Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



miércoles, 30 de marzo de 2011

Salamanca, 28-29/3/11

28/3/11
Pues nada, que estoy en Salamanca a la hora de la siesta y llueve. He venido como me gusta, inspeccionando la red de carreteras a ver cómo el gran Pepiño Blanco invierte los dineros del Ministerio de Fomento por el bien del país. Total, que en Zaragoza, en vez de optar por la A-2, como el año pasado, y luego subir al Burgo de Osma desde Ariza, he cogido la A-68 en dirección Logroño para ver los avances de la autovía del Ebro: a la salida de Zaragoza sigue como estaba, hasta poco más allá de Alagón y no sé si por Tudela o más arriba habrá algún otro tramo de autovía. He girado por Gallur en dirección Soria, he parado en el mesón del Aceite de Bulbuente, al pie del Moncayo, para comprar crema de aceitunas y se ven obras paradas de una proyectada autovía del Duero que pretende llegar a Portugal por Zamora; pero entre Gallur y Valladolid la autovía se reduce a unos 5 kms. en Ágreda, unos 10 entre el Burgo de Osma y San Esteban de Gormaz y la entrada de Valladolid más allá de Quintanilla de Onésimo. He probado, eso sí, los nuevos enlaces de Valladolid, que el año pasado decidí cruzar por en medio y salir por el paseo Zorilla pero me perdí; total, que más o menos a la altura de donde estaban antiguamente los cuarteles de San Quintín y Farnesio hay un desvío que cruza Valladolid sin que me haya enterado bien por dónde pero que en un momento me ha dejado en la A-62 encarado a Tordesillas. Luego, por la ruta de siempre y lloviendo.
Salamanca bien, gracias, toda la piedra sillar en su sitio. Pero cada vez que vengo me cuesta más subir desde la puente romana hasta la catedral, y será la edad. En la plaza Mayor, que mira que habré pasado veces, sólo hoy he descubierto que en el lugar donde se juntan los arcos hay un rosetón -o como se llame- que parece un camafeo con bajorrelieves de figuras ilustres. Y en un bar de la rúa Mayor había un cartel en el que decía que con la grasa sobrante de las tapas fabrican jabón que venden en beneficio de las víctimas de Chernóbil.

29/3/11
Como estoy en un hotel al otro lado del río, hoy he preferido subir al centro en autobús. Lo he cogido en la carretera de Béjar y me ha dejado al final de la Gran Vía. La mañana la he dedicado a lo intelectual: he recorrido las principales librerías y en la Cervantes -que la han vuelto a cambiar de sitio y ahora está en el Azafranal a unos 100 metros de donde estaba y sigue estando la primitiva- he comprado el primer tomo de la Vida de los doce césares de Suetonio en la Biblioteca Clásica de Gredos. Luego paseo largo para andar según recomiendan los médicos por lo del corazón  y he acabado sentándome a tomar café al sol en la plaza del Corrillo a leer hasta la hora de comer. Y he comido en la calle Libreros: pisto manchego y tostón cuchifrito.
Por la tarde he vuelto a subir en autobús porque llovía: esa agua fina que llaman calabobos. Y de tapas; sin fumar, claro, que eso es otra cosa que nos han quitado las monjas y curas del PSOE arrastrados por esa nueva ola de puritanismo que viene del calvinismo made in USA. Yo creo que si aún no nos hemos decidido a convocarlos a guerra civil es por miedo de que se pongan del lado de los nuestros.

Conclusión: Salamanca sigue siendo una ciudad española -y europea-: si hay barrio moro, está escondido, no como en Madrid o Barcelona donde los que están escondidos son los otros barrios.
Y dejo ahí arriba esa foto con la fachada plateresca de la universidad vista desde detrás de la estatua de fray Luis. Es la fachada donde está escondida la rana: a ver quién sabe verla.

Mañana 30 de marzo, como aquí el tiempo está indeciso entre el invierno y la primavera, me cruzo casi todo Portugal y en el Algarve seguro que será primavera; o verano. Para ambientar dejo una de las canciones más tristes del mundo, el fado Arraial: con una de las frases también más tristes: Pra que cantar se longe já não ouves?



sábado, 26 de marzo de 2011

El último día (Concurso de relatos Bubok, LIV [el dinero]: relato ganador)

...y el séptimo día creó el dinero.

Mientras duermen, una lluvia de estrellas cruza el firmamento. Sin buscar el horizonte, queriéndose sólo diseminar por prados y arroyos. Algún pájaro, nervioso por el silbido que viene del cielo, aletea en los árboles y el par de ojos abiertos del búho sigue el camino de la piedrecilla bruñida que acaba apagándose sobre la hierba. Otra vez silencio y oscuridad.

Amanecer. Ella no quiere desprenderse de sus brazos. Él aún duerme y una serpiente asciende por su pierna izquierda. Leve cosquilleo y la serpiente prosigue su camino, atraviesa las cuatro piernas de ambos mientras Ella la acaricia, vuelve a la hierba y acaba escondiéndose tras la higuera vecina. Él despierta, se miran y contemplan el espacio: del lado por donde empieza a subir el sol, el mundo; del lado contrario, una leve neblina como tránsito a la nada. Ni luz, ni oscuridad, ni abismo, ni siquiera un lugar que no existe: la nada. Ella se deja caer y, a medida que Él se va meciendo en Ella, el mundo se va ampliando y la nada va retrocediendo hacia el horizonte: un prado, una colina, un riachuelo, árboles y bosques y pájaros que todo lo sobrevuelan. También la neblina se va disipando.
La serpiente juega a enroscar su longitud mientras asciende por el tronco de la higuera: una vuelta, dos vueltas, tres vueltas. Ellos se siguen entregando, la serpiente los contempla desde arriba en sus movimientos acompasados y, por respeto, se mantiene quieta y en silencio hasta que Él se deja caer sobre el pecho de Ella y quedan inmóviles y sólo respirando.
Descansan, Él se incorpora y se acerca a la higuera. Mientras la serpiente le sonríe, recoge las brevas tempranas y vuelve junto a Ella.

