Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



miércoles, 25 de mayo de 2011

Luz, agua y viento (LIX Concurso de relatos Bubok [tema: la isla])

Como si tuvieras dentro un despertador que sólo funcionara cuando vas y nunca cuando vuelves... Las cinco y media de la mañana y ya estás despierta. Abres los ojos desde esa sensación de no estar en tu cama, buscas a tientas la luz y tomas conciencia de que estás en el barco. Te pones en pie y notas que no hace mala mar. La ducha, te vistes, subes a cubierta por el lado de estribor y vas hasta la proa. Ahí lo tienes: un destello blanco, pausa, dos destellos blancos, pausa, otra vez un destello... Nadie a tu alrededor porque todo el mundo duerme aún. Sólo el piloto y tú pendientes del faro. Y alguna barca de pesca que busca la entrada a la bahía. Sabes el nombre de hasta tres barcos que, arrastrados por los vendavales del norte, se fueron contra los escollos y naufragaron en estas aguas antes y después de la construcción del faro.
Es el mes de junio. Has preferido viajar en barco y no sabes bien por qué. Y cuando tomas ese barco, que suele ser en verano, siempre repites lo mismo, esa salida del camarote al aire libre para ver acercarse el faro. Porque en invierno ni te das cuenta y, si es de día -¿para qué sirve un faro de día?-, el avión ya ha rebasado el faro y la bahía, y está sobrevolando las paredes secas, las vacas, los pastos, los predios, la carretera general, los caminos, los bosques de esos árboles cuyo nombre sólo conoces en el habla local, y ya vuelves a ver otra vez el mar, esta vez en el lado del sur. El avión da un giro de ciento ochenta grados por la izquierda y desde la ventanilla de ese lado se ve el otro faro, el del islote que guarda el costado sur de la entrada a puerto. Encara de nuevo hacia tierra firme, desciende, ves ese obelisco horroroso en el centro de la rotonda de la carretera al aeropuerto y, al momento, las ruedas tocando tierra. Te sueltas el cinturón y oyes el aviso de mantener los cinturones abrochados hasta que el avión esté completamente parado.
Hoy, en cambio, estás aquí con el viento en el pelo, ves el faro frente a ti por la proa y, cuando el barco empiece a virar a babor, aún quedarán casi dos horas para poner pie en tierra: una hora bordeando la costa norte hasta las balizas y farolas de la bocana del puerto y algo menos por todo el canal que, sorteando los islotes, lleva el barco hasta el muelle. Es de noche, aún es de noche, y a medida que vaya amaneciendo, te irás haciendo a la idea de que vas a llegar. No como en avión, que es ver la isla, cruzarla, volver atrás, aterrizar, encontrarte de sopetón en tierra firme al bajar la escalerilla y tú misma, ya te apañarás. Porque el modo de llegada natural a una isla es por mar.

Como Ulises en aquella película que de bien pequeña viste una tarde de domingo por televisión. Kirk Douglas era el actor y lo recuerdas amarrado al palo mayor para oír el canto de las sirenas mientras sus compañeros reman con tapones de cera en los oídos para no dejarse embrujar por ellas. Y la isla con el gigante de un solo ojo que devora a sus compañeros, y la ninfa Calipso, y la maga Circe que le retiene en otra isla, y su último naufragio cuando, como único superviviente, llega desnudo al país de los feacios.
Ya de mayorcita te compraste el libro en una de esas colecciones baratas de quiosco y volviste a la historia. No recordabas, o a lo mejor en la película no era así, que los feacios lo depositan dormido en su isla, se vuelven a embarcar y, al despertar, Ulises no reconoce su patria: ¿de qué le han servido, pues, tantos años de periplo por el mar para llegar a Ítaca si cuando llega no es consciente ni de que está llegando ni de que ha llegado?

Porque no se trata de llegar, se trata de ir llegando. Se trata de subir a cubierta y, si no ves el faro porque te has despertado antes o porque el barco se ha retrasado, te quedas desnortada, no sabes si está ahí. Y si no está el faro, quizá la isla tampoco esté; ni el resto del mundo. Pero pronto se deja vislumbrar, a veces con su luz difuminada entre la niebla. Sabes que el faro está anclado en tierra firme, en el extremo del cabo, pero no ves el promontorio ni la línea de la costa. Tampoco tienes la seguridad de que estén ni de que, detrás del faro, duerma envuelto en oscuridad todo aquello que se ve pequeño desde el avión, las paredes secas, las vacas, la carretera general, los predios...
El faro va quedando a estribor porque el barco vira en sentido contrario y encara hacia levante. Va a amanecer como amaneció el primer día del mundo, con el disco solar saliendo del horizonte y creando el mar al iluminar sus aguas. Las primeras luces te dilatan las pupilas y, a medida que el sol va subiendo, da forma a los contornos de la isla. El faro quedá ya atrás en popa con su serie de destellos, uno blanco, pausa, dos blancos, pausa, que los rayos solares pronto van a apagar. También el cabo y el promontorio han sido creados de la oscuridad primordial y, seguramente, dentro de la isla, el sol va a ir dibujando vacas, caminos, árboles y a quienes en coche o andando vayan a sus quehaceres.
Otra vez va a virar el barco. Otro faro, ahora el del islote que guarda la entrada al puerto natural, emite un sólo destello, tímido ya, cada cinco segundos. El canal de entrada, verde de prados a babor y estribor, barcas de pesca que salen y yates amarrados. La barca del práctico que se acerca y el práctico que sube al barco no sabes bien por qué: el piloto, ¿no conoce el fondo de tantas veces como ha entrado? Si hasta tú sabes todas las maniobras que va a hacer sorteando los islotes -ni Escila ni Caribdis- hasta quedar frente al muelle...

Ulises llega a Ítaca, mata a todos los pretendientes de su mujer que, a base de banquetes, están gastando su hacienda y se reencuentra con Penélope y con los amigos fieles que le seguían esperando. Y luego, ¿qué? ¿No se aburrirá con tanta armonía familiar o recibiendo a los mayorales que le den cuenta de los corderos paridos en sus majadas? ¿No querrá volver a hacerse a la mar en busca de Nausicaa, que le quedó pendiente allá en la isla feacia?, ¿no querrá buscar nuevas islas y ver qué peligros encierran? Y cuando, tras alejarse hacia el horizonte, lo consiga, ¿no querrá volver de nuevo a Ítaca, no querrá ver cómo su isla sube desde el horizonte y se va acercando?

Porque no se trata de llegar, se trata de ir llegando.
Esperas hasta que el barco está amarrado y bajas al camarote por tus cosas. Gente aún medio dormida cargada de maletas y, como en el avión, estorbando en los pasillos. Consigues llegar hasta el camarote, recogerlo todo y, luego, hasta la puerta de salida, aún cerrada, que da a la pasarela. Te pones a estorbar tú también.

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