Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



jueves, 28 de julio de 2011

...y a ti te encontré en la calle (LXIV concurso de relatos Bubok [tema: la madre])

-¿A quién quieres más, a tu madre o a mí?
            Él había alargado el brazo derecho hasta la mesita de noche, había sacado un cigarrillo del paquete y lo había encendido. Eran tiempos en los que aún no estaba mal visto y a nadie parecía molestar el humo. Ahora ni siquiera fuma. Laura le miraba con la mejilla apoyada en su pecho:
-Dime, ¿a cuál de las dos quieres más?
Se sabía de memoria la cadena de preguntas, de respuestas, de silencios, y los ojos que iba a ir poniendo ella y cuál iba a ser su frase final:
-Con mi madre no podría hacer lo que acabamos de hacer.
-Eso no es una respuesta.
Fumaba despacio, mantenía el humo dentro de la boca y lo lanzaba suavemente a la cara de Laura. Como para crear una cortina entre sus ojos y los de ella mientras pensaba una respuesta que iba a ser la de siempre, la que ella se esperaba:
-A mi madre la quiero de una manera y a ti te quiero de otra.
-Sí, pero entre esas dos maneras…
Y él se dispersaba, le acariciaba la espalda, repasaba con la mirada cada uno de los posters de la habitación y acababa yendo a parar con los ojos a los calcetines de ella. Siempre de colores chillones y, aquel día, verdes con piolindos estampados. No se los quitaba en esas ocasiones y no porque tuviera los pies feos, que no los tenía, sino por alguna extraña razón que a él no le pasaba por la cabeza preguntar.
-Si algún día nos casamos y tu madre dice una cosa y yo digo otra, ¿a cuál de las dos darás la razón?
-A la que la tenga.
Además, le gustaba esa manía rara de hacerlo con calcetines pero tampoco se preguntaba por qué le gustaba. Seguramente también le gustaría que se los quitara y sentirle la piel de los pies.
-Y si le da por venirse a vivir con nosotros. Como es viuda y tú eres hijo único…
Él ni por asomo le había hablado de matrimonio. Era su primera novia medio en serio, sí, pero aún no tenía trabajo, aún andaba en primer curso de Económicas y su único plan de futuro era el de esperar que ese futuro llegara… Estaba con ella porque con alguna había de estar y, si no fuera por esos interrogatorios… O incluso con ellos, que ya se cansaría algún día de preguntar siempre lo mismo.

Laura pasó como pasaron otras con mayor o menor velocidad durante aquellos años de universidad: Tere, Ana, Cristina… De eso sí podía presumir, de no haber estado con ninguna mujer que llevara un nombre exótico de esos que parecen escogidos al azar en un catálogo de Ikea.
No era de los que prefería un color de pelo ni de ojos. No entendía esa frase de No es mi tipo que se oye en las películas. Para él una mujer era o sí o no independientemente de que fuera rubia o morena, más alta o más baja, más delgada o más llenita…
A algunas las llevaba a casa y se las presentaba a su madre, a otras no. Tampoco había una razón concreta para ello, ni para que entraran en casa ni para que no: a Cristina la llevó a pesar de su estética gótica pero no a Ana, que era lo más formal del mundo. A su madre le daba igual, a todas las trataba educadamente y a la noche, cuando él volviera de acompañarlas, ya sabía la frase:
-Hijo, a ver qué día dejar de pulular de flor en flor.