Más allá, a media jornada de distancia, lo que era piedra bruñida recibe ya los rayos del sol. Brilla y atrae a los ratoncillos que la muerden y husmean en ella. Ni desprende olor ni deja que los dientes se hundan, sólo brilla y es plana y redonda. Aún así, un ratón intenta arrastrarla y otro, al verlo, le empuja. En lo alto un ave rapaz vuela en círculo contemplando la escena.

Están sentados. Ella divide una breva por la mitad y se la tiende a Él. Él divide otra y se la ofrece a ella. Comen mientras vuelven a mirar el mundo recién aparecido. A lo lejos, ya en el horizonte, una cordillera; a pocos pasos, un remanso de agua en el recodo de un arroyo. Acabadas las brevas, se levantan y, caminando de la mano, se dirigen hacia el agua mientras la serpiente los ve alejarse. Baño y descanso a la sombra de los árboles:
-Esto son sauces.
-Sí, sauces fue el nombre que les pusimos.
Sólo caminar y nombrar, esa es su tarea, ir poniendo nombre a aquello que aún no lo tiene:
-Tú, piedra redonda, te llamarás canto rodado.
-Y tú, que vuelas sin gobierno, mariposa.

El ave rapaz traza un último círculo en el aire y se deja caer atraída por la piedra brillante, plana y redonda, mientras los ratones siguen disputándosela. Éstos no la ven pero, avisados por el sonido que produce al cortar el aire o por algún sexto sentido, salen corriendo en direcciones contrarias momentos antes de que alcance el suelo. Sin embargo, al apartarse los ratones liberando la piedra ésta brilla aún más y deslumbra al ave que, en el último instante, desvía su trayectoria. Se ha sentido desnortada al creer, por el brillo y redondez de la piedra, que era el mismo sol caído del cielo y que iba a abrasarla por acercarse. Vuela hacia nuevos parajes en busca de otras presas.

Él y Ella se dan la mano y remprenden la marcha hacia la cordillera lejana:
-Ese pájaro que canta a lo lejos y no vemos se llamará alondra.
-Y si las montañas no han querido crecer y su cumbre no corta el cielo en punta aguda sino en curva, colinas.
Ella pregunta:
-¿Y si, a medida que crece el mundo frente a nosotros cuando nos unimos, la nada avanza también detrás de nosotros?
Él contesta:
-No. Nosotros vamos destruyendo la nada y ya no puede volver a aparecer en los espacios que hemos pisado y donde hemos repartido nuestros nombres.
-¿Cómo lo sabes?
-No lo sé.
-¿Y si volviéramos atrás?
-Hemos de seguir el camino que nos marca el sol. Si volviéramos atrás el mundo dejaría de crecer.
Y caminan, respiran, miran a su alrededor, van identificando seres con nombres ya puestos, el ciervo que busca el manantial, la abubilla con su cresta, los chopos donde se recogerán los pájaros al atardecer...
Una flor nueva. Y Ella, entusiasmada, corre a ver de cerca la forma del tallo y el color de sus pétalos. Mientras tanto a Él le ha parecido ver un mínimo destello entre la hierba. Se distancia de Ella, cruza el prado y ya no ve aquello que brillaba. Prosigue seguro de que en ese lugar había algo y ve, un paso delante de él, que, al saltar un sapo, ha dejado al descubierto una piedra brillante, redonda y plana. Más brillante, mucho más, que desde el extremo del prado. La recoge, admira su brillo, casi como el del sol, pasa el dedo por el borde y aprecia el círculo perfecto, también como el del sol. Se la pone en la palma de la mano y cierra el puño.
Vuelve hacia Ella, que está agachada mirando la flor:
-La llamaremos amapola.
-Pues que su nombre sea amapola.
Y prosiguen su camino hacia las montañas. Detrás de ellas, al caer el atardecer, habrán de encontrarse la nueva nada y destruirla el próximo amanecer. Pero aún queda. Van cogidos de la mano, la derecha de Ella en la izquierda de Él, que mantiene el puño derecho cerrado:
-¿Qué llevas en esa mano?
-Una cosa.
-¿Tiene ya nombre?
-Sí, le he puesto nombre.
-¿Y como se llama?
-No te lo quiero decir.
-Enséñamelo.
-No.
Antes de la ascensión, descansan en las estribaciones de la cordillera junto a un árbol con pájaros posados a su alrededor:
-Eso es un manzano y los pájaros son cuervos.
-Sí, esos nombres les pusimos.
-Pues si compartimos todos los nombres, ¿por qué no me quieres decir el nombre de lo que guardas escondido en la mano?
-No. No te lo diré.
Empieza a llover, los pájaros remontan el vuelo y Ella se tumba para sentir las gotas de agua resbalando sobre su piel. Huele a hierba y a tierra mojada y brillan las hojas de los árboles. Él acude con dos manzanas:
-Esta noche, cuando nos abracemos para dormir, ¿mantendrás cerrada la mano derecha?, ¿me pondrás en la espalda el puño cerrado?
-Sí.
-Y mañana por la mañana, cuando nos unamos para extender el mundo, ¿también me acariciarás el pelo y las mejillas con ese puño cerrado?
-También.
-Pues yo no entiendo de puños cerrados, caminaré hacia atrás y buscaré alguien con las manos abiertas.
-No encontrarás a nadie. Sólo estamos tú y yo en este mundo.
-Caminaré hacia atrás aunque no encuentre a nadie, aunque la nada avance hacia mí.
-Si es cierto lo que pensabas antes y la nada avanza detrás de nosotros, si me abandonas y no quieres seguir creando el mundo conmigo, desapareceremos.
-Pues entonces, si no quieres que desaparezcamos, si quieres seguir ensanchando el mundo conmigo, enséñame lo que tienes y dime su nombre.
-No. Es mío.
-¿Mío? No hay nada a lo que hayamos puesto el nombre mío.

