y lo que ve ahora es la cabeza, desgajada del cuerpo y goteando sangre, de la doncella Madásima cuyo padre no quiso entregar al rey Lisuarte aquel castillo cuyo nombre ni recuerda. Una tercera piedra y decide apartar la mirada del río.
Amadís marcha al encuentro de Gandalín en cuanto lo ve cruzando el puente en su dirección. Ya juntos acuden, para protegerse del frío y la humedad, a la tienda que habían armado al atardecer. Gandalín deja caer en el suelo las alforjas que llevaba colgadas del hombro y saca de ellas una hogaza de pan candeal y un queso de oveja. Mientras comen, Gandalín cuenta que ha encontrado en la villa unos caballeros que hablaban lemosín; ha estado conversando con ellos y le han contado que acuden a la llamada del rey de Castilla para hacer armas contra los infieles y conquistarle ciudades; que el rey ofrece tierras y títulos a quienes aporten armas y caballos y guerreen a sus propias expensas; y que todo el que quiera acudir habrá de estar en los puentes del Tajo, a diez o doce jornadas a mediodía, la luna llena de abril:
-Pues nosotros iremos a poniente. Aunque sean infieles, no combatiré contra gentes cuya huerta, en primavera, huele a azahar.
Porque Amadís no sabe de máquinas de guerra, ni de minar murallas, ni de ampollas de fuego que surcan los aires.
Siguen comiendo y oyen fuera, a cierta distancia, el característico sonido de las tablillas de san Lázaro chocando entre sí. Amadís coge la navaja de Gandalín, corta medio queso y media hogaza de pan, y sale de la tienda.
-Pero, señor, son leprosos que hacen sonar las tablillas para que las gentes se aparten.
Amadís va hasta el grupo de leprosos y les entrega el pan y el queso mientras Gandalín, pensando que se han quedado sin vianda, empieza a recoger la tienda.

Amadís y Gandalín, con los caballos al paso, toman el camino de Astorga, hacia poniente. Gandalín va echando cuentas y ve que, con lo que sacaron de vender el peto y el yelmo de su señor a un herrero de Burgos, aún tienen dinero para una semana. Él habría preferido tomar prestado a los judíos dejando las armas como prenda pero su señor dijo que no. Y en aquella forja de Burgos acabaría fundido el yelmo con su penacho de plumas y el peto horadado por mil lugares. Ahora cruzan una aldea y ven unas muchachas que hablan y ríen junto a un pozo mientras se turnan sacando agua. Amadís tira de las riendas de su caballo para aflojar el paso y las mira. Morenas de pieles expuestas al sol y sin tocado. Amadís piensa en los cabellos rubios de su señora Oriana y luego en sus noches de solaz. Cruzaba aquel portillo semiescondido de palacio y, guiado por la antorcha de Mabilia, la doncella y confidente de Oriana, llegaba hasta su cámara. Allí, en aquel lecho con dosel, miraba esos cabellos rubios y acariciaba su piel blanca hasta que los gallos cantaban al alba.
Ahora Amadís y Gandalín pasan junto a las muchachas, que ríen al verlos mientras cuchichean en esa lengua que ellos apenas comprenden. Amadís fija la vista en una de ellas que tiene un cántaro a los pies. No sabe si es la más hermosa de todas pero a él se lo parece. Tiene los ojos negros. Su señora Oriana los tenía azules. Y también la doncella Briolanja, a la que devolvió su castillo de la Ínsula Firme. Ojos azules, cabello rubio, manos blancas... Y, seguramente, también cama con dosel. Aún recuerda las asperezas que tuvo que oír de Briolanja porque no quiso acudir a su cuerpo. Pero ahora sigue con los ojos fijos en los ojos negros de la muchacha del cántaro. Lo que daría... en la incomodidad de un establo, de una cabaña del monte... por sentir contra la suya esa piel morena. La muchacha coge el cántaro, se lo coloca sobre la cadera, lo inclina, vierte agua en un cuenco de barro y tiende el brazo hacia Amadís. Amadís descabalga y se acerca a ella.

El sol va cayendo frente a Amadís y Gandalín. Manchas blancas de nieve sobre el paisaje, charcos helados en el camino. Se cruzan con una reata de mulas guiada por dos arrieros y con gentes que vuelven de sus faenas en el campo. Al salir de un bosque, ven un claro y, a dos tiros de lanza, un caballero armado, quieto sobre su caballo, a la entrada de un puente. Es el río Órbigo. A la derecha, un campo marcado con cuatro pendones y oriflamas al viento; en los pendones, las que deben de ser armas de ese caballero. A la izquierda, su escudero sentado con la espalda contra un olmo solitario. Apoyadas contra el olmo varias lanzas y un cartel clavado en el tronco. Amadís manda a Gandalín a leer el cartel, descabalga, se tumba en el prado y piensa en la muchacha de ojos negros y sin tocado.
Al cabo del rato Gandalín vuelve. Ha estado leyendo el cartel y también hablando con el otro escudero. Gandalín dice que el caballero del puente se llama Suero de Quiñones y reta a todo caballero que quiera cruzar a batirse con él hasta romper tres lanzas o salirse del campo. Amadís decide armar la tienda para pasar la noche mientras Gandalín se preocupa porque su señor ya no tiene ni yelmo ni peto.

Amanece. Gandalín aún duerme cuando Amadís sale de la tienda. El caballero del puente está ahí como si hubiera dormido sobre su caballo. Amadís se sienta en el prado y lo mira. Ya sabe la escena: una carrera corta, un primer golpe en el escudo y el caballero que consigue mantenerse sobre el caballo. Otra carrera y el escudo astillado con el caballero saltando sobre las ancas del caballo, el metal de las armas resonando al caer a tierra y el caballero que no puede levantarse por el peso de la armadura. ¡Cuántas veces no habrá vivido esa escena! Luego no queda sino apearse del caballo, falsarle la loriga con la punta de la espada y oír al caballero dándose por vencido. Pero no, todo eso quedó atrás.
Gandalín también despierta, sale de la tienda y ve a Amadís contemplando a Suero de Quiñones:
-Mi señor, no necesitáis ni peto ni yelmo para derrotarle.
Piensa, sin embargo, que iría mejor si quedara algo de aquel pan y aquel queso que dio a los leprosos en la glera de León pero no dice nada. Amadís no se deja llevar por las palabras de Gandalín. Sonríe porque, por un momento, le ha pasado por la cabeza enviar su escudero a Suero de Quiñones con el mensaje de que él no está para bromas y que no se bate hasta romper tres lanzas sino sólo a muerte. A ver cómo reacciona y qué responde. Pero no, ese mundo quedó atrás, envuelto entre las brumas de la Gaula y la Pequeña Bretaña, con Oriana, Briolanja, Madásima descabezada, con esos salones fríos en que los caballeros hablan retóricamente con esas cualidades que se les exigen, discreción entre ellos y agudeza frente a las damas, con esos caminos entre florestas y donde en cada encrucijada una doncella pide favor porque un caballero la ha raptado y quiere forzarla, con el palacio del rey Lisuarte, sus damas, sus galanes, sus riquezas... Un mundo que se desvanece como el rocío de la mañana.
-No combatiré.
-Entonces no podremos cruzar el puente. Habremos de remontar el río en busca de un vado o de otro puente.
Amadís vuelve a pensar en la muchacha de ojos negros junto al pozo. Luego manda a Gandalín desarmar la tienda y cepillar y ensillar los caballos. Montan, salen al camino y Amadís, tirando de las riendas, dice:
-Volvemos atrás.

