Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



lunes, 11 de abril de 2011

Metáforas visuales (Concurso de relatos Bubok, LVI [relatos cinéfilos]: relato ganador)

Sería el año 89. O el 90, qué más da. El caso es que ya no estábais en edad pero aún así lo intentabas de vez en cuando. Porque era un provocación, cuando empezaban a apagarse las luces, verla coger el bolso, sacar el estuche, abrirlo y ponerse aquellas gafas de intelectual que sólo utilizaba en el cine. Mientras daban los anuncios y los trailers, eso del movierecord, te lo ibas pensando -lo hago, no lo hago-, la mirabas, veías su perfil en la penumbra de la sala y aquellas gafas entre sus ojos y la pantalla, y te decidías. Le desabrochabas el pantalón, le bajabas la cremallera sin hacer ruido y le metías la mano por debajo de las bragas:
-Gracias, ahora no. Cada cosa a su tiempo. Si acaso luego en el coche.
Educada, eso sí, lo era un rato. Te había dejado llegar hasta tocar pelo, te había dado las gracias y te había puesto en espera. Tú le volviste a subir la cremallera y le abrochaste el botón. Estaba empezando El club de los poetas muertos pero podía haber sido cualquier otra película.

A las intelectuales de entonces les gustaba el cine. A todas sin excepción. A las de ahora quizá también pero ya no debe de ser lo mismo. A ti las que te gustaban eran aquellas intelectuales y todo esto lo estás contando por Ana, tu novia de aquellos tiempos. A ti te gustaba ella y a ella le gustaba el cine. Pero no sabes si acabó de cumplirse la propiedad transitiva por la que a ti, a través de ella, te había de gustar el cine.

Luego en el coche... Ahora te quejas de que pagas hipoteca pero si la pagas es porque tienes un espacio donde hacerlo. Otra cosa es que no tengas con quién hacerlo. Pero entonces tenías que conformarte, teníais que conformaros, con el coche. O ir al apartamento de tus padres en la sierra. Aunque, claro, si de la sesión de las seis salíais hacia las ocho no daba tiempo de subir y bajar a la sierra. Además, no se trataba sólo de ver la película, se trataba de comentarla. Porque las intelectuales eran así: salir del cine, buscar una cafetería y qué te ha parecido la película.

El club de los poetas muertos se te atragantó. Y no por aquel tener que apartarle la mano y no poderle dar un repasito mientras estaba empezando sino por el argumento. Si hasta por televisión habían dado una serie de un profesor de literatura cómplice con los alumnos y utilizando métodos no tradicionales. Vamos a ver: ¿tiene que ser siempre el profesor de literatura? ¿No tendría mucho más mérito un guionista que construyera la misma historia con un profesor de física? Y si fuera con uno de dibujo lineal, óscar directo sin nominación previa.
Ahora bien, tú no podías decirle eso. Ella, ya sin las gafas, se situaba ante un Cacaolat y tú ante una Mahou; como si jugárais con metáforas visuales. Y tenías que dar una opinión sin que cupiera lo de me ha gustado o no. Eras hombre de recursos, siempre lo has sido y, como es cierto el dicho de las dos tetas y las dos carretas, cada mes te comprabas y te leías de cabo a rabo el Dirigido por, una de las revistas de cine de aquel momento. Había otras, el Fotogramas, el Cinemanía, que no sabes si aún existirán, pero a ti te convencían más las críticas del Dirigido por. Ah, y de vez en cuando te acercabas a la biblioteca de la Facultad de Ciencias de la Información y te estabas un ratito con el Cahiers du Cinéma; en la edición francesa, por supuesto. Con ese bagaje te enfrentabas a ella y a su Cacaolat aunque tu capacidad crítica sólo se empezaba a soltar a partir de la segunda Mahou:
-Son siete los alumnos a los que inicia el profesor.
-¿Y...?
-Pues como Los siete magníficos.
-¿Y...?
-Un homenaje a Los siete samuráis de Akira Kurosawa.
No habías visto esa película pero daba igual, Kurosawa era como la palabra mágica que le dilataba las pupilas. Así de intelectual era Ana. Y así de sencilla: si sabías llegarle al cerebro tenías la certeza de que habría asunto y llegarías también a su otro espacio.
Si hasta se lo adornaste. A veces bastaba con fijarse en un plano cualquiera para tenerla diez minutos mirándote mientras se le enfriaba el Cacaolat; en aquella película fue el momento en que el padre del alumno que luego se suicida, tras discutir con su hijo, se acuesta preocupándose de dejar las zapatillas simétricamente colocadas al pie de la cama y el plano se deleita en mostrar esa simetría:
-Una metáfora visual del orden establecido al que se enfrentan el profesor y los alumnos.
Lo de la metáfora visual daba mucho de sí... Porque si le hubieras dicho lo que verdaderamente pensabas de la película, que para colegios de niños bien ya estaba Adiós mister Chips en la que además salía Peter O'Toole o que para complicidades de un adulto con niños preferías Mary Poppins o Verano Azul, si le hubieras dicho eso, al acompañarla luego a casa con el coche corrías el riesgo de que te dijera que la dejaras en la puerta. Con tu Kurosawa y tus metáforas visuales, en cambio, te asegurabas que callara al pasar frente a su bloque y se dejara llevar al descampado del final de su calle para daros rienda suelta. Y lo hacíais como podíais, ella de rodillas frente a ti: la mirabas a los ojos mientras le acariciabas el pelo y, cuando se emocionaba y se abrazaba fuerte, te ponía la cabeza en el hombro, le sentías los dos pechos y, al dejarte la mirada libre, era como si volvieras a estar en el cine, en un cine cuya pantalla fuera el parabrisas del coche y la escena todo lo que escondiera la oscuridad del descampado, jeringuillas, latas de cerveza y cualquier otro objeto que no alcanzara a conocer el neorrealismo italiano.