Hasta Alicia, la amiga de la amiga de un amigo. Le duró más que Laura, la de a quién quieres más…
Alicia era diferente. Como todas durante los primeros días, sí, que todas parecen destacar y luego… Sin embargo, Alicia siguió siendo diferente después de esos primeros días porque le dejaba con la sensación de no tenerla del todo, de que había siempre algo dentro de ella a lo que no tenía acceso y le mantenía con voluntad de seguir a su lado hasta descubrirlo. Además de su cuerpo acogedor, de los de abrazar y dejarse abrazar. Era una mujer para instalarse en ella y dejar correr el tiempo sin preocuparse de nada. Hasta aquel día en que…
Con ella se divertía en la calle y durante las largas sesiones en aquel piso que compartía con dos compañeras. Él estaba bien con ella y se lo notaba en que no tenía ganas de mirar ni pensar en otras. Y era la mujer ideal: trabajaba como repartidora de Tele Pizza y los sábados, después de medirse los cuerpos durante buena parte de la tarde, se subía en su ciclomotor, le daba un beso y se iba a trabajar; así él podía ir a su bar y ver el fútbol bebiendo cerveza con los amigos.
Hasta aquel día. Un sábado. Están en la habitación de ella dedicados a lo de siempre, acariciándose, sonriéndose y a ver quién aguanta más. A él le gusta hacerlo en ese espacio y se sabe de memoria los dos cartelitos que ella había colgado de las paredes con frases ingenuas que parecen de autoayuda: Eres la mejor del mundo, sal a la calle y demuéstratelo, Mírate en el espejo y busca el cielo en tus ojos… En la mesita de noche, una foto con los padres de ella; al lado, una silla con la chaqueta roja de Tele Pizza y la ropa de los dos revuelta; el portátil apagado sobre la mesa y en la pared de enfrente, una estantería con libros cuyos títulos él nunca ha mirado, ¿para qué, si no se cansa de mirarla a ella?
Ese sábado... Ella está de rodillas moviéndose lentamente de cara a él y se miran a los ojos en actitud de desafío:
Alicia se mueve hacia atrás muy despacio y le pregunta:
-¿A qué no sabes en qué piensa inconscientemente un hombre en este momento?
Ella se ha parado y él se mantiene en su umbral:
-¿Se puede pensar inconscientemente?
-Pues claro.
-Yo no pienso en nada. Sólo te siento. Mucho, muchísimo.
Alicia se mueve hacia delante bruscamente, él la recorre completamente, sus huesos chocan pelvis contra pelvis y ella vuelve lentamente hacia atrás:
-Un hombre, cuando se mueve hacia fuera, recorre el mismo camino de su nacimiento. Y aunque lo recorra en otra mujer, está pensando en su madre porque revive el instante en que se vio liberado de ella.
Ahora es él quien se refugia rápidamente en su interior. Teme perder el deseo y la fuerza con esa imagen y, para recuperarla, pone ambas manos en la cintura de ella para sentir sus curvas de mujer y aparta la vista de sus ojos para mirarle los pezones.
-Y cuando el hombre se mueve hacia dentro está pensando en lo contrario, en volver al claustro materno y refugiarse de todos los peligros.
-Yo, aunque quisiera pensar, no podría. Con lo fácil que es todo, tocarte, mirarte, olerte, sólo sentirte…
-Pues ya me callo y seguimos.
Pero a él ya le había quedado dentro la imagen de su madre y, dos movimientos después, ya tenía toda su flacidez fuera:
-¿Se puede saber qué te pasa?
Si fuera toda una licenciada en psicología… Pero es sólo una repartidora de Tele Pizza con la Formación Profesional. A saber qué habrá leído o qué le habrán dicho.
Se despiden como siempre, ella ya montada en el ciclomotor con su chaqueta roja, se besan, ella se pone el casco y él la ve alejarse calle abajo en medio de la lluvia.

Ya no va al bar con los amigos. Teme que se le desate la lengua a la tercera cerveza, que le dé por contarlo y ser motivo de bromas y risas:
-O sea que al final te ha salido intelectual.
Mejor a casa, ver el partido desde el sofá y que su madre le prepare un bocadillo:
-¿Te ha pasado algo, hijo?
-No, nada.
-Seguro que algo te habrá pasado con alguna.
No insiste, le prepara su bocadillo de atún con anchoas y olivas, le saca una cerveza y se retira a descansar.
Su equipo marca gol y los amigos le llaman para comentarlo y preguntarle dónde para:
-He tenido que venirme a casa porque mi madre no andaba muy bien.
Acaba el partido, se lava los dientes, se pone el pijama, llama con los nudillos y entreabre tímidamente la puerta. Ella enciende la luz de la mesita de noche y aparta la colcha y las sábanas:
-Ven, hijo, hace años que te espero.
Apaga la luz y callan. Con lo fácil que era, sólo tocar, sentir y no pensar en nada.

domingo, 24 de julio de 2011

Benito Pérez Galdós, La corte de Carlos IV

Pérez Galdós, Benito, La corte de Carlos IV (Hernando, Madrid: 1961)
Llevo años intentando completar la colección de los episodios nacionales de Galdós editados por Hernando con la bandera nacional en la portada sea la que ahí aparece sea la de la segunda república en ediciones de los primeros años 30. Hoy día le puedo dar un acelerón a la colección por la facilidad con que se pueden conseguir en la plataforma Iberlibro.com.
Pero una cosa es comprarlos y otra leerlos lo que me lleva a la reflexión de que algún día el Ministerio de Cultura podría sacar una estadística que reflejara la ratio entre libros vendidos y libros efectivamente leídos. Sí, ya sé que es imposible y que además un libro puede leerse dos o más veces.
A lo que iba: que no sólo compro estos libros sino que además me he propuesto leerlos. La cuestión es que los episodios nacionales son 46 y éste es el segundo.