martes, 22 de marzo de 2011

Yo, tú, él (Concurso de relatos Bubok, LIII [tríos])

El cazador, el chamán, el jefe de la tribu...
El patio de letras de la universidad de Barcelona. El estanque, los naranjos, junio, las once menos diez y los alumnos, nerviosos, se agolpan en la esquina del zaguán que da al aula ocho, la que está en pendiente con escalones como un estadio o un teatro griego. Examen de lingüística estructural. Llega el catedrático, abre la puerta, los alumnos se distribuyen y Juan se coloca en el centro de la fila superior. Reparto de folios: uno en blanco para borrador y otro, para entregar, con el sello y el lema de la universidad: Perfundet omnia luce.
-No leeré más de un folio; por tanto, resuman ustedes.
Si fuera un profesor no numerario... pero un catedrático puede decir lo que le venga en gana. También es cierto que puede llenar un examen con comentarios en rojo, aunque ilegibles, más extensos que lo que ha escrito el propio alumno. Sin más dilación escribe en la pizarra:
Yo estoy aquí, tú estás ahí y él está allí. Tradúzcase al francés (o al inglés) y coméntese.
Susana está sentada en el extremo izquierdo de la primera fila. Lee la pizarra y se extraña: el estructuralismo, ¿no es lo de que todo funciona por casillas que se oponen las unas a las otras?... entonces, ¿eso toca?, ¿entra en tema?, ¿no entra en tema? Juan sabrá, que es el listillo del grupo. Él la ha intuido y, cuando ella se gira para preguntarle con los ojos, ya le ha dibujado en la hoja de borrador una T invertida que le enseña disimuladamente. Susana sólo es una niña bien de la Bonanova que viene a la universidad a lucir modelitos y estaría mejor en la facultad de Farmacia... va pensando Juan mientras, tras dejar un espacio en blanco para traducir más tarde la frase de la pizarra, va escribiendo: Con las tres cruces del monte Calvario, Jesús alcanza la divinidad y se cierra el triángulo -Dios Padre, Dios Hijo y el Espíritu que ya corría por el Antiguo Testamento- con el que el cristianismo se alinea junto a la tríada capitolina de Júpiter, Juno, Minerva o la hindú con Brahma, Vishnú y Shiva... No es exacto pero empezar así queda mono, y procura no pasarte de pedante.
Yésica, en cambio, su nombre ya lo dice todo, es de la Verneda, hija de familia obrera y quiere ser profesora de instituto. Está en el lado derecho de la tercera fila y mira también a Juan. Éste le dice con los labios: Traduce y deduce.
Paredes desnudas color viscoso. Calor. Fuera, colores y olores de primavera. Unos cuantos alumnos, desanimados, han entregado el examen en blanco; otros escriben a su ritmo; los más esperan inspiración. De fondo el rumor del tráfico en la Gran Vía. Los más sensibles notan periódicamente ligeros temblores en el suelo: es el metro, que pasa cerca.
El campesino, el clérigo, el noble...
Susana estudió en el Liceo Francés y ya tiene la frase traducida: Je suis ici, tu es là, il est là-bas. Y lo de la T invertida, que eso sí que es estructuralismo puro: a la izquierda del palito de la T Yo/Je, el que habla, opuesto al que escucha, Tú/Tu, a la derecha del palito; y los dos a la vez opuestos a Él/Il por debajo del trazo horizontal de la T invertida y representando todo lo demás, aquél o aquello de lo que se habla. Bueno, vale, ¿y ahora qué más pongo?
Yésica anda intentando traducir la frase al inglés. I'm here, you're there y luego ¿qué?: ¿he's over there?, ¿down there? He's over there y va que chuta porque supongo que eso es lo que Juan quiere que deduzca, o que no hay una palabra clara para decir ahí como en español o que, cuando están hablando de tres lugares a la vez mediante adverbios, el inglés tiene que echar mano de palabras compuestas como lo de over there. Está claro, ese chico, Juan, es un genio. A ver si luego me dice de ir a tomar algo y le invito.
El mendigo ciego, el cura, el escudero: y Lázaro de Tormes huyendo del uno para caer en el otro...
Entre Susana y Yésica... bueno, ya lo decidirás, tú no te entretengas y sigue escribiendo: desde el fondo indoeuropeo una estructura ternaria de pensamiento va impregnando las estructuras religiosas y sociales de un lado y el lenguaje cotidiano del otro... Has repetido la palabra estructura pero no vuelvas atrás y corrijas con típex; total, si va de estructuralismo... Yésica sin dudar. Pero tiene novio. Y no sólo eso sino que es de las que constantemente sale con lo de mi novio dice que... Y seguro que no es más que un repartidor de Telepizza. Déjalo ya y traduce de una vez la frase. No se te vaya a pasar con tanta tontería y pinches.
Susana sale de su bloqueo. Suerte que he dibujado una T bien grande. Porque ahora, para rellenar papel, voy a ir escribiendo todo eso que va de tres en tres, pronombres y lo que sea, a los lados y por debajo de los palitos de la T invertida: yo, aquí, mi, este; tú, tu, ahí, ese; él, su, allí, aquel. Guapo, lo que se dice guapo, Juan no es. Feo tampoco es que lo sea. Vamos a dejarlo en interesante. Y no me importaría... claro que puede ser de los que confunden las cosas, se enamoran y luego no sabe una cómo quitárselos de encima.
Juan duda entre traducir al inglés o al francés. Al francés, claro, que si te fijas el inglés está entre paréntesis en la frase de la pizarra como diciendo: los pobrecillos que no sepan francés lo pueden hacer en inglés. Y lo que se te está ocuriendo... el examen de lírica románica la semana que viene... el apartamento de Calafell... las dos a la vez... le pides las llaves a tu padre... te las llevas allí a estudiar... Bueno, no fantasees y acaba de traducir de una vez... ¿Y por qué no?
Yésica se gira hacia Juan y le sonríe. Acaba de darse cuenta. ¿No era más fácil que nos hubiera puesto una frase con demostrativos? Porque ahí en inglés sí que no hay salida: o this o that sin que quepa nada más. Ya tengo para escribir hasta el final: En el demostrativo inglés that se confunden los campos de la segunda y tercera persona con lo que this car sería este coche pero that car ese o aquel coche, los coches de ahí y de allí...
¿Y por qué no? Te beberías entera la sonrisa de Yésica pero si se lo propones sólo a ella seguro que te dice que no. Como que se vería clara la encerrona. En cambio, si se lo propones a las dos a la vez... la una por la otra... Pero además estudiáis de verdad y a la noche...
Luego llega la revolución francesa y todo se viene abajo. Mira que saben que por eso les llaman le tiers, el tercer estado. Pues ahí tienes: cuatro cabezas cortadas y el mundo de tres reducido a dos, ricos y pobres. Y los ricos cada vez más ricos y los pobres, más pobres.
Decidido. Por lo que escriben y por las caras que hacen las dos cuando se giran a mirarte les va a ir bien el examen. Al salir les dices de ir a tomar algo y les planteas lo de ir los tres el fin de semana a estudiar lírica al apartamento de Calafell. Tu abuelo dice que todas las mujeres se ponen tiernas con la poesía, pero eso sería hace cincuenta años, que se les caía la baba con Bécquer. Sin embargo, con estas dos...
Ricos y pobres. Las dos Españas. Las dos torres gemelas. Analógicos contra digitales...
Pero vamos a ver: si no te atreves con una...