Eso acarreaba otras servidumbres:
-Mañana por la mañana pasan El acorazado Potemkin en la filmoteca.
Porque las intelectuales no decían lo de echan tal película o dan tal otra sino que para ellas las películas las pasaban. Y era un domingo por la mañana, cuando la gente honrada va a misa o duerme la resaca. El acorazado Potemkin sí, la del cochecito de bebé que se suelta y cae por la escalinata, esa misma. Y a las diez de la mañana, con legañas. La ventaja era que esa sesión dejaba dos horas largas para el vermut y los berberechos aunque ella se puso con que las limitaciones expresivas del cine mudo en blanco y negro se compensaban con los juegos de luces y sombras y las expresiones faciales de los personajes. Tú, a lo tuyo:
-El cochecito cayendo es una metáfora visual del destino del proletariado ruso bajo el dominio de los zares.
Porque en aquel tiempo aún se usaba la palabra proletariado.

O el ciclo de Buñuel en el local social de su barrio, eso de que alguien le pide dinero al ayuntamiento y a la caja de ahorros y te monta a bocajarro cualquier actividad cultural. Cuatro sábados, cuatro, de Buñuel en bancos de madera. Sólo recuerdas Nazarín y Belle de jour. Y no era la película sino, además, lo que llamaban cinefórum, que ahí sí que no participaste. Le dijiste al oído que las películas sólo se las comentabas a ella y quedaste como un señor. Porque lo único que se te ocurrió decir, y te lo callaste, era que Catherine Deneuve en Belle de jour no era una metáfora visual sino una exuberancia visual, una hembra de bandera. Como una Sofía Loren, mujeres que no se repiten y han nacido para moverse ante una cámara. Y Silvana Mangano también, que ya está muerta la pobre... Comparada con ellas, dónde va a parar esa escuálida de Penélope Cruz que se cree alguien porque le robó el marido a Nicole Kidman.

Aparte del ciclo de Buñuel y El acorazado Potemkin aún recuerdas otras. Como la de ir una misma tarde dos veces al cine:
-Pero, mi vida...
-Es que van a quitar esas películas de la cartelera y no me las quiero perder.
O lo de Fassbinder, otro ciclo que te tuviste que chupar y que solventaste diciéndole aquella ocurrencia de que el cine alemán te parecía lleno de personajes colapsados.
-¿Y qué quieres decir?
-Pues eso.

Hace ya más de veinte años. Y ahora puedes confesar que sí, que entonces te gustaba atravesar con Ana las cortinas para entrar a la sala, cogerla de la mano para buscar la fila y la butaca... Y el momento en que se ponía las gafas, y su Cacaolat frente a tu Mahou, y el jugarte el ir o no al descampado según tu verbo florido...
Pero si te preguntaran ahora mismo si te gusta el cine no sabrías qué contestar. Bueno, ver algunas películas por televisión sí, lo que no te gusta exactamente es lo de ir al cine, tener que escoger una película, meterte en un centro comercial, que es donde ahora están los cines, hacer cola para sacar la entrada y que con la entrada te den un vale descuento para el McDonald's; y ese olor a ambientador... y si es verano llévate una chaquetilla porque seguro que se pasan con el aire acondicionado. Porque lo cierto es que la última vez que fuiste al cine fue a ver Shrek 2 con tus sobrinos. Y con ellos conociste todo ese mundo sin kurosawas ni buñueles ni fassbinders: la princesa Fiona, el pececito Nemo, los muñecos Woody y Buzz de Toy Story,...

3 comentarios:

  1. es muy bueno; cada vez me gusta más. Esas metáforas están en todas partes...

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  2. Gracias. Si es que estoy que me salgo. Si soy toda una promesa de la nueva narrativa hispana.

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  3. ¿Puede una sola palabra ambientar todo un relato?
    Antes de leer tu escrito lo hubiera negado, pero... ese Cacaolat. Jejeje.
    Ahora más en serio: muy bueno.
    Saludos.

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