jueves, 29 de noviembre de 2012

William Faulkner, Gambito de caballo (I, Humo)



Faulkner, William Gambito de caballo (Alianza, Madrid: 2004)
Estamos leyendo este conjunto de relatos de Faulkner de un cierto misterio  ambientados en el estado de Mississippi y protagonizados por el fiscal Gavin Stevens.
Sobre el primero de ellos, Humo, varios apartados:
1)      Aparecen dos hermanos enfrentados. Estamos otra vez ante el viejo tema cainita. Aquí los hermanos son gemelos y, si no recuerdo mal, también Rómulo y Remo son gemelos y ya se pelean en el vientre materno.
2)      El narrador participa de los hechos narrados, porque pertenece al jurado que está juzgando una muerte, y se expresa en primera persona del plural como se ve a partir de “habíamos oído” (7). Es, así pues, interno y plural en forma de nosotros porque abarca al jurado pero se aproxima bastante a la función del coro en la tragedia griega porque actúa como la voz popular, la conciencia de Jefferson. Entonces, como no puede ser omnisciente, se cuida muchísimo de sus limitaciones: A) A base de no afirmar taxativamente sino de suponer o aventurar la acción: según rumores oídos (7), aparentemente (8), lo oímos decir, eso es todo (9), se decía que (10), probablemente (10), veíamos mentalmente... habíamos imaginado (11) y más. B) Mediante, por ese procedimiento, la presentación de un mismo hecho desde dos ángulos. Ocurre con el pago anónimo de impuestos, achacado primero a Virginius de forma hipotética (según creíamos [12]) y luego al primo (39) de forma real. Algo parecido ocurre con el enfrentamiento entre los hermanos: primero se da como algo que se conoce de oídas (no cesamos de tener noticias [8]) y luego se constata por dos veces (18, 19) que están sentados en un mismo banco lo más lejos posible uno de otro. Otra vez lo mismo con los palos al caballo y la muerte del viejo Anse: se da primero como evidente que el viejo ha golpeado al caballo y éste lo ha matado (13); luego se varía la versión cuando el joven Anse confiesa haber matado a su padre (25); y por fin se vuelve a variar cuando el fiscal deduce que ha sido el primo (27).
3)      Cosa aparte: inquietante la frase como cuando contemplamos un gusano blando traspasado por un alfiler (28) como si lo más normal del mundo fuera ver cada día media docena de gusanos así.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Larry Hagman (1931-2012)

Este blog vuelve a estar de luto. Ahora por la muerte, el 23 del corriente, de Larry Hagman, el actor que encarnó al gran J. R. Ewin en la serie estrella de los 80, Dallas.
Fue, J. R., un incomprendido del público. Todas las simpatías iban dirigidas a su hermano Boby porque éste último era buenecito mientras que J. R. era un maquinador y un malvado. Pero estamos otra vez ante la lectura simple del mito cainita. Véase Génesis 4,2-8: Abel es pastor y Caín labrador; ambos ofrecen a Jehová el fruto de su trabajo y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; por no miró con agrado a Caín ni a su ofrenda (Gen 4,4-5).  Vamos a ver: ¿a cuál de los dos le cuesta más trabajo esa ofrenda, a Abel, que se pasa el día tumbado mirando cómo pastan las ovejas, o a Caín, que tiene que deslomarse cavando la tierra? Pues eso, que el buenecito era Caín, no Abel. Lo mismo en la serie Dallas: ¿quién era el único que trabajaba y, por el camino que fuera, conseguía el dinero suficiente para mantener el alto nivel de vida de toda la familia? No era el tonto de Boby, que se pasaba el día comprendiendo a su prójimo, sino el gran J. R. al mando de su empresa petrolera. Pues eso.
(Y en el momento de redactar esta nota me llega la noticia de la muerte de otro grande, Tony Leblanc.)

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Miércoles (relato presentado al XCII concurso de relatos Bubok [tema: tabú])