viernes, 18 de marzo de 2011

Roadmovie to nowhere (Concurso de poesía Bubok, X [tema: la poesía beat])

Cuero negro y pechos blancos,
miles de millas hasta el polo norte
y mamá convirtiendo en realidad tus pesadillas.

Más de mil centímetros cúbicos a través del desierto,
hermanos del asfalto que se cruzan y saludan,
y hembras rubias en los mojones que marcan distancias.

Pecho blanco, pezón rojo y dos ruedas.
Libertad es sólo tener el depósito lleno
y cortar el aire, cortar el aire.

En el desierto no puedes recordar tu nombre.

Media tarde, sol y calor
y más bandas viajeras, ángeles de cuero,
bajando hacia el sur.

Los pechos blancos de tu hembra contra tu espalda,
tu máquina y tu hembra.
Parada en la gasolinera, vaciarte en una, llenar la otra.
Acariciar pechos, acariciar cromados.
Bigamia. Tu hembra y tu máquina.

Cerveza con los hermanos y entiendes sus hablas recias del norte,
y entiendes también, oh Suzie Q, ese rock tan antiguo.

Vuelta al asfalto y vuelta a tu bigamia.
Los pechos que sientes en la espalda,
¿son de tu hembra, son de tu madre?

Mamá convierte en realidad tus pesadillas.

Ya no hay desiertos, sólo hielo
y en el hielo tampoco puedes recordar tu nombre.
Ni hay rubias en los mojones que marcan distancias
ni hay mojones que marquen distancias.

¿Y si se congelan los pechos que sientes a tu espalda,
y si detrás sólo llevas una estatua de hielo?
Hielo y noche.
Hace tiempo que ya no cruzan hermanos camino del sur.
Sólo el sonido de tu máquina y el vaho al respirar.

En la noche tampoco puedes recordar tu nombre.

Ni luces de colores. Sólo cuero negro y botas negras.
Escalofrío y no quedan espacios donde hablar
ni nada que decir.
Ni palomas, ni centeno, ni viento que pasa...

