Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



viernes, 10 de junio de 2011

Laura y Clara: Dando vueltas al atajo, L (y último)

Hoy va a ser el último día que escribas porque ya has encontrado la conclusión.

O más de una conclusión. La primera, que este fin de semana pasado ha sido el más feliz de tu vida: ni las vacaciones en Francia con el paseíto en Montpellier y el día de lluvia en Agde, ni las otras en Menorca cuando prácticamente te obligó a hacerlo a la luz de la luna, ni los días en Cantabria abrazadas en aquella cama que parecía de Isabel la Católica... este fin de semana y sólo este fin de semana. Todo lo que os habéis dado, los lugares a los que os habéis llegado: si te palpaba o te pasaba la lengua por aquí o por allá la sentías en el corazón y si te decía una dulzura con esos ojitos embelesados la sentías entre las piernas. Os queréis y os deseáis, y os habéis metido en una cadena que ya no se va a romper. Es miércoles y esta noche vais a volver a hacerlo y a dormir juntas. Tienes tantas ganas -y ella seguro que también- que le vas a proponer cenar a las ocho, horario europeo, y después, hasta por lo menos las once... Y luego el fin de semana que viene. Porque tú ya sólo piensas en eso y vives para eso, para tenerla, para estar las dos desnudas y entregadas. Vives contenta y has notado que ella también ha cambiado y ya no le cogen esas depresiones que antes le duraban dos o tres días y de donde tanto te costaba sacarla. La demostración práctica de que el amor es bueno. Claro que sólo faltaría que le cogiera repentinamente una depresión mientras la estás besando: es que le dabas dos bofetones para que reaccionara. Pero no va a pasar porque la has metido, os habéis metido, en esa cadena donde un eslabón es de amor y el siguiente de placer. Por cierto, que este próximo fin de semana, aunque sólo sea por disimular, podríais salir al cine, que no sabes si podríais soportar otra vez el mismo ritmo de este último fin de semana. Te da la impresión de que, si volvéis a sentir toda la emoción que habéis sentido, a alguna de las dos le podía dar un desmayo.

Tan rico fue el beso total que os disteis que después, cuando volvisteis a enlazaros para seguir con la chupadita, lo hicisteis mucho mejor que como soléis. Siempre estáis quietas besándoos y pasándoos la lengua hasta que llega el momento en que no os podéis controlar, pero en esa ocasión ella, que estaba encima, se puso a mover la cintura en círculo, despacito, arrastrándote la cabeza que mantenías entre sus piernas. Y ella sola construyó una obra de arte: va manteniendo el ritmo con sus movimientos circulares como si bailárais hasta que de repente empieza a moverse más despacio y, en ese momento, te das cuenta de que estáis llegando las dos, sigue moviéndose cada vez más despacio, como una peonza que va frenando y, justo en el momento en el que se queda quieta, estalláis las dos juntas al estilo apoteósico. Otra de las muchas cosas, aparte del superbeso, que te gustaron, que se inventaba variantes nuevas.

Comisteis enamoradas, mirándoos, acariciándoos. El café estilo lento, hablando de tonterías, repitiendo de café para disimular la prisa que teníais por volver a abrazaros. La siesta, que subisteis a la habitación dispuestas a repetir pero os quedasteis dormidas la una sobre la otra de lo cansadas que estaríais. Os despertáis, ducha, la llevas a la habitación e intentas un experimento que no vas a contar porque no sale bien, y sería porque la reina de las novedades era ella. La coges de la mano, la arrastras escaleras abajo y salís desnudas al jardín. Enciendes el riego de aspersión y a correr las dos como crías bajo el chorro de agua. Cigarrito tumbadas sobre la hierba, os volvéis a desear, subís a la habitación, os besáis la una sobre la otra, os ponéis del revés para otra chupadita, te da por hablar, por pedirle un te quiero y luego otro, te los dice, se los dices y, para que calles ya, te tapa la boca con la pelambrera. Os volvéis a dar felicidad.

No querías dejarla descansar, sólo lo justo. Así que le dices que quieres hacer de odalisca y en seguida vuelves a por ella, a acariciarla despacio, que si el vientre, que si los labios, que si los pechos, le rascas los pelillos, te acercas, abre las piernas, le vas los muslos, la tocas sólo un momento, vuelves a los pechos, le vas leyendo el deseo en la mirada, abre la boca, la besas con lengua y notas cómo flexiona las piernas y las abre bien abiertas. Te paras y esperas un poco más mientras la contemplas. Huele a deseo y tú debes de oler a lo mismo. Bajas la mano por su vientre blanco, cruzas por su mata de pelo tan hermosa y llegas. Se relaja y te pones despacito y hablando de lo que hay para cenar. Conversáis mientras la recorres y la notas tranquila pero sintiéndote. Te dice que ella te quiere hacer lo mismo y le contestas que más tarde, antes de dormir y sí, te lo hizo perfecto y también por eso dormiste tan bien. Seguís hablando de lo sincronizados que tenéis los cuerpos, de lo que os gusta hacerlo y, de repente, te sonríe y te dice que hace rato que ha llegado pero que no pares porque quiere llegar otra vez. No te habías enterado, otra sorpresa, para que luego digas que le conoces el cuerpo. Pero la segunda vez te enteras, vaya si te enteras. Apartas el dedo, te lo chupas, se lo pasas por el labio inferior, le notas la tensión, mueve la cintura como llamándote ahí, le vas bajando la mano despacio, mueve más y más la cintura y, al alcanzarla, grita que te quiere y se te abraza mientras tú sigues y sigues.

