Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



jueves, 10 de febrero de 2011

J.M. Fernández, N. Verástegui, G. López, Relatos en corto, I para lectores inteligentes con prisa


Fernández, J.M., Verástegui, N., López, G. Relatos en corto, I para lectores inteligentes con prisa (Ediciones Irreverentes, s.l.: 2009)

Hay libros para leer en verano en la playa tumbados al sol entre baño y baño; otros, para leer en el sofá o en la cama, previos al sueño; otros para leer en el metro o el autobús... De estos últimos es el libro que nos ocupa: porque son relatos cortos aunque ni tan cortos como el del dinosaurio de Augusto Monterroso que aún estaba allí ni de la longitud de un cuento a lo Borges. El tamaño suficiente entre dos paradas de metro o autobús y que te permite bajarte con el relato acabado y sin necesidad de dejar al protagonista indeciso ante la mirada de la mujer o amenazado por el arma del malvado.
De los tres autores que componen el volumen, nos centramos en el colombiano -y francés y ginebrino- Nelson Verástegui y sus relatos de muy variado registro:
De un lado, historias en las que se va acelerando una intriga que se mantiene hasta la última línea: en A media luz los tres una familia está en vilo por la recuperación de algo perdido que sólo al final sabremos que es un osito para que duerma el niño; en Te celo con locura, mi cielo la mujer se va quejando cada vez más del abandono de su marido, del tiempo que, con mayor y mayor frecuencia, va dedicando a ella hasta que al final descubrimos que ella es una computadora.
De otro lado, historias curiosas de amor y sin ningún toque de pesimismo o tragedia: la de la pareja que, experimentando con la máquina del tiempo, se queda atrapada en el siglo X (Bien idos); la que naufraga en una isla desierta (Naufragio); la de los ancianos ginebrinos que se van a reencontrar al cabo de cuarenta años (El tranvía que cambió su vida); la, también ginebrina, de los dos homosexuales casados heterosexualmente que, en el momento en que deciden romper su relación para no seguir siendo infieles a sus respectivos cónyuges, quedan perplejos al ver pasar a éstas cogidas de la mano (Un larguero sin respirar); la de la anciana que quiere aprender a escribir para enviar una carta a su amor de juventud, ya viudo, y escoge como maestro, casualmente, al hijo de ese amor (Ce con a...).
Y también, sin salir del tema anterior, la de la pareja -él noruego, ella caribeña- que no puede vivir ni aquí ni allí porque en Noruega ella es el mito sexual de los hombres rubios y en el Caribe es él el deseado por las mujeres morenas. Y en este relato (Ni fu ni fa de otoño) el autor experimenta en pequeña escala con el llamado lipograma siguiendo la estela que en francés trazó Georges Perec al escribir novelas sin utilizar la e (La disparition) o utilizando sólo esa vocal (Les revenentes): aquí, en cada uno de los párrafos el autor se propone eliminar una vocal y una consonante.
Y más: la serie dedicada a los siete pecados capitales, la niña que vive en la edad de oro, la del chino que huye de esposa y suegra... chispas que saltan aquí y allá sorprendiendo al lector.

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