Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



sábado, 26 de febrero de 2011

Vértigo (Concurso de microrrelatos Bubok, VII. Frase inicial obligatoria: "Se ha cumplido")

Se ha cumplido. Por fin se le ha cumplido la pesadilla de tantas noches. Se ha despertado y, al encender el GPS, ha visto que estaba en la estrella Épsilon de la constelación de Alfa Centauro. Sabe que la estrella está deshabitada y que su diámetro es mayor que la órbita de Saturno.

martes, 22 de febrero de 2011

Jane Chance Nitzsche, Tolkien's Art. A Mythology for England

Nitzsche, Jane Chance Tolkien's Art, A Mythology for England (The MacMillan Press Ltd. Hong-Kong: 1980)
Ni me acuerdo de dónde saqué este libro que debe de llevar más de veinte años por mi biblioteca. La pereza de leer en inglés...
Bien. Recoge toda la producción de Tolkien desde sus trabajos teóricos sobre literatura medieval inglesa hasta su producción literaria con especial hincapié, claro está, en El señor de los anillos. Intenta entender esa obra y El hobbit como cruce entre la mitología germánica y el pensamiento cristiano al modo como hizo, por ejemplo, Borges en Literaturas germánicas medievales. Sólo que la autora parece pobre de lecturas: del lado germánico todo gira alrededor del Beowulf y quedan de lado textos tan importantes como los Nibelungos o toda la novela artúrica sin que ésta pueda obviarse por su fondo céltico pero no totalmente céltico; y del lado cristiano cita montones de veces a Boecio, autor de un solo texto, y a San Agustín dejando de lado la Biblia. Y de ese desconocimiento del mundo artúrico le vendrá en no poner en relación topónimos como Moria, Mordor con Morgana, la hermana hechicera de Merlín o con Mordred, el hijo incestuoso de ambos y que se rebela contra su padre en la batalla de Salisbury. O también con la raíz latina de mors/-tis o con la germánica que va al inglés murder.
Pero muy bien en lo que se refiere a comentario literario sobre todo en el capítulo dedicado a El señor de los anillos. Un comentario como tiene que ser: con sus paralelos, simetrías, oposiciones... Valga como ejemplo que del título de la segunda parte, Las dos torres, llega a deducir una estructura binaria total que lleva, verbigracia, a la bifurcación de la acción a partir de la separación de la compañía (Frodo y Sam a un lado del río; el resto, al otro) o a la caracterización bueno/malo de Smeagol/Gollum. Otras cosillas están más traídas por los pelos: como que Gondor representa Inglaterra frente a la Germania de Rohan, que Aragorn se convierte en el ejemplo de monarca cristiano... Pero en general, si falla en erudición, lo hace bien en comentario de texto.


viernes, 18 de febrero de 2011

Resbalando por los límites de la aritmética (Concurso de relatos Bubok, XLVIII [ciencia límite]: relato ganador)

Diciembre de 1977. Kurt Gödel limpia con el puño de la americana el vaho de la ventana, pega la nariz al cristal y mira hacia el exterior. La nieve ha cubierto ya todo el campus de Princeton.