El domingo comisteis en casa de su padre, que había vuelto del viaje a Andalucía y os regaló una botella de aceite de oliva virgen a cada una; estaban las tías y la familia de su hermano y, como también había traído Moriles, no sabes cuántos vasos os bebisteis que andabais un poquito borrachas y riéndoos cuando luego su padre se tumbó para la siesta y os quedasteis con las tías jugando a las cartas. Y seguro que las tías, como se pasan el día delante de la tele y se tragan todo tipo de programas, se darán cuenta tarde o temprano de lo vuestro, pero te da completamente igual. Ah, y antes de todo eso, por la mañana, tampoco os perdonasteis y lo hicisteis otras dos veces porque llegaste a contagiarle la ninfomanía que habías sentido ya el sábado en la bañera. El despertar dulce con ella llenándoos de besos matutinos, el desayuno con las tostadas de siempre, el cigarrito y a la ducha. Fue cuando la viste peinándose frente al espejo y pensaste en que así mismo, aunque con la toalla cubriéndose, estaba la primera vez. Le pediste otro beso como el del sábado, la cogiste de la mano, la llevaste a la habitación y te pusiste con esa postura tan graciosa en la que se había puesto ella. Sólo querías un besito, algo simbólico para cerciorarte de que te seguía queriendo, y te lo dio sonoro pero luego se puso a darte vueltecitas con la lengua. Te relajaste sintiendo esa lengua tan rica que tiene, te quedaste encantada con la cabeza apoyada sobre los brazos y sintiendo como un gusanito que te recorría y, cuando más tranquila estabas, te pone la mano en los pelillos y, sin darte tiempo a hacerte la idea, ya la tienes en el puntito. Por delante y por detrás, su lengua y su dedito y tú otra vez con esa sensación de que nunca has sentido tanto y con las ganas de hacérselo a ella. Te quisiste concentrar para disfrutarla pero no aguantaste ni un minuto porque sólo alcanzarte con el dedito ya habías empezado a irte. Pataleabas de placer.

-Prepárate.

-Estoy preparada y te diré una cosa: al verte he estado a punto de llegar yo también.

Pero tú estuviste más rato besándola, mordiéndola y chupándola. Que se esperara, que se mantuviera en tensión mientras el puntito se le fuera poniendo terso, brillante y precioso. Querías hacer un experimento: comprobar que cuanto más rato estuvieras chupándola, menos tardaría en derretirse. Y así fue, tus diez minutitos ahí y en cuanto le pusiste el dedo duró menos que tú, fue como si la fulminaras, que perdió las fuerzas, se dejó caer y gritaba mientras la seguías chupando y acariciando con la mano aprisionada entre su cuerpo y la cama.

Se recupera, te abraza, te besa y te dice que necesita más, que como lo habíais hecho muy rápido y de forma nerviosa, necesita algo tranquilo. Tan tranquilo y tan lento que estaríais más de una hora palpándoos, llevándoos hasta casi el límite, parando y volviendo. Te subías encima de ella, os restregabais los pelos de la una contra los de la otra, os dabais la vuelta, se ponía luego de espaldas, te subías, se subía ella, os mordíais y hablabais, de tonterías, de amores, que te bebo los ojos. Pero se te quedó grabada la escena final, la que te va a llevar a la conclusión. Decidís que antes de ir a comer a casa de su padre pasaréis por la pastelería a comprar algo y luego iréis a tomar una caña para saludar a los amigos. Miráis el reloj y decidís que ya es hora, que ya os toca arrastraros hasta el final. Os acariciais el pecho, el vientre y, al mismo tiempo, os vais bajando la palma de la mano hasta llegaros con el dedo mirándoos frente a frente y calibrándoos el placer. Os miráis, tú miras su mano y la tuya, ella mira la suya y la tuya -y esa es la escena que has tenido en la cabeza toda la mañana- hasta que se viene a tu boca y te engancha. Os fuisteis con los labios y las lenguas juntas y al final, cuando se separa, te das cuenta de que estás llorando como una tonta y te tapas la cara:

-¿Qué te pasa?

-Que te quiero.

Sollozando. Te aparta bruscamente las manos:

-¿Y por eso lloras?

Te abrazas a ella con todas tus fuerzas:

-Es que no te quiero perder.

-No me vas a perder. ¿O es que no está sirviendo de nada este fin de semana?

Le rodeas el cuello con los brazos y la vuelves a besar.

Sí, te dio un ahogo con tanta emoción, que no eres de piedra; y por eso quieres que el próximo fin de semana sea más tranquilo. Pero esa imagen de tu mano en su vientre blanco, tapándole los pelillos y hundiendo el dedo, y la suya blanca haciendo lo mismo en tu cuerpo ha sido la que te ha dado la idea. Esta mañana en el trabajo ibas por un pasillo repasando ese momento y te ha saltado la idea. Has vuelto a casa, has comido, estás aquí escribiendo tus últimas líneas y, en cuanto acabes, vas a salir disparada a Valladolid. Entrarás en la mejor joyería y, como tenéis el dedo del mismo tamaño, encargarás dos anillos iguales. En uno estará grabado Laura y Clara y en el otro Clara y Laura. Volverás al pueblo porque es vuestro sitio y porque te espera su cuerpo pero, en cuanto tengan los anillos, quieres volver a esa escena en la que os tocaréis con la yema del dedo y, al mirar hacia abajo, veréis cómo el anillo de la una brilla en el vientre de la otra.

2 comentarios:

  1. ¿Y colorín colorado? Bueno, un poco pasado con las descripciones de los juegos sexuales,demasiado prolijos tal vez, pero está bien escrito. Te felicito, supongo que estarás satisfecho por la obra terminada.

    Saludos.

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  2. Bueno, tiene un final feliz. Y por eso quiero redactarlo otra vez, para que no parezca pornografía.

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