Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



domingo, 11 de diciembre de 2011

Gira el mundo, gira (LXXI concurso de relatos Bubok [tema: el engaño, la mentira]: relato ganador)


Mercedes y su novio toman un café con leche rápido en el bar de la plaza frente a la estación. Ya en la puerta se miran, se besan, se vuelven a mirar y se despiden.
            Mercedes toma el tren. Los mismos de cada día: aquel señor leyendo el Marca, aquella chica que casi seguro trabaja como ella en un supermercado, aquella otra más jovencilla con su carpeta de la universidad y siempre leyendo... Mercedes se fija en ellos, viajan en su mismo vagón, los echaría de menos si no estuvieran ahí pero no sabe si ellos la van a echar de menos el día en que se le acabe el contrato y ya no coja ese tren. Apoya la cabeza en la ventanilla y mira al exterior... Una valla publicitaria: ”Amores cenicientos, la película más esperada del año, próximo estreno…”. ¿Cómo pueden decir que es la película más esperada -piensa- si yo ni siquiera sabía que existía?, ¿cómo pueden mentir tan descaradamente? Serán cosas de la publicidad y a nadie perjudica si la película es esperada o no. Al poco, ahí están esos otros como un clavo, ahora pasa por el camino el grupo de jubilados que deben de salir a andar por lo del corazón. Si ella pudiera convencer al abuelo, todo el día en el bar con la baraja en la mano como si fuera novio de las cuatro sotas... Pues precisamente, para mentira gorda la del abuelo. Ayer domingo, durante la comida, saca una pastilla de la caja y, haciendo ver que se la lleva a la boca, la deja caer en el bolsillo de la camisa. Luego traga agua y hace un gesto como engullendo. Al cabo de un rato, la madre de Mercedes le pregunta si se la ha tomado y contesta que pues claro.
Ya en el túnel Mercedes saca un libro del bolso, lo abre, lo vuelve a cerrar y lo deja sobre la falda. Diez páginas ha conseguido leer en un mes y lo ha hecho por su novio, que se lo regaló para su cumpleaños. “Ya voy por la mitad” le dijo. Y en parte es cierto, lo lleva por la mitad de la página treinta; y tiene unas doscientas. Pero lo piensa leer, eso sí, y, si era mentira, aunque piadosa o lo que sea, que iba por la mitad, ya pasará por esa mitad y la mentira se convertirá en verdad.
La estación, el intercambiador, riadas de gente en ambos sentidos y Mercedes por medio como una autómata. El pasillo del metro, las escaleras y más gente en el andén. Mientras espera, piensa en la pastilla: sería del colesterol o del azúcar, vete a saber, pero si le da un patatús al abuelo por no tomarla, la culpa será suya, pero yo soy cómplice. Así que le cuento la verdad a mi madre o hablo con el abuelo y ya sé qué me dirá: que no se piensa morir aunque sólo sea por no darle el gusto al gobierno de ahorrarse su pensión. El metro llega, Mercedes entra y se queda de pie frente a un asiento vacío porque ve una mujer mayor que viene hacia ella. Pero un señor con traje y corbata se adelanta y acaba ocupando el asiento. Mercedes se coge a la barra y sigue pensando que el abuelo es un embustero…

…mientras el señor del traje abre una cartera, saca un libro y va pasando páginas no como si leyera sino como si buscara algo. Tiene el libro lleno de tiritas adhesivas y se para cuando parece encontrar lo que estaba buscando. Es jesuita y anda puliendo en su Biblia lo que va a contar en clase de Escritura Paleotestamentaria de la facultad de Teología. Este cuatrimestre tocan los libros poéticos y va a empezar con el Eclesiastés. Como introducción, al final de la última clase escribió en la pizarra la palabra trampantojo y preguntó a los alumnos si sabían lo que significaba. Sí, algunos lo sabían, un efecto óptico en pintura, un engaño a los ojos. Acto seguido escribió una frase -Este mundo está lleno de trampantojos- y que reflexionaran sobre ella durante el fin de semana.
El Jesuita no levanta los ojos de la Biblia y, a pesar de no haber atendido al paso de las estaciones, se levanta automáticamente al llegar a la suya. Las escaleras mecánicas, un paseo de diez minutos y la facultad. Atraviesa el jardín, entra al edificio, el ascensor y un rato en el despacho.
En el aula -cómo cambian los tiempos- cada alumno con su portátil. Entre los alumnos, de todo: algún sacerdote, algún creyente con sus crisis de fe y alguna jovencita que haría mejor papel en la facultad de Farmacia. Vuelta al trampantojo:
-¿Sabrían ustedes poner algún ejemplo de los trampantojos que cité el viernes?
-El despertar de un sueño. Al abrir los ojos a veces pienso que esta realidad no existe y soy sólo un personaje en el sueño de alguien superior a mí.
-Una mujer que parece tener cuarenta años y, en realidad, tiene sesenta porque se ha hecho diez liftings.
-Cuando por las mañanas me pongo ante el espejo para darme una raya de rímel soy incapaz de ver que, detrás de la cara, tengo la calavera.
El Jesuita se la queda mirando. Sólo podía ser Victoria. En su mejor faceta. Porque también es la lunática que un día entra cabizbaja al despacho para contarle que Dios la ha abandonado y, una semana después, vuelve sonriente con cualquier excusa y le deja con la impresión de haber aparecido sólo para provocarle enseñándole el escote. El Jesuita cita el versículo más tonto del Eclesiastés, el que dice que el viento sopla hacia el sur y luego gira hacia el norte…