Y qué hago yo aquí, por qué en este país al otro lado del mar al que ni siquiera recuerdo haber llegado.A Kurt Gödel se le van escapando poco a poco las vividurías por los agujeros de la memoria. Su patria, el Imperio Austrohúngaro, ya no existe, ni quedan emperadores, ni káiseres, ni zares, pero no recuerda si todo eso se lo llevó por delante la Gran Guerra o la que vino veinte años después; o si, simplemente, lo devoró el paso de los años.
Hace tiempo que no veo a mi mujer.Echa el aliento sobre el cristal para que se vuelva a entelar: que se quede fuera la nieve y todo ese país. Porque se siente bien en su despacho y solamente en su despacho. Del lado opuesto a la ventana y frente a la mesa una pizarra ancha, de tres metros. A la izquierda, escrito con tiza blanca, el signo alef, la primera letra del alfabeto hebreo, con un subíndice cero; en el extremo opuesto, el mismo signo con un subíndice uno.
La mesa, completamente limpia, sin papeles, sin libros. Abre un cajón y saca la estilográfica, otro cajón y un folio en blanco.
Colgado de la pared y a la izquierda de la pizarra, justo a la altura de alef-cero, un retrato enmarcado con una dedicatoria en inglés: de tu amigo Alan Turing, Cambridge, 1939.
Y vaya cosas de las que sí me acuerdo, del pobre Turing: toda la vida trabajando en máquinas que pensaran...; incluso lo llamaron durante la guerra y fue el único capaz de descifrar los códigos de las máquinas alemanas de mensajes. Pues, ¿no lo procesan diez años después por homosexualismo y acaban castrándole químicamente...? Hasta que acaba comiéndose una manzana con cianuro.Con el papel encima de la mesa quiere replicar la pizarra. Dispone el folio horizontalmente y traza un alef-cero a la izquierda.
Pero a mí no me engañan esos ingleses. Todo fue porque se acercó a Dios con esa máquina que pensaba; y ellos creen que solo Dios puede crear algo que piense. Pues ahí tienen ahora esas mismas máquinas jugando al ajedrez o guiando naves hacia vete a saber dónde... Y que no me pase a mí lo mismo que a Turing...Lleva la pluma al extremo derecho del folio, dibuja un alef-uno y mira su modelo en la pizarra. A su derecha y guardando simetría con el anterior, otro retrato enmarcado y también dedicado, en alemán esta vez: Ludwig Wittgenstein, Viena, 1949.
Otro que tal: también escalando por esas aristas donde los límites de la matemática y la lógica coinciden con las fronteras borrosas de Dios. El mundo está ahí, el lenguaje habla del mundo y el metalenguaje habla del lenguaje. Las proposiciones del lenguaje hablan del mundo pero no de sí mismas: para hablar del lenguaje está el metalenguaje. Así dijo; y sin más destruyó la paradoja de Russell, la del mentiroso y del barbero. Nada le impidió seguir avanzando por un metalenguaje de nivel uno que sirviera para hablar del metalenguaje de nivel cero, subir luego al de nivel dos, tres, y alcanzar el límite de la lógica, llegar a ese punto donde o ya no hay nada o se aparece Dios preguntando dónde vas. Y luego el final: me dijeron que Wittgenstein no se había suicidado como habían hecho sus tres hermanos pero me enteré de que se había negado a que le trataran un cáncer de próstata. ¿A quién quieren engañar?Vuelve al folio y repasa con la pluma los trazos de alef-cero y alef-uno. Contempla el espacio blanco del folio entre los dos símbolos y el espacio negro correspondiente de la pizarra.
