Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



lunes, 6 de junio de 2011

Ni tu nombre (LX Concurso de relatos bubok [tema: el rencor]: relato ganador)

Sin darme cuenta se me fue formando una bola dentro. La sentía a ratos, primero pequeña, y hasta podía localizarla por las paredes internas del estómago. Corría el tiempo, se iban repitiendo una y otra vez las ocasiones y la bola acabó por instalarse definitivamente y convertirse en algo con lo que no me podía acostumbrar a vivir.
Al principio no daba importancia a sus manías. Al contrario, hasta me hacían gracia:
-¿Se puede saber por qué has mirado a ésa?
-¿A quién?
-A la rubia con la que nos acabamos de cruzar.
Aproveché para girarme y verla de espaldas. Así acabé de cerciorarme de que era una señora hembra.
-¿A ésa? Ni me había fijado. No veo que pueda tener nada que no tengas tú.
Lo mismo solía repetirse una vez y otra durante los dos años que estaríamos de novios. Sí, a ciencia cierta no sé si pasaron dos o tres años desde que nos hicimos novios hasta que nos casamos. Antes tenía las dos fechas anotadas en una agenda dentro del portátil, dos días antes saltaba una alarma y me presentaba con un ramo de rosas. Hasta que también por eso hubo cuestión:
-¿Se puede saber por qué tienes anotados nuestros aniversarios?
-Para no olvidarme.
-¿Y ésa es la importancia que le das a nuestro matrimonio?, ¿cómo puede nadie olvidar el día en que se casó?
Lo de menos era que me hubiera entrado en el portátil, que hubiera probado introduciendo variantes al número que utilizábamos en el cajero automático con la cartilla de ahorro y hubiera dado con la clave de acceso al ordenador.
Luego tonterías de las que cuentas a los amigos y se ríen: si en la autopista adelantaba a un coche, giraba la vista a la derecha y casualmente era una mujer, bronca; si en un bar de copas nos servía una camarera, cuando yo pagaba resulta que lo que hacía era mirarle el escote...
La bola que iba creciendo, que me iba ocupando, que se iba endureciendo, que cada vez pesaba más y me era más difícil de sobrellevar.
Y ojito con el móvil y el portátil. El móvil, al llegar a casa, siempre apagado no fuera a llamarme nadie y tener luego que dar las mil explicaciones. En cuanto al ordenador, con ella aprendí algo que todo el mundo sabía, todos menos yo, que pinchas en una pestaña en la que dice histórico y te salen las páginas web que se han visitado desde quién sabe cuándo.
Pero, como uno no puede pasarse la vida pendiente, siempre se acaba por cometer un desliz. Así fue como me descubrió algo tan inocente entonces como lo de Luisa. Yo, aparte del gmail para que ella me leyera lo que quisiera, tenía otra cuenta de correo en un lugar tan remoto como netcourier, una página francesa, y configurado -ése fue el verdadero error- de modo que sólo entrar ya salía mi nombre de usuario y mi clave. Y a Luisa la conocía de un foro en el que se discutía de cine y en el que me metí no sé por qué, quizá para tener alguna vía de escape. No recuerdo cómo fue que empezamos a escribirnos por privado; y de hablar de Hitchcock pasamos a decirnos cositas tontas, que si lo que yo te haría o similar. Ella estaba en Ginebra, todo hay que decirlo, pero si hubiera andado por aquí... Ah, y suerte que al menos tenia la precaución de borrar los mensajes en cuanto los leía. Pero ése, mira por dónde, aún no lo había leído y, por tanto, ahí estaba resaltado en negro en la bandeja de entrada. Llego, pues, a casa, y quién es Luisa.
-¿Luisa?, ¿qué Luisa?
-No te hagas el tonto. Esa que dice que se dejaría morder donde tú quisieras.
Hago memoria y me doy cuenta de que no tengo escapatoria. En el último mensaje le había contado que había ido al dentista y me había hecho un implante. Y que así podría morderla mejor, claro. Su contestación, fuera cual fuera, contendría debajo ese texto mío:
-Ésa es una del foro de cine que está en Colombia. De vez en cuando le digo esas tonterías que gustan de oír las mujeres. Le dije que fui al dentista...
