Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



jueves, 10 de marzo de 2011

A veces los campos se quedan sin flores (Concurso de relatos Bubok, LI [el miedo])

El miedo tiene olor. Como lo tiene la vejez, como lo tienen las casas vacías...
El hoplita está inmóvil en su posición, en el centro de la tercera línea de su falange, y percibe el olor del miedo. Lo conoce de escaramuzas antiguas y ya olvidadas con ciudades vecinas que ahora están en el mismo lado para la que puede ser la batalla final contra los persas.
Conoce el olor del miedo como conoce el olor de su hijo y de su mujer. Sigue inmóvil, atento a la voz del estratego, y piensa en cómo puede cambiar todo tan rápidamente. La rueda de la fortuna. Hace apenas diez días, mientras jugaba con su hijo y su mujer hilaba en el gineceo con las esclavas, oyó el pregón de los heraldos: convocaban a todos los ciudadanos libres entre dieciocho y cincuenta años en el ágora. Al alba siguiente. Allí estaba. A la guerra. Allí iría. Daba igual lo que luego dijeran los ancianos sobre la Hélade amenazada. Iría igualmente, irían todos. Iría la Hélade entera. Todas las ciudades que enviaban atletas a los juegos olímpicos, todas las ciudades que sabían que es Zeus quien amontona las nubes y decide las batallas. Contra los persas. Daba igual: si los ancianos decían que había que ir, es que había que ir. Lo demás, cuestiones de poca monta: cada hoplita tenía que aportar de su patrimonio un soldado de infantería ligera. Él lo aportaría. Nombraron al estratego y todos lo aclamaron porque era un ciudadano que inspiraba respeto y confianza. A Platea.
El hoplita vuelve la vista a su derecha hacia las falanges espartanas. Todos miran al frente y, con el pie derecho avanzado, parece que de un momento a otro van a salir a la carrera. Como si el miedo no fuera con ellos. Pero el hoplita sabe que también lo tienen. A llegar al cuerpo a cuerpo, a oír el ulular del enemigo, a ver brazos y piernas cercenados por el suelo, a sentir el olor dulce de la sangre...
Fueron pocos días de marcha hasta Platea. Atravesaron el istmo, pararon en Eleusis para los sacrificios y los augurios, cruzaron el Citerón por el paso de Vilna y llegaron a la llanura al atardecer. Por la cantidad de gente parecía estar allí toda la Hélade y toda la Hélade les aclamó al verlos. Entre bromas por haber llegado de los últimos. Frente a ellos, a una distancia de seis estadios, las hogueras persas.
De eso hacía tres días. Al día siguiente se reunieron los estrategos de todas las ciudades para sortear el orden de la batalla. A la derecha, como siempre, Esparta para aplastar el ala izquierda del enemigo y avanzar después hacia su centro. Y los demás, a suertes. A la ciudad del hoplita le cayó el extremo derecho justo a la izquierda de los espartanos y detrás de una falange de megareos. La víspera la dedicaron a desplazarse aquí y allá para ir ocupando posiciones.
Silencio. El hoplita sigue inmóvil en su fila con toda su panoplia defensiva, el casco, el escudo redondo, y la lanza y la espada puntiaguda y de doble filo. Sabe que ha de avanzar en orden y a la voz del estratego, sin desplazarse a los lados para no abrir brecha ni desproteger a quien tenga a derecha o izquierda. Corren rumores de que los persas no avanzan así, de que avanzan con oficiales detrás dando latigazos a la última línea para que empuje a la penúltima y así sucesivamente hasta que su primera línea arrase la primera griega o quede ensartada en sus lanzas. El estratego habla desde el frente de la formación: cuenta la diferencia que va de morir de frente por espada a morir de espaldas, huyendo, por lanza. No hace falta, lo saben todos desde pequeños. El estratego dice que Aquiles les está mirando desde el Hades y, como eso sí parece tocarles el ánimo, golpean los escudos con las lanzas.
La noche anterior el estratego había recorrido las hogueras de la gente más joven para pedirles que antes de la batalla se retiraran a los matorrales para sus necesidades; y si alguno se las hacía en medio de la batalla ya se preocuparía él, al volver, de difundirlo en el ágora. Se lo dijo a los más jóvenes pero en voz suficientemente alta como para que se enteraran todos.
El hoplita ha hecho caso del estratego y sigue, con todos sus compañeros, a la espera. De pronto se oye un murmullo en las filas griegas. Es un águila que las sobrevuela, signo de buen augurio. Pero los buenos augurios son sólo eso, buenos augurios, y ni quitan el miedo ni consiguen que el ejército persa se desvanezca. A su derecha el hoplita sólo tiene la falange espartana y después el campo abierto. Mira a su izquierda y ve filas y más filas de cascos. Si fuera el águila podría hacerse, desde lo alto, una idea del orden total de batalla. Muy abierto, de más de diez estadios de largo e imitando la quilla de un barco con los espartanos avanzados en el flanco derecho y los eginetas y corintios en el izquierdo. Y con tres falanges de profundidad, cuatro en el centro para intentar perforar el centro persa, con pasillos horizontales y verticales entre ellas para que puedan moverse los correos de un flanco a otro, para que los heraldos suban y bajen transmitiendo las órdenes de los estrategos y para que pueda maniobrar la infantería ligera. El hoplita sólo sabe, porque los exploradores informaron a los estrategos, que quienes están enfrente y van a chocar contra ellos son tropas mercenarias bactrias, gentes de los confines del imperio persa. Ese no saber... No saber cómo son los bactrios, qué color de cara tienen, cómo son sus espadas, cómo su mirada, qué voces darán en su lengua bárbara al recibir el hierro antes de que se les nuble la vista. O al hincarlo en un vientre griego...
Brillan bajo el sol los cascos y las armas griegos. El hoplita ve que los persas han empezado a avanzar levantando polvo. Por la izquierda el polvo del frente persa alcanza hasta perderse de vista. Se levanta viento y el polvo persa quiere venir hacia el campo griego. Como si quisiera envolver a ambos ejércitos antes de su encuentro fatal, como si las partículas de polvo persa quisieran penetran por la boca de todos los guerreros griegos como miasma que les oprimiera la garganta hasta estremecerlos. Y cuando los cascos y las armas persas empiezan a distinguirse y brillar en medio del polvo, polvo, miedo y sol confunden los tamaños y muchos se preguntan si los persas son así o es que ya están ahí mismo.
La flor de la juventud griega. La flor de la juventud persa. Músculos que se tensan. Nudos en los estómagos. Destinos pendientes. Destinos comunes para ejércitos opuestos.
Los espartanos ya avanzan y también los megareos de la falange de enfrente.. El estratego manda entonar el peán y todos los hoplitas de la falange cantan. Da orden de avanzar y avanzan al paso manteniendo la distancia con los megareos. Ya se oyen los gritos de los persas.
De repente los persas se paran. Pero sólo los que están frente a las tres falanges derechas griegas mientras el resto sigue avanzando. Se oye una palabra que viene corriendo hacia atrás desde las primeras filas espartanas: ¡carros! Los persas van a sacar los carros. Los estrategos espartanos, el megareo y el de la falange del hoplita transmiten órdenes a la infantería ligera, en la retaguardia, para que avance al frente con las lanzas. La infantería ligera viene corriendo por los espacios laterales entre las falanges. Suenan cascos de caballos en el frente persa pero no son los carros, es la caballería que recorre horizontalmente, más allá del alcance de las lanzas, el espacio vacío entre los dos ejércitos. El hoplita oye la contraorden de los estrategos para que la infantería ligera vuelva atrás y ve cómo se atropellan los que siguen avanzando con los que ya retroceden. Oye después, sin entender, las voces de los estrategos espartanos y ve varios correos que pasan cabalgando por detrás y por delante de su falange hacia el ala izquierda. Van en busca de los arqueros atenienses que ocupan el centro de la formación. Ve desplegarse la caballería persa y se extraña de que no carguen contra ellos sino que sigan cabalgando horizontalmente hacia no se sabe dónde. Otra vez ese no saber. Escalofrío, el sabor del miedo en el paladar. El resto de hoplitas tampoco entiende qué hacen los jinetes persas pero ninguno pregunta: ya lo sabrá el estratego. De repente se oye una voz de mando persa. Y sí, el estratego sabe; porque manda cubrirse en el mismo momento en que la caballería persa se detiene. El hoplita sólo ve salir la lluvia de flechas. Y, tras el escudo, no las ve cruzar el sol y el cielo, sólo oye cómo vienen silbando las flechas.
Flechas preñadas de muerte.