¿Qué puede haber en medio, en el espacio que queda entre alef-cero y alef-uno? Y mi mujer, ¿dónde para?Se lo han dicho varias veces pero no ha querido escuchar: su mujer lleva un mes ingresada en el hospital. Y ahora, como no se fía de comidas preparadas en inglés, es su asistenta alemana quien le cocina y quien quita el folio de la mesa para comer frente a él. Tres días atrás Frau Weiss entró con la bandeja y se lo encontró escribiendo compulsivamente en la pizarra. Decenas, cientos de símbolos alef de todos los tamaños y con diferentes subíndices orientados hacia aquí y hacia allá, invertidos, metidos unos dentro de los otros... Tras dejar la bandeja sobre la mesa intentó que Herr Gödel dejara la pizarra pero, al proseguir este aún más nerviosamente, salió en busca del médico. Cinco minutos después se lo encontraron obedientemente sentado frente a la bandeja. En la pizarra un solo símbolo en el centro y ocupando toda la altura: un alef con subíndice alef.
Algo me darían porque ese fue el día en que tuve aquela pesadilla que aún no sé si fue pesadilla. Me llevan cogido de los brazos y arrastrando los pies por pasadizos que van girando a izquierda y derecha hasta una puerta. La abren y, cuando creo que me van a dejar abandonado en un calabozo, me veo ante un tribunal que me obliga a permanecer en pie:
-¿Es usted Kurt Gödel, el autor de los teoremas conocidos como teoremas de Gödel?
-Sí.
-¿Se incluye en esos teoremas la afirmación de que, partiendo de los simples axiomas de Peano para la aritmética, se puede llegar a la contradicción P si y sólo si no-P?
-Sí.
-¿Sabe usted quién es el verdadero autor de los axiomas de todas las ciencias?
-...
-Dios. ¡Y usted ha puesto en duda la competencia de Dios...!
-No exactamente.
-Lo que usted quiera, pero está castigado a pasar el resto de su vida encerrado en la mazmorra de su propio cerebro.
Tal como se me habían llevado, me devolvieron a mi cama. Y sí, tenían razón: yo había demostrado que su aritmética era inconsistente; y además, lo había adornado con la demostración de que, cuando intentaran volverla consistente, se les volvería incompleta; y si la querían completa, volvería a ser inconsistente. Pero no fui yo, fueron ellos solitos quienes se habían metido en ese bucle del que no podrían salir nunca.
A pesar de ese sueño o, con más ganas aún desde ese sueño, Gödel, encerrado en la mazmorra de su cerebro, en la mazmorra de su despacho y en la mazmorra de un país que no es el suyo, mira el espacio que queda entre los dos símbolos alef. Cosas de Georg Cantor, que murió antes de que pudiera conocerlo y, por tanto, enviarle un retrato enmarcado, pero también se acercó a Dios con sus jerarquías de infinitos. Alef-cero representa un infinito, el que corresponde al conjunto de los números naturales (1, 2, 3,...) y otros conjuntos semejantes, el de los números pares, los primos... Alef-uno representa, en cambio, un infinito muy superior, el del conjunto de los números reales, números como el 1,1 y el 1,2 entre los que pueden insertarse infinitos números: 1,11, 1,1049, 1,19987... Un infinito de infinitos. Gödel sabe la regla por la que puede partir de un conjunto de cardinalidad, es decir, de tamaño alef-cero y llegar a otro de tamaño alef-uno; y sabe proseguir saltando a conjuntos alef-dos, alef-tres, pero cuando mira el papel las preguntas que se hace son: ¿esa jerarquía ascendente de infinitos, es el mismo camino por el que los místicos llegaban a Dios, que anda sentado en el infinito de mayor tamaño, en alef-alef?; ¿no puede esconderse Dios entre dos infinitos cualesquiera, alef-cero y alef-uno, entre los que no parece haber sino el más inmenso vacío?; ¿tiene todo eso algún sentido o la infinitud matemática no tiene nada que ver con la infinitud divina?
Y así, día tras día, semana tras semana, Kurt Gödel se enfrenta a esas preguntas con la pluma en la mano y el folio en blanco. Ya sabía que, cuando de infinitos se trata, la intuición no sirve. Ahora sabe también que, cuando se fuerza la razón, empiezan a aparecer ante los ojos alguno de sus monstruos. Por eso es mejor arrugar el papel cada noche, tirarlo a la papelera y volver a empezar al día siguiente.

