Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



sábado, 26 de marzo de 2011

El último día (Concurso de relatos Bubok, LIV [el dinero]: relato ganador)

...y el séptimo día creó el dinero.

Mientras duermen, una lluvia de estrellas cruza el firmamento. Sin buscar el horizonte, queriéndose sólo diseminar por prados y arroyos. Algún pájaro, nervioso por el silbido que viene del cielo, aletea en los árboles y el par de ojos abiertos del búho sigue el camino de la piedrecilla bruñida que acaba apagándose sobre la hierba. Otra vez silencio y oscuridad.

Amanecer. Ella no quiere desprenderse de sus brazos. Él aún duerme y una serpiente asciende por su pierna izquierda. Leve cosquilleo y la serpiente prosigue su camino, atraviesa las cuatro piernas de ambos mientras Ella la acaricia, vuelve a la hierba y acaba escondiéndose tras la higuera vecina. Él despierta, se miran y contemplan el espacio: del lado por donde empieza a subir el sol, el mundo; del lado contrario, una leve neblina como tránsito a la nada. Ni luz, ni oscuridad, ni abismo, ni siquiera un lugar que no existe: la nada. Ella se deja caer y, a medida que Él se va meciendo en Ella, el mundo se va ampliando y la nada va retrocediendo hacia el horizonte: un prado, una colina, un riachuelo, árboles y bosques y pájaros que todo lo sobrevuelan. También la neblina se va disipando.
La serpiente juega a enroscar su longitud mientras asciende por el tronco de la higuera: una vuelta, dos vueltas, tres vueltas. Ellos se siguen entregando, la serpiente los contempla desde arriba en sus movimientos acompasados y, por respeto, se mantiene quieta y en silencio hasta que Él se deja caer sobre el pecho de Ella y quedan inmóviles y sólo respirando.
Descansan, Él se incorpora y se acerca a la higuera. Mientras la serpiente le sonríe, recoge las brevas tempranas y vuelve junto a Ella.

Más allá, a media jornada de distancia, lo que era piedra bruñida recibe ya los rayos del sol. Brilla y atrae a los ratoncillos que la muerden y husmean en ella. Ni desprende olor ni deja que los dientes se hundan, sólo brilla y es plana y redonda. Aún así, un ratón intenta arrastrarla y otro, al verlo, le empuja. En lo alto un ave rapaz vuela en círculo contemplando la escena.

Están sentados. Ella divide una breva por la mitad y se la tiende a Él. Él divide otra y se la ofrece a ella. Comen mientras vuelven a mirar el mundo recién aparecido. A lo lejos, ya en el horizonte, una cordillera; a pocos pasos, un remanso de agua en el recodo de un arroyo. Acabadas las brevas, se levantan y, caminando de la mano, se dirigen hacia el agua mientras la serpiente los ve alejarse. Baño y descanso a la sombra de los árboles:
-Esto son sauces.
-Sí, sauces fue el nombre que les pusimos.
Sólo caminar y nombrar, esa es su tarea, ir poniendo nombre a aquello que aún no lo tiene:
-Tú, piedra redonda, te llamarás canto rodado.
-Y tú, que vuelas sin gobierno, mariposa.

El ave rapaz traza un último círculo en el aire y se deja caer atraída por la piedra brillante, plana y redonda, mientras los ratones siguen disputándosela. Éstos no la ven pero, avisados por el sonido que produce al cortar el aire o por algún sexto sentido, salen corriendo en direcciones contrarias momentos antes de que alcance el suelo. Sin embargo, al apartarse los ratones liberando la piedra ésta brilla aún más y deslumbra al ave que, en el último instante, desvía su trayectoria. Se ha sentido desnortada al creer, por el brillo y redondez de la piedra, que era el mismo sol caído del cielo y que iba a abrasarla por acercarse. Vuela hacia nuevos parajes en busca de otras presas.

