Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



martes, 4 de octubre de 2011

Enrique IV Trastamara (y Loterías y Apuestas del Estado)

Suárez, Luis Enrique IV de Castilla: la difamación como arma política (Ariel, Barcelona: 2002)
Compré ese libro una mañana de domingo en el mercado de San Antonio de Barcelona porque mira, no sé... Y ya el insigne Gregorio Marañón, ese que tiene una glorieta dedicada en Madrid, en el cruce de María de Molina con la Castellana, me parece, había dedicado una biografía a Enrique IV en la popular colección Austral de Espasa-Calpe.
El libro merece el mismo comentario que merecería una pizza de casa Tarradellas o un polvo con una frígida anoréxica. O sea, que no. La metodología histórica no se le ve mucho, ni presupuestos marxistas ni desde la historia de las mentalidades; va acumulando datos presentados de forma desaboría y liando al lector en medio de las guerras y facciones entre los diversos reinos peninsulares, eso sí, girando una y otra vez alrededor de lo que preocupaba a Gregorio Marañón, que era médico: las supuestas ciclotimia e impotencia del rey.
Un detallito serio. Dice hablando de la guerra de Granada: Todavía en el mes de junio anterior (de 1458) había hecho (Enrique IV) una entrada con fuerzas más reducidas, desde Jaén... Un percance serio de esta campaña fue la muerte de Garcilaso de la Vega, a quien alcanzó una flecha envenenada (163-164). Y poco más adelante: La campaña del mes de junio contra Granada... se cerró con un fracaso y las tristes exequias de Garcilaso de la Vega (186). Vamos a ver: cuando se habla de Garcilaso de la Vega la referencia es clara, es el introductor de la lírica renacentista en España; y muere en la guerra, sí, pero contra Francia al caer de una escala en el asalto a una fortaleza en los alrededores de Niza y en 1536, ochenta años más tarde y en tiempos del emperador Carlos I. No dudo que pudiera haber un homónimo en esa guerra porque el linaje toledano y extremeño Lasso de la Vega es amplio y alcanza lo menos hasta el inca Garcilaso que muere, por cierto, el mismo día que Cervantes. Pero si el muerto en Granada es un antepasado del poeta, el autor tendría que haberlo aclarado por lo dicho, porque Garcilaso de la Vega, por antonomasia, sólo hay uno. Aunque tengo para mí que se ha liado con los nombres y que el que muere ahí no es ningún Garcilaso de la Vega sino algún otro caballero de rancio abolengo.
Y, ¿qué tiene que ver todo lo dicho con las Loterías y Apuestas del Estado? Pues en principio, nada. Sólo que en el libro hay una frase que lleva a la reflexión. Hablando de unas cortes celebradas en Toledo se dice: Los procuradores de las ciudades habían estado discutiendo con el Consejo Real la necesidad de poner freno a las enajenaciones del Patrimonio, porque hacían disminuir las rentas de la Corona obligando a formular nuevas demandas al reino (238). O sea, que en el siglo XV ya hay quien dice que, si el rey vende sus tierras, disminuyen sus rentas y ello obliga a subir impuestos.
Pues la semana pasada se echó atrás, por múltiples causas, la OPV (oferta pública de venta) de la empresa estatal Loterías y Apuestas del Estado. Sólo que esa OPV habría sido la última de una larga cadena que empezó hacia mediados de los 80, en tiempos de Felipe, con Repsol, nombre con el que, para esa OPV, se rebautizó a Enpetrol (Empresa Nacional de Petróleos). Luego siguieron otras muchas: Argentaria, fusión de los bancos con participación estatal (Exterior, Hipotecario...) y que acabó integrado en el BBVA; Iberia, Red Eléctrica Española, Endesa en cierto modo... El proceso es siempre el mismo: la SEPI (Sociedad Estatal de Participaciones Industriales) vende a los particulares acciones de esas empresas que pasan a cotizar en bolsa. Y sí, muchos pequeños ahorradores se benefician pero también poderosos fondos de inversión españoles y, sobre todo, extranjeros. Se puede decir que la medida, ya digo que inaugurada en el primer gobierno del PSOE, es de todo menos socialista: porque si antes se beneficiaba el Estado -suponiendo que el Estado somos todos- de los resultados de esas empresas ahora ese beneficio ha pasado a algunos particulares. Actualizado lo que se decía en tiempos de Enrique IV: si el Estado enajena su patrimonio pierde rentas y, para recuperarlas, por fuerza habrá de subir la presión fiscal. La medida de vender esas empresas, todas rentables, sólo puede entenderse desde lo de pan para hoy y hambre para mañana. Otra cosa sería que vendiese empresas de ninguna o baja rentabilidad a sociedades de capital riesgo especializadas en reflotarlas, pero no es así.
Por explicarlo con un caso concreto: ahora mismo (13:53 del 4/10/11), Repsol marca 18,785 euros en la bolsa española; a ese precio, la rentabilidad por dividendo es del 5,59%. Piénsese que, de no haber vendido su porcentaje en Repsol, el Estado podría estar cobrando ese dividendo que, a su vez, le serviría para pagar la deuda pública.
Volviendo al libro del título diremos que contiene algún dato interesante: Enrique IV hizo suspender la bárbara costumbre de la exhibición de la sábana (p. 139) en referencia a la noche de bodas; eso abundó en la creencia de que era impotente con los problemas sucesorios que de ello se derivaron. Pero véase  más adelante en relación al matrimonio de los Reyes Católicos: los novios consumaron matrimonio restableciendo la dura costumbre de la sábana (448).
Y como trasfondo del libro aparecen las guerras que enfrentan a facciones nobiliarias con gran protagonismo para los grandes poetas del momento, Santillana y Manrique.

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