lunes, 14 de febrero de 2011

Maite Salord, La mort de l'ànima

Salord, Maite, La mort de l'ànima (Proa, Barcelona: 2007)
Una buena novela. Y entretenida: la he leído en sólo cuatro días a pesar de tratar un tema que, de por sí, es espeso. La culpa pesa sobre una anciana y, en círculos concéntricos, sobre quienes tiene alrededor. Es un pecado de familia; y otra ventaja para la autora porque el tema es tópico y de un lado se remonta, por lo menos, hasta el ciclo tebano de Sófocles -Edipo, Antígona, Los siete contra Tebas...- donde una culpa anterior al propio Edipo destruye a la familia. Y de otro lado, también desde el aspecto mitológico y clásico, volvemos a estar ante el mito de Electra aunque esta vez es la hija quien mata a la madre, en este caso madrastra, para luego invertirse el mito al no reclamar el regreso de Orestes sino, al contrario, rechazar al hemanastro a su llegada. Todo está en los clásicos; y además, suficientemente estudiado: la tensión hija/madrastra por C.G. Jung desde el lado de la psicología con los arquetipos y, desde el del folclore, por V. Propp. Nuevo mérito de la novela: la recreación de todo ese fondo ancestral de forma más que digerible y actualizado en una Ciudadela actual que incluye hasta sus inmigrantes sudamericanos.
Del lado formal, combina diversas voces narrativas de modo polifónico: un narrador externo a la acción en tercera persona; un narrador interno en segunda persona con valor de primera, el hijo de la anciana, y con un narrador omnisciente detrás (nos referimos a momentos como: I això que tu no saps que és llicenciada en Administració d'empreses [248]); monólogos interiores de la anciana en primera o en segunda persona y que se complican, en sus momentos de delirio previos a la muerte, al imaginar ésta a su propio hermanastro, ya muerto, hablándole.
En cuanto a los elementos narrativos, los personajes se pueden analizar desde diversos ángulos: a) la decadencia familiar (ya tratada, por cierto, en el mismo espacio pero en el XVIII por Pau Faner en Flor de sal): el bisabuelo Tomás hace fortuna en Egipto; su hijo Miquel compra a la aristocracia el lloc de son Ullastre; a partir de ahí han de vender propiedades para los estudios del bisnieto Miquel Àngel que se endeudará por su negocio y piensa en vender son Ullastre a la muerte de la madre; y el último vástago, Arnau, ni estudia ni trabaja; b) la pérdida progresiva de papel por parte de los hombres en beneficio de las mujeres: es nulo el papel de Tòfol, marido de Esperança, y va siéndolo progresivamente el de Miquel Àngel en favor de su mujer Júlia y su hija Lara, independientes económicamente; c) las relaciones de paralelismo y oposición entre personajes: c1) Esperança y Estrella, opuestas por edad, origen y clase, comparten no sólo el secreto familiar sino el miedo a la pérdida de sus respectivos hijos; Esperança si su hijo Miquel Àngel descubre el secreto familiar y Estrella, la emigrante ecuatoriana, porque su propia madre le retiene a su hija en Quito; c2) Andreu, el hermanastro vuelto de la Argentina, y Miquel Àngel, su sobrino, son los únicos en moverse por la zona de Ciudadela más allá de sa Contramurada y, en cambio, viven un desencuentro que se resolverá en una lenta anagnórisis: el sobrino ve una figura en una ventana a distancia, llega luego a la conclusión de que la figura es un maniquí, ya en el espacio ve que es un ahorcado de espaldas, sabe luego que comparte apellido con él y al final sabrá, justamente por Estrella, ajena a la familia, que era su tío.
Algún comentario rápido al espacio nos lleva a observar recorridos simétricos de ida y vuelta por parte del suicida Andreu: de son Ullastre, lugar de la muerte de su madre, a la Argentina, donde llega a regentar un hotel; vuelve a Ciudadela, se instala en un hotel, visita son Ullastre y se suicida.
El tiempo, por fin, se viene a concentrar en una semana bien estructurada con capítulos para cada uno de sus días; y a partir de ahí, las retrospecciones inmediatas a los días anteriores y las necesarias más allá para acudir al momento de la culpa y proyectarlo hacia el presente.
Una novela, en consecuencia, bien construida, equilibrada, ágil...
(Por cierto, en el diario Menorca de hoy 25/1/2011 se anuncia una próxima novela de Pau Faner dedicada a la conquista de Menorca)

jueves, 10 de febrero de 2011

J.M. Fernández, N. Verástegui, G. López, Relatos en corto, I para lectores inteligentes con prisa