Él y Ella se dan la mano y remprenden la marcha hacia la cordillera lejana:
-Ese pájaro que canta a lo lejos y no vemos se llamará alondra.
-Y si las montañas no han querido crecer y su cumbre no corta el cielo en punta aguda sino en curva, colinas.
Ella pregunta:
-¿Y si, a medida que crece el mundo frente a nosotros cuando nos unimos, la nada avanza también detrás de nosotros?
Él contesta:
-No. Nosotros vamos destruyendo la nada y ya no puede volver a aparecer en los espacios que hemos pisado y donde hemos repartido nuestros nombres.
-¿Cómo lo sabes?
-No lo sé.
-¿Y si volviéramos atrás?
-Hemos de seguir el camino que nos marca el sol. Si volviéramos atrás el mundo dejaría de crecer.
Y caminan, respiran, miran a su alrededor, van identificando seres con nombres ya puestos, el ciervo que busca el manantial, la abubilla con su cresta, los chopos donde se recogerán los pájaros al atardecer...
Una flor nueva. Y Ella, entusiasmada, corre a ver de cerca la forma del tallo y el color de sus pétalos. Mientras tanto a Él le ha parecido ver un mínimo destello entre la hierba. Se distancia de Ella, cruza el prado y ya no ve aquello que brillaba. Prosigue seguro de que en ese lugar había algo y ve, un paso delante de él, que, al saltar un sapo, ha dejado al descubierto una piedra brillante, redonda y plana. Más brillante, mucho más, que desde el extremo del prado. La recoge, admira su brillo, casi como el del sol, pasa el dedo por el borde y aprecia el círculo perfecto, también como el del sol. Se la pone en la palma de la mano y cierra el puño.
Vuelve hacia Ella, que está agachada mirando la flor:
-La llamaremos amapola.
-Pues que su nombre sea amapola.
Y prosiguen su camino hacia las montañas. Detrás de ellas, al caer el atardecer, habrán de encontrarse la nueva nada y destruirla el próximo amanecer. Pero aún queda. Van cogidos de la mano, la derecha de Ella en la izquierda de Él, que mantiene el puño derecho cerrado:
-¿Qué llevas en esa mano?
-Una cosa.
-¿Tiene ya nombre?
-Sí, le he puesto nombre.
-¿Y como se llama?
-No te lo quiero decir.
-Enséñamelo.
-No.
Antes de la ascensión, descansan en las estribaciones de la cordillera junto a un árbol con pájaros posados a su alrededor:
-Eso es un manzano y los pájaros son cuervos.
-Sí, esos nombres les pusimos.
-Pues si compartimos todos los nombres, ¿por qué no me quieres decir el nombre de lo que guardas escondido en la mano?
-No. No te lo diré.
Empieza a llover, los pájaros remontan el vuelo y Ella se tumba para sentir las gotas de agua resbalando sobre su piel. Huele a hierba y a tierra mojada y brillan las hojas de los árboles. Él acude con dos manzanas:
-Esta noche, cuando nos abracemos para dormir, ¿mantendrás cerrada la mano derecha?, ¿me pondrás en la espalda el puño cerrado?
-Sí.
-Y mañana por la mañana, cuando nos unamos para extender el mundo, ¿también me acariciarás el pelo y las mejillas con ese puño cerrado?
-También.
-Pues yo no entiendo de puños cerrados, caminaré hacia atrás y buscaré alguien con las manos abiertas.
-No encontrarás a nadie. Sólo estamos tú y yo en este mundo.
-Caminaré hacia atrás aunque no encuentre a nadie, aunque la nada avance hacia mí.
-Si es cierto lo que pensabas antes y la nada avanza detrás de nosotros, si me abandonas y no quieres seguir creando el mundo conmigo, desapareceremos.
-Pues entonces, si no quieres que desaparezcamos, si quieres seguir ensanchando el mundo conmigo, enséñame lo que tienes y dime su nombre.
-No. Es mío.
-¿Mío? No hay nada a lo que hayamos puesto el nombre mío.

3 comentarios:

  1. Ya comenté anoche en Bubok la buena impresión que me causó este relato. Dentro de la vorágine monetaria levantada por el certamen, este relato destaca, a mi parecer, por jugar con el concepto de la propiedad, asimilándola al dinero...a mi juicio es un concepto muy bien traído, aunque como quedó claro durante la resaca posvotacional, no todo el mundo esté de acuerdo ;))
    Enhorabuna, una muesca más.

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  2. Me gustó. La palabra «mío» debió de ser una de las primeras inventadas, cómo no.

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  3. La posesión, sin duda, va relacionada con el dinero, aunque no siempre, afortunadamente. El relato aborda la referencia de forma muy original
    Quizas otro de los puntos fuertes de la historia sea la forma en la que se esconde la relación con el tema. Genera una curiosidad que no abondona al lector hasta que el desenlace la clarifica.
    Muy inteligente, Santiago. Y hábil.

    ...Y bien escrito, claro está. ¡Enhorabuena!

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