Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



lunes, 29 de agosto de 2011

Román Gubern, Máscaras de la ficción

Gubern, Román, Máscaras de la ficción (Anagrama, Barcelona: 2002)
Este libro me lo regalaron. Concretamente me lo regaló Civairott, a quien desde aquí se lo vuelvo a agradecer, por haber ganado yo el LVI concurso de relatos Bubok con  esta chorradilla.
Es un libro bonito incluso visualmente por esa portada en la que aparecen el monstruo de Frankenstein y Superman frente a frente.
Está organizado en 14 unidades temáticas que serán analizadas desde su origen en la literatura hasta su salto al cine; así, por ejemplo, puede partir del Frankenstein de Mary Shelley (1818), recorrer sus versiones cinematográficas y, analizando las relaciones entre la criatura y su creador, observar (p, 41) cómo los replicantes de Blade Runner (1982) no serán otra cosa que nietos de la criatura original.
Eso mismo se puede apreciar desde otro ángulo: como dice explícitamente (453), partiendo del tipo llega a los personajes. A modo de ejemplo, si un tipo puede ser el artefacto con emociones, sus personajes concretos serán desde Pinocho (1881) hasta el ordenador HAL-9000 de 2001: una odisea del espacio (1968) o Robocop (1987). Ello no deja de ser un planteamiento platónico: de la idea a su concreción. 
Accede a los textos literarios y fílmicos desde diversas disciplinas como la semiótica o el psicoanálisis. Así, son curiosas afirmaciones como que en La novia de Frankenstein (1935) el monstruo adquiere vida en lo alto de un torreón fálico (42); o alguna deducción que parece ir más allá de lo esperable: en el mismo tema se deriva hacia lo sexual que el joven doctor Frankestein renuncie a la paternidad biológica mediante matrimonio y prefiera la paternidad artificial creando un monstruo (40). Por ese lado, el autor parece conocer el mundo de los mitos, tan básico en el cine, no directamente sino a través de su tratamiento por la psicología. Pero por ese camino nos hace conocer el complejo de Diana (287), definido por Adler como “protesta viril” de la mujer ante el poder masculino; o el de Judit, provocado por la agresividad femenina contra el hombre, derivada del deseo y la angustia producida por la pérdida de su virginidad (339); o el que gira alrededor de Absalón, el hijo rebelde del rey David (409).

Nos presenta ideas sugerentes como la de relacionar El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde (1886) de R. L. Stevenson con El profesor chiflado (1963) protagonizada por Jerry Lewis. O, a propósito de Superman (1938), lo compara con Cristo por ser enviado del cielo y por huir, en su estado infantil, de un cataclismo similar a la matanza de Herodes (287). Y con Drácula dice: La extracción de sangre está acompañada de una apasionada penetración (dental) y la transfusión sanguínea constituye una forma de unión fisiológica que, en algunas culturas, se asocia a una ceremonia de boda (346).

O transmite datos curiosos como que hasta bien avanzado el rodaje de Casablanca (1942) no se sabía con cuál de los dos se acabaría yendo el personaje interpretado por Ingrid Bergman, que se quejaba porque decía que su manera de actuar con respecto a uno u otro dependía de ese final (385-386).

Hay, sin embargo, algún error de apreciación desde una visión histórica del devenir cultural casi siempre por no retrotraer más atrás algunos motivos literarios. Así, hablando de Niágara (1953) a propósito del tipo de la mujer depredadora y femme fatale afirma: Marylin Monroe es rubia y Jean Peters es morena, pero la primera es infiel y asesina y la segunda modosa y convencional, trocando así Hathaway (el director) un simbolismo capilar bastante habitual desde el siglo XIX (85). Vale, sí, eso se cumple, por ejemplo, en la novela española más leída del XIX, El escándalo (1875) de Pedro Antonio de Alarcón; pero la oposición binaria rubia=buena / morena=mala se puede retrotraer hasta el conocido versículo bíblico Nigra sum sed formosa (Ct 1,5) e información suficiente sobre el tema la hay en un artículo mío de 1991 titulado “Retratos femeninos en poesía hebrea, árabe y castellana medieval” que quizá se pueda leer aquí y que contiene multitud de citas al respecto. Lo mismo a propósito de Alicia en el país de las maravillas (1865) donde dice: el sueño como vehículo narrativo estaba ya en La Divina Comedia de Dante con su sueño “didáctico” (126); en realidad ese sueño como excusa narrativa se puede remontar mucho más atrás, hasta Homero y las visiones y sueños de los profetas bíblicos.