Fernández, J.M., Verástegui, N., López, G. Relatos en corto, I para lectores inteligentes con prisa (Ediciones Irreverentes, s.l.: 2009)

Hay libros para leer en verano en la playa tumbados al sol entre baño y baño; otros, para leer en el sofá o en la cama, previos al sueño; otros para leer en el metro o el autobús... De estos últimos es el libro que nos ocupa: porque son relatos cortos aunque ni tan cortos como el del dinosaurio de Augusto Monterroso que aún estaba allí ni de la longitud de un cuento a lo Borges. El tamaño suficiente entre dos paradas de metro o autobús y que te permite bajarte con el relato acabado y sin necesidad de dejar al protagonista indeciso ante la mirada de la mujer o amenazado por el arma del malvado.
De los tres autores que componen el volumen, nos centramos en el colombiano -y francés y ginebrino- Nelson Verástegui y sus relatos de muy variado registro:
De un lado, historias en las que se va acelerando una intriga que se mantiene hasta la última línea: en A media luz los tres una familia está en vilo por la recuperación de algo perdido que sólo al final sabremos que es un osito para que duerma el niño; en Te celo con locura, mi cielo la mujer se va quejando cada vez más del abandono de su marido, del tiempo que, con mayor y mayor frecuencia, va dedicando a ella hasta que al final descubrimos que ella es una computadora.
De otro lado, historias curiosas de amor y sin ningún toque de pesimismo o tragedia: la de la pareja que, experimentando con la máquina del tiempo, se queda atrapada en el siglo X (Bien idos); la que naufraga en una isla desierta (Naufragio); la de los ancianos ginebrinos que se van a reencontrar al cabo de cuarenta años (El tranvía que cambió su vida); la, también ginebrina, de los dos homosexuales casados heterosexualmente que, en el momento en que deciden romper su relación para no seguir siendo infieles a sus respectivos cónyuges, quedan perplejos al ver pasar a éstas cogidas de la mano (Un larguero sin respirar); la de la anciana que quiere aprender a escribir para enviar una carta a su amor de juventud, ya viudo, y escoge como maestro, casualmente, al hijo de ese amor (Ce con a...).
Y también, sin salir del tema anterior, la de la pareja -él noruego, ella caribeña- que no puede vivir ni aquí ni allí porque en Noruega ella es el mito sexual de los hombres rubios y en el Caribe es él el deseado por las mujeres morenas. Y en este relato (Ni fu ni fa de otoño) el autor experimenta en pequeña escala con el llamado lipograma siguiendo la estela que en francés trazó Georges Perec al escribir novelas sin utilizar la e (La disparition) o utilizando sólo esa vocal (Les revenentes): aquí, en cada uno de los párrafos el autor se propone eliminar una vocal y una consonante.
Y más: la serie dedicada a los siete pecados capitales, la niña que vive en la edad de oro, la del chino que huye de esposa y suegra... chispas que saltan aquí y allá sorprendiendo al lector.

domingo, 6 de febrero de 2011

Aristóteles, Física


Aristóteles, Física (Gredos, Madrid: 2008)
Hemos leído el texto atravesando argumentaciones tan meticulosas como arduas, sobre todo en comparación con otros textos aristotélicos más transitables como la Poética o La constitución de los atenienses. Repasa y pone al día todas las ideas sobre el origen de la naturaleza de los presocráticos. Le da vueltas y más vueltas al movimiento haciendo especial hincapié en la refutación de las conocidas aporías de Zenón y, con el motor primero, el primum mobile, sentará las bases de lo que en el tomismo y la escolástica medieval serán las demostraciones de la existencia de Dios..