-Le dijiste que ibas a morderla. ¿Eso le dices a todas?
-Si te parece erótico morder con implantes... Además, ya te digo que está en Colombia y debe de ser india o así...
De Santander y trabajaba en Ginebra de traductora en no sé qué organismo satélite de la O.N.U., pero yo ya había aprendido a mentir automáticamente. Y esa noche, a la media hora de acostarnos, devolví la cena. Era la bola que me hacía rechazar todo alimento. Era la bola que ya me había ocupado el estómago entero: ¿qué me ocuparía después?
¿Una solución? Sí, ya había ido al psiquiatra en un par de ocasiones. No por mi, aunque ya estaba empezando a desquiciarme, sino por ella. O mejor, para encontrar una explicación o eso mismo, una solución. La ideal, claro está, era llevarla a ella misma pero era prácticamente imposible. Según ella, quien estaba mal era yo y por eso me escribía con Luisa o miraba a todas por la calle. Celopatía, falta de confianza en sí misma... dijo el psiquiatra. Y que la hiciera sentirse deseada y valorada.
Quererla sí que la había querido; al menos cuando nos casamos. Pero luego, con ese continuo estar pendiente de la mínima en el que me veía obligado a permanecer, con ese tener que andar por la calle a su lado mirando al suelo para evitar una discusión... Así, por más voluntad que uno pusiera dejaba de querer al amor de su vida. Y desearla: bueno, aunque ahí entra más la naturaleza y a ella el cuerpo era lo único que no le fallaba, eso también se resiente. Empezaba deseándola y nos enganchábamos:
-¡Haz el favor de mirarme a los ojos cuando estemos en esto!
Porque si los cerraba era que estaba pensando en otra o qué se yo. Acababa haciéndolo con odio y que nadie me pregunte si es posible desear y odiar a la vez porque sí lo es. Incluso vaciarse con odio en la mirada.
¿Otra solución?: la que se me ocurrió la misma noche del escándalo por lo de Luisa. Vuelvo del cuarto de baño de vomitar y como si hubiera recibido iluminación celestial. Algo me dice que esa noche duerma en el sofá, lejos de su alcance. Un año hace ya, un año planeándolo minuciosamente... Con lo fácil que era: desaparecer, huir de su lado... y aquella noche en el sofá, al tener la idea, fue el primer paso. Ya no siento la bola y con toda seguridad fue en ese mismo instante cuando empezó a disolverse.
Me acompañaban las circunstancias laborales. Trabajo en un banco de alcance nacional y esperé pacientemente una vacante lejos, lo más lejos posible de ella, tan lejos como en Lanzarote, donde ni siquiera he estado y donde voy a reincorporarme tras las vacaciones de verano, el primero de agosto. Sí, como partir de cero. Llegaré con una simple maleta, me instalaré en un hotel mientras busque piso...
La bola se me fue disolviendo a medida que iba planificando: hoy mismo me estará esperando en casa pero no volveré ni volveré a oír sus preguntas tontas ni a soportar sus broncas gratuitas. Y esta mañana he salido con lo puesto, como en la anécdota del que dice que baja al estanco por tabaco y no para hasta la Argentina. Ella cree que yo tenía medio preparadas las vacaciones para agosto y, cuando me mire el portátil que he dejado encima del despacho junto al móvil, a lo mejor se da cuenta de que yo iba a coger las vacaciones ahora en julio sin contar para nada con ella. Y mañana, cuando se despierte sin saber dónde ando, no tendrá ni luz, ni gas, ni agua, ni teléfono fijo que, como estaban a mi nombre, he dado de baja. Y la cuenta conjunta del banco vacía: cuatro mil euros que llevo en la cartera, pero aunque hubieran sido sólo cincuenta... Seguro que no tarda en imaginarme quitándole el poncho a alguna india colombiana para comérmela a mordiscos.
No andará muy equivocada porque casi puedo decir que ha sido ella quien me ha encaminado hasta aquí. Estoy tumbado en una cama del Novotel del aeropuerto de Ginebra esperando que llegue Luisa para dejarle clavados los dientes por todo el cuerpo. Y, si se deja, también en el alma. Como si la tatuara.

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