El tema es sabido, más que novela histórica, mezcla de novela e historia o la utilización de una trama narrativa para explicar la historia del XIX de modo que sirva como experiencia para evitar caer después en los mismos errores.
Los episodios nacionales están ordenados cronológicamente en cinco series cada una de ellas con un narrador-protagonista diferente. Aquí es Gabrielillo, el mismo del episodio anterior, Trafalgar, que, tras la batalla, busca acomodo en Madrid.
En el plano histórico de la novela estarán de un lado los personajes y circunstancias políticas del momento: las intrigas cortesanas con una conspiración del príncipe Fernando contra su padre Carlos IV, Godoy dominando la escena política, Napoleón acechando. De otro lado, figuras históricas de otros ámbitos entrarán en contacto con Gabrielillo y participarán en la trama novelesca: el actor Isidoro Máiquez, Leandro Fernández de Moratín, Goya...
En el plano novelesco en cambio... Dista tanto del Trafalgar que ambos episodios parecen obra de autores diferentes. Porque un argumento como el que se narra difícilmente tiene cabida en un texto con pretensiones históricas. Es tan rocambolesco... De un lado sí, se refleja el ambiente de los salones privados madrileños en el momento en que florecían tertulias tales como la de la fonda de San Sebastián, pero a partir de ahí se teje una trama mucho más propia de las comedias de enredo: en esquema, A está enamorado de B, que a su vez lo está de C... a lo que se añaden los celos correspondientes, una carta de amor que va a parar donde no debe...
Además de otro detalle de folletín: Gabrielillo está enamorado de Inesilla. Ésta vive pobremente con su madre, costurera, que morirá, y un tío cura que lleva años esperando destino. Hasta ahí reconocemos al verdadero Galdós porque estamos ante ambientes como los de Misericordia o personajes como el cesante de Miau. Pero de pronto resulta que Inesilla no es hija de quien cree síno de una señora noble de los salones anteriores que la tuvo de soltera y la expuso. Sí, ocurre en una de las novelas ejemplares de Cervantes, La gitanilla: de ella se enamora un noble y al final se sabrá que no era gitana sino también hija de una noble y podremos asistir a un matrimonio entre iguales. Es episodio típico de la novela llamada bizantina y por eso no queremos afirmar taxativamente que Galdós calque a Cervantes, pero es sabida la deuda del uno para con el otro, sabida y necesaria porque casi se puede decir que en el tramo temporal que va del uno al otro no hay más narrador en España, pero de ahí a intercalar algo tan truculento en una novela de intención histórica...
Hay otro episodio con claros antecedentes clásicos: en esos salones aristocráticos se va a representar Otelo y precisamente la puesta en escena va a permitir que el actor principal descubra la infidelidad de la actriz que actúa como su esposa de modo que está a punto de matarla no como ha de ocurrir en escena sino realmente. Algo muy parecidó está precisamente en Hamlet donde el fratricidio se descubre justamente a partir de una representación teatral.
Lo dicho: Galdós es el máximo exponente de la novela realista. Es de suponer que la novela de pretensiones históricas aún ha de gozar de mayor verosimilitud. Pero en es esta obra ocurre justamente lo contrario.

He encontrado, mientras buscaba la imagen para ilustrar esta entrada, otras opiniones sobre la obra aquí y aquí.