…mientras Victoria piensa que le gustaría estar en ese lugar donde da la vuelta el aire. Luego anota el número del versículo, 1,6, y cambia la pantalla del portátil para seguir jugando al buscaminas. Se siente el estómago vacío y está deseando que acabe la clase para bajar a la cafetería. Así hace y, como el café con leche que pide para acompañar al cruasán quema, llega tarde a clase de Historia de la Iglesia. Se disculpa, toma asiento y atiende sin atender que si no sé qué concilio proclama la naturaleza divina… Se aburre y piensa que luego tiene un hueco de una hora para decidir si aguantará la última clase, la de Antropología Teológica.
El sol ha subido, hace ese calorcillo invernal y hay un montón de gente sobre el césped del jardín. Victoria decide tumbarse también, se pone los auriculares para oír música y, al instante, ya tiene ahí al pesado de Enrique. Mira que me han intentado entrar de mil maneras –piensa- pero lo de ir a su casa para leer juntos y comentar la segunda epístola de san Pablo a los Corintios… que mira si es corta, trece capítulos nada menos.
-Me voy. Acabo de acordarme de que tengo hora en la peluquería. Me quiero hacer mechas…
Eso es, una mentira bien gorda a ver si mañana, al ver que llevo el pelo igual, se da por aludido aunque… no quiero ni pensarlo, no, él debajo leyendo san Pablo y yo encima dando saltitos… No, no sé cómo me pasa eso por la cabeza.
Victoria se conoce y se sabe un mar de contradicciones. Le vienen de familia, católicos a favor del sacerdocio femenino y otras progresías que, con su piso de doscientos metros cuadrados, casa en la playa y la montaña, votan socialista y encima dicen ser de izquierdas. Ella, en cambio, ni vota, ni se indigna, ni participa de esa gran mentira. Le basta con ser el trampantojo por antonomasia.
Va hasta el aparcamiento, se pone el casco, arranca su BMW y sale cavilando en qué se le habrá ocurrido preparar para comer a la chica sudamericana que tienen de criada. Al parar en el primer semáforo mira a su izquierda, ve una motillo y piensa que adónde irá este pringao…

…mientras ese pringao la mira también, ve la melena rubia sobresaliendo del casco y piensa que, puesto a decidir entre la nena o la moto, se queda con las dos. El semáforo se pone verde, la nena acelera y el Pringao se tiene que conformar con mirarle el culo hasta perderlo de vista.
El Pringao sigue su ruta, que consiste en recorrer las calles para repartir inútilmente currículos en las empresas de su ramo que ha encontrado en Google. Como el jueves y el viernes pasado, como mañana… Bueno, pero ¿por qué ando yo, con lo que ya tengo, mirando el culo de las otras? Ves, es en esos momentos cuando me entra la duda total de si la quiero o no la quiero… Otro semáforo. …¿y si resulta que no la quiero?, ¿y si nos estamos engañando?, ¿y si la estoy engañando a ella, me engaño yo mismo y estamos envueltos en una inmensa mentira?… Pero no, imposible, con el tiempo que llevamos… Además, es por el paro. Si estuviera trabajando seguramente no tendría tiempo de pensar en esas tonterías. Otro semáforo y el Pringao ya ha olvidado los currículos. Cambia la ruta y no para hasta la puerta del supermercado. Entra, coge algo que le gusta a ella, un huevo Kinder, y se pone en la cola. La cajera sólo está pendiente del ruidito de la máquina al leer los códigos de barras. Corre la cola, llega el turno del Pringao, la cajera ve sólo el huevo sobre la cinta y levanta la mirada:
-¿Se puede saber qué haces aquí?
-He venido a traerte un huevo Kinder, a mirarte, a decirte que te quiero y, si puede ser, a darte un beso.
En voz baja para que no oigan quienes están detrás. A Mercedes se le iluminan los ojillos y llama por megafonía que por favor la señorita Sole acuda a caja dos.
-Vamos un momento, sólo un momento, al vestuario. Lo justito para un beso. Y esta tarde quiero que me acompañes al bar donde juega mi abuelo para hablar con él. Ya te contaré, pero es un embustero de cuidado. Ah, y otra cosa…
-¿Qué?
-Que yo también te quiero.

1 comentario:

  1. Algo va mal en este blog. No puedo entender cómo esta entrada, que apenas lleva 14 horas, ha tenido 9 visitas, una más que la entrada dedicada a difundir las cualidades intelectuales de mi Leire, si menor en años mayor en prez.

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