Fue el primer te quiero que oí. Me lo dijo al oído en voz muy baja y, si cierro los ojos, aún siento su eco en mis entrañas. El segundo me lo dijo poco después mirándome de frente. Y aún hubo un tercero cuando, ya saciados, empezábamos a vestirnos.
También fue mi primera vez. Y después, mientras desayunábamos en la cocina, me salió una sonrisa tonta. Porque recordé que días antes habíamos estado hablando entre las amigas sobre cuál de los chicos del instituto preferíamos para la primera vez. Cosas de crías. Sonreía porque no había sido con ninguno de los que salieron en la conversación; y porque me sentía bien.
Cada miércoles repaso la misma escena, desde el primer te quiero hasta el desayuno, mientras voy en taxi hacia su casa. Para que me lo repita, para sentir su voz otra vez dentro de mí.
Después, al coger el taxi de vuelta alejándome de él, hay veces que pienso en cómo hubieran sido nuestras vidas sin esa primera vez, en lo frágil que es todo y en cuánta felicidad nos habríamos perdido sin aquello que, en principio, no fue sino una chiquillada mía.
Fue un sábado por la mañana. Nos habían dejado solos en casa todo el fin de semana porque habían ido a la boda de ni recuerdo quién. Me despierto, veo su cuarto cerrado e imagino que está dentro estudiando. Porque él siempre ha sido de los de madrugar para aprovechar el tiempo. Me meto en el baño, al fondo del pasillo, y, convencida de que no va a salir de su habitación, dejo la puerta abierta para que no se entele tanto el espejo. Me ducho y, al acabar, descorro la cortinilla. En ese preciso momento sale al pasillo, gira la cabeza y me ve allí completamente desnuda. Nos quedamos los dos quietos mirándonos con cara de sorpresa hasta que yo, sin que aún ahora sepa el porqué, digo:
-Anda, ven.
Lo frágil que es todo. Ese primer te quiero, los que vinieron después, los que voy a oír hoy miércoles, los que van a quedar para todos los miércoles, todos ellos dependían de lo que yo acababa de decir:
-Anda, ven.
Y dependían de que viniera. Porque vino, me cubrió con la toalla, me frotó para secarme y me puso frente al espejo. Mientras me cepillaba el pelo nos mirábamos a los ojos y así, a través del espejo, nos fuimos adivinando el uno al otro. Al acabar, me quitó la toalla, me cogió en brazos como a una recién casada y, ya en el pasillo, le dije:
-No me harás daño, ¿verdad?
Me dejó caer suavemente sobre mi cama. Y no, no me hizo daño. Seguramente porque me supo envolver con sus te quiero del mismo modo que va a hacer hoy, veinticinco años después, con otros te quiero que oiré cargados de significados nuevos.
Después, fuimos repitiendo cada fin de semana en que nos dejaban solos. Uno de ellos decidimos llevar mi colchón a su cuarto y poner los dos en el suelo para dormir juntos. Y nos duchábamos juntos, nos secábamos el uno al otro, nos preparábamos el desayuno... Un día, dos años haría ya desde la primera vez y andaría yo por los diecisiete y él por los diecinueve, le pregunté mientras le acariciaba el pecho:
-¿No nos pasará nada malo, verdad?
-¿Por qué nos ha de pasar algo malo?
-Porque lo que hacemos...
Me puso el dedo sobre los labios para silenciarme y contestó:
-No dejaré que nunca nos pase nada malo.
Me abracé a él. Y nunca nos ha pasado nada malo. Sólo pequeños detalles mientras íbamos atravesando la vida más o menos como todos. Yo estuve saliendo con chicos hasta decidirme por Enrique, mi marido. La primera vez que lo hice con otro también me gustó. No tanto, pero me gustó. Porque con él no era sólo que me gustara, era mucho más, era como un secreto, como algo muy, muy nuestro. Por eso me daba cierto reparo, tras haber sentido otro cuerpo, volver al suyo. Le rehuía, no me atrevía a mirarle a los ojos porque creía no merecerle más. Lo notó y a la primera ocasión estaba esperando, con la puerta de su cuarto abierta, a que me despertara. Me llamó:
-Clara, ven.
Acudí. Incluso mi nombre suena diferente en su voz desde aquel primer te quiero. Acudí y me quitó el pijama. Sentirme desnuda frente a él como me sentiré de aquí un rato... Esa sensación de estar completamente desnuda con este cuerpo de cuarenta años y querer desnudarme aún más para él.
Le hablé poco antes de casarme con Enrique. Le dije que, aun casada, seguiría queriéndole y necesitándole. Por entonces él ya andaba, tras tanto estudiar, dando clase en la universidad y había comprado el piso en el que vive y nos vemos. Le dije que le necesitaría y se limitó a acercar sus labios a los míos haciéndome entender aquel beso como un pacto de por vida.
Yo con él, en cambio... Mentiría si dijera que no soy celosa. Me caían tan mal aquellas dos novias que tuvo mientras estudiaba la carrera... y se me llevaban los demonios al imaginarme sus cuerpos manchando el suyo. Seguro que iban sólo a aprovecharse de lo mucho que sabía. Quizá por eso intenté ocuparle también ese espacio. Fue algo más tarde cuando estaba ya con lo de la tesis doctoral. Como es algo desordenado y entonces, como ahora, solía tomar notas en pequeñas libretitas a medida que se le ocurrían las ideas, era yo la que se las pasaba a limpio en el ordenador. Y cuando no entendía alguna palabra me la explicaba y aprovechaba para contarme anécdotas e historias referidas a lo suyo, los griegos, los persas y otros pueblos antiguos de los que yo nunca había oído hablar. Hace poco me contó de no sé qué guerra en que las mujeres, desde lo alto de una muralla, gritan y lloran al ver cómo se baten abajo sus hijos y maridos defendiendo la ciudad. Y lo cuenta de una manera que me lo imagino en el aula con todas sus alumnas babeando.
Estoy segura, sin embargo, de que ninguna me lo toca porque yo le doy todo lo que necesita. Me gusta pensar que por eso no se casó, porque sólo yo soy su complemento ideal. Además, ninguna habría aguantado que dedicara tanto tiempo a lo suyo: tras la tesis, las oposiciones a titular de universidad en medio de una obsesión enfermiza por publicar y asistir a congresos para hacer currículum; al conseguir la plaza, algo de descanso y vuelta a investigar y publicar porque se trataba entonces de una cátedra que no consiguió sino hace un par de años. Yo, ya casada, no podía ayudarle tanto pero al menos le llevaba ordenados los papeles del currículum.
Ahora, con su cátedra, dice que ha llegado donde aspiraba y no necesita más. Ha servido también para darnos más orden. Como le supuso menos horas lectivas y poder librar una mañana entera, me pidió que escogiera un día de la semana: de ahí nuestros miércoles frente a las mil combinaciones que teníamos que hacer antes.
Yo espero impaciente ese día para dejarme envolver y él consigue que yo siga sintiendo ese gusanillo dentro cuando amanece el miércoles. Algunas veces se me hace difícil esperar el paso de toda la semana. Si me pongo triste cierro los ojos, pienso en un punto cualquiera de mi cuerpo, trato de recordar la última vez que pasó sus dedos o su lengua por ahí y acabo llegando a la conclusión de que nos hemos recorrido el uno al otro completamente. Ni me ha puesto límites ni se los he puesto yo: porque la primera vez, cuando me llevaba en brazos por el pasillo, prometió no hacerme daño y no me lo hizo; porque más tarde dijo que nunca permitiría que nos ocurriera nada malo y nunca nos ha ocurrido. O esa seguridad cuando me tiene enlazada y que vuelvo a sentir cuando no lo estoy y sigo sintiendo en la distancia. No sé cuántas razones habrá para que, al salir de su casa el miércoles, ya esté deseando que llegue el próximo. Es la misma seguridad por la que lo nuestro no altera para nada el resto de mi vida.
Porque con mi marido la relación es buena, normal. Si algún día llega contrariado del trabajo, busca cualquier excusa para enfadarse conmigo o con los niños y va subiendo de tono hasta recordarnos que es él quien trae el dinero a casa, quien me paga la peluquería, las clases de piano de la niña, las deportivas del niño... Luego se va tranquilizando y, al acostarnos, ya me encargo yo de acabar de calmarlo.
Y entre uno y otro, la cordialidad de quienes apenas se soportan. El domingo pasado, sin ir más lejos, celebramos el cumpleaños de papá con comida familiar. Se ponen Enrique, mi hijo y papá a hablar de no sé qué penalty decisivo en un partido de la selección y, cuando llevan al menos diez minutos con eso, salta él y dice:
-Al dar las diez de la mañana, cualquier maestro de primaria ya ha hecho ese día por el país más que la selección entera desde que existe.
-Ya salió el intelectual...
Eso le contestó Enrique y aquí paz y después gloria.
Con lo que me gusta que sea un intelectual y me explique esas historias de guerreros antiguos presumiendo de armas, o de cuernos y celos entre dioses como en un culebrón venezolano. O lo que me dijo cuando estaba muy embarazada de la niña:
-En algunos pueblos antiguos estaba prohibidísimo lo que acabamos de hacer.
-Pues como mi amiga Maribel. Cuando tiene el mes, le dice al marido que no y que no.
-Claro, otra de las prohibiciones.
-¿Y qué pasaba, les ponían una multa si los pillaban?
-No, habían de someterse a ritos de purificación. Por haber quebrantado los tabúes, prohibiciones culturales que calaban muy hondo en el ser humano.
O algo así que no acabé de entender. Pero si lo dice él...

sábado, 17 de noviembre de 2012

Amadís de Gaula (II: El Amadís y el Quijote)