miércoles, 20 de julio de 2011

Bankia, una predicción bursátil

Vamos a salirnos de tanto libro, tanto cuentecito tonto y tanto mito erótico para inaugurar tema nuevo. Y por lo grande, que vamos a hacer una predicción bursátil al respecto de Bankia, que inaugura mañana su andadura en la bolsa española.
Bueno, algo entiendo de eso después de empezar con unas Telefónicas que me compró mi abuelo hace ya más de 30 años. He pasado el crash del 87, el estallido de la burbuja tecnológica y también, claro, sus viceversas.
Para el que no vea la tele, Bankia es el conglomerado resultante de la fusión de varias cajas de ahorro alrededor de Caja Madrid y Bancaja. Se ha convertido en banco y, por tanto, en sociedad anónima por acciones; la publicidad televisiva de estos últimos días iba dirigida a potenciales compradores de esas acciones bajo el lema Hazte bankero o algo así. Paso de comentar la ortografía bankero (de Bankia) frente a banquero: empezaron los okupas y se lo han apropiado los bankeros; raro será que de aquí a poco no salga algún banco proponiendo una cuenta-indignado con elevado interés para quienes demuestren haber estado más de 10 días por esas acampadas o hayan participado en la marcha a Madrid. Es lo de que la burguesía es capaz de deglutirlo todo, incluso a sí misma.
A lo que iba: el proceso de colocación de las acciones es complejo pero resumiendo diré que ayer, como se sigue este documento oficial de la página de la Comisión Nacional del Mercado de Valores se estableció el precio de las acciones en 3,75 euros. Habría que notar que este folleto, extraído de la página de Bankia pero que también pasó por la C.N.M.V., por el que se anunciaba la Oferta Pública de Suscripción, fijaba para la acción el día 28/6/11 una banda  de precios, no vinculante, entre 5,05 y 4,41 euros. Resumiendo: el día 28/6/11 se dice que la acción valdrá como mínimo 4,41 euros y el día 18/7/11 se dice que valdrá 3,75. Sí, es poca seriedad, es lo mismo que decir que Bankia se ha devaluado en 20 días un 14,97%, que es lo que va de 4,41 a 3,75 euros.
Que un valor bursátil caiga un 15% en veinte días no es de extrañar pero Bankia, al no estar sus acciones aún en el mercado, no estaba sometida a vaivenes. Por poner un paralelo, ahí está el gráfico, extraído de la página www.invertia.com, del comportamiento durante el último mes del Banco Popular, un valor, como Bankinter, Sabadell y Pastor, comparables a Bankia por su vocación doméstica; frente a BBVA o Santander, muy expuestos a América:


Si se observa, desde el punto más alto, 4,01 euros el 1/7/11, hasta el más bajo, 3,356 el 18/7/11, la caída es del 16,31% en 12 jornadas bursátiles.
Parecida depreciación ha sido ese descuento adicional que se ha hecho a los accionistas al colocarles las acciones más baratas de lo inicialmente previsto. En principio salen ganando pero, ¿a qué se debe ese descuento? Sin duda, al miedo por parte de Bankia de que las acciones bajaran una cantidad así en los días inmediatamente posteriores a la colocación, la entidad se desprestigiara con ello y perdiera credibilidad ante futuras operaciones financieras como ampliaciones de capital.

Por fin, lo que decía de una predicción. Predigo para el cierre de la bolsa del viernes 29/7/11 una caída de un 5% o superior con respecto al precio de colocación. Esto es, al cierre de la bolsa de ese día las acciones de Bankia valdrán como mucho 3,562 euros. Que me equivoco, voy y lo reconozco. Que acierto, hago otra predicción más arriesgada y me voy abriendo camino para ser todo un gurú de guolestrit.

sábado, 16 de julio de 2011

Amor verdadero (XXI concurso de microrrelatos Bubok [frase inicial obligatoria: Cada vez le hacía sentirse más incómodo])

Cada vez le hacía sentirse más incómodo, cada día se le hacía más insoportable la misma escena: que si dónde has estado, que si por qué no me has llamado, que si apestas a alcohol, que a saber dónde te habrás metido hasta estas horas, que no le eches la culpa a los amigotes, que si la ropa te huele a tabaco…
Ella sabía ponerle faltas a todas sus borracheras pero él aguantaba porque la quería. Era su único vicio.

martes, 12 de julio de 2011

Días cenicientos (LXIII concurso de relatos Bubok [tema: medios de comunicación])


Fue un domingo durante las últimas vacaciones. En Francia, en la Bretaña. Nos hospedábamos en un hotelito frente al mar. Cruzábamos un paseo y estábamos ya en la playa.
Me despierto con nubes en el cerebro y aparto de mi vientre la mano de Enrique. Me levanto con cuidado para no despertarle, entro en el cuarto de baño, me ducho y salgo envuelta en la toalla:
-¿Qué haces tan pronto?

En un acto de comunicación como un diálogo, emisor y receptor intercambian constantemente sus papeles.