De modo parecido, a propósito de la Carmen de Merimée dice que Entre 1830 y 1840 los temas españoles habían penetrado en la literatura francesa a causa de las campañas (y derrotas) napoleónicas en la península (58). La cuestión no es exactamente así sino que hay que encuadrarla en un contexto más amplio, en el Romanticismo. Desde países centroeuropeos se producirá una atracción por el sur de Europa, se entenderá que países como Grecia, Italia o España encarnan el espíritu romántico y, de ahí, los viajes y textos de lord Byron, Hölderin, Goethe, Chateaubriand... Lo raro es que, trescientas páginas después lo presente exactamente en esos términos a propósito de ciertas películas francesas de los años 30 dedicadas a la legión extranjera: en ellas operó [..] la fascinación por los países soleados del Sur (sic), como meta de una fuga existencial, la vieja tentación meridional que ya se había evidenciado durante el romanticismo (371).
Hay también un extraño error o descuido en el dominio del español: a propósito de El hombre invisible (1897) de H. G. Wells, ¿cómo se entiende una frase así: el nombre que eligió Wells para su protagonista fue muy intencionado. Griffin designa en inglés un animal híbrido y fabuloso, formado por cabeza y alas de águila y cuerpo de león (263). ¿No es más fácil decir que Griffin, en inglés es, en español, el grifo?
Por fin, aquí hay otro buen comentario que he encontrado mientras buscaba la imagen de la portada.

jueves, 25 de agosto de 2011

Jack London, Los piratas de la bahía de San Francisco

London, Jack, Los piratas de la bahía de San Francisco (Laertes, Barcelona: 1982)


El universo marinero propio del autor. Pero es digna de comentario la traducción del título de la obra, Tales of the Fish Patrol. Sin saber mucho inglés se ve que eso significa Cuentos de la patrulla pesquera. Y de eso van los cuentos, de la persecución de pescadores furtivos de gambas, de recolectores furtivos de ostras... sin que, por supuesto, aparezca pirata alguno.

domingo, 21 de agosto de 2011

Ágora, de Alejandro Amenábar

Ágora, Alejandro Amenábar (2009)
No. O sea, no. Como no voy al cine, aproveché para verla anteayer por televisión. Y no, no pude acabar de verla.
Amenábar en Tesis (1995), sí: a pesar de la historia turbia que se cuenta ahí; pero la protagoniza Ana Torrent, la niña de El espíritu de la colmena (1973); en Abre los ojos (1997), más que bien: una puesta al día de La vida es sueño con el cruce entre la realidad, el sueño, lo virtual...; en Los otros (2001), bueno, vale: es una variante de la anterior y lo que ahora se confunde es el mundo de los vivos con el de los muertos, pero la película se sostiene por Nicole Kidman.
Pero Ágora... Vale, muy bonita la recreación de la Alejandría posthelenística y su biblioteca pero lo que se nos cuenta, aparte de la preocupación de Hipatia por el sistema planetario...
Que los fanatismos no traen nada bueno: ya lo sabíamos.
Que judíos y cristianos no pueden convivir largos períodos: nos lo dice la historia.
Y no veas cómo pone a San Cirilo, el que sacó el dogma de la maternidad de la Virgen María...
Total, que mejor la película que dieron el lunes, la de Gomorra con las historias de la mafia napolitana.

Pero la conclusión es la de siempre: donde se pongan La naranja mecánica o Apocalypse now...

miércoles, 17 de agosto de 2011

Jordi Tiñena, Mort a Menorca

Hidroavión en el puerto de Ciudadela
Tiñena, Tiñena, Mort a Menorca (Columna, Barcelona: 1994)
El título es broma porque no aparece ningún espacio que se parezca a Menorca ni de lejos sino un ambiente insular que podría situarse en cualquier otro lugar pero no en Menorca (por el espacio, por los personajes,...). Lo único menorquín que aparece es el apellido de un personaje del texto que sí es común en Menorca: Caimaris. Lo menos menorquín, incluso antimenorquín, lo de llamar Ciutat a alguna de las poblaciones menorquinas; eso se utiliza en Mallorca para designar a Palma, pero nunca en Menorca. No creo que le hubiera costado mucho al autor coger un avión y pasar dos o tres días en Menorca para ambientarse aunque fuera un poco.
Aparte de eso parece una novela bien construida y sostenida por temas metaliterarios: de un lado, la omnipresencia del folletín; de otro, el viaje a la isla de un escritor y su secretario para documentarse sobre un crimen y escribir sobre él una novela.
Al final sobreviene la paradoja: no se escribe esa novela pero esa no escritura es la que genera: a) la escritura de la propia novela Mort a Menorca; b) la sustitución de la novela sobre un crimen por un crimen real, el del secretario sobre el no-escritor (con su toque edípico porque ha sido ese no-escritor el que ha educado al secretario).
El autor, al que conocemos, nos envió hace días dos correos anunciando una nueva novela suya para el 23 de abril, San Jorge, eso que se hace en Cataluña de poner paradas de libros y rosas en la calle y que tan preocupados tiene este año a todos los libreros -excepto a Lara, claro, que pasa de esas chorradas- porque San Jorge cae en Sábado Santo. En el segundo de los correos que nos envió anunciaba su lanzamiento en youtube, a lo moderno, que hay que estar con las nuevas tecnologías. No recuerdo el título de la novela pero iba de algo así como del ambiente al principio de la Guerra Civil -más de lo mismo- en el Serrallo, que es el barrio de pescadores de Tarragona. No creo que la lea; ahora en catalán sólo leo cosas relacionadas con Menorca, nunca con Cataluña: ni escondo ni quiero esconder mi españolismo, que nosotros sí que somos una nación.