Si supieras lo que veo desde aquí.

lunes, 14 de marzo de 2011

Obsesión (Concurso de relatos Bubok, LII [tema: el circo])


Se va a caer. La equilibrista se va a caer.
-Enrique, ¿sabes por qué los motoristas en la carretera se inclinan a la derecha si la curva es a la derecha.
-¿Pues hacia dónde se van a inclinar?
Porque Enrique no hacía tanto que había tenido su grupo de moteros y salían los domingos por ahí. No le insististe. Pero te lo sigues preguntando: ¿por qué se inclinan hacia ese lado y, sobre todo, por qué no se caen? Se inclinarán para compensar la fuerza centrífuga que los empuja hacia el otro lado, será por algo de la inercia, de los peraltes, vete a saber. Y no es pregunta para poner en un foro de Internet, que los habrá a miles dedicados a las motos. Se quedarían como preguntándose que de dónde te has escapado. Y si al inclinarse no se caen será por lo mismo que no se cae uno de la bicicleta mientras se mueva.
Desde niña -y ya sabes que te estás yendo de una cosa a otra- te gusta la pintura. Mirarla, no ponerte con los pinceles. Por eso, cuando puedes te escapas al Prado y lo vas recorriendo a un ritmo de diez minutos por cuadro. ¿Que llegas a una virgen de Murillo y se hace la hora de comer? Sacas la agenda, tomas nota de la Inmaculada o la que sea y por ahí seguirás el próximo día.
O compras libros de pintura, sobre todo los negros de la editorial Noguer, en las librerías de viejo. Un libro dedicado a cada pintor, su introducción, indicaciones sobre el tamaño del cuadro, su ubicación... No es lo mismo esa virgen de Murillo en el Prado que en la página de un libro que puedes mirar en el salón de tu casa aunque puedas acariciarla. Ya lo sabemos. Pero tiene sus ventajas: porque en casa puedes también sacar la regla, medir, calcular... ¿y qué pasaría en el Prado si clavaras la punta de un compás en un cuadro para comparar distancias?
¿Por qué cuentas eso? Pues por el último libro de pintura que compraste. Fue un viernes. Viste en aquella librería de viejo de la calle san Bernardo los libros negros de Noguer amontonados y fuiste mirando entre los que te faltaban. Hasta llegar a Seurat, un pintor francés que sólo te sonaba y que situabas hacia el impresionismo. Abriste el libro, pasaste páginas al azar y te detuviste ante un cuadro que te sorprendió a primera vista: un caballo con las cuatro patas en el aire corriendo por la pista de un circo con una equilibrista en pie sobre él. El circo se llamaba el cuadro. Cerraste el libro con un gesto de me lo quedo sin dudar, pagaste, te lo metieron en una bolsa y fuiste caminando hasta la estación de metro de Noviciado.
“Hombre y máquina forman un solo cuerpo”. Esas frases que gustan de decir los moteros. Te sientas en el metro, cierras los ojos y te reproduces el cuadro en la cabeza: la equilibrista está de pie, inclinada hacia el centro de la pista y se va a caer, estás segura. Hay otros personajes en el cuadro: el público, un saltimbanqui, el director de pista, la banda de música. Abres los ojos, abres la bolsa, abres el libro y buscas el cuadro para comprobar si coincide con el modo en que lo has recordado... No exactamente. No abres el libro para eso, lo abres porque tan convencida estabas de que la equilibrista se iba a caer, que te extrañó no verla ya por el suelo. Y sí, ya sabes que el cuadro es de 1890 y si la equilibrista lleva más de un siglo sobre el caballo no se iba a caer precisamente en ese momento.
Al llegar a casa, repasaste el resto de láminas del libro: puntillismo, técnicas impresionistas, paisajitos, ríos, desnudos, marinas, todo muy fin de siglo. Ni media hora estarías hasta llegar a tu cuadro. Miras y remiras: el público que asiste al espectáculo está separado por clases sociales: señoronas con sombreros floreados y caballeros con sombreros de copa tocando a la pista, burgueses en la zona central y obreros arriba del todo con gorras; cuentas y ves sólo tres niños entre el público; la equilibrista sigue con un solo pie en el lado del lomo del caballo que mira al centro de la pista y la otra pierna flexionada; el caballo es blanco, gira en sentido contrario a las agujas del reloj y tiene las cuatro patas en el aire; el director de pista hace restallar un látigo contra el suelo para estimularlo; un saltimbanqui está boca abajo detrás del caballo dando una voltereta en el aire en un espacio imposible porque, si no te engañas, tendría que haber empezado su voltereta en el lugar preciso que un momento antes ocupaba el caballo. Pero puede ser un efecto de distorsión espacial al estilo de Escher. O la magia del circo. O un error tuyo de apreciación. En lo que no te equivocabas, sin embargo, era en tu idea de que la equilibrista seguiría en pie sobre el caballo mientras tú la siguieras mirando.
