Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



domingo, 13 de noviembre de 2011

Habitando tu piel (LXIX concurso de relatos Bubok [tema: el erotismo])

Atardecer de julio en el campo salmantino. Por salir un fin de semana de nuestro pueblo y meternos en cualquier otro. Por sacar nuestros amores de su casa o la mía y pasearlos por esas geografías.
Tarde de siesta a la espera de que baje el calor. Siesta en penumbra y la luz blanca de su cuerpo. Caricias, besos, palabras, placeres, … Descanso y sueño con su brazo agarrándome por la cintura como si me fuera a escapar. Si cuando me escapo es para dejarme aprisionar por sus ojos…
Habíamos pensado dedicar un rato a andar. Salimos a la calle y nos decidimos por el primer camino. Aún queda para el tramontar del sol hacia Portugal. Encinas y chaparros. Sin prisas. No se ve a nadie por esos campos y la cojo de la mano. Por eso también me gusta que salgamos de nuestro pueblo, porque allí somos formales y en otros espacios puedo unir su mano a la mía, puedo abrazarla o arrinconarla contra un árbol, podemos querernos al aire libre.
De repente aparece de detrás de un recodo un caballo con su jinete. Viene hacia nosotras y ella, instintivamente, tira de la mano para soltarse. La agarro fuerte:
-Como te sueltes, aquí mismo te estampo un beso.
El jinete se cruza con nosotras y saluda. Le devolvemos el saludo y ella, cabizbaja como si el mundo no estuviera curado de espantos.
Volvemos al pueblo antes de que anochezca y nos metemos en el bar a pinchar algo para cenar. Y para planificar las vacaciones, claro, porque ése era el objetivo del fin de semana. Que también lo podíamos haber hablado en su casa o en la mía pero lo habíamos acordado así, salir el fin de semana y empezar a preparar las vacaciones. Además, es ella la que decide; yo la dejo hablar y luego todo me parece bien. No sólo por comodidad sino porque siempre acierta como acertó este fin de semana pasado con la casa rural y el pueblo salmantino. Con una caña y las tapas de por medio me cuenta: que si el primero de agosto nos vamos a Portugal –ya veremos si con su coche o el mío- que si a Figueira da Foz, cerca de Coimbra, una ciudad universitaria muy importante:
-¿Son vacaciones culturales o también habrá de lo otro?
Porque eso sí, ella es una intelectual. Ya una vez me desperté de la siesta y estaba a mi lado leyendo. Le cerré de golpe el libro, lo dejé sobre la mesita de noche y se lo expliqué nítidamente:
-A mi cama se viene a lo que se viene.
Y eso no quita para que me quede con la boca abierta cuando me cuenta esas historias que lee o que se me caiga la baba cuando, tras dejarme arrastrar a la fuerza a algún museo –incluso el amor tiene daños colaterales-, me explique una pintura que yo veo normalita con que si la perspectiva, el punto de fuga y qué sé yo qué más. Pero a lo que iba: que si me parece bien lo de Portugal. Que sí, que por supuesto. Que si al volver a la habitación me enseñará en el portátil las fotos de Figueira da Foz, de las playas y del hotel.

Al volver a la habitación… Pero eso fue luego, que aún me tuvo un rato de conversación:
-Que me perdones por lo de antes en el camino.
Se quita el anillo, me coge la mano derecha con su mano derecha, me quita el anillo, me pone el suyo y se pone el mío. Porque tenemos los dedos del mismo grosor. Fue un regalo que compré después del fin de semana en el que nos dejamos claro que su cuerpo es sólo para mí y viceversa. Y los anillos son iguales, con nuestros nombres grabados. La única diferencia es que en el mío está su nombre delante, Eva, y en el suyo está el mío, María. Y lo de intercambiarnos los anillos lo hace ella de vez en cuando como símbolo de algo, vete tú a saber de qué:
-Que me perdones, ya sabes de mis pudores y remilgos.
Que si sé… Como esas veces en que, ya con la luz apagada, se me arrima, me acaricia el vientre que ya veo que no es sólo de cariño, me hago la loca a ver qué y acaba acercándoseme al oído para, en voz muy baja, pedirme que si antes de dormir podemos hacer esto o aquello. Enciendo la luz, le pido que me lo repita mirándome a los ojos y le salen todos los colores. Pero me lo repite.
Luego están sus contradicciones. Una vez cambiados los anillos me coge la mano. En medio del bar. O sea, en el camino, con una sola persona, no quiere, y en el bar, lleno de gente en sábado por la tarde, va, me coge la mano y se pone a acariciármela. Ella a un lado de la mesa y yo al otro. Me mira a los ojos y me acaricia la yema del dedo anular con la yema de su dedo anular. Despacito y con un leve roce como cuando…:
-¿A que no sabes dónde te estoy sintiendo?
-Venga, no empieces a exagerar.
Y era verdad pero sólo a medias. Porque la sentía ahí y, a la vez, como ondas que se me iban metiendo hacia dentro. Como esas veces en que acabo sintiéndola en la garganta. Me cogen las prisas:
-¿Volvemos a la habitación?
Al volver a la habitación…

