Como nunca he tenido máquina de fotos, confieso que casi ninguna de las fotos de este blog es mía, todas las he sacado de la güé.



miércoles, 2 de febrero de 2011

Maldita sea tu suerte (Concurso de relatos Bubok, XLVII [mares y océanos])

Ya has perdido la cuenta de los días que llevas sin ver tierra firme tú, que desde que tienes memoria te has dedicado a la navegación de cabotaje y, cuando miras a la costa, sabes que ahí están las casas blancas de Ayamonte, que aquella punta es el cabo de Peñas o que por esa ría se entra en Bilbao.
Y en tu vida has cruzado borrascas y borrascas o, simplemente, las habéis visto venir de lejos y habéis tenido tiempo de refugiaros en puerto a esperar que amainen. Pero ese día no, ese día os cayó de lleno dos horas después de doblar San Vicente. ¿Por qué os cogió por sorpresa sin que nada la anunciara antes? Os podrías haber metido en el puerto de Sagres aunque sea el puerto más aburrido de todo el litoral portugués. Aburrido como el de Luarca; pero al menos en Luarca hay mujeres que hablan con palabras pequeñas mientras que en Sagres sólo hay pescadores que, cuando el vino empieza a correr, presumen de que allí en su pueblo se dibujaban los mapas con que los grandes navegantes daban la vuelta a África y llegaban al oriente lejano. Pero si hubierais entrado en Sagres... si hubierais entrado en Sagres ahora no estarías aquí.
Soportasteis la borrasca como pudisteis, saltasteis por encima de todas las olas del mundo, rezasteis a la virgen del Carmen y algunos dijeron que, en medio de los truenos, se había oído un crujido. Se calma la mar, sale el sol y no veis tierra. El capitán saca el astrolabio y el reloj, calcula y dice que estáis frente al cabo Espichel. Los demás insisten en que han oído un crujido y el capitán manda al maestro carpintero de ribera que se suba a los palos. El de mesana está roto, puede caer en cualquier momento y hay que cambiarlo.
Maldita sea tu suerte. Si en lugar de estar frente al cabo Espichel cuando os disteis cuenta de que el palo estaba roto hubierais estado diez millas más al sur, en vez de entrar a Lisboa a reparar habríais entrado en Setúbal. Y ojalá no hubiérias llevado viento del sudoeste para poder embocar el estuario del Tajo y hubiera soplado fuerte de levante para no poder entrar ni orzando ni con bordadas.
Y a ti te gusta Lisboa, ha sido puerto de destino muchas veces y la conoces, te sientes bien y, como eres de Vigo, te medio entiendes con la gente. Pues ahí estábais, que amarráis a las seis de la mañana y el capitán da rienda suelta a la mitad de la tripulación. Tú entre ellos.
Tres y mil veces maldita sea tu suerte. Ahí tienes a Bouza, también de Vigo, que se quedó en el barco castigado porque le despertaron para una guardia, abrió los ojos y volvió a quedarse dormido. Y tú, en cambio, que siempre has cumplido con tu deber y no has recibido nunca un castigo estás aquí mientras él debe de andar ya camino de casa preguntándose dónde se habrán metido esos. O no, pensará simplemente en su mujer y sus hijos.
Tan contento tú saltas del barco y te ves ya frente a la aduana con tu amigo Torrero, el malagueño, que te propone ir a las mujeres. Cruzáis la Baixa, subís al Barrio Alto y ya han salido a las calles las varinas -así las llaman- que pregonan pescado mientras mueven la cintura. Entráis en una taberna y dos aguardientes. A Torrero le da la prisa y te habla de las virtudes de las mujeres negras de las colonias africanas. Tú le das la razón pero prefieres a las portuguesas porque más que hablar parece que te susurren al oído.
Al salir, vais a otra taberna. Y ya puedes maldecir tu suerte todo lo que quieras pero, ¿qué podías esperar después de todo el día con aguardiente y vino? Lo mínimo enzarzaros en una pelea y acabar en un calabozo húmedo. Sí, pero a lo mejor os habrían soltado a la mañana siguiente y habrías llegado a tiempo al barco. En cambio ahora ya te ves.