La relación del Quijote con el Amadís es explícita puesto que el protagonista de la primera toma al de la segunda como modelo repetidas veces desde aspectos tales como la penitencia en Sierra Morena hasta detalles como los de dejar que sea el caballo quien, ante una encrucijada, decida el camino. Poco importa aquí que Cervantes, con el Quijote, pretenda ridiculizar la novela de caballerías porque, de hecho, a la altura de 1605, fecha de la primera parte, ya ha entrado en declive: en efecto, el desastre de la Invencible en 1588 marca la quiebra de los ideales del género porque, resumiendo, para nada han servido ni el honor ni la valentía.

martes, 13 de noviembre de 2012

Amadís de Gaula (I: El Amadís y el Lazarillo)



Pues nada, que he decidido retomar la lectura del Amadís, que abandoné por el final de la segunda parte hace al menos diez años. Y aunque sea una obra en ningún modo de lectura actual, la entiendo como imprescindible para llegar a dos novelas que son la base de la narrativa española, el Lazarillo de Tormes y el Quijote.
Iré tratando en sucesivas entradas de la obra porque es muchísima la información que he acumulado. De momento hablaré sólo de esa relación con las dos novelas antedichas y que ya se ve al poner en relación los títulos y apreciar el calco a partir de la fórmula antropónimo + de + topónimo (Amadís de Gaula, Lazarillo de Tormes, don Quijote de la Mancha).

viernes, 9 de noviembre de 2012

Henning Mankell, El chino (y II)

Esta entrada es continuación de ésta otra y no habrá más porque la conclusión es que la novela no merece más atención por mi parte.
Aquí me voy a dedicar sólo a mostrar uno de los grandes defectos de la novela, el tratamiento del espacio, y creo que podría hacer lo mismo con el de los personajes.

Empezaré diciendo que la variación espacial de la novela –Suecia, China, USA, Dinamarca, Zimbabwe, Mozambique, Londres- quizá deba algo al género. Me refiero a un cierto cosmopolitismo entendiendo por tal y en sentido etimológico el mundo como una pequeña ciudad en el que cualquier rincón está a un paso. De eso hace gala, por ejemplo y ahora que está de moda por su 50 aniversario, 007 que con cualquier excusa coge el avión en Londres y se planta en las Bahamas. Es lo de la jueza que se va hasta Copenhague para descifrar el folleto chino que ha encontrado en el hotel cuando al lado tiene un restaurante chino. Y la jueza no es 007. Entre paréntesis habría que notar que en la novela negra clásica (R. Chandler, Ch. Himes...) el espacio suele ser único y reducido.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Una historia urbana (relato presentado y retirado del XCI Concurso de relatos Bubok [tema: la selva])



