Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



lunes, 4 de julio de 2011

Tu sangre en mi sangre (LXII Concurso de relatos bubokianos [tema: vampiros])


Llevaríais ya más de diez minutos y en la penumbra de tu habitación sus ojos aún parecían más negros. Los veías alejarse y, desde arriba, volver hacia ti aún más despacio. Te miraba fijamente, y tú a ella, y, sobre todo cuando se dejaba caer, lo hacía tan lentamente que cualquiera diría que era dolor y no placer lo que estabais recibiendo. Un placer sin nervios, sin estridencias. A veces apoyaba las manos en la cabecera de la cama, dirigía sus ojos hacia el lugar preciso donde vuestros cuerpos se complementaban y se quedaba mirando. Otras veces se dejaba caer hacia atrás como si quisiera comprobar hasta qué ángulo eras capaz de resistir. Sin embargo, nunca habías notado esa sensación de tranquilidad, de poder estar así todo el tiempo que quisieras. O que quisiera ella.
            -¿Me dejas hacer una prueba?
            Sale, se gira y, dándote la espalda, se vuelve a ensartar. Una espalda blanca, casi brillante en la semioscuridad, y la melena negra contrastando. La ves ir y venir:
            -¿Te ves capaz de aguantarme?
            -No más de dos minutos.
            -Entonces, si no te importa, paramos un momento.
            Se levanta, rebusca en los pantalones el paquete de tabaco, va al salón por el cenicero, vuelve, abre la ventana y se tiende a tu lado.

            Fue un viernes como otro cualquiera. O no, que te dio por salir en vez de quedarte en casa a ver la televisión. Sería porque aquella tarde te habías comprado una camisa y unos pantalones nuevos y querrías lucirlos. Y los zapatos. De nada sirve la ropa nueva si los zapatos no brillan. Si no fuera por las horas sin fumar cogerías un avión a Cuba no para hacer turismo sexual o alcohólico sino para comprobar si, como en las películas, hay algún niño mulato que sabe limpiar los zapatos como se debe, pasando el trapo enérgicamente Porque por aquí ya no quedan limpiabotas profesionales y tú, aunque metas el zapato en la horma de madera, lo pongas mirando hacia ti y le des con el trapo una y otra vez a derecha e izquierda, no acabas de conseguir el brillo ideal.
            Así saliste a las calles de tu barrio de la zona alta, mirando si tus zapatos brillaban suficientemente y pensando a qué local ir. Sin moverte demasiado, claro está, lo suficientemente cerca como para llegar a pie. La ciudad se divide en tres franjas paralelas entre la montaña y el mar: la más alejada de ti, la que llaman fachada marítima hará que no la pisas –putas, inmigración, turistas- más de veinte años; por la otra pasas si no hay otro remedio; y por la tuya te mueves a gusto bajo los plátanos y los faroles modernistas. Aunque no te acaben de brillar los zapatos como a ti te gustaría.
            Escogiste un local de línea fría. Pasillo largo de entrada flanqueado por luces de neón verticales, mesas alternando el blanco y el negro como en un tablero de ajedrez, paredes blancas, barra transparente y transparentes los estantes de las bebidas con neones iluminándolos desde debajo y consiguiendo colores imposibles en los licores: ¿queda alguien que beba Chartreuse, Calisay o Licor 43? Suena Riders on the storm a un volumen lo suficientemente bajo como para permitir las conversaciones.
            -Un bourbon.
            Lo prefieres al whisky escocés no por el sabor sino por el color, que es un criterio como otro cualquiera. También hay mujeres que, independientemente de que lleven o no perfume, entran por el olfato. En eso estabas, con los codos apoyados en la barra zarandeando el hielo en el vaso y mirando el color del bourbon cuando, sin saber qué era lo que te estaba llamando, te giraste de repente y miraste hacia un punto fijo. No sabes por qué lo hiciste ni qué era lo que encontrarías al mirar pero ahí estaba sentada. Una mujer hermosa. No guapa, hermosa. Y que nadie te pregunte la diferencia: quizá una mujer guapa es aquella capaz de arrancar cualquier barbaridad a un albañil mientras que ante una mujer hermosa ese mismo albañil se queda suspenso con la mezcla en la paleta y sin saber qué decir. La miras, te mira y te sonríe, como si fuera un guión de película escrito por un principiante. Y no sólo te mira y sonríe sino que te llama con la mirada. Sin mover los ojos. Sabes que te está llamando, bajas del taburete sin dudar y te acercas:
-Ya que estás de pie, pídeme un gintónic. Di que es para mí y en la barra sabrán cómo lo quiero.
Vuelves con el gintónic y, educadamente, pides permiso para sentarte frente a ella:
-Me llamo Clara.
Cazadora de cuero negra, ojos negros, botas negras, gafas con montura fina de oro, cadena delgada de oro rodeando el cuello, pantalones blancos y blusa roja. Uñas largas pintadas de blanco.