Recuerdo muy bien el tema inicial de Lengua Española en el último curso del instituto: la comunicación, lo de emisor, receptor, código… Y los días en que me pongo autista no quiero hablar ni que me hablen, no quiero ser emisora ni receptora. Por eso no le contesto. Él ya sabe. Al principio se preocupaba. Ahora también, pero al principio buscaba el remedio:
-He mirado en Internet y lo que tú tienes está clasificado y controlado. Es ciclotimia o trastorno bipolar.
Sí, Enrique es de los que creen que todo se soluciona a través de Internet y a veces pienso que lo raro es que nos conociéramos en el mundo real. Y me quiere, de eso estoy segura porque, si no, no me habría aguantado tantos días como este que estoy explicando. Ni me habría aguantado que hiciera caso omiso cuando me recomendaba ir al psiquiatra porque, según su Internet, eso mismo le pasa al 17% de la población y alguna solución buscarán los demás; ni me habría tolerado que olvidara entre un montón de papeles una receta -Depamide recuerdo que se llamaban las pastillas- que había conseguido de un primo suyo médico.
Se queda un momento sentado en la cama y empiezo a vestirme de espaldas a él. No quiero mirarle a los ojos y no sé si es porque no me atrevo o porque no merezco su mirada. Pero por un instante pienso en una de sus ocurrencias:
-Todavía no he decidido si me gustas más de frente o de espaldas.
No sonrío ni por dentro. Enrique comprende, se da la vuelta y sigue durmiendo.
En días así se me cierra completamente el mundo pero ese domingo quedó una mínima rendija abierta. Porque estábamos de vacaciones y no quería fastidiarle el día; porque no quería colgar el cartelito de No molesten y, como habría hecho en casa, quedarme encerrada hasta quién sabe cuándo; porque, en el fondo, algo de caso sí le hacía cuando me decía que, para no dejarme arrastrar por el remolino, había de seguir los actos rutinarios, desayunar, comer... Así que me sobrepongo, salgo de la habitación, me dejo llevar a través de esa rendija abierta y me veo sentada ante un cruasán y un tazón de café con leche. Alguien me dice Bonjour y contesto moviendo la cabeza: sin querer, ya me he convertido en emisora. Sin embargo, va a ser uno de tantos días en los que no voy a pronunciar una sola palabra.
Cruzo el paseo y camino por la arena en dirección al agua. Sé que la marea está bajando, llego al borde del agua, me descalzo y dejo allí las sandalias. Camino un poco más, me sumerjo hasta los tobillos, paro y me quedo quieta sólo esperando que, al seguir bajando la marea, los pies me queden fuera del agua. Cuando así ocurre vuelvo a entrar hasta los tobillos y a esperar. No tengo nada mejor que hacer ni en qué pensar, sólo sentir el mar en los pies. Cuando he repetido cinco o seis veces la operación de comprobar con los pies cómo baja la marea, siento que Enrique está en la playa. No lo intuyo, lo sé a ciencia cierta y por eso no me giro para asegurarme. Yo también le quiero y me doy cuenta en esos momentos en que lo percibo por un sexto sentido. Sé que está ahí, sentado en la arena junto a mis sandalias y mirándome a mi y no a cualquier otra en biquini que pueda estar mejor que yo. Sin querer tampoco, me he convertido en receptora de dos mensajes, la bajada de la marea y la llegada de Enrique. El primero con los pies, el segundo no sé con qué, quizá con el corazón.
De pronto suena una campana e, instintivamente, levanto el brazo para mirar la hora en el reloj. Pero el reloj, con el móvil y no recuerdo qué libro, se ha quedado en la mesita de noche. Por lo que decía: ni quería hablar ni que nadie me hablara. Nadie ni nada, ni siquiera que el reloj me dijera la hora. Pero no puedo evitar oír la campana ni darme cuenta de que no da la hora: son dos campanas en una melodía que, como es domingo, llama a misa. Sigo en lo mío con los pies en el agua y, como la marea sigue bajando y yo avanzando, cada vez estoy más lejos de Enrique, que sigue mirándome. Momentos después vuelven las campanas y me giro en la dirección de la que creo que viene el sonido, una iglesia pequeña de piedra. Sólo con verla dan ganas de ir a misa. Camino hasta Enrique, me calzo y sigo en dirección a la iglesia.
Mientras estaba con la marea, la playa se ha ido llenando de gente: los hay tomando el sol y los hay sentados leyendo el periódico, hablando por el móvil e incluso escuchando la radio en pequeños transistores. ¿Para qué querrá la gente todo eso si basta con pararse a escuchar la cadencia de las olas?

La comunicación puede ser bidireccional o unidireccional. Bidireccionales son las ternuras o cochinadas que se pueden decir dos novios por el móvil; en cambio, los mensajes de los grandes medios de comunicación, el periódico, la televisión, la radio, el cine, la literatura, son unidireccionales: porque ni le puedes quitar una coma al Quijote ni desde casa puedes decirle a un tertuliano de televisión que se calle.