6 comentarios:

  1. Muy palpable el miedo que plasmas aquí. El miedo a lo desconocido, al idioma y armas del enemigo, sus conjuras, su valentía aunque sea a fuerza de miedo a las lanzas que tienen detrás y los pueden perforar si decide retroceder. Fíjate por ejemplo las batallas de piedras que se libraron los oponentes en las calles de El Cairo o ahora en calles de Yemen.
    ¿Un estadio cuantos metros eran? ¿Un estadio de fútbol?

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  2. Hola, Nelson. Un estadio son 600 pies griegos, que equivalen a 626 pies romanos. Es lo que me dice un Diccionario de griego clásico / francés que compré en el mercado de Plainpalais de los sábados por la mañana.
    Y lo de El Cairo no lo acabo de entender: ahora resulta que de golpe y porrazo Mubarak era un superdictador; y el ejército toma el poder. Pues entonces, ¿quién sostenía antes a Mubarak? Enfín...

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  3. Muy buen relato. En la línea de un gran escritor (doy fe de ello). No me extraña que obtuviera pocos votos en el concurso quincenal de Bubok, donde no se suele valorar lo bueno. Ya sé, ya sé que no me dejas que me meta con Bubok, pero de vez en cuando una chinita...

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  4. Lorenzo: ¿pero tú no te llamabas Joaquín? ¿tú también tienes un clon? Y voy a ver si te sé poner entre mis blogs preferidos para vigilarte más de cerca.
    Y a mí me es igual que te metas con Bubok. Yo estoy ahí pa'reírme.

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  5. Lorenzo Garrido es mi seudónimo, el que se ha especializado en escribir relatos. Yo soy un clon de mí mismo, ¿qué pasa, no tengo derecho?

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  6. Lorenzo: que me había olvidado del comentario. Yo también tengo un clon latente en Bubok hace cuatro meses; y hasta con obra publicada. Pero femenino, que es lo que me va. Ya echaré mano de ella cuando haga falta y la dotaré de una caracterización precisa: lo que en francés llaman allumeuse.

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