Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



martes, 29 de noviembre de 2011

Ónfalos (LXX concurso de relatos Bubok [tema: viajes en el tiempo])


Viernes por la tarde en Cambridge. Siluetas de gótico tardío contra el cielo. Primavera. P y Q, como cada viernes, han quedado citados para su paseo junto al río. Sale cada uno de su despacho y de sus libros, cruzan claustros, jardines y, tras calles empedradas bajo campanarios, se encuentran en el banco junto al sauce. Pasean, en ademán también gótico y tardío, camino de ida, camino de vuelta. Hasta la hora del pub:
-Una pinta de guinness y otra de lager.
Sacan las pintas al jardín y se acomodan en una mesa de madera. Alguien, algún amante de la música clásica, ha dejado la ventana abierta en el edificio contiguo y se distingue nítidamente a Jim Morrison cantando: Riders on the storm, /  Riders on the storm         

En ese momento el amanecer acaricia los ojos de Edipo y lo despierta. La noche anterior, él y su criado, viniendo de Corinto y tras errar el camino de Delfos, habían decidido hacer noche junto a una fuente. Es la fuente Castalia. Se refrescan, acercan los caballos para abrevar y prosiguen el camino. Se orientan por el sol y al poco tiempo, tras cruzar un bosque de laureles, llegan al recinto sagrado. Edipo se apea, deja los caballos al cuidado de su criado, se dirige decidido al templo, saluda al sacerdote que sale a recibirlo y le entrega su ofrenda en oro y su pregunta para el oráculo grabada en una lámina de plomo.
Edipo queda fuera, a la espera, apoyado en el umbral. El sacerdote entra con la lámina y se la entrega a la Pitonisa, la Pitia, así llamada porque permanece constantemente sentada sobre el ónfalos, el ombligo del mundo, bajo el que están enterradas la serpiente Pitón y las fuerzas telúricas. La Pitia lee la pregunta de Edipo –¿qué va a ser de mí?- y, al punto, la reconoce y sabe que ya la contestó una generación antes; al padre del mismo que viene a preguntar.

Into this world we’re thrown, / Like a dog without a bone.
-Otra pinta de Guinness y otra de lager.
Y P le pregunta a Q:
-¿Recuerdas el concepto de eternidad en Boecio?
-Sí, la eternidad como lo contrario del tiempo, la presencia simultánea en todos los tiempos. Es atributo exclusivo de los dioses. Pero esa idea no es sólo de Boecio; está en otros clásicos y corre por el mundo oriental.
Jim Morrison es un susurro por debajo de la conversación.

La Pitia bebe el vino de Dioniso, entra en trance y al instante asiste, como en vorágine, a todas las generaciones. Está en lugares de hielo nunca hollados por el hombre y, simultáneamente, en espacios que en tiempos de Edipo aún no han conocido al hombre, en guerras con máquinas inimaginables, en el vacío del cosmos... Y oye otra vez la gran algarabía, oye al unísono todas las frases posibles en todas las lenguas posibles presentes, pretéritas y por venir, y cadenas de sonidos que en ninguna de ellas tendrán sentido; y oye las olas chocando contra las rocas en el mar de Creta, y gruñidos de animales ya extintos, y rumores de bosques, y el silencio…
Edipo sigue apoyado en el umbral y la Pitia sigue sentada sobre el ónfalos. La Pitia baja al tiempo desde la eternidad y viaja a través de todos sus recovecos, ora a la izquierda ora a la derecha del tiempo. Está sentada en el ónfalos y está también detenida en la encrucijada que divide el camino que sale de Delfos, esa encrucijada en forma de Y, de ypsilón: el camino de la izquierda, como el trazo izquierdo de la letra, ancho y fácil hacia Corinto; el de la derecha, estrecho y difícil hacia Tebas de Beocia. Nubes negras, llueve, truena y no se ven pájaros en el cielo. Ahora la Pitia se sienta impasible en un mojón del camino de Tebas y ve venir del lado de la ciudad un carro. El paso es angosto, el camino un barrizal y las ruedas del carro se hunden en el lodo. Layo, rey de Tebas, y su auriga bajan del carro e intentan inútilmente mover las ruedas.