Dejaste el libro abierto sobre la mesa del comedor y, a la mañana siguiente, antes de entrar al cuarto de baño, fuiste a comprobar si la equilibrista seguía sobre el caballo. No sabes cuántas vueltas habría dado a la pista del circo durante toda la noche pero sí, allí estaba ella, con los brazos abiertos y mirando al público. Ah, bueno, y que te es igual que alguien piense que lo tuyo era una obsesión. Porque sí, lo fue desde el momento en que viste el cuadro en la librería de la calle san Bernardo y lo sigue siendo ahora.
Hace tiempo Enrique decidió que el sábado toca; y el domingo al cine o, si hace buen tiempo, por ahí. Y es feliz porque cree que así manda algo; en cambio, eres tú quien decide la ropa que se compra. A lo que vas, a que llega Enrique el sábado y, al ver el libro abierto sobre la mesa con la regla y el compás encima, te pregunta si te gusta el cuadro. Le contestas que sí por contestar algo, que si le contestas que lo que te pasa con el cuadro es que te tiene preocupada... Y por eso le preguntaste luego, mientras descansabais, lo de los moteros cuando se inclinan en las curvas.
De todo eso hace ya un mes. Y tú ya habías dado la historia por acabada cuando, tras darle otro par de vistazos a la lámina para analizar colores, claroscuros, líneas paralelas y cosas así, acabaste por cerrar el libro y guardarlo ordenado con el resto de los de la misma colección. Además, te preocupaste de empujar la escuadra de mármol que sostiene vertical esa fila de libros para que quedara comprimido y, así, con la equilibrista y el caballo bien prietos en su página, no hubiera espacio para que ella se cayera y, en todo caso, si caía pudiera apoyar la mano en la página de enfrente.
Esta semana ha sido tu cumpleaños: el miércoles te cayeron veintinueve. Bueno, pues hoy sábado se presenta Enrique con el regalito:
-Seguro que te gusta.
Grande y plano. Primero quitas el papel de regalo y luego, otro de embalar. Olé, ahí tenías tu cuadro del circo bien enmarcadito:
-A mitad del tamaño real. La reproducción mide noventa y tres por setenta y seis.
Sí, mitad del tamaño real pero casi cuatro veces mayor que la reproducción del libro. Y como él es muy mañoso, traía una bolsa con todo preparado, su taladradora, el metro, tacos, alcayatas, cáncamos...
-Quedará perfecto en la habitación, en la pared frente a la cama.
Sin que hayas podido reaccionar ya había tomado medidas y estaba perforando la pared con ese ruidito irritante que parece exclusivo de los sábados. Te sientas en la cama y te quedas mirando. Un agujero, otro agujero, los tacos, las alcayatas, pone los cáncamos detrás del cuadro, te pide que le ayudes, lo colgáis, pone el nivel encima y te explica que hay una burbujita de aire dentro que demuestra que lo ha hecho todo perfecto.
-Voy a por la escoba para barrer.
Barres y ya tienes al señorito tumbado encima de la cama esperando. Os desnudáis, el tonteo previo y te subes. Si no os da por los experimentos es como lo hacéis, contigo encima. Ahí estabas, que te mueves, subes y bajas tres o cuatro veces y, aprovechando un momento en que él cierra los ojos, te giras a mirar el cuadro: la equilibrista sigue ahí. Vuelves a lo vuestro, más movimiento, Enrique que no vuelve a cerrar los ojos y tú nerviosa porque no te atreves a girar la cabeza para mirar a la equilibrista.
Se va a caer, seguro que se va a caer.
No te concentras y Enrique se va a dar cuenta. Sigues subiendo y bajando pero no sientes, sólo piensas en ella:
-¿Sabes qué? Me apetece ponerme debajo.
-¿Así a la mitad...?
Pero tú ya te habías desenganchado y te habías tumbado a un lado. Enrique vuelve, lo estrechas contra tu cuerpo y, por encima de su hombro, miras a la equilibrista. Entonces sí que sientes y, por más espasmos que os den al llegar, mantienes la mirada sobre el cuadro. Acabas satisfecha: porque con los ojos has conseguido sostener a la equilibrista sobre el caballo.
Hace ya rato que se ha ido Enrique. Son las tantas y aquí estás escribiendo en la cama frente a la equilibrista. Escribiendo y mirándola para que no se caiga.
No tienes escapatoria. Si se te cierran los ojos y te duermes sabes que te despertarás con un sobresalto al verla en el suelo manando sangre de la boca. Y no puedes solucionarlo descolgando el cuadro y poniéndolo de cara a la pared porque eso no impedirá que se caiga esta noche.
Sólo te queda abrir el marco por detrás, sacar la lámina, cortarla en mil pedazos y bajar a tirarla al contenedor de basura. De paso, también el libro. Cuando Enrique pregunte se lo explicas y, si no lo entiende, te cambias de novio.