Y comer, comisteis: caldo verde y bacalao. Pero no recuerdas nítidamente mucho más. Recuerdas, sí, que a media tarde estabais en el otro lado, en las callejuelas de Alfama, y al caer la noche en tu taberna de la Morería. Idea tuya sería que os acercárais hasta allí, hasta la taberna de la rúa do Capelão. Seguramente convencerías a Torrero de que allí estaba la mujer más bella de Portugal.
Ya tuviste un mal presentimiento al entrar y no ver sentado en su mesa del rincón al conde de Vimioso. Cosas de Lisboa que los nobles entren en las tabernas. Y cosas también de las tabernas de Lisboa que salga alguien a cantar espontáneamente. Como María Severa, la más bella de Portugal. Y a eso iba el conde de Vimioso, que cuando ella cantaba esos fados que se te metían en el corazón pagaba a todos botellas de vino verde con tal de que estuviérais callados.
Bebéis una botella y María Severa no está. Bebéis otra y el conde no aparece. Otra más y, como Torrero insiste en que quiere ver a la portuguesa más bella, te decides a preguntar a la muchacha que os sirve:
-Maria Severa morreu de tuberculose há dois meses. Foi o seu fado.
Pues si ese fue su fado, su destino, ya ves el tuyo, que no sabes qué es peor. Ella por lo menos descansa y tú no paras de trabajar. Y todo porque, a la salud de la pobre, en la tumba con menos de veinticinco años, os bebisteis después más y más botellas. O porque os habíais acercado a la taberna de la rúa do Capelão. O porque habíais entrado en Lisboa y no en Setúbal. O porque en esa ocasión no habíais visto la borrasca que se os venía encima. O porque tu fado ya estaba escrito en las estrellas cuando naciste.
Mira que os fijasteis en aquella fragata con bandera británica fondeada no lejos de donde amarrasteis. Era preciosa y tenía tantas velas que algunas ni nombre deben de tener. Pues ya ves.
Y sí, habías oído que esas cosas pasaban, pero en puertos del norte, en Hamburgo, en Rotterdam, pero tú nunca has ido más allá de Burdeos. Porque el vacío de memoria es ya casi total, y Torrero dice que el suyo también, desde alguna de esas últimas botellas hasta que os despertaron a golpes en la calle. Sí recuerdas que cerraron la taberna, que salisteis y que os quedasteis allí sentados para despejaros antes de volver al barco. Pero luego vinieron esos golpes que os cogieron desprevenidos y a los que, tal como ibais, no hubierais podido responder. Y acabasteis amordazados y atados; y subidos a un carro donde había otros desgraciados como vosotros. De ahí a la bodega de la goleta británica de donde no salisteis hasta estar en alta mar.
No sabes manejar un astrolabio pero sabes mirar al cielo y, como navegáis a favor del sol, ves que vais hacia América. Y maldices tu suerte porque ahora tendrías que estar navegando hacia casa y llevas tres días ya con un paño en la mano sacando brillo a los cañones.
El capitán dijo no sé qué y un italiano, también víctima de leva forzosa, os lo medio tradujo. Que lo principal de un barco es la limpieza, que un barco se debe presentar al combate en perfecto estado de revista para producir buena impresión al enemigo. Como si el enemigo fuera una mujer...
Tampoco sabes si ellos están en guerra con alguna nación o si vais en búsqueda de negreros vascos o de piratas de países extraños. Pero sí sabes que, cuando el capitán del barco contrario os mire a través del catalejo, no sé va a fijar en si los cañones brillan o en si os habéis peinado y arreglado la barba. Va a decidir sólo entre disparar a desarbolaros o a perforaros el casco y enviaros al fondo del océano. En perfecto estado de revista, eso sí.
Maldita sea tu suerte.

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