Riders on the storm, /  Riders on the storm
-Otra pinta de guinness y otra de lager.
Y ahora P dice:
-Pues estoy convencido de que si los griegos le hacían tanto caso a los oráculos es porque eran verdaderos. Porque quien los dictaba era la divinidad que alojaba su voz en la boca pálida del sacerdote, de la sibila, del adivino…
-Serán las cervezas… ¿Y qué pasaba cuando el oráculo fallaba?, ¿era la divinidad que mentía?
-No. Era o que el sacerdote no entendía a la divinidad o que era un falso sacerdote. Porque en la divinidad no cabe la mentira. Ahí está Platón para decir que divinidad y verdad son una y la misma cosa.
-Lo que digo, serán las cervezas.
Una corneja cruza el cielo de izquierda a derecha de P y de derecha a izquierda de Q, que está sentado frente a él.
There’s a killer on the road

Edipo sigue junto al umbral del templo de Delfos. Y la Pitia sigue en el ónfalos y, a la vez, en el cruce de caminos. Ve venir de la parte de Delfos, bajo la lluvia, a Edipo y su criado a caballo, los ve despedirse y oye cómo Edipo manda a su criado de vuelta a Corinto. La Pitia pregunta a Edipo quién es y dónde va:
-Soy Edipo de Corinto. Voy a Tebas huyendo de un oráculo doblemente desgraciado.
-¿Estás seguro de que eres de Corinto?
Pero Edipo ya no escucha. Cabalga bajo la lluvia hacia Tebas. Y la Pitia, con sus ojos verdes de lechuza, ve desde la encrucijada y desde el mojón cómo Edipo pide, exige a Layo que aparte el carro, cómo ni Layo ni su auriga pueden sacar el carro del lodo, cómo discuten, cómo Edipo saca su espada y la hiende en la cabeza de Layo.
La Pitia, desde el ónfalos, vuelve a escuchar la algarabía de cadenas infinitas de sonidos y, con la ayuda de Apolo, señor del templo y que convierte en orden los torbellinos, escoge, de entre todo el laberinto de palabras, las que el sacerdote transmitirá a Edipo como epifanía prístina. Y ni siquiera ella será capaz de detener a Edipo en la encrucijada sugiriéndole que no es hijo del rey de Corinto, como cree, sino del de Tebas, que viene hacia él en carro. Porque la Pitia, en su paseo por la eternidad, ha estado también en la alcoba de Yocasta, viuda de Layo, y ha visto cómo Edipo engendraba cuatro hijos en el mismo vientre donde fue engendrado él mismo convirtiéndose así en padre de sus cuatro hermanos.
El sacerdote transmite a Edipo, que sigue en pie ante el umbral, el oráculo de la Pitia. Edipo era, es y será una pobre criatura finita en manos de la divinidad eterna.
La Pitia descansa mientras Edipo se arranca los ojos; descansa mientras sus dos hijos se matan entre sí a las puertas de Tebas; descansa mientras su hija Antígona se suicida; descansa mientras su otra hija, Ismene, acompaña a su padre, ciego, a morir en Colono.

Y otra pinta de guinness y otra de lager.
Ahora es Q quien habla:
-A cualquier cosa que le estés dando vueltas le podías añadir esa idea que corría por el siglo XIX.
-¿Cuál?
-Que los dioses han existido realmente, han pisado la tierra pero acabaron por huir hartos de los hombres.

1 comentario:

  1. Omphalos me ha recordado a Joyce. Aunque Dublín queda lejos de Cambridge, es sólo en el espacio.

    Un saludo.

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