-¿Te acuerdas?
Iba completamente recostada en el asiento del Mercedes y con los ojos entornados. Giré la cabeza y miré hacia donde había señalado.
-¿Te acuerdas?
Conducía por esas calles de Madrid que llaman, me parece, los bulevares, las que salen de la plaza de Colón y, cambiando de nombre, van a dar a la calle Princesa. Y sí, cuando vi que había señalado un cine, lo recordé. Fue un buen día aquel. Y una buena noche. Porque lo que recordaba, sobre todo, fue la sesión de después en su casa. Y la tenía tan bien grabada que me había venido precisamente a la memoria al salir de la ducha poco antes de que viniera a recogerme al hotel. Me miré al espejo y me dije: la ciudad y la selva.
-Sigo prefiriendo la versión corta.
De eso me tenía que acordar, de que fue en ese cine frente al que acabábamos de pasar donde vimos Apocalypse Now en versión larga. Diez o doce años hace ya, el último año de la carrera sería. Y la versión corta la vimos después, cuando la compró en DVD. Pero volví a entornar los ojos y mi memoria se fue otra vez donde se había ido al salir de la ducha, a lo que ocurrió en su casa aquel día en que fuimos al cine. Mi memoria se fue a la ciudad y la selva.
Pero lo que estoy contando, ese trayecto con su Mercedes hacia la zona de Argüelles, fue el viernes pasado por la noche. Y a veces me enfado cuando me dicen que toda yo soy un rompecabezas. Pero tienen razón. Porque quizá debería empezar a explicarlo todo desde el principio, desde primera hora de la tarde en el aeropuerto. O desde cuando yo estudiaba en Madrid.
Los inconvenientes, o las ventajas, de vivir en una isla. La mayoría de compañeras del pueblo, las que continuaron los estudios, se fueron a Barcelona porque cae más cerca. Yo, a Madrid porque cae más lejos. Y todas acabamos volviendo con la misma conclusión: como en casa, en ningún lado. Luego fuimos las unas a la boda de las otras y al bautizo de los niños, y nos aguantamos –y me aguantaron- alguna separación matrimonial. Pero ahí seguimos reuniéndonos cada mañana en la cafetería de la plaza para hablar como cotorras. Y cada dos meses, fin de semana de compras. Eso fue lo que decidieron el lunes de la semana pasada y yo también para no ser menos. Pero ellas a Barcelona y yo a Madrid. Sola. Y que piensen o digan lo que quieran, que ya saben que una también puede darle a la lengua.
En cuanto tuve decidido el viaje del viernes a Madrid, llamé a Ricardo... Quizá lo esté contando otra vez en plan rompecabezas, pero Ricardo es el chico que he citado antes, el que conducía el Mercedes por los bulevares. El de la película Apocalypse Now. El que había sido mi novio los últimos años de estudios en Madrid, que eso no lo he dicho pero lo digo ahora. El de la ciudad y la selva.
Quedamos como amigos. Aunque parezca mentira. Amigos de los de llamarse por Navidad y durante los cumpleaños. Desde el móvil, claro, que mientras estaba casada mi marido miraba los números en la factura del teléfono. Y hacía que no veía a Ricardo... no sé, pero desde que rompimos hasta que me casé un par de viajes a Madrid sí que hice. Y lo de que teniendo fijada ya la fecha para la boda... Pero que nadie piense nada raro porque soy una mujer muy normalita: con decir que lo primero que hice el viernes al llegar al aeropuerto fue comprar el Lecturas... Pero lo que iba diciendo: que Ricardo y yo, como amigos. Y que le llamé para decirle que iba a Madrid. El caso es que yo sabía que andaba suelto o sin mucho compromiso y, la verdad, me apetecía verle. Primero reservé un hotel por la zona de Serrano con María de Molina y luego le llamé. Me preguntó que por qué había reservado hotel si podía dormir en su casa. Pues por todo lo que me había enseñado él acerca de guardar las formas: por lo de la civilización y la barbarie, que era lo que decía cuando se cansaba de repetir lo de la ciudad y la selva. Y por eso busqué el hotel en esa zona, porque en aquellos tiempos bajábamos a veces por la Castellana en coche y, señalando hacia Cibeles, decía:
-Aquí, la ciudad, por allá la selva. ¿Te me imaginas en el campo del Atleti? Pues eso.
Sí, porque era muy del Real Madrid. Y lo que decía, que reservé el hotel porque, aunque sabía que me invitaba sinceramente a su casa, sabía también que si hubiera aceptado me habría situado del lado de lo que él llamaba la barbarie. O sea, que nos veríamos y acabaríamos como se supone, pero haciéndolo de manera civilizada desde el principio.
Y lo de la manera civilizada no es un mero modo de hablar, que Ricardo es el chico más educado que he conocido, de los de abrirme la puerta del coche, cederme siempre el paso o, en los restaurantes, esperar a sentarse hasta que yo estuviera sentada. Aunque llevara cinco cañas. Y desde el primer día hasta el último, no como esos que empiezan tratándote como a una princesa y, cuando ya te tienen camelada, se olvidan. También es cierto que a veces exageraba. Como la primera vez: llegamos a su casa con no sé cuántas copas encima, nos metemos en su habitación, nos abrazamos a lo loco, nos desnudamos el uno al otro y me tumbo en la cama; pues va y se pone a recoger la ropa que había quedado por el suelo, la dobla con cuidado y deja la mía en una silla y la suya en otra. Mientras, yo ansiosa y esperando como una tonta:
-Es que si no, esto parece la selva.
Luego muy bien, eso sí, todo hay que decirlo. Que se quedaba una muy a gusto después de cada sofoco. Pero estaba en lo de este viernes pasado. Iba diciendo que le había llamado. Quedamos para cenar en Madrid y que vendría a recogerme al bar del hotel. Entonces fue lo que he contado, que al llegar al hotel me duché, me miré desnuda al espejo y pensé en lo de la ciudad y la selva. Ya luego, si me acuerdo, explicaré por qué pensé en eso. Bueno, pensé también en cómo me vería él, en qué pensaría al verme un cuerpo por el que habían pasado más de diez años desde la última vez. Porque en ese momento ya sabíamos los dos que acabaríamos en su casa: lo sabía yo por la manera en que me había hablado por teléfono y lo sabría él por la misma razón. Son detalles que se notan entre dos personas que se conocen.
Me hice esperar un cuarto de hora antes de bajar al bar del hotel por otra de las frases geniales que él decía:
-Una mujer se ha de hacer desear de forma civilizada. No exagerando el escote sino  impacientando a quien la espera en una cita.
Luego ya vamos a parar a lo que he empezado contando, cuando íbamos con el Mercedes por los bulevares. Ah, y el coche limpísimo y reluciente, que seguro que acababa de sacarlo del túnel de lavado.
-¿Te acuerdas?
Giró en Princesa hacia Moncloa porque íbamos a tomar cañas a uno de los bares que frecuentaba y yo seguía recordando aquel día tras salir de ver Apocalypse Now. Fue también una noche de cañas, cena y luego en su casa. Estábamos en la cama descansando y me pregunta:
-¿Te ha gustado la película?
-Eso de destrozar la selva tirando napalm...
-No te me irás a poner ecologista. Y antes de bombardear sobrevuelan el agua y esa selva con música de Wagner. Es como si la violaran con todos los siglos de civilización necesarios para llegar a Wagner y al napalm.
Bueno, porque Ricardo también tenía su lado intelectual, de cosillas de psicología que estudiaba. Como lo que me dijo después, una frase que no acabé de entender pero que, quizá por eso, me pareció bonita. Me empieza a acariciar los pechos y el vientre con el dorso de la mano y dice:
-Tienes un cuerpo precioso. Puro orden, como la ciudad que diseñaría un utópico renacentista.
Yo, tan ricamente tumbada, y él acariciándome el cuerpo y los oídos. Y tampoco lo he dicho, pero yo soy muy blanca de piel y, claro, los pelillos de abajo, como los tengo completamente negros, pues eso, que luego se puso a rascarme ahí suavemente y decía:
-Y el contraste perfecto, la maraña, la única selva que me gusta, oscuridad y penumbra porque la vegetación no permite que lleguen los rayos de sol. Ahí sólo rige el instinto, las pulsiones. Y humedad, mucha humedad.
Yo le escuchaba y me veía en medio de la selva sudando y acechando desde un árbol altísimo. Y, entre que imaginaba lo que decía y que ya me había empezado a poner a gustito con las caricias por el cuerpo, me iba encendiendo más y más. Me veía reduciéndome poco a poco al estado de hembra salvaje y acabé tomando forma en una pantera en celo que sólo quería que el macho la cubriera. Le aparté la mano, me di la vuelta, separé las piernas alzándome un tanto y entendió.
Al acabar, la almohada por el suelo y yo con la espalda llena de arañazos. Y en ese momento yo también entendí. La ciudad y la selva. Esa educación suya, ese guardarnos las formas, esa civilización que nos obliga a cubrirnos el cuerpo, sólo adquirían sentido después cuando, desnudos en nuestra pequeña selva, nos convertíamos en barbarie pura.

Y ya veo que me he entretenido con eso y no me da tiempo de explicar cómo acabamos el viernes pasado. Da igual, en otra ocasión. El caso es que este próximo fin de semana viene Ricardo a verme a mí. Me explicará lo de siempre y me gustará cómo me lo explica.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Todos los Santos, Fieles Difuntos y Jalogüín

Un par de cosas:
Cosa 1: a ver si nos enteramos de una vez de que el día que hay que ir a visitar el cementerio no es el 1 de noviembre, Todos los Santos, sino el 2 de noviembre, día de los Fieles Difuntos. Diga lo que diga la tele. El que quiera saber por qué el día de Todos los Santos y el de los Fieles Difuntos vienen seguidos, que se lea, por ejemplo, el Año Cristiano de fray Justo Pérez de Urbel.
Cosa 2: Ayer leí algo muy bueno en Tuiter. Un tuit genial rezaba: "¿Os imagináis de Trend Topic en USA algo como Happy Pilarica's Virgin Day?". Pues eso, que a quienes se vienen disfrazando de payasos por estas fechas habría que perseguirlos por las calles, detenerlos, hacerles leer El monte de las ánimas de Gustavo Adolfo Bécquer y, una vez aterrorizados, si tan amantes son de las tradiciones USA, aplicarles una inyección letal. Pero de salfumán. Y poco importa para el caso que la tradición sea celta y proceda de Irlanda: sólo faltaría que un país de anteayer como USA tuviera tradiciones propias a diferencia de nosotros, que somos eternos.

domingo, 28 de octubre de 2012

Henning Mankell, El chino (I)



Mankell, Henning: El chino (Tusquets, Barcelona: 2008)
Lo que voy a presentar aquí es una visión de esta novela sugerida por  un club de lectura organizado en los foros de Bubok como se puede ver en este hilo. Ello supone que ideas propias se mezclan con otras sugeridas por los participantes en ese foro.
El balance global de la novela será negativo a pesar de que, al parecer, fue un éxito. Es sabido que nada tiene que ver la calidad con los top ten de ventas. Si a alguien de mediana cultura se le pregunta por los novelistas españoles de la segunda mitad del XIX seguramente contestará que Galdós o Clarín cuando el de mayor éxito es un tal Manuel Fernández y González completamente olvidado. Y lo mismo cabría decir de Corín Tellado o Marcial Lafuente Estefanía.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Un futuro mejor (XC Concurso de relatos Bubok [tema: reality shows])