miércoles, 2 de febrero de 2011

Maldita sea tu suerte (Concurso de relatos Bubok, XLVII [mares y océanos])

Ya has perdido la cuenta de los días que llevas sin ver tierra firme tú, que desde que tienes memoria te has dedicado a la navegación de cabotaje y, cuando miras a la costa, sabes que ahí están las casas blancas de Ayamonte, que aquella punta es el cabo de Peñas o que por esa ría se entra en Bilbao.
Y en tu vida has cruzado borrascas y borrascas o, simplemente, las habéis visto venir de lejos y habéis tenido tiempo de refugiaros en puerto a esperar que amainen. Pero ese día no, ese día os cayó de lleno dos horas después de doblar San Vicente. ¿Por qué os cogió por sorpresa sin que nada la anunciara antes? Os podrías haber metido en el puerto de Sagres aunque sea el puerto más aburrido de todo el litoral portugués. Aburrido como el de Luarca; pero al menos en Luarca hay mujeres que hablan con palabras pequeñas mientras que en Sagres sólo hay pescadores que, cuando el vino empieza a correr, presumen de que allí en su pueblo se dibujaban los mapas con que los grandes navegantes daban la vuelta a África y llegaban al oriente lejano. Pero si hubierais entrado en Sagres... si hubierais entrado en Sagres ahora no estarías aquí.
Soportasteis la borrasca como pudisteis, saltasteis por encima de todas las olas del mundo, rezasteis a la virgen del Carmen y algunos dijeron que, en medio de los truenos, se había oído un crujido. Se calma la mar, sale el sol y no veis tierra. El capitán saca el astrolabio y el reloj, calcula y dice que estáis frente al cabo Espichel. Los demás insisten en que han oído un crujido y el capitán manda al maestro carpintero de ribera que se suba a los palos. El de mesana está roto, puede caer en cualquier momento y hay que cambiarlo.
Maldita sea tu suerte. Si en lugar de estar frente al cabo Espichel cuando os disteis cuenta de que el palo estaba roto hubierais estado diez millas más al sur, en vez de entrar a Lisboa a reparar habríais entrado en Setúbal. Y ojalá no hubiérias llevado viento del sudoeste para poder embocar el estuario del Tajo y hubiera soplado fuerte de levante para no poder entrar ni orzando ni con bordadas.
Y a ti te gusta Lisboa, ha sido puerto de destino muchas veces y la conoces, te sientes bien y, como eres de Vigo, te medio entiendes con la gente. Pues ahí estábais, que amarráis a las seis de la mañana y el capitán da rienda suelta a la mitad de la tripulación. Tú entre ellos.
Tres y mil veces maldita sea tu suerte. Ahí tienes a Bouza, también de Vigo, que se quedó en el barco castigado porque le despertaron para una guardia, abrió los ojos y volvió a quedarse dormido. Y tú, en cambio, que siempre has cumplido con tu deber y no has recibido nunca un castigo estás aquí mientras él debe de andar ya camino de casa preguntándose dónde se habrán metido esos. O no, pensará simplemente en su mujer y sus hijos.
Tan contento tú saltas del barco y te ves ya frente a la aduana con tu amigo Torrero, el malagueño, que te propone ir a las mujeres. Cruzáis la Baixa, subís al Barrio Alto y ya han salido a las calles las varinas -así las llaman- que pregonan pescado mientras mueven la cintura. Entráis en una taberna y dos aguardientes. A Torrero le da la prisa y te habla de las virtudes de las mujeres negras de las colonias africanas. Tú le das la razón pero prefieres a las portuguesas porque más que hablar parece que te susurren al oído.
Al salir, vais a otra taberna. Y ya puedes maldecir tu suerte todo lo que quieras pero, ¿qué podías esperar después de todo el día con aguardiente y vino? Lo mínimo enzarzaros en una pelea y acabar en un calabozo húmedo. Sí, pero a lo mejor os habrían soltado a la mañana siguiente y habrías llegado a tiempo al barco. En cambio ahora ya te ves.