jueves, 10 de marzo de 2011

A veces los campos se quedan sin flores (Concurso de relatos Bubok, LI [el miedo])

El miedo tiene olor. Como lo tiene la vejez, como lo tienen las casas vacías...
El hoplita está inmóvil en su posición, en el centro de la tercera línea de su falange, y percibe el olor del miedo. Lo conoce de escaramuzas antiguas y ya olvidadas con ciudades vecinas que ahora están en el mismo lado para la que puede ser la batalla final contra los persas.
Conoce el olor del miedo como conoce el olor de su hijo y de su mujer. Sigue inmóvil, atento a la voz del estratego, y piensa en cómo puede cambiar todo tan rápidamente. La rueda de la fortuna. Hace apenas diez días, mientras jugaba con su hijo y su mujer hilaba en el gineceo con las esclavas, oyó el pregón de los heraldos: convocaban a todos los ciudadanos libres entre dieciocho y cincuenta años en el ágora. Al alba siguiente. Allí estaba. A la guerra. Allí iría. Daba igual lo que luego dijeran los ancianos sobre la Hélade amenazada. Iría igualmente, irían todos. Iría la Hélade entera. Todas las ciudades que enviaban atletas a los juegos olímpicos, todas las ciudades que sabían que es Zeus quien amontona las nubes y decide las batallas. Contra los persas. Daba igual: si los ancianos decían que había que ir, es que había que ir. Lo demás, cuestiones de poca monta: cada hoplita tenía que aportar de su patrimonio un soldado de infantería ligera. Él lo aportaría. Nombraron al estratego y todos lo aclamaron porque era un ciudadano que inspiraba respeto y confianza. A Platea.
El hoplita vuelve la vista a su derecha hacia las falanges espartanas. Todos miran al frente y, con el pie derecho avanzado, parece que de un momento a otro van a salir a la carrera. Como si el miedo no fuera con ellos. Pero el hoplita sabe que también lo tienen. A llegar al cuerpo a cuerpo, a oír el ulular del enemigo, a ver brazos y piernas cercenados por el suelo, a sentir el olor dulce de la sangre...
Fueron pocos días de marcha hasta Platea. Atravesaron el istmo, pararon en Eleusis para los sacrificios y los augurios, cruzaron el Citerón por el paso de Vilna y llegaron a la llanura al atardecer. Por la cantidad de gente parecía estar allí toda la Hélade y toda la Hélade les aclamó al verlos. Entre bromas por haber llegado de los últimos. Frente a ellos, a una distancia de seis estadios, las hogueras persas.
De eso hacía tres días. Al día siguiente se reunieron los estrategos de todas las ciudades para sortear el orden de la batalla. A la derecha, como siempre, Esparta para aplastar el ala izquierda del enemigo y avanzar después hacia su centro. Y los demás, a suertes. A la ciudad del hoplita le cayó el extremo derecho justo a la izquierda de los espartanos y detrás de una falange de megareos. La víspera la dedicaron a desplazarse aquí y allá para ir ocupando posiciones.
Silencio. El hoplita sigue inmóvil en su fila con toda su panoplia defensiva, el casco, el escudo redondo, y la lanza y la espada puntiaguda y de doble filo. Sabe que ha de avanzar en orden y a la voz del estratego, sin desplazarse a los lados para no abrir brecha ni desproteger a quien tenga a derecha o izquierda. Corren rumores de que los persas no avanzan así, de que avanzan con oficiales detrás dando latigazos a la última línea para que empuje a la penúltima y así sucesivamente hasta que su primera línea arrase la primera griega o quede ensartada en sus lanzas. El estratego habla desde el frente de la formación: cuenta la diferencia que va de morir de frente por espada a morir de espaldas, huyendo, por lanza. No hace falta, lo saben todos desde pequeños. El estratego dice que Aquiles les está mirando desde el Hades y, como eso sí parece tocarles el ánimo, golpean los escudos con las lanzas.
La noche anterior el estratego había recorrido las hogueras de la gente más joven para pedirles que antes de la batalla se retiraran a los matorrales para sus necesidades; y si alguno se las hacía en medio de la batalla ya se preocuparía él, al volver, de difundirlo en el ágora. Se lo dijo a los más jóvenes pero en voz suficientemente alta como para que se enteraran todos.
El hoplita ha hecho caso del estratego y sigue, con todos sus compañeros, a la espera. De pronto se oye un murmullo en las filas griegas. Es un águila que las sobrevuela, signo de buen augurio. Pero los buenos augurios son sólo eso, buenos augurios, y ni quitan el miedo ni consiguen que el ejército persa se desvanezca. A su derecha el hoplita sólo tiene la falange espartana y después el campo abierto. Mira a su izquierda y ve filas y más filas de cascos. Si fuera el águila podría hacerse, desde lo alto, una idea del orden total de batalla. Muy abierto, de más de diez estadios de largo e imitando la quilla de un barco con los espartanos avanzados en el flanco derecho y los eginetas y corintios en el izquierdo. Y con tres falanges de profundidad, cuatro en el centro para intentar perforar el centro persa, con pasillos horizontales y verticales entre ellas para que puedan moverse los correos de un flanco a otro, para que los heraldos suban y bajen transmitiendo las órdenes de los estrategos y para que pueda maniobrar la infantería ligera. El hoplita sólo sabe, porque los exploradores informaron a los estrategos, que quienes están enfrente y van a chocar contra ellos son tropas mercenarias bactrias, gentes de los confines del imperio persa. Ese no saber... No saber cómo son los bactrios, qué color de cara tienen, cómo son sus espadas, cómo su mirada, qué voces darán en su lengua bárbara al recibir el hierro antes de que se les nuble la vista. O al hincarlo en un vientre griego...
Brillan bajo el sol los cascos y las armas griegos. El hoplita ve que los persas han empezado a avanzar levantando polvo. Por la izquierda el polvo del frente persa alcanza hasta perderse de vista. Se levanta viento y el polvo persa quiere venir hacia el campo griego. Como si quisiera envolver a ambos ejércitos antes de su encuentro fatal, como si las partículas de polvo persa quisieran penetran por la boca de todos los guerreros griegos como miasma que les oprimiera la garganta hasta estremecerlos. Y cuando los cascos y las armas persas empiezan a distinguirse y brillar en medio del polvo, polvo, miedo y sol confunden los tamaños y muchos se preguntan si los persas son así o es que ya están ahí mismo.
La flor de la juventud griega. La flor de la juventud persa. Músculos que se tensan. Nudos en los estómagos. Destinos pendientes. Destinos comunes para ejércitos opuestos.
Los espartanos ya avanzan y también los megareos de la falange de enfrente.. El estratego manda entonar el peán y todos los hoplitas de la falange cantan. Da orden de avanzar y avanzan al paso manteniendo la distancia con los megareos. Ya se oyen los gritos de los persas.
De repente los persas se paran. Pero sólo los que están frente a las tres falanges derechas griegas mientras el resto sigue avanzando. Se oye una palabra que viene corriendo hacia atrás desde las primeras filas espartanas: ¡carros! Los persas van a sacar los carros. Los estrategos espartanos, el megareo y el de la falange del hoplita transmiten órdenes a la infantería ligera, en la retaguardia, para que avance al frente con las lanzas. La infantería ligera viene corriendo por los espacios laterales entre las falanges. Suenan cascos de caballos en el frente persa pero no son los carros, es la caballería que recorre horizontalmente, más allá del alcance de las lanzas, el espacio vacío entre los dos ejércitos. El hoplita oye la contraorden de los estrategos para que la infantería ligera vuelva atrás y ve cómo se atropellan los que siguen avanzando con los que ya retroceden. Oye después, sin entender, las voces de los estrategos espartanos y ve varios correos que pasan cabalgando por detrás y por delante de su falange hacia el ala izquierda. Van en busca de los arqueros atenienses que ocupan el centro de la formación. Ve desplegarse la caballería persa y se extraña de que no carguen contra ellos sino que sigan cabalgando horizontalmente hacia no se sabe dónde. Otra vez ese no saber. Escalofrío, el sabor del miedo en el paladar. El resto de hoplitas tampoco entiende qué hacen los jinetes persas pero ninguno pregunta: ya lo sabrá el estratego. De repente se oye una voz de mando persa. Y sí, el estratego sabe; porque manda cubrirse en el mismo momento en que la caballería persa se detiene. El hoplita sólo ve salir la lluvia de flechas. Y, tras el escudo, no las ve cruzar el sol y el cielo, sólo oye cómo vienen silbando las flechas.
Flechas preñadas de muerte.