Tenían el país pendiente de ellos. Y aunque desde el espacio donde él estaba encerrado con el resto de concursantes no podía saberlo, en ese momento alcanzaban el 89,4% de cuota de pantalla, un 5% por debajo del que solía conseguir diariamente la cadena rival cuando, a las diez de la noche, retransmitía las imágenes que fijaban ante la pantalla al país entero y motivaban a todos para ir a trabajar felices al día siguiente. Pero el 89,4% era un verdadero éxito.
Todos los concursantes estaban atentos a la azafata del programa esperando la prueba que les iba a proponer. Él sabía que no podía despistarse un solo segundo. Por eso la miraba a los ojos, porque tantos otros antes de él se habían entretenido mirándole el escote y las piernas o imaginando el aroma y el sabor del espacio donde esas piernas se unen. Y despistarse un segundo, no prestar la debida atención podía suponer... Más valía no pensarlo.
Ni siquiera miraba al resto de los diez concursantes, desesperados de la vida como él, aventurero uno, heroinómano otro y que daría ya la vida por perdida, dos ludópatas que, con tal de jugar... Y él, ¿a qué categoría pertenecía? A la de padres responsables que quieren asegurar el futuro de sus hijos. Porque en eso consistía el premio al ganador, en un sueldo millonario para él y todos sus descendientes hasta la tercera generación. Y valía la pena arriesgar: con diez concursantes, por cálculo de probabilidades –eso le dijeron sus amigos- tenía el diez por ciento de ganar, otro tanto de perder quedando el último y el ochenta por ciento de salir como había entrado. Y él se había fijado sobre todo en las pocas probabilidades de quedar último. Aunque... aunque también eran mínimas las probabilidades de haber quedado al margen de las nuevas medidas del gobierno para reactivar la economía y ahí estaba él, con diez plazos de hipoteca impagados, la amenaza de desahucio y la mujer fregando escaleras.
Tras la octava prueba estaba en sexta posición y con pocas probabilidades ya de ganar; el objetivo era, pues, no quedar último. En esa prueba habían entregado a cada concursante un mapa mudo de Europa y le habían pedido que situara diez países; él había fallado con Bulgaria y Austria, y confundido Suecia con Suiza. ¿Qué culpa tenía él si en el instituto sólo le habían enseñado la geografía de su comunidad?
¿Y que había hecho él para quedar al margen de la recuperación económica? Se veía a todas luces: en los bares, a partir de las siete de la tarde sólo se oía lo de “ponnos otra ronda” y quien antes tenía un utilitario paseaba ahora orgulloso su Audi. Y eso que él lo había intentado, había cursado dos solicitudes para que le admitieran, como albañil o como administrativo, en la medida estrella del gobierno, la construcción del puente entre Tarifa y Ceuta. Y sí, todo había cambiado desde el golpe de Estado dado por el combinado mercenario siciliano-marsellés financiado por la Confederación Bancaria. Habían derrocado todos los órganos de gobierno desde las Cortes hasta los ayuntamientos: se confiscaron los bienes de los políticos; sus mujeres, amantes e hijos fueron reducidos a esclavitud sexual low cost dirigida a emigrantes que no usaban jabón ni condones; y a los mismos políticos se les confinó en prisiones. Fue el comienzo de los reality shows de última generación por cuya retransmisión las cadenas pagaron cantidades astronómicas. Cada noche, en horario de prime time, se sacaban de la cárcel mil políticos y se llevaban al Santiago Bernabéu, se les mandaba formar como en una parada militar y se les aplicaba el viejo procedimiento de diezmar. Se iba contando por las filas y al que hacía el número diez, se le apartaba; al final, se fusilaba a los cien escogidos y los novecientos restantes eran enviados a la isla de Cabrera. Un líder ecologista protestó porque se entorpecería el paso de aves migratorias y fue también recluido. En la última conexión en directo se le vio comiéndose cruda una gaviota. Porque, una vez acabados los fusilamientos de políticos, el reality show estrella consistía en la conexión en directo con la isla en el momento, también en prime time, en que les lanzaban un saco de chuscos desde un helicóptero.
La azafata había entregado a los concursantes un folio en blanco y un lápiz. Él seguía atento mirándola sólo a los ojos. Era ya tarde porque el concurso había tenido que esperar para su comienzo que acabara el programa desde la isla de Cabrera, pero a pesar de la hora el índice de audiencia no bajaba. El país entero estaba pendiente de quién sería el ganador pero, sobre todo, de quién sería el perdedor. Por fin la azafata saca una cartulina y lee:
-En el folio que han recibido calculen ustedes la raíz cuadrada de dos y vayan sacando decimales hasta que se acabe el tiempo.
Los concursantes se miran entre ellos y sólo hay uno, el de mayor edad, que ya está escribiendo. También es mala suerte, piensa él, y recuerda el momento en que firmó la hipoteca en el notario: estaba claro que, con sus conocimientos de matemáticas, si el banco le dejaba cien mil euros al tres por ciento en treinta años, él tenía que devolver ciento tres mil euros; ¿o no? Es cierto que se distrajo un poco porque, mientras el notario hablaba, él andaba jugando por debajo de la mesa con el móvil y enviándole mensajitos eróticos a un ciberligue que había hecho hacía poco en twitter. Pero aun así nadie le podía negar que el tres por ciento de cien es tres. ¿De dónde, pues, esa deuda tan inmensa que le achaca el banco? Algo fallaba y quizá sí eran sus conocimientos matemáticos, porque la raíz cuadrada de dos... Le sonaba que en alguna máquina de calcular antigua había una tecla para calcularla pero con papel y lápiz sin saber siquiera qué es una raíz cuadrada. Y los decimales, ¿qué son?
Había intentado salir a flote con lo de la construcción del puente intercontinental porque había sido el revulsivo que el país necesitaba para salir de la crisis. Y conocía familias enteras que habían emigrado al sur con éxito. Según dijo la televisión, se crearían un millón de puestos de trabajo directos e indirectos entre trabajadores de la construcción, fábricas de cemento, camioneros... hasta un poblado de prostitutas subvencionadas al cincuenta por ciento por el conglomerado de empresas constructoras. Había sido una idea genial cuyo autor recibió el premio príncipe de Asturias; y se le había ocurrido viendo en un telediario una manifestación marroquí reivindicando Ceuta y Melilla: ¿y por qué no invadirlos nosotros? De momento construimos una autopista con cualquier excusa y luego cruzamos con los tanques. Se consultó la idea con la Comunidad Europea y pareció genial porque podía ser un modo de contener al Islam y a toda la morisma por su flanco occidental; además, tras invadir Marruecos, se podía llenar de parques temáticos, casinos, campos de golf, centrales nucleares, vertedero de residuos de todo tipo e incluso una zona para prueba de bombas atómicas; en resumidas cuentas, la salida de la crisis económica para Europa entera. Sólo Al Qaeda, al enterarse, puso alguna objeción que, sin embargo, fue neutralizada con una sustanciosa cantidad de dinero que abonó la patronal de mayoristas de tráfico de drogas a cambio de la promesa de dedicar en el puente un carril en cada sentido para uso exclusivo de sus camiones. Hasta la legión se mandó volver de sus inútiles misiones humanitarias para dedicarla a labores de seguridad con la consiguiente alegría de mandos y tropa al verse restituidos a la labor para la que la legión fue fundada, esto es, matar moros.
Decidido, pues, a encontrar trabajo en el gran proyecto se presentó ante la empresa de recursos humanos que reclutaba personal. Intentó las pruebas para administrativo y, cuando le situaron frente a un ordenador, se dijo: “Ésta es la mía”. Pero cuando le dieron una hoja donde se explicaba el salario bruto de un trabajador, el porcentaje que pagaba de IRPF y de Seguridad Social, y le pidieron que dedujera el neto en una hoja de cálculo Excel se preguntó que qué era eso. Porque para él el ordenador se reducía a internet y chatear pero ¿meter números y calcular? Peor le fue en la prueba para albañil a la que se presentó como último recurso: una simple entrevista personal en la que le empezaron preguntando la diferencia entre el cemento y el yeso, y acabaron con que para qué servía una plomada. O sea, preguntas intelectuales para un trabajo puramente manual. El resultado: acudir al concurso televisivo como última salida.
Y ahí está ante la última prueba, la definitiva: sus hijos seguramente están ya acostados pero mañana, en horario infantil, podrán ver el resumen que ofrece la cadena desde que una asociación de telespectadores se quejó de un montón de programas desde caducos y trasnochados prejuicios pseudocatólicos. La azafata les entrega otro folio y él no le mira, pero le huele, el escote:
-Verán cuatro nombres de pueblos –vikingos, moros, romanos y bárbaros- y sólo tres de ellos invadieron la península. Escriban cuáles son esos tres y el orden cronológico en que llegaron aquí.
Ahora están en el intermedio publicitario y él se dice: de los demás sí he visto películas, pero ¿de bárbaros?, ¿cómo podía yo imaginar que hubiera un pueblo que se llamara así? Además, yo sé de historia lo que me explicaron en el instituto: que mi comunidad autónoma era ya una nación antes de Adán y Eva pero, como los de Madrid no tienen playa y son unos envidiosos, nos invadieron y nos sometieron a la más humillante esclavitud.
Acababa de descender hasta la última posición. Era el perdedor. La azafata se aproxima para colocarle un babero con el logo del patrocinador del programa y ahora sí, él le mira las piernas y el escote. La azafata le pide que sonría ante la cámara y obedece. Luego la azafata aprieta un botón y una cuchilla cae y corta longitudinalmente su sonrisa en dos.

