Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



martes, 12 de julio de 2011

Días cenicientos (LXIII concurso de relatos Bubok [tema: medios de comunicación])


Fue un domingo durante las últimas vacaciones. En Francia, en la Bretaña. Nos hospedábamos en un hotelito frente al mar. Cruzábamos un paseo y estábamos ya en la playa.
Me despierto con nubes en el cerebro y aparto de mi vientre la mano de Enrique. Me levanto con cuidado para no despertarle, entro en el cuarto de baño, me ducho y salgo envuelta en la toalla:
-¿Qué haces tan pronto?

En un acto de comunicación como un diálogo, emisor y receptor intercambian constantemente sus papeles.

Recuerdo muy bien el tema inicial de Lengua Española en el último curso del instituto: la comunicación, lo de emisor, receptor, código… Y los días en que me pongo autista no quiero hablar ni que me hablen, no quiero ser emisora ni receptora. Por eso no le contesto. Él ya sabe. Al principio se preocupaba. Ahora también, pero al principio buscaba el remedio:
-He mirado en Internet y lo que tú tienes está clasificado y controlado. Es ciclotimia o trastorno bipolar.
Sí, Enrique es de los que creen que todo se soluciona a través de Internet y a veces pienso que lo raro es que nos conociéramos en el mundo real. Y me quiere, de eso estoy segura porque, si no, no me habría aguantado tantos días como este que estoy explicando. Ni me habría aguantado que hiciera caso omiso cuando me recomendaba ir al psiquiatra porque, según su Internet, eso mismo le pasa al 17% de la población y alguna solución buscarán los demás; ni me habría tolerado que olvidara entre un montón de papeles una receta -Depamide recuerdo que se llamaban las pastillas- que había conseguido de un primo suyo médico.
Se queda un momento sentado en la cama y empiezo a vestirme de espaldas a él. No quiero mirarle a los ojos y no sé si es porque no me atrevo o porque no merezco su mirada. Pero por un instante pienso en una de sus ocurrencias:
-Todavía no he decidido si me gustas más de frente o de espaldas.
No sonrío ni por dentro. Enrique comprende, se da la vuelta y sigue durmiendo.
En días así se me cierra completamente el mundo pero ese domingo quedó una mínima rendija abierta. Porque estábamos de vacaciones y no quería fastidiarle el día; porque no quería colgar el cartelito de No molesten y, como habría hecho en casa, quedarme encerrada hasta quién sabe cuándo; porque, en el fondo, algo de caso sí le hacía cuando me decía que, para no dejarme arrastrar por el remolino, había de seguir los actos rutinarios, desayunar, comer... Así que me sobrepongo, salgo de la habitación, me dejo llevar a través de esa rendija abierta y me veo sentada ante un cruasán y un tazón de café con leche. Alguien me dice Bonjour y contesto moviendo la cabeza: sin querer, ya me he convertido en emisora. Sin embargo, va a ser uno de tantos días en los que no voy a pronunciar una sola palabra.
Cruzo el paseo y camino por la arena en dirección al agua. Sé que la marea está bajando, llego al borde del agua, me descalzo y dejo allí las sandalias. Camino un poco más, me sumerjo hasta los tobillos, paro y me quedo quieta sólo esperando que, al seguir bajando la marea, los pies me queden fuera del agua. Cuando así ocurre vuelvo a entrar hasta los tobillos y a esperar. No tengo nada mejor que hacer ni en qué pensar, sólo sentir el mar en los pies. Cuando he repetido cinco o seis veces la operación de comprobar con los pies cómo baja la marea, siento que Enrique está en la playa. No lo intuyo, lo sé a ciencia cierta y por eso no me giro para asegurarme. Yo también le quiero y me doy cuenta en esos momentos en que lo percibo por un sexto sentido. Sé que está ahí, sentado en la arena junto a mis sandalias y mirándome a mi y no a cualquier otra en biquini que pueda estar mejor que yo. Sin querer tampoco, me he convertido en receptora de dos mensajes, la bajada de la marea y la llegada de Enrique. El primero con los pies, el segundo no sé con qué, quizá con el corazón.
De pronto suena una campana e, instintivamente, levanto el brazo para mirar la hora en el reloj. Pero el reloj, con el móvil y no recuerdo qué libro, se ha quedado en la mesita de noche. Por lo que decía: ni quería hablar ni que nadie me hablara. Nadie ni nada, ni siquiera que el reloj me dijera la hora. Pero no puedo evitar oír la campana ni darme cuenta de que no da la hora: son dos campanas en una melodía que, como es domingo, llama a misa. Sigo en lo mío con los pies en el agua y, como la marea sigue bajando y yo avanzando, cada vez estoy más lejos de Enrique, que sigue mirándome. Momentos después vuelven las campanas y me giro en la dirección de la que creo que viene el sonido, una iglesia pequeña de piedra. Sólo con verla dan ganas de ir a misa. Camino hasta Enrique, me calzo y sigo en dirección a la iglesia.
Mientras estaba con la marea, la playa se ha ido llenando de gente: los hay tomando el sol y los hay sentados leyendo el periódico, hablando por el móvil e incluso escuchando la radio en pequeños transistores. ¿Para qué querrá la gente todo eso si basta con pararse a escuchar la cadencia de las olas?