Aplasta el cigarrillo contra el cenicero, espera a que acabes tú el tuyo, se vuelve a levantar y devuelve el cenicero al salón.
-¿Volvemos?
-Volvamos.
Se vuelve a subir, vuelve a dejarse caer suavemente y se mueve a derecha e izquierda mientras sube y baja. Te fijas en su cadenilla de oro que va de aquí para allá sin orden ni concierto:
-Mírame a los ojos.
Y te das cuenta. De que es con los ojos como te domina, te dosifica, te retiene. Porque antes, cuando sólo le veías la espalda y el pelo, estabas a punto de estallar.
-Tú mírame, sólo mírame. Ya llegaremos luego. Tranquilamente.

-¿Nos vamos?
Una mujer con sonrisa que provoca confianza. Se llama Clara: también el nombre, no sólo el olor, importa. Le propones un taxi:
-¿Vives lejos?
-Un cuarto de hora andando.
-Pues andamos.
Se te coge del brazo como las mujeres antiguas. Hermosa bajo los faroles, bajo los plátanos, ante los semáforos. Ya no te importa el brillo de tus zapatos y ni siquiera los miras. Pasa un coche con una pareja y la música a todo volumen, un seat, un renault o algo parecido. Tuneado. No son de esta parte de la ciudad.
Entráis en el ascensor y te das cuenta de que esa mujer está por encima de todas las que has conocido. Por eso no te atreves a arrinconarla y darle un achuchón.
-Me harás el favor de ahorrarme la pregunta de si quiero algo para beber. Para no perder el tiempo.
-Pero me dejarás dar un repaso al piso para ver que todo está en orden.
Tenías la seguridad de que lo estaba porque esa misma mañana había pasado la chica que te lo limpia pero querías al menos cinco minutos para pensar. No sabías en qué, pero pensar.
-Entonces me sacas una toalla y nos duchamos.

Sigue bailando sobre ti, sigues mirándola a los ojos y, aunque no te fijas, sabes que la cadenilla de oro también baila. Como su piel blanca:
-¿Me podré quedar a dormir?
-Y te traeré el desayuno a la cama.
-Pues ahora muévete hacia un lado para darnos la vuelta sin desengancharnos. Quiero ponerme debajo bien centrada en la cama.
Te desplazas, os dais la vuelta con cuidado y la miras, esta vez desde arriba. Ahora eres tú el que va y viene y ella quien está quieta. Vas y vienes con ese placer tranquilo. Sus ojos te siguen encantando, sabes que la noche es larga y si sale el sol mientras aún estás en ella, no girarás la vista para verlo sino que seguirás en sus ojos.
-Nos vamos a ir ya.
-Yo aún no estoy preparado.
-Lo que tú digas. Quédate un momento parado.
Mueve la mano derecha rápidamente sobre su frente y luego sobre la base de tu cuello. Ves que se ha hecho un tajo limpio con la uña y que sangra. Y que, sin que sintieras el más leve dolor, te ha hecho otro a ti y estás goteando sangre. Dentro de su boca. Vas tú también por la sangre de su frente, se aferra a ti con las piernas y va y viene nerviosamente. Te hundes en ella hasta el dolor, extiendes los brazos para mirarla, le ves los labios rojos de tu sangre y se viene hacia ti buscando también tus labios. Juntáis labios y lengua y sientes sus gemidos sordos en el fondo de tu garganta.

El martes siguiente te llega un paquete por mensajería. Lo abres y un juego de sábanas y de fundas de almohada nuevos y caros. Y una nota:
Si quieres volver al olor y sabor de mi sangre y que te vuelva a dejar perdida la ropa de tu cama, en el mismo sitio, el mismo día y a la misma hora.

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