Al volver a la habitación ya me había olvidado de las fotos, por supuesto. Pero lo de las fotos era en serio y, además, a ella le gusta tenerme en espera. Yo ya estaba desnuda en la cama pero Eva, con toda su parsimonia, abre el portátil, se va a no sé qué ficherito y venga a pasar fotos y preguntarme si me gusta el hotel o fíjate qué playa. Interminable.
-Muy bonito todo. Gracias por  buscar ese sitio. Seguro que lo pasaremos muy bien aunque yo contigo lo paso bien donde sea.
Besito tierno y por fin empieza a desnudarse:
-¿Me dejas que me ponga ocurrente?
Porque sí, mucho pudor y mucha vergüenza para ciertas cosas pero luego, a la hora de inventarse cuadritos, es única: que si ponte así, que si ponte asá, y a mí, como con las vacaciones, me está bien todo mientras sea con ella.
Me separa las piernas y se pone a soplarme ahí. Sí, a soplar. Rato largo y, de vez en cuando, a dejar caer salivita por mi zona lúdica:
-Es para irte encendiendo.
-No, si yo ya venía encendida.
-Pues para encenderte más.
Y vaya si me encendió. Hasta abrazarle la cabeza con las piernas y empezar a retorcerme:
-Anda, ven, que te explico el mundo.
A lo inefable: labios contra labios, los unos y los otros; y los unos contra los otros. Gritos, espasmos y jadeos. Por ese orden o por cualquier otro. O sin orden. Cuerpos en caos, lenguas al azar y el placer supremo en orden, ella y yo juntas, sincrónicas como siempre. Hasta quedar exhaustas y saciadas. Y traspuestas, que caímos dormidas tal como estábamos, puestecitas del revés. Y a la mañana siguiente despertarnos con caricias, besos y mordiscos en los talones y el empeine.

El fin de semana perfecto. Ya volvemos a estar en nuestro pueblo. De aquí dos semanas, de vacaciones a Portugal. Playa por la mañana y quizá le deje una tarde para algún museo o cualquier otra de sus cosillas culturales. O no. Si me quedo mirándola al fondo de esos ojos verdes ya sabe lo que hay, que yo no necesito ninguna de sus ocurrencias para encenderme. Ni para encenderla a ella. La tengo envuelta en una nube y ella me tiene envuelta en la misma nube. Desde aquel día:
-Eva, no te digo cuánto te quiero para que no te asustes.
-Yo también te quiero mucho, María.
-No te pongas sosa y dímelo con alguna floritura.
-Pues que te quiero tanto… tanto… tanto que cuando te levantas para ir al cuarto de baño ya te estoy echando de menos.
Desde ese día da igual que sea verano o lo que quiera el calendario. Si este fin de semana pasado hubiera sido de un invierno de nieve nos habríamos quedado en el pueblo pero lo habríamos pasado casi igual. Sólo que encima de la alfombra y los almohadones de mi salón frente al fuego de la chimenea. Y lo de ir de vacaciones… Sí, bueno, por ver mundo. Pero el único mundo que quiero ver es su cuerpo desnudo. Y el único museo que quiero visitar. Sí, ése es mi mundo, mi patria, mi mapa, mi único paisaje.

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