La comunicación puede ser bidireccional o unidireccional. Bidireccionales son las ternuras o cochinadas que se pueden decir dos novios por el móvil; en cambio, los mensajes de los grandes medios de comunicación, el periódico, la televisión, la radio, el cine, la literatura, son unidireccionales: porque ni le puedes quitar una coma al Quijote ni desde casa puedes decirle a un tertuliano de televisión que se calle.

¿Y por qué, de toda la asignatura de Lengua, sólo me quedó ese tema de la comunicación en la memoria y olvidé lo demás, aquello de sujeto y complemento directo? Seguramente porque al ver aquel esquema tan perfecto en la pizarra con el mensaje pasando del emisor al receptor a través del canal, tomaría conciencia de que, desde pequeña, lo único que pretendía cuando me atrapaban esos días era salirme de ese esquema. Si hasta bajaba la persiana de mi cuarto para que ni siquiera la luz me dijera qué hora podía ser… Salir del mundo y entrar en mi burbuja.
Y sí, los novios se pueden decir cochinadas a través del móvil y también mentirse; incluso mirándose a los ojos. Como pueden mentir o manipular los periódicos o la radio de quienes están en la playa. Pero ellos, con sus móviles, radios y periódicos, son incapaces de saber que el rumor del mar ni miente ni manipula, sólo dice que es el rumor del mar. Ni miente el perro cuando ladra. Y si resulta que la campana no está convocando a misa, no es que mienta, es que soy yo quien se engaña.

Cuando hablamos de medios de comunicación pensamos en la televisión, el periódico,… pero un semáforo, si comunica permitiendo o no el paso, es también un medio de comunicación. Por eso las personas somos también medios de comunicación.

Y el reloj que no llevo, la bandera verde de la playa, el mar, la campana... Y Enrique en su silencio. Va a mi lado obediente, entra en la iglesia sin decir nada y asiste junto a mí a toda la misa en francés aunque sé que se muere de ganas de salir a fumar.
Salimos y entonces soy yo quien se deja llevar. Hasta un restaurante. Sabe que tampoco voy a mirar la carta y pide lo que cree que me apetece. No me apetece nada pero aún así como. Y bebo, que pide una botella de vino convencido de que con eso se me puede pasar la tontería.
            Volvemos al hotel y otra vez le doy la espalda. Para desnudarme. Es lo que él dice de los actos rutinarios y la siesta es la hora de su cuerpo en el mío y el mío en el suyo. Me siento seca porque no tengo ganas y a lo mejor él tampoco tiene.  Aún así me tumbo en la cama con las piernas bien abiertas y también de espaldas: porque no merezco ni su mirada tierna ni su mirada de deseo, ni que me muerda los pezones ni sus juegos con la lengua.

            La comunicación humana puede ser verbal, con palabras, o no verbal: una sonrisa, un puñetazo, un beso, un meneo de caderas, un gesto de desprecio…

            Me merecería que me girara bruscamente y me diera un bofetón para hacerme reaccionar. Pero sé que no va a hacerlo. Oigo cómo se desabrocha el cinturón, sigo seca y quiero seguir seca: para que me desgarre con dolor. Él ya sabe. Que no quiero que me bese la espalda, que no quiero dulzuras al oído. No me las merezco. Que me desgarre y, si quiere, que varíe de conducto. Le siento llegar, palparme y situarse. Empuja con toda su fuerza, me duele hasta que grito y él ya sabe. Porque el mismo grito de dolor me lo sabe transformar en grito de un placer que no merezco. Sabe también que no quiero que esté pendiente de mí, que quiero que vaya a la suya, que me utilice hasta el final sin detenerse. Sabe también convertir cada uno de sus vaivenes en mensajes que ni mienten ni manipulan y que me van revolviendo el cerebro hasta que me doy cuenta de que me estoy engañando y de que, en realidad, sí quiero irme con él. Sabe sincronizarme y, como en todo el día no me ha oído una sola palabra, se venga de mí y me pone a gemir hasta el grito final. Tampoco mienten mis gemidos, ni mi grito, ni su respiración entrecortada.
            Luego me deja dormir pensando que quizá me despierte mejor y, al cabo de un rato, pensando que estoy dormida y no me doy cuenta, me da un beso en la frente.

1 comentario:

  1. Me gustó tu relato. La comunicación y la incomunicación tienen sus misterios. :-)

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