sábado, 20 de octubre de 2012

Leonard Cohen, Suzanne

Pues ahí va a quedar, impresionante, Suzanne:
Suzanne takes you down to her place near the river / You can hear the boats go by...

martes, 16 de octubre de 2012

Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver

Swift, Jonathan, Los viajes de Gulliver (Los libros de Plon, Salsadella: 1982)
Con los años que tengo supongo que ya era hora de que leyera esta obra. ¿Y qué decir de ella o desde qué punto de vista hablar? Lo haré como otras veces, por puntitos:
  • En cuanto a la estructura habría que decir que es una novela concebida en sarta, esto es, por mera adición de aventuras o viajes con sus respectivos países. Se aproxima así a la novela primitiva, a géneros como el caballeresco en que los episodios son intercambiables sin que se resienta la estructura. Ahora bien, a diferencia de ese tipo de novela, aquí el protagonista evoluciona al vivir esos episodios y va cayendo progresivamente en una visión pesimista del hombre que le llevará, al final, a huir de su propia familia (303).

viernes, 12 de octubre de 2012

ESPAÑA (y lo demás son tonterías)

Nada, hoy sólo una afirmación de españolidad aprovechando eso del independentismo. Estoy convencido, y cada día más, de que hablando el catalán peninsular uno se vuelve maricón.

lunes, 8 de octubre de 2012

Chrétien de Troyes, Erec y Enid

Chrétien de Troyes, Erec y Enid (Siruela, Madrid: 1993)
Es una buena labor editorial la que hizo -y no sé si sigue haciendo- Jacobo, el hijo sabio de la duquesa de Alba a través de Siruela. He aquí hoy uno de los libros de la colección Selección de lecturas medievales y de Chrétien de Troyes quien, a base de frecuentar el mundo artúrico, se convierte en uno de los fundadores de la novela moderna. Y este último aspecto yo, al menos, lo explicaba así: en un principio la épica, tanto la homérica como la medieval, trata de hechos históricos; pero al transmitirse oralmente esos hechos históricos se van llenando de exageraciones, fantasías... Hasta que el mismo protagonista es ya sólo personaje de ficción. Se habrá pasado así de héroes históricos como Mío Çid a héroes ficticios como Amadís o Erec, el protagonista de esta novela. Luego sólo faltará que la ficción caballeresca sea contestada, al modo hegeliano de tesis / antítesis, desde la más baja realidad por un Lázaro de Tormes o por un don Quijote. Habrá llegado así la novela moderna.

jueves, 4 de octubre de 2012

J. G. Frazer, La rama dorada

Frazer, J. G., La rama dorada (F.C.E., México D. F.: 1991)
Impresionante, por supuesto, el clásico libro de Frazer, aunque sea en su versión reducida (¡de 800 páginas!). Dada esa vastedad, lo abordo por puntitos en los que destaco los centros de interés:
-Las explicaciones sobre los dos tipos de magia que obran por simpatía (magia simpatética): la magia homeopática, que actúa por semejanza; y la magia contaminante, que opera por contacto (34ss.). Y ello con curiosos ejemplos como la cura de la ictericia a base utilizar animales o materiales de color rojo para eliminar la amarillez de esa ictericia (39); o untar los ojos con bilis de águila para aguzar la vista (57). O la división entre magia positiva, que busca que ocurra un acontecimiento, y la magia negativa, que busca evitarlo (43) con el ejemplo de no quedarse indeciso ante la puerta de la casa de un cazador porque, en caso contrario, también la caza será indecisa (44-45). De ahí, normas sobre alimentación y, así, en Madagascar los guerreros no comen gallos muertos en pelea por miedo de morir ellos mismos en la batalla (46); o no comen corazón de gallina por miedo a volverse cobardes del mismo modo que comen corazón de león para volverse bravos (562).

domingo, 30 de septiembre de 2012

Dyango, Suspiros de España

Pues ahí queda eso, Suspiros de España cantada por Dyango con acento catalán. Yo también soy un suspiro de España.



miércoles, 26 de septiembre de 2012

José Luis Clemente, Entre vías

Clemente, José Luis Entre vías (Heptaseven, Zaragoza: 2012)
NO, NO, NO, NO, NO, NO

No puede ser que yo, con toda mi buena fe y por aquello de las tradiciones, me haga socio de algo tan serio como el Ateneo de Mahón tras una campaña de captación de socios y el primer acto al que asista, el 30 de marzo pasado, sea la presentación de un libro como éste que no merece haber pasado por la imprenta. ¿A que no se concibe a la Pantoja o Manolo Escobar cantando en la Scala de Milán? Pues lo mismo.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Aiden Ashley otra vez...

