Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



lunes, 14 de marzo de 2011

Obsesión (Concurso de relatos Bubok, LII [tema: el circo])


Se va a caer. La equilibrista se va a caer.
-Enrique, ¿sabes por qué los motoristas en la carretera se inclinan a la derecha si la curva es a la derecha.
-¿Pues hacia dónde se van a inclinar?
Porque Enrique no hacía tanto que había tenido su grupo de moteros y salían los domingos por ahí. No le insististe. Pero te lo sigues preguntando: ¿por qué se inclinan hacia ese lado y, sobre todo, por qué no se caen? Se inclinarán para compensar la fuerza centrífuga que los empuja hacia el otro lado, será por algo de la inercia, de los peraltes, vete a saber. Y no es pregunta para poner en un foro de Internet, que los habrá a miles dedicados a las motos. Se quedarían como preguntándose que de dónde te has escapado. Y si al inclinarse no se caen será por lo mismo que no se cae uno de la bicicleta mientras se mueva.
Desde niña -y ya sabes que te estás yendo de una cosa a otra- te gusta la pintura. Mirarla, no ponerte con los pinceles. Por eso, cuando puedes te escapas al Prado y lo vas recorriendo a un ritmo de diez minutos por cuadro. ¿Que llegas a una virgen de Murillo y se hace la hora de comer? Sacas la agenda, tomas nota de la Inmaculada o la que sea y por ahí seguirás el próximo día.
O compras libros de pintura, sobre todo los negros de la editorial Noguer, en las librerías de viejo. Un libro dedicado a cada pintor, su introducción, indicaciones sobre el tamaño del cuadro, su ubicación... No es lo mismo esa virgen de Murillo en el Prado que en la página de un libro que puedes mirar en el salón de tu casa aunque puedas acariciarla. Ya lo sabemos. Pero tiene sus ventajas: porque en casa puedes también sacar la regla, medir, calcular... ¿y qué pasaría en el Prado si clavaras la punta de un compás en un cuadro para comparar distancias?
¿Por qué cuentas eso? Pues por el último libro de pintura que compraste. Fue un viernes. Viste en aquella librería de viejo de la calle san Bernardo los libros negros de Noguer amontonados y fuiste mirando entre los que te faltaban. Hasta llegar a Seurat, un pintor francés que sólo te sonaba y que situabas hacia el impresionismo. Abriste el libro, pasaste páginas al azar y te detuviste ante un cuadro que te sorprendió a primera vista: un caballo con las cuatro patas en el aire corriendo por la pista de un circo con una equilibrista en pie sobre él. El circo se llamaba el cuadro. Cerraste el libro con un gesto de me lo quedo sin dudar, pagaste, te lo metieron en una bolsa y fuiste caminando hasta la estación de metro de Noviciado.
“Hombre y máquina forman un solo cuerpo”. Esas frases que gustan de decir los moteros. Te sientas en el metro, cierras los ojos y te reproduces el cuadro en la cabeza: la equilibrista está de pie, inclinada hacia el centro de la pista y se va a caer, estás segura. Hay otros personajes en el cuadro: el público, un saltimbanqui, el director de pista, la banda de música. Abres los ojos, abres la bolsa, abres el libro y buscas el cuadro para comprobar si coincide con el modo en que lo has recordado... No exactamente. No abres el libro para eso, lo abres porque tan convencida estabas de que la equilibrista se iba a caer, que te extrañó no verla ya por el suelo. Y sí, ya sabes que el cuadro es de 1890 y si la equilibrista lleva más de un siglo sobre el caballo no se iba a caer precisamente en ese momento.
Al llegar a casa, repasaste el resto de láminas del libro: puntillismo, técnicas impresionistas, paisajitos, ríos, desnudos, marinas, todo muy fin de siglo. Ni media hora estarías hasta llegar a tu cuadro. Miras y remiras: el público que asiste al espectáculo está separado por clases sociales: señoronas con sombreros floreados y caballeros con sombreros de copa tocando a la pista, burgueses en la zona central y obreros arriba del todo con gorras; cuentas y ves sólo tres niños entre el público; la equilibrista sigue con un solo pie en el lado del lomo del caballo que mira al centro de la pista y la otra pierna flexionada; el caballo es blanco, gira en sentido contrario a las agujas del reloj y tiene las cuatro patas en el aire; el director de pista hace restallar un látigo contra el suelo para estimularlo; un saltimbanqui está boca abajo detrás del caballo dando una voltereta en el aire en un espacio imposible porque, si no te engañas, tendría que haber empezado su voltereta en el lugar preciso que un momento antes ocupaba el caballo. Pero puede ser un efecto de distorsión espacial al estilo de Escher. O la magia del circo. O un error tuyo de apreciación. En lo que no te equivocabas, sin embargo, era en tu idea de que la equilibrista seguiría en pie sobre el caballo mientras tú la siguieras mirando.