Y comer, comisteis: caldo verde y bacalao. Pero no recuerdas nítidamente mucho más. Recuerdas, sí, que a media tarde estabais en el otro lado, en las callejuelas de Alfama, y al caer la noche en tu taberna de la Morería. Idea tuya sería que os acercárais hasta allí, hasta la taberna de la rúa do Capelão. Seguramente convencerías a Torrero de que allí estaba la mujer más bella de Portugal.
Ya tuviste un mal presentimiento al entrar y no ver sentado en su mesa del rincón al conde de Vimioso. Cosas de Lisboa que los nobles entren en las tabernas. Y cosas también de las tabernas de Lisboa que salga alguien a cantar espontáneamente. Como María Severa, la más bella de Portugal. Y a eso iba el conde de Vimioso, que cuando ella cantaba esos fados que se te metían en el corazón pagaba a todos botellas de vino verde con tal de que estuviérais callados.
Bebéis una botella y María Severa no está. Bebéis otra y el conde no aparece. Otra más y, como Torrero insiste en que quiere ver a la portuguesa más bella, te decides a preguntar a la muchacha que os sirve:
-Maria Severa morreu de tuberculose há dois meses. Foi o seu fado.
Pues si ese fue su fado, su destino, ya ves el tuyo, que no sabes qué es peor. Ella por lo menos descansa y tú no paras de trabajar. Y todo porque, a la salud de la pobre, en la tumba con menos de veinticinco años, os bebisteis después más y más botellas. O porque os habíais acercado a la taberna de la rúa do Capelão. O porque habíais entrado en Lisboa y no en Setúbal. O porque en esa ocasión no habíais visto la borrasca que se os venía encima. O porque tu fado ya estaba escrito en las estrellas cuando naciste.
Mira que os fijasteis en aquella fragata con bandera británica fondeada no lejos de donde amarrasteis. Era preciosa y tenía tantas velas que algunas ni nombre deben de tener. Pues ya ves.
Y sí, habías oído que esas cosas pasaban, pero en puertos del norte, en Hamburgo, en Rotterdam, pero tú nunca has ido más allá de Burdeos. Porque el vacío de memoria es ya casi total, y Torrero dice que el suyo también, desde alguna de esas últimas botellas hasta que os despertaron a golpes en la calle. Sí recuerdas que cerraron la taberna, que salisteis y que os quedasteis allí sentados para despejaros antes de volver al barco. Pero luego vinieron esos golpes que os cogieron desprevenidos y a los que, tal como ibais, no hubierais podido responder. Y acabasteis amordazados y atados; y subidos a un carro donde había otros desgraciados como vosotros. De ahí a la bodega de la goleta británica de donde no salisteis hasta estar en alta mar.
No sabes manejar un astrolabio pero sabes mirar al cielo y, como navegáis a favor del sol, ves que vais hacia América. Y maldices tu suerte porque ahora tendrías que estar navegando hacia casa y llevas tres días ya con un paño en la mano sacando brillo a los cañones.
El capitán dijo no sé qué y un italiano, también víctima de leva forzosa, os lo medio tradujo. Que lo principal de un barco es la limpieza, que un barco se debe presentar al combate en perfecto estado de revista para producir buena impresión al enemigo. Como si el enemigo fuera una mujer...
Tampoco sabes si ellos están en guerra con alguna nación o si vais en búsqueda de negreros vascos o de piratas de países extraños. Pero sí sabes que, cuando el capitán del barco contrario os mire a través del catalejo, no sé va a fijar en si los cañones brillan o en si os habéis peinado y arreglado la barba. Va a decidir sólo entre disparar a desarbolaros o a perforaros el casco y enviaros al fondo del océano. En perfecto estado de revista, eso sí.
Maldita sea tu suerte.