Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



jueves, 28 de julio de 2011

...y a ti te encontré en la calle (LXIV concurso de relatos Bubok [tema: la madre])

-¿A quién quieres más, a tu madre o a mí?
            Él había alargado el brazo derecho hasta la mesita de noche, había sacado un cigarrillo del paquete y lo había encendido. Eran tiempos en los que aún no estaba mal visto y a nadie parecía molestar el humo. Ahora ni siquiera fuma. Laura le miraba con la mejilla apoyada en su pecho:
-Dime, ¿a cuál de las dos quieres más?
Se sabía de memoria la cadena de preguntas, de respuestas, de silencios, y los ojos que iba a ir poniendo ella y cuál iba a ser su frase final:
-Con mi madre no podría hacer lo que acabamos de hacer.
-Eso no es una respuesta.
Fumaba despacio, mantenía el humo dentro de la boca y lo lanzaba suavemente a la cara de Laura. Como para crear una cortina entre sus ojos y los de ella mientras pensaba una respuesta que iba a ser la de siempre, la que ella se esperaba:
-A mi madre la quiero de una manera y a ti te quiero de otra.
-Sí, pero entre esas dos maneras…
Y él se dispersaba, le acariciaba la espalda, repasaba con la mirada cada uno de los posters de la habitación y acababa yendo a parar con los ojos a los calcetines de ella. Siempre de colores chillones y, aquel día, verdes con piolindos estampados. No se los quitaba en esas ocasiones y no porque tuviera los pies feos, que no los tenía, sino por alguna extraña razón que a él no le pasaba por la cabeza preguntar.
-Si algún día nos casamos y tu madre dice una cosa y yo digo otra, ¿a cuál de las dos darás la razón?
-A la que la tenga.
Además, le gustaba esa manía rara de hacerlo con calcetines pero tampoco se preguntaba por qué le gustaba. Seguramente también le gustaría que se los quitara y sentirle la piel de los pies.
-Y si le da por venirse a vivir con nosotros. Como es viuda y tú eres hijo único…
Él ni por asomo le había hablado de matrimonio. Era su primera novia medio en serio, sí, pero aún no tenía trabajo, aún andaba en primer curso de Económicas y su único plan de futuro era el de esperar que ese futuro llegara… Estaba con ella porque con alguna había de estar y, si no fuera por esos interrogatorios… O incluso con ellos, que ya se cansaría algún día de preguntar siempre lo mismo.

Laura pasó como pasaron otras con mayor o menor velocidad durante aquellos años de universidad: Tere, Ana, Cristina… De eso sí podía presumir, de no haber estado con ninguna mujer que llevara un nombre exótico de esos que parecen escogidos al azar en un catálogo de Ikea.
No era de los que prefería un color de pelo ni de ojos. No entendía esa frase de No es mi tipo que se oye en las películas. Para él una mujer era o sí o no independientemente de que fuera rubia o morena, más alta o más baja, más delgada o más llenita…
A algunas las llevaba a casa y se las presentaba a su madre, a otras no. Tampoco había una razón concreta para ello, ni para que entraran en casa ni para que no: a Cristina la llevó a pesar de su estética gótica pero no a Ana, que era lo más formal del mundo. A su madre le daba igual, a todas las trataba educadamente y a la noche, cuando él volviera de acompañarlas, ya sabía la frase:
-Hijo, a ver qué día dejar de pulular de flor en flor.