Dejaste el libro abierto sobre la mesa del comedor y, a la mañana siguiente, antes de entrar al cuarto de baño, fuiste a comprobar si la equilibrista seguía sobre el caballo. No sabes cuántas vueltas habría dado a la pista del circo durante toda la noche pero sí, allí estaba ella, con los brazos abiertos y mirando al público. Ah, bueno, y que te es igual que alguien piense que lo tuyo era una obsesión. Porque sí, lo fue desde el momento en que viste el cuadro en la librería de la calle san Bernardo y lo sigue siendo ahora.
Hace tiempo Enrique decidió que el sábado toca; y el domingo al cine o, si hace buen tiempo, por ahí. Y es feliz porque cree que así manda algo; en cambio, eres tú quien decide la ropa que se compra. A lo que vas, a que llega Enrique el sábado y, al ver el libro abierto sobre la mesa con la regla y el compás encima, te pregunta si te gusta el cuadro. Le contestas que sí por contestar algo, que si le contestas que lo que te pasa con el cuadro es que te tiene preocupada... Y por eso le preguntaste luego, mientras descansabais, lo de los moteros cuando se inclinan en las curvas.
De todo eso hace ya un mes. Y tú ya habías dado la historia por acabada cuando, tras darle otro par de vistazos a la lámina para analizar colores, claroscuros, líneas paralelas y cosas así, acabaste por cerrar el libro y guardarlo ordenado con el resto de los de la misma colección. Además, te preocupaste de empujar la escuadra de mármol que sostiene vertical esa fila de libros para que quedara comprimido y, así, con la equilibrista y el caballo bien prietos en su página, no hubiera espacio para que ella se cayera y, en todo caso, si caía pudiera apoyar la mano en la página de enfrente.
Esta semana ha sido tu cumpleaños: el miércoles te cayeron veintinueve. Bueno, pues hoy sábado se presenta Enrique con el regalito:
-Seguro que te gusta.
Grande y plano. Primero quitas el papel de regalo y luego, otro de embalar. Olé, ahí tenías tu cuadro del circo bien enmarcadito:
-A mitad del tamaño real. La reproducción mide noventa y tres por setenta y seis.
Sí, mitad del tamaño real pero casi cuatro veces mayor que la reproducción del libro. Y como él es muy mañoso, traía una bolsa con todo preparado, su taladradora, el metro, tacos, alcayatas, cáncamos...
-Quedará perfecto en la habitación, en la pared frente a la cama.
Sin que hayas podido reaccionar ya había tomado medidas y estaba perforando la pared con ese ruidito irritante que parece exclusivo de los sábados. Te sientas en la cama y te quedas mirando. Un agujero, otro agujero, los tacos, las alcayatas, pone los cáncamos detrás del cuadro, te pide que le ayudes, lo colgáis, pone el nivel encima y te explica que hay una burbujita de aire dentro que demuestra que lo ha hecho todo perfecto.
-Voy a por la escoba para barrer.
Barres y ya tienes al señorito tumbado encima de la cama esperando. Os desnudáis, el tonteo previo y te subes. Si no os da por los experimentos es como lo hacéis, contigo encima. Ahí estabas, que te mueves, subes y bajas tres o cuatro veces y, aprovechando un momento en que él cierra los ojos, te giras a mirar el cuadro: la equilibrista sigue ahí. Vuelves a lo vuestro, más movimiento, Enrique que no vuelve a cerrar los ojos y tú nerviosa porque no te atreves a girar la cabeza para mirar a la equilibrista.
Se va a caer, seguro que se va a caer.
No te concentras y Enrique se va a dar cuenta. Sigues subiendo y bajando pero no sientes, sólo piensas en ella:
-¿Sabes qué? Me apetece ponerme debajo.
-¿Así a la mitad...?
Pero tú ya te habías desenganchado y te habías tumbado a un lado. Enrique vuelve, lo estrechas contra tu cuerpo y, por encima de su hombro, miras a la equilibrista. Entonces sí que sientes y, por más espasmos que os den al llegar, mantienes la mirada sobre el cuadro. Acabas satisfecha: porque con los ojos has conseguido sostener a la equilibrista sobre el caballo.
Hace ya rato que se ha ido Enrique. Son las tantas y aquí estás escribiendo en la cama frente a la equilibrista. Escribiendo y mirándola para que no se caiga.
No tienes escapatoria. Si se te cierran los ojos y te duermes sabes que te despertarás con un sobresalto al verla en el suelo manando sangre de la boca. Y no puedes solucionarlo descolgando el cuadro y poniéndolo de cara a la pared porque eso no impedirá que se caiga esta noche.
Sólo te queda abrir el marco por detrás, sacar la lámina, cortarla en mil pedazos y bajar a tirarla al contenedor de basura. De paso, también el libro. Cuando Enrique pregunte se lo explicas y, si no lo entiende, te cambias de novio.

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