...y todas las que hagan falta.
Sí, ya trajimos a Aiden Ashley en esta entrada de enero y la volvemos a traer en setiembre. Porque ya es hora de tratar temas serios en este blog y dejarse un rato de tanto libro y tanta tontería.
Porque para mí Aiden Ashley es la que tiene más clase de todas las actrices de porno lésbico que he visto. Porque no tiene cara de guarra y es de las pocas mujeres de las que puedo decir que, además de estar buenas, son bonitas (y espero se entienda la diferencia). Porque también en sus movimientos es limpia y natural. Por ese color blanquísimo de piel, porque tiene el cuerpo libre de tatuajes o piercings, por... porque sí y punto.
Bueno, sí, parece por estas dos fotos de encima que a la niña le gusta enseñar el quiqui, vale. Pero lo enseña con clase y mirando a la cámara. Que lo tiene afeitado: vale, también, pero algún defectillo tendría que tener. La perfección total o no existe o aburre.
También le gusta enseñar el culo, ya se ve en estas otras fotos. Una cuestión de simetría y que nadie vaya a pensar que no resiste un desnudo trasero.
Por cierto, en la columna de la derecha de mi blog está el suyo, del que soy fan, con fotos artísticas. También soy seguidor suyo, ferviente y devoto, en twitter y, a pesar de que escribe en inglés, bueno, en eso que hablan en Estados Unidos con la boca llena de mocos, de algo me entero.
Dejo para acabar una foto de una tortillita también limpia. Más que sexo, que no lo hay, parece una escena de cariñitos y de susurrarse palabras de amor.
(Ah, bueno, se sobreentiende que el contenido de esta entrada sólo es apto para mayores o menores acompañados de sus padres.)

martes, 18 de septiembre de 2012

Agustín Delgado (1941-2012)

Pues de lo que uno se entera leyendo El País de verdad, al de papel me refiero. Porque yo sólo lo compro los sábados con la prensa local para leer en la terraza de cualquier bar tomando café. Y eso ha sido, que iba a hacer el sudoku este sábado pasado 15 de setiembre y en la página de al lado he visto la foto, luego he leído el nombre y más arriba he caído en que se trataba de un obituario, que es como en El País llaman -finos que son ellos- a las necrológicas.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Fernando Corbalán, La proporción áurea. El lenguaje matemático de la belleza




Corbalán, Fernando, La proporción áurea. El lenguaje matemático de la belleza (RBA, s.l.: 2010)
Un libro de quiosco, sí, pero va mucho más allá de lo meramente divulgativo. Lo compré porque sobre la proporción áurea (Φ) yo sabía poco más allá de que es aquella que guardan los lados del rectángulo de una tarjeta de crédito, de un D.N.I. o de un paquete de tabaco, o aquella a la que tienden los números de la sucesión de Fibonacci cuando se va dividiendo progresivamente cada uno por su anterior: así, 1/1 = 1; 2/1 = 2; 3/2 = 1,5; 5/3 = 1,666; (...); 21/13 = 1,615348; (...); 121393/75025 = 1,618339887... = Φ (1).

lunes, 10 de septiembre de 2012

Benito Pérez Galdós, El equipaje del rey José y Memorias de un cortesano de 1815


José Bonaparte
Pérez Galdós, Benito: El equipaje del rey José y Memorias de un cortesano de 1815 (Hernando, Madrid: 1969 y 1948)
Reseñamos ahora las dos primeras novelas de la segunda serie de los Episodios Nacionales y nos va pareciendo que Pérez Galdós, don Benito, se limita a ir cumpliendo sin más.
El equipaje del rey José trata, como su nombre sugiere, de la salida de José Bonaparte, por lo demás cargado de botín, y de la última batalla, la de Vitoria, contra los franceses. Todo ello del lado histórico. Del novelesco tenemos el triángulo amoroso formado por: el joven Salvadorcillo Monsalud, alistado en el ejército francés como remedio a sus miserias y que marchará hacia Francia con el rey pasando por su pueblo natal; Genara, su novia, que, al verlo en el pueblo y comprobar que efectivamente se ha afrancesado, renegará de él como hace su madre; y el guerrillero Carlos Garrote, nuevo novio de Genara. A ello se añade el toque folletinesco de que Salvador y Carlos son hijos, ilegítimo el primero y legítimo el segundo, del cacique Fernando Garrote. Se funden así historia y ficción, acciones guerreras y vida cotidiana y el autor toma conciencia de lo que luego Unamuno llamará intrahistoria: ¡Si en la historia no hubiera más que batallas; si sus únicos actores fueran las personas célebres, cuán pequeña sería! Está en el vivir lento y casi siempre doloroso de la sociedad, en lo que hacen todos y en lo que hace cada uno...; las acciones culminantes... son batallas, carnicerías horrendas o empalagosos cuentos de reyes y dinastías, que agitan al mundo con sus riñas o con sus casamientos; y, entretanto, la vida interna permanece oscura, olvidada, sepultada. (58)

jueves, 6 de septiembre de 2012

Paco Ibáñez, Como tú




Bueno, pues como ya toca música, aquí Paco Ibáñez cantando a León Felipe, un poema, Como tú, del libro Versos y oraciones de caminante (Madrid, 1920). Aunque, del mismo libro, prefiero el poema Qué lástima, en versos muy anisosilábicos -esto es, de diferente medida- pero con rima asonante del tipo romance y que aquí presento recitados:


domingo, 2 de septiembre de 2012

Marc Pellicer, Els corsaris menorquins durant la guerra d'indepèndencia dels Estats Units d'Amèrica (1775-1783)

Jabeque de tipo corsario
Marc Pellicer, Els corsaris menorquins durant la guerra d'indepèndencia dels Estats Units d'Amèrica (1775-1783) (S'auba, Sant Lluís: 2011)
Una gran labor la desarrollada por esa modesta editorial menorquina y ya es, con Soldats i corsaris menorquins a terres llunyanes de Menorca (1650-1850), el segundo libro dedicado a la historia marinera y corsaria de Menorca.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Cecil Roberts, Estación Victoria a las 4'30

Cecil Roberts, Estación Victoria a las 4'30 (Orbis, Barcelona: 1983)
Si leí esta novela fue porque la regalaban en la liquidación de una biblioteca. Y me sonaba. Claro que me sonaba a novela de misterio del tipo Agatha Christie y será otras cosas excepto eso. Es una novela de estructura sencilla por el proceso de convergencia y divergencia. Explicado, eso supone que en una primera parte se presenta a toda una serie de personajes de lo más variopinto que, por motivaciones de lo más diverso, convergen en esa estación porque todos han de tomar allí un tren cuyo destino es Atenas.Y en la segunda parte, a la inversa, divergen porque cada uno de ellos va llegando a su destino.
Lo que sí huele a Agatha Christie es el punto de vista más bien aristocrático desde el que se observa la realidad. Por lo demás, poco que decir: sólo que carga bastante en lo lacrimógeno o que con la cantidad de personajes que maneja el autor el lector puede caer en la confusión.