domingo, 6 de marzo de 2011

Cuando el amor es puro... (Concurso de micorrelatos Bubok, X Frase inicial obligatoria: "Cuando miré, ella me sonreía")

Cuando miré, ella me sonreía. Nunca había ocurrido antes. Tirar de la palanca, ver caer la cuchilla, recoger la cabeza por el pelo, mostrarla al público, oír los vítores y volver la cabeza hacia mí para ver con qué expresión pasaba a la eternidad. Así hice también con María Antonieta: al girarla, me estaba sonriendo.
No me quiero enamorar de sólo una cabeza.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Laura y Clara: Dando vueltas al atajo, XIII

Lo cierto es que te tiene algo nerviosa lo del chico de la cazadora. Por eso ayer tarde le sacaste el temita. Le volviste a preguntar y, como te contestó que no había novedad, le propusiste una manera de encontrarlo. Porque quizá pasa cada día por la carretera a la misma hora como haces tú al ir al hospital dependiendo del turno que tengas. Así, cuando le devuelvan el coche, que aún está en el taller, puede pararse un ratito en el arcén a la misma hora que tuvo el accidente a esperar a ver si pasa y devolverle así la cazadora. Por ti mejor que no aparezca nunca, por supuesto, pero si ha de aparecer, que lo haga cuanto antes y asunto resuelto. No quieres a nadie revoloteando a su alrededor y a lo mejor sí es cierto que el chico no se dio cuenta y se la olvidó sin segunda intención. También puede ser que se presente, recoja la cazadora y gracias, adiós muy buenas. Pero por si acaso.
Además, tú sabes que a ella estas cosas la desestabilizan. En realidad, cualquier banalidad puede desestabilizarla. ¿Cuántas veces se ha quedado encerrada en casa un sábado por ni se sabe qué y, si estabas libre, has tenido que ir a hacerle la comida porque ni en eso era capaz de ponerse? Luego, claro, te pones a contarle tonterías mientras coméis y ya se anima, preparáis entre las dos el café, os lo tomáis sentadas en el sofá y ya está, que sacas tus recursos y acabas llevándotela a la cama aunque sea con la excusa de la siesta. Y a ti te da lo mismo que os deis un repasito o que os pongáis a dormir o a ver la tele, tú lo que quieres es verla bien y que sonría. Y si la ves con ganas de dormir, la dejas porque lo que mejor le va en esos momentos es el reposo. Mil veces le has dicho que lo que ella tiene se llama ciclotimia pero se limita a contestar que ya lo sabe y a no decir nada cuando le explicas que eso tiene remedio. Pues si no quiere poner remedio, allá ella, pero tú por lo menos haces todo lo posible para que no le den esos bajones.
Lo del fin de semana ya lo habéis decidido. Más bien lo has decidido tú y no le has dado posibilidad de replicarte. Y lo que has decidido es que decida ella. El viernes tú sales de trabajar a las seis de la mañana, pasas por casa a ducharte y recoger la bolsa de viaje y la vas a buscar. Te echas a dormir y que conduzca ella. Y que te lleve donde quiera, que lo decida como quiera, que reserve por Internet, lo que le dé la gana. Así tiene la cabeza ocupada estos dos días antes de salir. Ah, y que no te diga dónde vais, que te gustan las sorpresitas.