¿Y por qué, de toda la asignatura de Lengua, sólo me quedó ese tema de la comunicación en la memoria y olvidé lo demás, aquello de sujeto y complemento directo? Seguramente porque al ver aquel esquema tan perfecto en la pizarra con el mensaje pasando del emisor al receptor a través del canal, tomaría conciencia de que, desde pequeña, lo único que pretendía cuando me atrapaban esos días era salirme de ese esquema. Si hasta bajaba la persiana de mi cuarto para que ni siquiera la luz me dijera qué hora podía ser… Salir del mundo y entrar en mi burbuja.
Y sí, los novios se pueden decir cochinadas a través del móvil y también mentirse; incluso mirándose a los ojos. Como pueden mentir o manipular los periódicos o la radio de quienes están en la playa. Pero ellos, con sus móviles, radios y periódicos, son incapaces de saber que el rumor del mar ni miente ni manipula, sólo dice que es el rumor del mar. Ni miente el perro cuando ladra. Y si resulta que la campana no está convocando a misa, no es que mienta, es que soy yo quien se engaña.

Cuando hablamos de medios de comunicación pensamos en la televisión, el periódico,… pero un semáforo, si comunica permitiendo o no el paso, es también un medio de comunicación. Por eso las personas somos también medios de comunicación.

Y el reloj que no llevo, la bandera verde de la playa, el mar, la campana... Y Enrique en su silencio. Va a mi lado obediente, entra en la iglesia sin decir nada y asiste junto a mí a toda la misa en francés aunque sé que se muere de ganas de salir a fumar.
Salimos y entonces soy yo quien se deja llevar. Hasta un restaurante. Sabe que tampoco voy a mirar la carta y pide lo que cree que me apetece. No me apetece nada pero aún así como. Y bebo, que pide una botella de vino convencido de que con eso se me puede pasar la tontería.
            Volvemos al hotel y otra vez le doy la espalda. Para desnudarme. Es lo que él dice de los actos rutinarios y la siesta es la hora de su cuerpo en el mío y el mío en el suyo. Me siento seca porque no tengo ganas y a lo mejor él tampoco tiene.  Aún así me tumbo en la cama con las piernas bien abiertas y también de espaldas: porque no merezco ni su mirada tierna ni su mirada de deseo, ni que me muerda los pezones ni sus juegos con la lengua.

            La comunicación humana puede ser verbal, con palabras, o no verbal: una sonrisa, un puñetazo, un beso, un meneo de caderas, un gesto de desprecio…

            Me merecería que me girara bruscamente y me diera un bofetón para hacerme reaccionar. Pero sé que no va a hacerlo. Oigo cómo se desabrocha el cinturón, sigo seca y quiero seguir seca: para que me desgarre con dolor. Él ya sabe. Que no quiero que me bese la espalda, que no quiero dulzuras al oído. No me las merezco. Que me desgarre y, si quiere, que varíe de conducto. Le siento llegar, palparme y situarse. Empuja con toda su fuerza, me duele hasta que grito y él ya sabe. Porque el mismo grito de dolor me lo sabe transformar en grito de un placer que no merezco. Sabe también que no quiero que esté pendiente de mí, que quiero que vaya a la suya, que me utilice hasta el final sin detenerse. Sabe también convertir cada uno de sus vaivenes en mensajes que ni mienten ni manipulan y que me van revolviendo el cerebro hasta que me doy cuenta de que me estoy engañando y de que, en realidad, sí quiero irme con él. Sabe sincronizarme y, como en todo el día no me ha oído una sola palabra, se venga de mí y me pone a gemir hasta el grito final. Tampoco mienten mis gemidos, ni mi grito, ni su respiración entrecortada.
            Luego me deja dormir pensando que quizá me despierte mejor y, al cabo de un rato, pensando que estoy dormida y no me doy cuenta, me da un beso en la frente.

viernes, 8 de julio de 2011

Leire Pajín en biquini

Hace menos de tres meses dediqué una entrada, que, como se ve arriba a la izquierda, resultó ser mi mayor éxito, a dos de los grandes mitos eróticos de esta España tardofranquista. Una de ellos era Leire Pajín, doña Leire, excelentísima o lo que sea que como tratamiento lleve una ministra y que Alfonso Guerra resumiría, como hizo con la ministra de exteriores, en un elegantísimo señorita Pajín.
Decía allí que no había encontrado ninguna foto suya en la que se le apreciaran suficientemente las formas del cuerpo. Hela aquí como si me hubiera oído. Esta foto y otras parecidas salieron ayer en los periódicos.  porque a la señora le dio por unas minivacaciones en Menorca. Aquí la vemos generosa de carnes y arisca de cara aunque quizá el gesto venga provocado por la temperatura del agua. Los pechos algo -o sea bastante- caídos sin correponderse mucho con los esta otra foto tomada con pocas horas de diferencia:

¿A que la nena gana vestidita? Y no creo que sea sólo por el contraste con su madre y que nos permite adivinar a dónde van a ir a parar en un futuro no muy lejano esas formas tan femeninas.
Y una última foto porque no todos los días uno puede decir que le ha visto una teta a una ministra aunque dejo como ejercicio para el lector el deducir si eso es o no una teta o si se le llega a apreciar el pezón:
Bueno, y dicen los periódicos que la familia Pajín -ella y sus padres- se hospedaron en la isla del Lazareto, en medio del puerto de Mahón, que fue una península hasta el 1900 en que se separó para abrir un canal. Las instalaciones pertenecen al Ministerio de Sanidad, y por eso iría allí la criaturita con su familia, pero andaba todo en trámites para convertirlo en parador nacional o similar.

lunes, 4 de julio de 2011

Tu sangre en mi sangre (LXII Concurso de relatos bubokianos [tema: vampiros])


Llevaríais ya más de diez minutos y en la penumbra de tu habitación sus ojos aún parecían más negros. Los veías alejarse y, desde arriba, volver hacia ti aún más despacio. Te miraba fijamente, y tú a ella, y, sobre todo cuando se dejaba caer, lo hacía tan lentamente que cualquiera diría que era dolor y no placer lo que estabais recibiendo. Un placer sin nervios, sin estridencias. A veces apoyaba las manos en la cabecera de la cama, dirigía sus ojos hacia el lugar preciso donde vuestros cuerpos se complementaban y se quedaba mirando. Otras veces se dejaba caer hacia atrás como si quisiera comprobar hasta qué ángulo eras capaz de resistir. Sin embargo, nunca habías notado esa sensación de tranquilidad, de poder estar así todo el tiempo que quisieras. O que quisiera ella.
            -¿Me dejas hacer una prueba?
            Sale, se gira y, dándote la espalda, se vuelve a ensartar. Una espalda blanca, casi brillante en la semioscuridad, y la melena negra contrastando. La ves ir y venir:
            -¿Te ves capaz de aguantarme?
            -No más de dos minutos.
            -Entonces, si no te importa, paramos un momento.
            Se levanta, rebusca en los pantalones el paquete de tabaco, va al salón por el cenicero, vuelve, abre la ventana y se tiende a tu lado.

            Fue un viernes como otro cualquiera. O no, que te dio por salir en vez de quedarte en casa a ver la televisión. Sería porque aquella tarde te habías comprado una camisa y unos pantalones nuevos y querrías lucirlos. Y los zapatos. De nada sirve la ropa nueva si los zapatos no brillan. Si no fuera por las horas sin fumar cogerías un avión a Cuba no para hacer turismo sexual o alcohólico sino para comprobar si, como en las películas, hay algún niño mulato que sabe limpiar los zapatos como se debe, pasando el trapo enérgicamente Porque por aquí ya no quedan limpiabotas profesionales y tú, aunque metas el zapato en la horma de madera, lo pongas mirando hacia ti y le des con el trapo una y otra vez a derecha e izquierda, no acabas de conseguir el brillo ideal.
            Así saliste a las calles de tu barrio de la zona alta, mirando si tus zapatos brillaban suficientemente y pensando a qué local ir. Sin moverte demasiado, claro está, lo suficientemente cerca como para llegar a pie. La ciudad se divide en tres franjas paralelas entre la montaña y el mar: la más alejada de ti, la que llaman fachada marítima hará que no la pisas –putas, inmigración, turistas- más de veinte años; por la otra pasas si no hay otro remedio; y por la tuya te mueves a gusto bajo los plátanos y los faroles modernistas. Aunque no te acaben de brillar los zapatos como a ti te gustaría.
            Escogiste un local de línea fría. Pasillo largo de entrada flanqueado por luces de neón verticales, mesas alternando el blanco y el negro como en un tablero de ajedrez, paredes blancas, barra transparente y transparentes los estantes de las bebidas con neones iluminándolos desde debajo y consiguiendo colores imposibles en los licores: ¿queda alguien que beba Chartreuse, Calisay o Licor 43? Suena Riders on the storm a un volumen lo suficientemente bajo como para permitir las conversaciones.
            -Un bourbon.
            Lo prefieres al whisky escocés no por el sabor sino por el color, que es un criterio como otro cualquiera. También hay mujeres que, independientemente de que lleven o no perfume, entran por el olfato. En eso estabas, con los codos apoyados en la barra zarandeando el hielo en el vaso y mirando el color del bourbon cuando, sin saber qué era lo que te estaba llamando, te giraste de repente y miraste hacia un punto fijo. No sabes por qué lo hiciste ni qué era lo que encontrarías al mirar pero ahí estaba sentada. Una mujer hermosa. No guapa, hermosa. Y que nadie te pregunte la diferencia: quizá una mujer guapa es aquella capaz de arrancar cualquier barbaridad a un albañil mientras que ante una mujer hermosa ese mismo albañil se queda suspenso con la mezcla en la paleta y sin saber qué decir. La miras, te mira y te sonríe, como si fuera un guión de película escrito por un principiante. Y no sólo te mira y sonríe sino que te llama con la mirada. Sin mover los ojos. Sabes que te está llamando, bajas del taburete sin dudar y te acercas:
-Ya que estás de pie, pídeme un gintónic. Di que es para mí y en la barra sabrán cómo lo quiero.
Vuelves con el gintónic y, educadamente, pides permiso para sentarte frente a ella:
-Me llamo Clara.
Cazadora de cuero negra, ojos negros, botas negras, gafas con montura fina de oro, cadena delgada de oro rodeando el cuello, pantalones blancos y blusa roja. Uñas largas pintadas de blanco.