Hasta Alicia, la amiga de la amiga de un amigo. Le duró más que Laura, la de a quién quieres más…
Alicia era diferente. Como todas durante los primeros días, sí, que todas parecen destacar y luego… Sin embargo, Alicia siguió siendo diferente después de esos primeros días porque le dejaba con la sensación de no tenerla del todo, de que había siempre algo dentro de ella a lo que no tenía acceso y le mantenía con voluntad de seguir a su lado hasta descubrirlo. Además de su cuerpo acogedor, de los de abrazar y dejarse abrazar. Era una mujer para instalarse en ella y dejar correr el tiempo sin preocuparse de nada. Hasta aquel día en que…
Con ella se divertía en la calle y durante las largas sesiones en aquel piso que compartía con dos compañeras. Él estaba bien con ella y se lo notaba en que no tenía ganas de mirar ni pensar en otras. Y era la mujer ideal: trabajaba como repartidora de Tele Pizza y los sábados, después de medirse los cuerpos durante buena parte de la tarde, se subía en su ciclomotor, le daba un beso y se iba a trabajar; así él podía ir a su bar y ver el fútbol bebiendo cerveza con los amigos.
Hasta aquel día. Un sábado. Están en la habitación de ella dedicados a lo de siempre, acariciándose, sonriéndose y a ver quién aguanta más. A él le gusta hacerlo en ese espacio y se sabe de memoria los dos cartelitos que ella había colgado de las paredes con frases ingenuas que parecen de autoayuda: Eres la mejor del mundo, sal a la calle y demuéstratelo, Mírate en el espejo y busca el cielo en tus ojos… En la mesita de noche, una foto con los padres de ella; al lado, una silla con la chaqueta roja de Tele Pizza y la ropa de los dos revuelta; el portátil apagado sobre la mesa y en la pared de enfrente, una estantería con libros cuyos títulos él nunca ha mirado, ¿para qué, si no se cansa de mirarla a ella?
Ese sábado... Ella está de rodillas moviéndose lentamente de cara a él y se miran a los ojos en actitud de desafío:
Alicia se mueve hacia atrás muy despacio y le pregunta:
-¿A qué no sabes en qué piensa inconscientemente un hombre en este momento?
Ella se ha parado y él se mantiene en su umbral:
-¿Se puede pensar inconscientemente?
-Pues claro.
-Yo no pienso en nada. Sólo te siento. Mucho, muchísimo.
Alicia se mueve hacia delante bruscamente, él la recorre completamente, sus huesos chocan pelvis contra pelvis y ella vuelve lentamente hacia atrás:
-Un hombre, cuando se mueve hacia fuera, recorre el mismo camino de su nacimiento. Y aunque lo recorra en otra mujer, está pensando en su madre porque revive el instante en que se vio liberado de ella.
Ahora es él quien se refugia rápidamente en su interior. Teme perder el deseo y la fuerza con esa imagen y, para recuperarla, pone ambas manos en la cintura de ella para sentir sus curvas de mujer y aparta la vista de sus ojos para mirarle los pezones.
-Y cuando el hombre se mueve hacia dentro está pensando en lo contrario, en volver al claustro materno y refugiarse de todos los peligros.
-Yo, aunque quisiera pensar, no podría. Con lo fácil que es todo, tocarte, mirarte, olerte, sólo sentirte…
-Pues ya me callo y seguimos.
Pero a él ya le había quedado dentro la imagen de su madre y, dos movimientos después, ya tenía toda su flacidez fuera:
-¿Se puede saber qué te pasa?
Si fuera toda una licenciada en psicología… Pero es sólo una repartidora de Tele Pizza con la Formación Profesional. A saber qué habrá leído o qué le habrán dicho.
Se despiden como siempre, ella ya montada en el ciclomotor con su chaqueta roja, se besan, ella se pone el casco y él la ve alejarse calle abajo en medio de la lluvia.

Ya no va al bar con los amigos. Teme que se le desate la lengua a la tercera cerveza, que le dé por contarlo y ser motivo de bromas y risas:
-O sea que al final te ha salido intelectual.
Mejor a casa, ver el partido desde el sofá y que su madre le prepare un bocadillo:
-¿Te ha pasado algo, hijo?
-No, nada.
-Seguro que algo te habrá pasado con alguna.
No insiste, le prepara su bocadillo de atún con anchoas y olivas, le saca una cerveza y se retira a descansar.
Su equipo marca gol y los amigos le llaman para comentarlo y preguntarle dónde para:
-He tenido que venirme a casa porque mi madre no andaba muy bien.
Acaba el partido, se lava los dientes, se pone el pijama, llama con los nudillos y entreabre tímidamente la puerta. Ella enciende la luz de la mesita de noche y aparta la colcha y las sábanas:
-Ven, hijo, hace años que te espero.
Apaga la luz y callan. Con lo fácil que era, sólo tocar, sentir y no pensar en nada.

1 comentario:

  1. es un escrito denso en su temática, muy interesante, me ha gustado, lo leí de un tirón buscando saber el final...
    saludos SM

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