sábado, 13 de agosto de 2011

Coplas sefardíes. Primera selección

Elena Romero, ed. Coplas sefardíes. Primera selección (El Almendro, Córdoba:1988)
Encomiable la labor de la pequeña editorial cordobesa El Almendro en la difusión de la cultura judía, y ya leímos en su día la selección de poetas hebreos de Al-Andalus de A. Sáenz-Badillos y J. Targarona.
Es ésta una selección de coplas de variada procedencia (Mediterráneo oriental, norte de África,...), época (hasta el XVIII) y tema (paleotestamentario, histórico, lacrimógeno, ...).
De interés hubieran sido, aunque no es el campo de la editora, comentarios en nota sobre las variantes dialectales del sefardí, como la asimilación entre la vocal y la líquida palatales (mancía [mancilla], maravía [maravilla], gaína [gallina] de Indias, o sea pavo como el cat. gall d'indi o el francés dinde); o el diminutivo en -ico (cucharicas, poico [pollico]) como en aragonés o andaluz oriental; o la realización, frente al castellano Dios o el portugués Deus, procedentes del nominativo, Dío como en italiano; o directamente del acusativo Deum o con apócope de la -s final para evitar confusión con la marca de plural que supondría algo tan grave como el politeísmo (vid. S. Freud, Moisés y el monoteísmo).

viernes, 5 de agosto de 2011

Patricia Conde (y vamos a dejarnos de tonterías)

Patricia Conde

De momento, ahí va esa foto por si alguien ignoraba hasta qué niveles de exageración puede llegar una hembra. ¿A que acojona? ¿A que parece como si existieran dos razas de mujeres, todas las demás de un lado y ella sola del otro?
Por utilizar una palabra relativamente moderna, Patricia Conde (Valladolid, 1979) es una mujer de consenso. Quiero decir que todo el varonío hispánico estará de acuerdo conmigo en que no tiene un solo fallo, que nadie dirá que si tiene la nariz torcida o si le falta o le sobra un poquito por aquí o por allá. Lo digo a diferencia de mi admirada Leire Pajín, que siempre corre el riesgo de que le salga un intelectual y le diga:
-Oye, mira, contigo no. A mi me van las mujeres inteligentes con las que uno pueda hablar de algo mientras se fuma el cigarrito tras la comisión del acto y tú serás muy ministra de sanidad pero no sabes ni lo que es la vacuna de la viruela.
A ese mismo intelectual, sin embargo, le daría lo mismo que Patricia Conde se estuviera callada como que le contara la cría del champiñón.
A la Leire también le puede salir un experto en volúmenes y cubicajes y decirle simplemente:
-Es que estás gorda.
Que fue lo que dijo tras las fotos en Menorca algún periodista lenguaraz y viperino añadiendo que con esa figura no podía ser ministra de sanidad porque incitaba a los niños a hartarse de macdonals y chuches. Pero a esos periodistas ya les enseñaba yo a distinguir entre una mujer gorda y una mujer maciza.
En cambio, Patricia Conde lo que está es pluscuamperfecta. Como para que venga alguno de esos comeaoscuras de los que dicen que lo primero que hay que mirar en las mujeres es la inteligencia.
Y tonta no es, que lo saben quienes como yo la seguíamos en el Sé lo que hicisteis de la Sexta: gracia en el hablar y moverse, desparpajo, capacidad de improvisación y reacción, ...
La foto, muy bien, por supuesto, con el cuerpo en zigzag para resaltar la curva de la cadera; la mirada, no provocativa y contrastando con el gesto de la mano derecha con el pulgar por dentro de las bragas como diciendo: si me desatas el nudo de la blusa me las bajo y a ver si eres capaz de resistir.

Pues volviendo a las bragas quería añadir la exhibición que hace en el actual anuncio de Tampax. A mí el anuncio me recuerda aquella frase que le dijo hace muchos años, aún en vida de lady Di, el príncipe Carlos de Inglaterra a su entonces amante y actual mujer, Camilla Parker:
-¡Cómo me gustaría ser tu tampax!


lunes, 1 de agosto de 2011

Petronio, El Satiricón

Petronio, El Satiricón (Gredos, Madrid: 1988):
Un texto tan confuso como éste merecería una mayor dosis de notas en una edición como la llevada a cabo por la editorial Gredos en su prestigiosa colección de clásicos. Podría haberse comentado, por ejemplo, que el tipo de narración, como el de El asno de oro de Apuleyo, consiste en mera acumulación de materiales diversos sin idea global de conjunto, igual que luego ocurrirá, por ejemplo, con el Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita y otras narraciones anteriores a la llegada de la novela moderna con el Lazarillo o el Quijote.