Aplasta el cigarrillo contra el cenicero, espera a que acabes tú el tuyo, se vuelve a levantar y devuelve el cenicero al salón.
-¿Volvemos?
-Volvamos.
Se vuelve a subir, vuelve a dejarse caer suavemente y se mueve a derecha e izquierda mientras sube y baja. Te fijas en su cadenilla de oro que va de aquí para allá sin orden ni concierto:
-Mírame a los ojos.
Y te das cuenta. De que es con los ojos como te domina, te dosifica, te retiene. Porque antes, cuando sólo le veías la espalda y el pelo, estabas a punto de estallar.
-Tú mírame, sólo mírame. Ya llegaremos luego. Tranquilamente.

-¿Nos vamos?
Una mujer con sonrisa que provoca confianza. Se llama Clara: también el nombre, no sólo el olor, importa. Le propones un taxi:
-¿Vives lejos?
-Un cuarto de hora andando.
-Pues andamos.
Se te coge del brazo como las mujeres antiguas. Hermosa bajo los faroles, bajo los plátanos, ante los semáforos. Ya no te importa el brillo de tus zapatos y ni siquiera los miras. Pasa un coche con una pareja y la música a todo volumen, un seat, un renault o algo parecido. Tuneado. No son de esta parte de la ciudad.
Entráis en el ascensor y te das cuenta de que esa mujer está por encima de todas las que has conocido. Por eso no te atreves a arrinconarla y darle un achuchón.
-Me harás el favor de ahorrarme la pregunta de si quiero algo para beber. Para no perder el tiempo.
-Pero me dejarás dar un repaso al piso para ver que todo está en orden.
Tenías la seguridad de que lo estaba porque esa misma mañana había pasado la chica que te lo limpia pero querías al menos cinco minutos para pensar. No sabías en qué, pero pensar.
-Entonces me sacas una toalla y nos duchamos.

Sigue bailando sobre ti, sigues mirándola a los ojos y, aunque no te fijas, sabes que la cadenilla de oro también baila. Como su piel blanca:
-¿Me podré quedar a dormir?
-Y te traeré el desayuno a la cama.
-Pues ahora muévete hacia un lado para darnos la vuelta sin desengancharnos. Quiero ponerme debajo bien centrada en la cama.
Te desplazas, os dais la vuelta con cuidado y la miras, esta vez desde arriba. Ahora eres tú el que va y viene y ella quien está quieta. Vas y vienes con ese placer tranquilo. Sus ojos te siguen encantando, sabes que la noche es larga y si sale el sol mientras aún estás en ella, no girarás la vista para verlo sino que seguirás en sus ojos.
-Nos vamos a ir ya.
-Yo aún no estoy preparado.
-Lo que tú digas. Quédate un momento parado.
Mueve la mano derecha rápidamente sobre su frente y luego sobre la base de tu cuello. Ves que se ha hecho un tajo limpio con la uña y que sangra. Y que, sin que sintieras el más leve dolor, te ha hecho otro a ti y estás goteando sangre. Dentro de su boca. Vas tú también por la sangre de su frente, se aferra a ti con las piernas y va y viene nerviosamente. Te hundes en ella hasta el dolor, extiendes los brazos para mirarla, le ves los labios rojos de tu sangre y se viene hacia ti buscando también tus labios. Juntáis labios y lengua y sientes sus gemidos sordos en el fondo de tu garganta.

El martes siguiente te llega un paquete por mensajería. Lo abres y un juego de sábanas y de fundas de almohada nuevos y caros. Y una nota:
Si quieres volver al olor y sabor de mi sangre y que te vuelva a dejar perdida la ropa de tu cama, en el mismo sitio, el mismo día y a la misma hora.